Rutinas

Rutinas

Cada cual arrastra su derrota como puede. 

Thomas acostumbraba a pasar todos los martes por el café del Hotel Lotus. Era fama que su tarta Sacher no tenía nada que envidiar a la preparada en la famosa confitería vienesa y alguien tan goloso como él se resistía malamente a esos manjares. Su único antojo. 

Compartía todas sus soledades en el mismo apartamento y sus rutinas comenzaban a las cinco de la tarde. Abrazaba la desidia y la almohada doce horas por día. Le comía la pena. Salía de casa y caminaba el bulevar. Las manos metidas en los bolsillos de su gabán, donde la mayoría de las veces encontraba restos de tabaco de liar que trenzaba entre sus dedos al tiempo que caminaba. Se sentaba siempre en la misma mesa, junto a la ventana que hacía esquina. El camarero, después de tantos martes, ya conocía la comanda y en menos de cinco minutos tenía la tarta y su café puestos en la mesa. 

Pero este martes dejó una cosa más al servirle: algo escrito en la servilleta que acompañaba a la tarta y que él solo vio cuando hubo terminado de rebañar hasta el último cisco húmedo de bizcocho y chocolate. 

Tenía una frase escrita a mano: “Ya no estás en el espejo”. 

Inquieto, frunció el ceño buscando al camarero y no lo halló. De repente el café estaba vacío y la noche había entrado por la misma ventana por la que antes entraba la luz de la tarde. 

Prendió su Zippo y acercó su rostro a la cristalera y sólo ahí asumió que, esta vez sí, el cóctel había funcionado. 

Se fue sin dejar más rastro que su sombra... y con buen sabor de boca. 

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