Sobre este blog

Mi vida ha estado ligada al séptimo arte prácticamente desde el principio. Algunos de mis mejores recuerdos tienen que ver, o están relacionados, con una película o con un cine, al igual que mi conocimiento de muchas ciudades se debe a la búsqueda de una determinada sala cinematográfica. Me gusta el cine sin distinción de género, nacionalidad, idioma o formato y NO creo en tautologías, ni verdades absolutas, que, lo único que hacen, es parcelar un arte en beneficio de unos pocos. El resto es cuestión de cada uno, cuando se apagan las luces.

LA IMPORTANCIA DE UN ARCHIVO COMO EL QUE POSEE ANDRÉS PADRÓN

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De igual forma, la visión del mundo y de toda su historia no se puede limitar a la definición que ofrece la pantalla de un ordenador y/o a el espacio que ofrece cualquiera de las actuales redes sociales, las cuales más que propagar información, la vomitan, convenientemente troceada y, por qué no decirlo, alterada y/o censurada por la misma fuente que la emitió.

Mucho antes que todo eso había otros canales igualmente válidos, mucho más sólidos y, sobre todo, donde el mensaje se basaba en un instante congelado, pero que buscaba, casi diría que perseguía un sentido de la estética que ninguna de las herramientas actuales podría lograr hoy en día, por mucho que quienes cocinan las campañas publicitarias se empeñen en divulgar.

Hay momentos, demasiados, debería añadir que resulta del todo insultante comprobar la banalidad de nuestra sociedad cuando se alaba y/o idolatra una instantánea del famoso y/o del “Social Media Influencer” de turno, fotografías, todas ellas, carente del más mínimo sentido estético y artístico cuando, décadas antes, hay millares de ejemplos muchísimos más válidos. Además, a éstos últimos, el tiempo ha terminado por reivindicarlos frente a lo que luego hará con aquellos nacidos de una inmediatez carente de cualquier sentimiento de permanencia en el tiempo.

Quizás por todo lo anteriormente dicho, y por la descomunal ignorancia que sigue marcando buena parte del tempo de nuestra sociedad, el mismo y teórico concepto del archivo resulta tan innecesario y banal, frente a la imperiosa necesidad, por ejemplo, de tener millares de lugares donde socializar, desfogar las bajas pasiones y/o ahogar las penas entre el devenir de los vapores etílicos surgidos del garrafón “gran reserva”.

Poco importa que en un archivo se atesore la historia, una historia y/o muchas historias, las cuales deberían servir de guía para que, quienes entren dentro de sus dominios, entiendan el significado de todo lo que allí se atesora. Hoy en día, cada vez son menos lo que entienden que sin tener en cuenta la HISTORIA, con mayúsculas o con minúsculas, el ser humano está condenado a volver a cometer, una y otra vez, los mismos errores del pasado más inmediato. Y si de algo te salva un archivo es de la ignorancia, independientemente de que sea un libro, un documento escrito y/o sonoro o una fotografía la que te enseñe lo que pasó, de verdad, y luego tu puedas actuar en consecuencia.

Ni siquiera aquellos que dicen defender los valores fundacionales de nuestras sociedades son capaces de darse cuenta del valor intrínseco de un archivo, ni de las personas que han logrado atesorarlos, más allá de los discursos protocolarios cuando se procede a la inauguración de un determinado espacio, el cual se ha renovado por una cuestión de cuota electoral que no, por una necesidad para con la sociedad en la que se vive.

De otro modo, hace décadas que el esfuerzo, la dedicación y el legado de Andrés Padrón Morales debería haber sido recompensado con algo más que con promesas escritas en el mismo papel que, luego, se tira por el inodoro y del que nunca más se vuelve a saber. Promesas que nunca han tenido en cuenta que Andrés nunca ha sido un coleccionista al uso, sino una persona con un sentido de la historia, en este caso, cinematográfica, que le llevó a entender que su pasión podría servir para algo más que para llenar miles de carpetas con instantáneas de la historia del séptimo arte.

Un sentido de la historia que, en mi caso particular, me ha ayudado a entender la historia del cine y, con el tiempo, a poder llevar a cabo mi trabajo sin tener que recurrir a la desmesurada especulación con la que determinados organigramas empresariales y/o particulares condicionan el trabajo ajeno, sin que tan siquiera lo que ofrecen tenga la calidad requerida. Sé que estamos en una sociedad “de mercado”, donde TODO se compra y se vende, pero, por lo menos, estaría bien que se cuidaran unos estándares de calidad que, hoy en día, raramente se ven.

En el caso de Andrés, quien también conoce y cultiva el arte de la fotografía, es distinto. Su criterio es mucho más exigente que los mercachifles de tres al cuarto anteriormente citados y, por eso, cuando hablas con él sobre un determinado tema, el material resultante sobrepasa unas expectativas que los demás ni siquiera se plantean cuando especulan con los precios que solicitan por su mercadería.

