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No son humanos, pero... ¿son personas?

Bajo la presión del movimiento animalista, el derecho cambia y se adapta a las evidencias científicas que atribuyen a los animales no humanos muchas de las capacidades consideradas hasta hace poco exclusivas de nuestra especie

Cecilia, chimpancé declarada en 2016 sujeto de derechos no humano por una juez argentina

Cecilia, chimpancé declarada en 2016 sujeto de derechos no humano por una juez argentina PROYECTO GRAN SIMIO

La chimpancé Cecilia nació en cautiverio y pasó 20 años sin pisar suelo natural ni conocer nada más que su jaula. Pero hace poco más de un año su vida cambió de forma radical cuando una jueza la declaró sujeto de derechos no humano. Gracias a esa sentencia pionera, que avalaba el habeas corpus (institución jurídica que permite evitar una detención arbitraria) solicitado por la Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales, Cecilia pudo salir del Zoo de Mendoza (Argentina) y, desde abril de este año, vive en semilibertad en el Santuario de Grandes Simios de Sorocaba (Brasil).

La historia de Cecilia es muy importante porque es la primera vez que un animal no humano es reconocido como sujeto de derechos. Su caso es el primero que triunfa en este sentido, mientras otros procesos como los de los chimpancés Mathias PanTommyKiko no lo han conseguido, y se enmarca en la lucha que mantienen desde hace más de dos décadas algunas organizaciones animalistas para conseguir que la categoría de “persona” deje de ser exclusiva de la especie humana. Esto permitiría proteger ciertos derechos asociados a la personalidad, empezando por el derecho a la vida. Esta problemática tiene tres dimensiones que interactúan entre ellas: la científica, la jurídica y la filosófica.

La evolución de la palabra “persona”

Aunque en el lenguaje cotidiano las palabras “persona” y “humano” a menudo son utilizadas como sinónimos, el significado de persona ha estado en discusión desde hace siglos y numerosos filósofos han intentado definirla. El significado moderno del término se basa en la definición que hizo Locke, que describe a un ser inteligente, con razonamiento y “sentido de identidad”, es decir, un ser que tiene autoconciencia de él mismo, de su futuro y de su pasado, según explican Paula Casal, experta en filosofía moral y presidenta del Proyecto Gran Simio-España, y Peter Singer, filósofo profesor de bioética en la Universidad de Princeton y autor de Liberación animal.

Este debate resulta importante porque, a través del concepto “persona”, se otorga “relevancia moral” a los seres, es decir, derechos, según estos investigadores. Y resulta problemático porque no todos los seres humanos cumplen con esas características. Según esa definición, no estaría claro que los enfermos en coma irreversible o los fetos sean personas. Casal y Singer afirman que, si bien es posible determinar quién es humano solo con una prueba genética, “la cuestión de si se trata de una persona, así como de qué derechos tiene, no se resuelve con un análisis meramente científico, sino con argumentos filosóficos”.

Los animales como “cosas”

Las organizaciones que reclaman este reconocimiento para los animales no humanos defienden que las capacidades cognitivas complejas y su sensibilidad los convierten en sujetos de derechos, más allá del “bienestar” al que hacen referencia la mayoría de regulaciones y de la prohibición del maltrato y el abandono en el Código Penal. De hecho, los animales no humanos aún son considerados como cosas, “bienes muebles”, en los códigos civiles de muchos países, de modo que se aplican sobre ellos las normas de la propiedad y no se tienen en cuenta sus intereses.

En este sentido, en los últimos años se han visto algunos avances normativos importantes. En Francia, en 2015, se modificó el Código Civil para introducir un nuevo estatus jurídico de los animales no humanos y reconocerlos como “seres vivos dotados de sensibilidad”. Esto, sin embargo, supuso “más una revolución teórica que práctica”, según Macarena Montes, abogada especializada en derecho animal, dado que los animales siguen sometidos al régimen de propiedad y, por lo tanto, “se puede celebrar cualquier contrato sobre ellos”.

En cuanto a España, precisamente el pasado 12 de diciembre se aprobó por unanimidad en el Congreso español la toma en consideración de una proposición de ley que permitiría modificar el Código Civil para que los animales dejen de ser solo “bienes semovientes” (que se mueven por sí mismos). Si bien esto no saca a los animales automáticamente del ámbito de comercio, según Anna Mulà, abogada con una amplia experiencia en la lucha por los derechos de los animales no humanos, es un primer paso para “fomentar un cambio normativo o conseguir una hiperregulación” de la venta. Una consecuencia muy relevante es que “los animales ya no se podrán embargar dentro de la masa patrimonial” y que “en casos de separación o divorcio, el interés del animal entrará en consideración”. Cataluña ya introdujo estos cambios en su propio código civil en 2006, cuando reconoció a los animales como “no cosas y bajo la protección de la ley”.

