REPORTAJE
La carta de Eulalio Ferrer a su padre durante la Guerra Civil: “Siento que el barómetro de mi moral crece en el frente”
María Toca abre el sobre y, emocionada, saca la carta fechada en 1938 mecanografiada por esa máquina de escribir que acompañaba siempre a Eulalio Ferrer (Santander, 1920 - Ciudad de México, 2009), el capitán más joven de la República durante la Guerra Civil española, que acabó convirtiéndose en un empresario de éxito en el mundo de la comunicación desde su exilio en México.
El gramaje del papel es muy fino, casi transparente, y parece aprovechado al máximo para la escritura, casi sin márgenes. Es una carta que Eulalio Ferrer escribió a su padre desde el frente de Lérida en 1938 y que su hija, Ana Sara Ferrer, ha donado al patrimonio de memoria histórica que custodia el Ágora Solidaria Cultura y Memoria Luis Toca de Santander. Un espacio que acaba de cumplir su primer año de actividad y donde todavía no se ha decidido cómo se va a exhibir junto a otros documentos que forman parte de una exposición permanente sobre la memoria.
La carta está fechada unos meses antes de que Eulalio Ferrer, perdida la guerra, huyese con 19 años de España atravesando la frontera catalana. Nada más pisar Francia reparó en un hombre con sombrero y bastón que temblaba de frío junto a su madre. Conmovido, le entregó su capote militar. “Si ven a mi hermano, díganle que venga, que ya me cansé de esperarlo”, le pidió entonces nada menos que Antonio Machado.
“En campaña, a 12 de junio de 1938”, reza el encabezamiento. La carta parece palpitar de emoción cuando se inicia su lectura, pese a que la única parte manuscrita es la rúbrica. En sus líneas, Lalio –como firma la misiva–, entonces un muchacho de 18 años, argumenta a su padre por qué debe estar en el frente de la guerra. “En la retaguardia se mengua un poco la personalidad de uno”, aduce.
Cuenta que ya está respirando los aires de las tierras leridanas y que mantiene la entereza pese a las adversidades. “Siento que mi moral y mi determinación crecen en el frente”, tranquiliza a su padre en los primeros párrafos. “Día tras día nos venimos repitiendo que si cada uno de los antifascistas nos dedicáramos a hurtar nuestro sacrificio a la guerra, la victoria se malograría”, argumenta.
En la misiva explica su voluntad de estar en primera línea pero con un traslado a una unidad “donde se pueda convivir ideológicamente”, aunque entiende el dilema de su progenitor que quiere satisfacer sus deseos. Pero a la vez prefiere para él “un destino más liviano” para evitar riesgos. “La preocupación hacia madre te descentra un poco, como también me descentró a mí”, admite, “pero creo que es momento de discernir más que como familia, como camaradas”.
Ferrer le pide a su padre que no moleste a nadie tratando de conseguirle “un destino cómodo” y únicamente le reclama que encuentre alguna unidad combativa dirigida por algún compañero y paisano “donde yo pudiera ser acoplado”. “Yo también me encargaré de ello porque en modo alguno quiero seguir enfrentándome con este ambiente hostil políticamente que me rodea”, confiesa.
Lalio se despide a la vuelta del folio de una carta relativamente breve: “Hay mucho trabajo. Te tengo que escribir poco y con una máquina torpe que me desespera”.
Del exilio al éxito con memoria
La carta de Eulalio Ferrer a su padre supura recuerdos, evoca la vida de aquel adolescente, siempre comprometido, que con 14 años publicó su primer artículo en el periódico La Región, donde su padre trabajaba como tipógrafo y corrector. El periódico que dirigía el histórico Luciano Malumbres, y tras ser asesinado por un falangista, su mujer la periodista Matilde Zapata, afilada al PSOE y con quien Eulalio protagonizó algunos mítines después que, con solo 16 años, fuese designado secretario local de las Juventudes Socialistas de Santander.
Ferrer ha relatado sus propias vivencias en algunos de sus libros como Entre alambradas, donde retrata su estancia en el campo de prisioneros de Argelès sur Mer y llegó a editar un periódico, El descamisao.
Allí cambió un paquete de tabaco por un libro de El Quijote que le acompañó en el exilio y le ayudó a sobrevivir. Cuando triunfó en México como publicista construyó el Museo Iconográfico de El Quijote en la ciudad de Guanajato, que expone su colección privada de cerca de 850 piezas de artistas internacionales relacionadas con el personaje.
La biografía de Eulalio Ferrer está escrita en algunos episodios como su regreso a España. Volvió en 1969, cuando todavía gobernaba la dictadura franquista, como un empresario de éxito. Era un exiliado, pero había hecho dinero, así que el régimen le permitió estar en España sin represalias, pero le puso dos escoltas.
Lo primero que hizo al llegar a Santander, su ciudad natal, fue visitar el cementerio de Ciriego con un ramo de flores rojas que dispersó sobre la tierra, en una zona donde no había lápidas. Uno de sus acompañantes, extrañado, le pregunto qué hacía. “Echo claveles sobre mi tumba”, dicen que contestó Eulalio. Usted está vivo, rebatió el otro. “Si no llego a irme estaría enterrado aquí”, respondió.
En ese lugar, hoy se erige un monolito con los nombres de los cientos de fusilados que fueron arrojados en las zanjas sin identificar. El propio capellán se encargó de borrar sus nombres. Hoy, todavía tiene una calle con su nombre en Santander.