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La fábrica de las ilusiones

Rubén Fontes

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Todo comienza cuando, después de estar ingresada la mami de Rubén más de un mes en el Hospital Materno-Infantil por algunas complicaciones en el embarazo te das cuenta de que todo es diferente a como imaginabas y de que casi nunca apreciamos la suerte que tenemos de disfrutar de un servicio sanitario público como este hasta que lo necesitamos. El personal de la planta quinta, con sus ginecólogos a la cabeza, junto a todo el personal de enfermería y auxiliares, nos hicieron sentir continuamente que los días de preocupación, que los hubo, o los días de desánimo y de tristeza, junto a los de cansancio, que también los padecimos, eran más llevaderos. Fue un mes y medio cargado de sonrisas, de detalles y de amabilidad por parte de todo el personal de la planta quinta.

Pero llega el día más temido; son las 05:50 de la mañana y suena el teléfono: “Rubén, le van hacer una cesárea urgente a Arianne”. No te lo crees, sabías que ese momento iba a llegar, pero no quieres creértelo. Mil cosas pasan por tu cabeza en los apenas 11 kilómetros que separan nuestra casa del Materno, distancia suficiente para que te invadan muchos miedos, aunque no tantos como los que pasó la mami, sin duda.

Llegas sin saber cómo porque los nervios te atenazan, pero intentas mantener la mente fría. Te llama una celadora a las 06:30 y te presenta al equipo médico que ha realizado la cesárea y que ha traído al mundo a nuestro hijo Rubén. Las doctoras Leticia y  te mira y te dice que ha habido una hemorragia importante y que hubo que realizar una cesárea urgente, pero que ha salido todo genial, el niño está bien y la madre también. 

En ese momento no sabes cómo reaccionar, si abrazar a la madre, si llorar o simplemente hacer lo que hice desde lo mas profundo de mi corazón: dar las gracias más sinceras que jamás había dado en mi vida. Pero justo en ese momento la doctora te dice, la mamá esta en la Unidad de Despertar y el niño en la Unidad de Cuidados Intensivos de Neonatos, la UCIN, en la planta 3. Y, claro, la mente no tiene control, y la única palabra que escuché fue UCI. Vuelven de nuevo los miedos. Subí a la UCIN cuando solo eran las 06:45, silencio enorme en la planta. Lo primero que te encuentras son unos carteles que dicen  “UCIN acceso restringido”, “No pasar”. Otro en rojo advertía más severamente: “ Zona Z1 – No pasar” y, la verdad, me temblaban las piernas, me temía lo peor: Rubén había nacido con apenas 30 semanas y 1.430 kilos y tenía miedo.

Al fondo de un largo pasillo, otro cartel: “Unidad de Cuidados Intensivos  Neonatología”. Temía atravesar esa puerta, jamás había tenido tanto miedo a hacer girar el pomo de una puerta para traspasarla, pero lo hice, pero al otro lado estaba nuestro hijo recién nacido y lo hice. Al entrar, casi ciego por los nervios, solo ves muchas incubadoras y monitores y apenas logras alcanzar a saber quién es Rubén; no sabes a dónde ir, pero de repente se te acerca Marco y con una sonrisa que te trasmite tranquilidad te pregunta “¿el papi de Rubén?” Y te indica dónde está su incubadora; te acercas y te llevas la primera “bronca”:  Celsa te dice a viva voz: “Papi, lo primero al entrar aquí, siempre es lavarse”, y me indica dónde esta el lavamanos. 

Enseguida me doy cuenta de que ese lugar es especial. Lo primero que lo evidencia es que los únicos que tienen nombre propio son los niños que están ingresados, a los que llaman por su nombre. Nosotros pasamos a llamarnos Mami y Papi. Primera señal de que habíamos llegado al lugar perfecto: ellos, los niños, eran lo mas importante para los profesionales que allí trabajan.

Solo había que observar desde ese primer día y los sucesivos cómo los miedos iban siendo remplazados por ilusiones, las ilusiones que cada día te trasmitían los profesionales. Cuando se te acercaba Noelia y nos explicaba con todo lujo de detalle cualquier aspecto del cuidado del niño, como si se estuviera dirigiendo a algún conocido, nos hacia ganar confianza e ilusiones, y aparcar los miedos. O cuando Romina bañaba a Rubén por la noche, con toda naturalidad: “Vamos, culo caga’o”, y no puedes evitar reírte porque es lo que yo le diría si estuviera en su lugar. 

O gestos como los de Idaira al observar que una mami -sin querer- salía de la zona de infecciosos y se sentaba en el sillón previsto para que nosotros hiciéramos el piel con piel: “¡Con mis niños no!”. Y Oliver, siempre con su cara amable y su experiencia capaz de seguir yendo a ver a Rubén aunque ya no esté en la UCIN. 

Todos esos gestos y muchos más nos hicieron ganar cada día mas confianza, pero sobre todo nos hicieron ganar ilusiones para seguir creyendo en los profesionales del sector público; ilusión para seguir confiando que existen más personas de las que creemos que se dedican a sus trabajos en cuerpo y alma. Ejemplo de ellos el doctor Esteban, un medico cuya primera presencia es un poco extraña, un hombre lejano, parco en palabras y casi nulo en sonrisas, pero sin duda uno de los profesionales más reconocidos en el servicio. Durante su guardia no es extraño verlo a las 04:00 de la madrugada pasearse por esa fábrica de las ilusiones.

Sí, nos gusta llamarla La Fábrica de las ilusiones, porque todos los que por allí pasamos durante un tiempo comenzamos a construir ilusiones: los padres, la ilusión por la mejoría de nuestros hijos; el personal, por la ilusión por ver a “sus niños” crecer y mejorar cada día. Y cuando cualquier golpe azota a la fábrica, entre todos vuelven a recargarse de ilusiones.

Y de la UCIN a la unidad de Intermedios, que de intermedios solo tiene el nombre, porque los profesionales son tan buenos y tan amables como en la UCIN. El primer día nos atendió Fabiola con sus espléndidos 64 años y una experiencia impagable. Seguramente con la misma sonrisa que lució el primer día de servicio. Fabiola está siempre dispuesta a prestarte su ayuda en todo momento y arropa a los niños con un arte digno de observar y emular.

Pero no todo son alegrías e ilusiones: cada día estos grandes profesionales, como unos de sus médicos más carismáticos, más cercanos, Desiderio Reyes, camuflan con su trabajo sus sonrisas y su amabilidad una carencia importante: un lugar mejor donde trabajar. Estos magníficos profesionales trabajan en unas instalaciones que ya tienen más de 37 años de antigüedad, sin apenas mejoras en el área de Neonatos, y eso se nota muchas veces. 

Existe un proyecto para una construcción nueva que se levantaría sobre actual edificio del mar, un proyecto que lleva varios años caminando y que esperemos que pronto vea la luz. Es esencial para estos profesionales tener unas instalaciones a la altura de su entrega al servicio público, una nueva fábrica de ilusiones donde cada día se sigan salvando vidas y en la que cada día se siga llenando de ilusiones a todos los padres que alguna vez tengamos que visitarla.

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