Puede que sean los mismos profesionales lo que hayan olvidado lo que es la calidad frente a la inmediatez, tal y como le sucede al indocumentado que se encarga de desmontar la cabecera editorial donde trabaja Walter Mitty, quien ni tan siquiera sabe nada de las historias de aquella publicación, frente a la filosofía de un profesional como el responsable del archivo fotográfico de dicha revista en cuestión y la del fotógrafo Sean O'Connell, aquel que le dedica la portada del último número al trabajo, la profesionalidad y a la total entrega de Walter Mitty.

Lo que sí sé es que en un mundo un poco más racional -solamente un poco, no se vayan a creer que pido mucho- el Archivo Cinematográfico que Andrés Padrón Morales posee debería reposar desde hace ya tiempo en un espacio donde tanto los profesionales como aquellas personas con querencia para con la historia del séptimo arte pudiéramos encontrar aquella instantánea perfecta con la que acompañar nuestro trabajo, colocar para adornar el lugar de residencia o, simplemente, admirar por un momento sin la imperiosa necesidad de estar conectado a ningún dispositivo.

Ya está bien de falsas promesas oficiales y de todos aquellos que antes, y ahora, creen tener la solución al problema, pero siguen sin decir nada de provecho. Por mucho que pueda sorprender, un archivo como el suyo no sólo es una magnífica herramienta de trabajo, documentación y consulta, sino un bien para la sociedad en la que éste se encuentre y, además, todo sea dicho, un valor añadido para quienes se desplacen hasta dicho lugar. Bueno sería que quienes se pasan la vida reinventando estructuras para luego remendar las ya existentes se dieran cuenta que el sol y la playa no deberían ser los únicos cimientos sobre los que sustentar el atractivo de una comunidad, algo que también se puede extrapolar a muchos otros lugares del planeta.

Un archivo atesora el paso del tiempo, con sus modos, sus maneras y todo aquello que fuera capital en el momento en el que se recogió dicho material. Y dejando a un lado la catadura moral -o la falta de ella- de quienes promulgaron el eslogan “Más estrellas que en el firmamento” el material que ha ido reuniendo Andrés a lo largo de todas estas décadas rivaliza, y con mucho, con el contenido de dicho eslogan, a unos niveles que dudo mucho que ustedes se puedan llegar, siquiera, a imaginar.

Y no se engañen pensando que me mueve un sentimiento de amistad, ni nada por el estilo. La verdad, poco me importa lo que puedan llegar a pensar los demás de mi forma de entender la vida. Lo que sí tengo muy presente es todo lo que he vivido durante estos últimos treinta y cinco años y la sarta de barbaridades, mentiras, sandeces y malos modos que Andrés ha debido sufrir a costa de su archivo, en vez de lograr un reconocimiento que parece estarle vetado por el mero hecho de ser quien es.

Sea como fuere, mis palabras poco podrán cambiar lo que ocurre, y menos, con la situación en la que estamos inmersos y lo que vendrá después, igual o peor que la pandemia actual, de eso pueden estar seguros. No obstante, todo esto no me impide expresar en voz alta y sin ninguna cortapisa lo que he vivido y reconocer que ni tendría los conocimientos de fotografía, ni del séptimo arte que tengo de no haber conocido a Andrés. Es más, tampoco hubiese podido realizar mi trabajo como comisario de exposición, escritor y ponente de conferencias sin contar con el incondicional apoyo de sus conocimientos, su material y, sobre todo, su amistad.

Sólo siento no haber podido hacer más de lo que he hecho, pero tengan claro que pienso seguir apoyándolo y tratando de que, antes o después, aquello de lo que se le ha privado le sea reconocido, por mucho que haya quienes piensen que un archivo, el suyo o cualquier otro, siga siendo una cuestión baladí y no un pilar sobre el que se debería sustentar buena parte del conocimiento y la cultura.

© Eduardo Serradilla Sanchis, Helsinki, 2020

The secret life of Water Mitty © 2020 Twentieth Century Fox, TSG Entertainment, Samuel Goldwyn Films and Red Hour Films

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Mi vida ha estado ligada al séptimo arte prácticamente desde el principio. Algunos de mis mejores recuerdos tienen que ver, o están relacionados, con una película o con un cine, al igual que mi conocimiento de muchas ciudades se debe a la búsqueda de una determinada sala cinematográfica. Me gusta el cine sin distinción de género, nacionalidad, idioma o formato y NO creo en tautologías, ni verdades absolutas, que, lo único que hacen, es parcelar un arte en beneficio de unos pocos. El resto es cuestión de cada uno, cuando se apagan las luces.

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