ENTREVISTA
Vicente Ansola, fotógrafo: “La fotografía que me gusta es la que nunca se haría, la de personas anónimas con mucho que contar”
A pesar de su discreción, a Vicente Ansola (Alceda, 1958) se le ilumina la mirada al reconstruir con entusiasmo, a modo de diario de viajes, todos los rincones a los que le ha llevado su cámara. Se define como autodidacta, apasionado de la cultura popular, los paisajes del mundo rural y la mitología cántabra. Durante varias décadas compaginó sus viajes con la gestión de un estudio propio de fotografía y hasta tres comercios en Santander caracterizados por la constante innovación en los formatos de revelado.
Sus retratos de gentes del campo, oficios rurales y naturaleza se han expuesto en Irlanda, Escocia, Estados Unidos, Alemania o Galicia, entre otros lugares. Ahora trabaja en un proyecto personal que puede que le lleve otra vez a Tokio. Su última exposición en Cantabria fue en 1983, en la antigua galería Pancho Cossío de Santander. El título de aquella muestra fue precisamente 'Tierra de Anjanas', el mismo que ha elegido para su último libro, presentado recientemente en Santander.
¿Antropólogo de la fotografía, artesano de la imagen o retratista, con qué término de aquellos con los que le etiquetan habitualmente se siente más cómodo?
Yo creo que soy un retratista porque me encanta estudiar a las personas. Conocer gente nueva, pero en el sentido de intentar mostrar su interior. No me gusta aquello de “vas a hacer un trabajo de este sitio, tienes ocho días”, porque a mí me gusta caminarlo, sentirlo. En Galicia he estado 12 años, imagínate.
Explicó muy bien durante la presentación de su último trabajo, 'Tierra de Anjanas', que la manipulación que existe en digital es similar a la analógica.
Cuando se habla de manipulación en fotografía para mí es un absurdo, porque en analógico la fotografía la manipulas igual que en digital. Ya quitaban a Trotsky, en su época. Yo empecé en 1979 con analógico y pasé a hacer fotografía digital en el año 2000, cuando casi nadie lo hacía todavía. En general, a las personas nos cuesta mucho cambiar. Estás cómodo en tu técnica. Igual que cuando salió el vídeo. Pienso que lo que da miedo es más bien el trabajo que requiere todo lo nuevo. Yo tenía 40 y pico años y no sabía ni encender un ordenador. Y me metía en casa a las 2 o 3 de la mañana, probando, sin tener ningún tipo de conocimiento. Y de ahí salió el libro El bosque de las flores dormidas (2003), primer trabajo con fotos digitales. Ahora lo veo como algo muy arcaico, pero son las fotos que llevé a una exposición en el Instituto Cervantes de Chicago.
¿Cómo surgió esa oportunidad de exponer en el Cervantes de Chicago?
Siempre he sido de hacer las cosas a mi manera y pensé que esas fotos, esa experimentación, era algo muy disruptivo y totalmente diferente a lo que se estaba haciendo. Además, por aquella época estaba muy interesado en la mitología de Cantabria, porque le contaba cuentos sobre ello a mi hija, así es que planteé ese trabajo de experimentación en torno a la idea de la visión de los duendes sobre Cantabria. Lo propuse a varios institutos Cervantes y me contestaron de Chicago que les gustaba la idea y que podían programar la exposición en un año y medio, ya que hasta entonces tenían la agenda completa. Y así es como esas fotos de paisajes de Liébana viajaron hasta allí. Sentí que con el mundo digital se habría un mundo totalmente nuevo y estuve 26 años sin volver a lo analógico.
Pese a tener su propio estudio y negocio de fotografía en Santander, se traslada a vivir a Irlanda durante un tiempo.
Sí, Irlanda fue una experiencia maravillosa y yo no quería volver. Mi hija tampoco, pero al final mi mujer puso un poco de cordura y regresamos. Pero fue un sueño, algo muy bonito donde pude entrar en contacto con paisajes espectaculares que están en el libro El bosque de la bailarina (2008). A la vuelta decía: “Bien, tengo una empresa, pero necesito otra cosa”. Para mí el objetivo de la empresa era solo mantenerla como medio de vida pero hasta ahí. Y por eso me fui para Galicia.
¿Y por qué Galicia?
Galicia siempre me ha gustado mucho. La primera vez que fui con mis padres tenía siete años. Ellos tenían un amigo uruguayo allí. Después, con 14 o 15 años, conocí esa Galicia mágica de Wenceslao Fernández Flórez, de los 70 y 80.
¿Pero le fue posible mantener su negocio en Santander desde Irlanda?
Sí, lo gestionábamos a distancia. Lo que yo llamo la bohemia empresarial, ni una cosa ni la otra. No quería ser el típico empresario o comerciante que tiene que estar siempre. Mi labor es generar trabajo en la empresa, pero no estar allí sentado mirando lo que hace cada uno. Eso es un absurdo para mí. Ahí juega un poco la ambición de cada individuo. La mía en esta vida ha sido trabajar, pero siempre tratando de disfrutar con lo que hago.