Esta es la vía normativa por donde avanza mayoritariamente la lucha por los derechos de los animales en los países con derecho continental, es decir, basado en el derecho romano (los países europeos y sus antiguas colonias). En estos casos, las normas se encuentran reunidas en códigos unitarios. Eso hace difícil que los jueces puedan dictar sentencias innovadoras, cuando la categoría de “persona” está claramente definida en el código civil. El derecho cambia por la vía legislativa. En los países de tradición anglosajona, en cambio, el derecho se construye de forma progresiva, mediante la jurisprudencia que van creado los tribunales.

Por este motivo, por ejemplo, la organización Nonhuman Rights Project, liderada por el jurista y activista Steven M. Wise y pionera en la vía del habeas corpus, ha optado por presentar de forma sistemática demandas de este tipo, a la espera de que algún tribunal reconozca la personalidad de los no humanos y siente, de esta manera, precedente. Hasta el momento, no lo ha conseguido.

El Proyecto Gran Simio

Otra de las organizaciones pioneras en la lucha por el reconocimiento de las personas no humanas es el Proyecto Gran Simio (PGS), que trabaja por ampliar los derechos que protegen a nuestra especie a una familia más amplia, los grandes simios antropoides, que incluye a cinco especies: los bonobos, los chimpancés, los gorilas, los orangutanes y los humanos. En este sentido, Robin Dunbar, catedrático de antropología biológica y especialista en comportamiento de primates, considera que “las diferencias biológicas entre los grandes simios son solo ligeramente mayores a las que existen entre grupos de humanos de distintas partes del mundo”. Esto supone que algunas de las características que, como seres humanos, nos hacen sujetos moralmente relevantes podría tenerlas también el resto de grandes simios.

Entre estas características, desde PGS destacan la capacidad lingüística. Los numerosos casos en que grandes simios han aprendido a comunicarse con humanos, ya sea con lenguaje de signos, máquina de escribir, tarjetas inscritas o cualquier lenguaje que no requiera cuerdas vocales y una cavidad bucal como las humanas, demuestran, según la organización, que “la dificultad es fisiológica y no intelectual”. Esta habilidad actúa como indicador, a su vez, de otras, como la autoconciencia. Otras características que hacen merecedores a estos primates de la categoría de persona, según el PGS, son la memoria y la planificación.

El PGS cuenta con una Declaración de los Grandes Simios donde reclama tres derechos básicos: el derecho a la vida, el derecho a la libertad individual y el derecho a no ser torturados. Todos ellos se sostienen sobre la idea de la individualidad de los animales no humanos. No se trata de trabajar por la conservación de las especies en general o la protección de la biodiversidad, sino de reclamar los derechos de cada animal, que es considerado un individuo, con su propia biografía, su familia, sus relaciones afectivas y “su personalidad única”, tal como se considera a los humanos. En este sentido, el PGS quiere retomar la labor de la Sociedad Antiesclavista, para defender que los grandes simios, como los esclavos en su momento, “no son algo, sino alguien”.

En relación a la concesión de estos derechos, Mulà destaca el “miedo” que tiene la sociedad al uso de la palabra persona sobre animales no humanos porque la considera “radical”. Puntualiza que lo que pretenden no es “humanizarlos”, sino “ identificar sus necesidades y garantizarlas”. Esto queda claro, por ejemplo, en la sentencia de Cecilia, donde la magistrada la declara, concretamente, “sujeto de derechos no humano, específicos en su naturaleza”.

Más allá de esta declaración básica promulgada por el PGS, hay muchos otros derechos que podría tener sentido aplicar a estos grandes primates pero que generan más controversia. Por ejemplo, el derecho a la propiedad o a la no invasión del hábitat, dado el fuerte sentido de territorio que algunos tienen, o el derecho a escoger y fundar la propia familia.

Los cetáceos y elefantes también tienen derechos

Aunque los grandes simios han sido los protagonistas de esta lucha, la categoría de persona cada vez se amplia más hacia animales que también poseen capacidades cognitivas complejas. Es el caso de los cetáceos (delfines y ballenas), cuya inteligencia fue reconocida en la conferencia anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, la mayor conferencia científica del mundo, celebrada en Vancouver en febrero de 2012. En ese encuentro se apoyó la Declaración Universal de los Cetáceos, originalmente ideada en 2010, en la Conferencia de Helsinki. En este texto se reconocen, entre otros, el derecho a la vida, a la libertad de circulación y a la protección del hábitat de “cada individuo cetáceo”. Asimismo, Nonhuman Rights Project, inició hace poco la primera petición de habeas corpus para tres elefantas, Beulah, Karen y Minnie, encerradas en el Zoo de Commeford.

Para Montes es importante no trabajar únicamente sobre la vía de los tribunales sino también ejercer como lobby político e incidir en la educación. Se trata, afirma, de “cambiar el paradigma” y empezar a definir las características necesarias para ser persona “en abstracto”, sin anclar este concepto al ser humano.

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