Así trabaja un equipo de investigadores para convertir la sombra en un derecho
Caminar por la calle en verano se ha convertido en un juego de estrategia. Uno se desplaza pegado a las fachadas, espera unos metros más allá del paso de cebra, bajo un árbol, a que el semáforo se ponga en verde y, tarde o temprano, se ve obligado a cruzar una avenida expuesta a un sol sin tregua. Esto es así por el diseño actual de las ciudades. Pero podría ser de otra manera: la sombra podría ser un derecho.
Es lo que plantea el Departamento de Umbrología, con sede en Barcelona, un equipo interdisciplinar de investigadores que estudia la sombra desde el punto de vista de la antropología, la arquitectura, las ciencias ambientales, las artes, y propone intervenciones y políticas para desarrollar la vida a la sombra.
El Departamento –solo existen un par de iniciativas similares en el mundo–, parte de una premisa: nuestras ciudades son herederas del urbanismo solar del siglo XIX, que abrió calles y plazas al sol y redujo la presencia de las sombras. En el contexto de la emergencia climática, ese diseño es una trampa que dificulta habitar el espacio público durante los meses más cálidos.
La sombra es, en cambio, un refugio, que al contrario de muchas soluciones tecnológicas, “es fácil de construir, mundano, cotidiano, y tiene algo muy importante para la acción climática: su espíritu colectivo”, señala Tomás Criado, coordinador de este proyecto financiado por la Fundación Daniel y Nina Carasso, y compuesto por cuatro socios barceloneses: los grupos CareNet y DARTS de la Universitat Oberta de Catalunya, el colectivo Arquitectura de Contacte, las ambientólogas y divulgadoras científicas de Nusos Coop y los artistas del Laboratorio de Pensamiento Lúdico.
La historia del Departamento comienza en 2024, cuando Arquitectura de Contacte instala A l’ombra del Trencadís frente a una escuela de la Rambla del Badal. La idea era poner el foco no solo en la sombra, “sino en lo que pasa dentro de ella”, explica Marc Sureda, uno de los arquitectos. Lo que comenzó como un refugio climático sobre un espacio de hormigón acabó convirtiéndose en un lugar de encuentro, juego y descanso para todas las edades.
Fue allí donde los antropólogos Tomás Criado y Santiago Orrego organizaron meses después una exploración ciudadana de los usos y formas de socialización de la sombra, como parte del taller La ciudad de las sombras, que acabaría dando origen al actual Departamento.
Empujar a los municipios
Esta entidad “ficticia” –no es, en realidad, una administración– ha creado una ordenanza, también ficticia, por el derecho a la sombra. Plantea que el acceso a espacios sombreados es una cuestión de justicia urbana y no solo de confort. El documento ofrece propuestas –que van desde los derechos laborales hasta limitar la ocupación privada del espacio público durante episodios de calor extremo– para que los municipios puedan testearlas, y para presionar a las administraciones públicas para que se hagan responsables.
“Tal vez algún municipio se atreva, y si tenemos la ordenanza y una serie de evidencias, tendremos unos hechos probados que nos servirán de material para poder empujar a más entidades públicas a tener que implementarlas”, explica Sureda.
Un proyecto inspirado en esta ordenanza es el desarrollado junto al Instituto de Salud Global en el campo frutal de Lleida, donde muchos trabajadores agrícolas, en su mayoría migrantes, trabajan en condiciones precarias y sin espacios adecuados para protegerse del sol. A partir del derecho laboral a la sombra, el Departamento ha diseñado prototipos móviles de refugio climático: uno para quienes recolectan fruta con maquinaria, equipado con agua fría, ventiladores, botiquines y ropa de protección, y otro para quienes trabajan a pie, con una sombra plegable incorporada a las escaleras a las que suben para recoger la fruta.
La ordenanza se nutre de investigaciones académicas, normativas urbanísticas, cartografías populares de las sombras –han creado un catálogo para darles identidad y poder pensarlas– y está anclada en lo que el Departamento ha denominado como “disputaciones a la sombra”, parlamentos en los que invitan a la ciudadanía a compartir sus “agravios umbralógicos”.
Durante el primero de estos encuentros, distintas entidades de Cardedeu (provincia de Barcelona, Vallès Oriental) se reunieron bajo una umbría construida a partir de unos andamios. Allí, los participantes volcaron sus preocupaciones climáticas: desde una persona mayor que en verano tiene que ir a comprar el pan a las doce del mediodía y recorre un camino insolado, hasta una asociación artística que actúa al aire libre y cuyo público se ve afectado por el calor.
Prototipos efímeros
Además de alimentar la ordenanza, estos debates bajo prototipos arquitectónicos efímeros pretenden servir como un modelo. La idea es crear un manual que permita a las organizaciones sociales –por ejemplo, una organización feminista que quiere reunirse para preparar su año lectivo– encontrarse y dialogar bajo unas condiciones de habitabilidad a la sombra. “En el urbanismo solar, no hay espacios públicos preparados para que las comunidades se autoorganicen”, explica Sureda: “Nosotros nos centramos mucho en el derecho a la sombra, pero las disputaciones son para disputar derechos sociales mucho más amplios”.
El Departamento busca instalar prototipos efímeros, sobre todo en aquellos lugares donde la vegetación no puede plantarse de manera rápida y eficiente. “Evidentemente, la sombra que más se aprecia es la vegetal”, dice Sureda, “pero nos interesa la sombra en esos espacios donde existen todas estas capas del subsuelo, el acabado de hormigón, la capa de cemento, un subsuelo lleno de cables y tubos, etcétera, que hacen improbable que puedan crecer árboles”.
Una de las perspectivas más innovadoras del Departamento es entender que la sombra no es únicamente una cuestión de grados. Aunque la entidad se viste de un aspecto formal o administrativo –utilizando conceptos como ordenanza o departamento–, Sureda y Criado insisten en que se trata, sobre todo, de especular, de imaginar cómo serían esas instituciones necesarias para la gestión democrática y comunitaria de la catástrofe climática. Para ello, señala Criado, es también necesario crear –o, más bien, recuperar– rituales y significados que nos vinculen emocionalmente con la sombra. “Hasta ahora, en Occidente, la sombra se ha atendido desde un punto de vista muy racional y técnico. No se ha atendido esa parte más comunitaria, que la sombra no solo permite, sino que favorece”, explica Sureda.
Al final, el Departamento de Umbrología no pretende únicamente que haya más sombras, sino que aprendamos a mirar la ciudad de otra manera. Pensar esa “ciudad de las sombras” es, en el fondo, una forma de empezar a imaginar otros saberes y modos de vivir.
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