Volviendo a Galicia, allí expuso mucho: Museo do pobo Galego, Museo de Lugo, Festival céltico de Ortigueira…
Sí, participé en muchas exposiciones y sobre todo tengo especial apego al trabajo O pobo das néboas (2010). Ahora la exposición es quizás algo que no me motiva tanto. El mundo de las galerías no me atrae. Me hace sentir como en un círculo en el que te sientes obligado a generar arte y yo no me considero un artista.
¿Por qué dice que tus fotografías no son arte?
No creo que lo que hago es arte, son fotos del pueblo. En Galicia han venido a comprarme fotos, pero nunca he ido a una galería de arte por iniciativa propia. Creo que un artista es algo más potente que eso. A lo mejor yo estoy equivocado en mi concepto de arte, pero hay unas cualidades que pienso que yo no tengo.
El mundo de las galerías no me atrae. Me hace sentir como en un círculo en el que te sientes obligado a generar arte y yo no me considero un artista
Pero, ¿dónde está la diferencia?
Para mí hay dos conceptos en el retrato. Está el fotógrafo artista que va a marcar su estilo en todo aquello que retrata. Y a mí lo que me interesa, otra cosa es que lo consiga o no, es que a través de la fotografía que yo hago se magnifique la esencia, el interior de esa persona o individuo al que retrato.
¿Quiere decir que pretende usar la fotografía como un medio y renunciar a ese protagonismo de autor?
Exactamente. Tener que seguir unas pautas en las cuales cobrar por unas fotos 'equis' dinero y que una galería hable de mí ciertos aspectos de mi trabajo que quizás ni percibo ni siento, no es lo mío.
Han llegado a decir que sus fotos en Galicia han sido de utilidad para la preservación del patrimonio. ¿Siente que es así?
Desde que tenía cuatro años la arquitectura popular es algo que siempre me atrajo muchísimo, pero no solo en Galicia o en Cantabria, sino en toda España. La experiencia en Galicia ha sido maravillosa con la gente. Hay muchas fotos que es muy difícil que te dejen hacer si no es porque existe una relación de confianza y allí me han permitido muchas licencias. Igual que en este último libro, Tierra de Anjanas, para el que he tenido una libertad absoluta en todas las fases del trabajo y es algo que agradezco mucho tanto a la Fundación Comillas como a la Consejería de Economía y Hacienda de Cantabria. Porque yo estoy presente en todas las fases de producción de los libros y muy especialmente en la edición. Desde que se hace la foto hasta que están saliendo en offset.
¿Hay algo diferente en Tierra de Anjanas respecto al resto de sus publicaciones?
Es un libro que abarca toda Cantabria y no es lo habitual, ya que me suelo ceñir a espacios más reducidos donde me siento más protegido y puedo entrar más en contacto directo con la gente. También para Sucedió en Cabuérniga (2023) conté con el apoyo de Nicolás Toral y su contacto con varias asociaciones locales, porque así como en Galicia tuve muchas facilidades para publicar, al volver aquí no me resultó tan sencillo.
Siempre me he esforzado por llegar a la raíz, al fondo, de todas las culturas que he conocido, de vivir y sentir como una persona del lugar
En la temática etnográfica que mueve su trabajo, las gentes y las fiestas populares, ¿se puede decir que comparte inquietudes con la fotógrafa Cristina García Rodero?
Sí, pero hay unas diferencias en nuestros comienzos. Entre estar en Santander y Madrid, las becas... Yo por ejemplo nunca me enteraba de nada. Mis inicios fueron de puerta en puerta por Santander. No teníamos dinero para carretes, no teníamos coche, no teníamos nada. Cristina García Rodero estaba desarrollando un trabajo que yo por aquella época soñaba, pero yo no tenía medios ni ningún antecedente de fotografía en la familia. Yo hacía fotos a los compañeros de la Escuela de Magisterio, en la que yo estudiaba por aquella época, y las revelaba en casa en blanco y negro, en un plato, para venderlas y sacar algo de dinero. Iba a lugares como los almacenes Pérez del Molino o Simago y pedía permiso para poner un rey mago (algún amigo) en la puerta y hacer fotos a los niños. Así nos sacábamos un dinero en Navidad que luego nos servía para comprarnos un flash u otros materiales.
¿Existe alguna relación o hilo conductor en su trayectoria entre Cantabria, Irlanda y Galicia?
Sí, quizás la mística de la mitología, el mundo celta, sobre todo entre Irlanda y Galicia, una especie de niebla presente siempre en el ambiente.
Si le propusiesen hacer un retrato los reyes de España, como le ha sucedido a Annie Leibovitz, ¿aceptaría?
Sería algo que nunca pediría, porque el retrato de famosos no es algo presente en mi trabajo, pero no voy a decir que no lo haría porque te estaría mintiendo. Hay que estar en la situación de que te ofrezcan 100.000 euros por fotografiar a los reyes. Aunque es cierto que a mí la fotografía que me gusta hacer es la que nunca se haría: todas esas personas que tienen muchas cosas que contar y que son totalmente anónimas pero que, sin embargo, son parte fundamental de la cultura local. Siempre me he esforzado por llegar a la raíz, al fondo, de todas las culturas que he conocido, de vivir y sentir como una persona del lugar.