Huelgas, fragmentación y algunas castas
La democracia era eso. O era lo que nos decían. Pero o dejó de serlo o nunca lo fue. La democracia partía de la base de que todos somos iguales (ante la ley, o en derechos, como quieran verlo) y que la maquinaria funcionaba cuando la mayoría participábamos del engranaje. Escribía el sociólogo francés Alain Touraine: “El fundamento de la democracia estriba en la participación más activa posible del mayor número posible en la formación y la aplicación de las decisiones políticas”.
Pero a lo que asistimos es a la fragmentación. Por todos lados, en todos los sectores, en cada grupúsculo humano. Es esa cultura heredada del franquismo del “¿qué hay de lo mío” llevada a un “¿qué hay de lo nuestro?” tan estrecho —o fragmentado— como pequeñas son las trincheras de lo “nuestro”.
Los trabajadores del sector de los tornillos de cabeza avellanada marchan por lo suyo hasta que lo consiguen. Poco se les ve en las protestas a favor de la educación pública o de la acogida con derechos de los menores migrantes. Los especialistas en trufas de invierno no suelen reclamar mejores condiciones para las trabajadoras de la trufa blanca. Las migrantes blancas de Ucrania no se preocupan por las migrantes negras de Costa de Marfil y los defensores del animalismo se congelan cuando el ICE se pone en marcha contra los humanos.
En fin, fragmentación y trincheras pequeñas para que nadie se preocupe del común, para no tener que mirar a los ojos del otro mientras defendemos pequeños logros, a veces privilegios, otras veces, solo distinción.
Eso me parece a mí cuando asisto con estupor a la huelga de clase que acontece en estos días. Me refiero a la clase médica, que siempre fue “diferente” y quiere serlo para siempre. Podría entender que haya un Estatuto Marco del sector salud porque tienen algunas particularidades (aunque para eso están los convenios colectivos y el Estatuto de los Trabajadores y Trabajadoras), pero no parece razonable que algunos médicos quieran el suyo propio. Si nos ponemos así, deberían tener su estatuto las conductoras de ambulancias o los servicios administrativos de Atención Primaria. Fabricar nuevas castas que se sumen a las ya existentes no ayuda a la convivencia ciudadana.
Ya es difícil de entender que muchos funcionarios tengan unos servicios de salud diferentes —y privatizados— a los del resto de la ciudadanía; ya cuesta digerir que quien cobra de la pública atienda en la privada; ya es difícil soportar esta sociedad hipermedicalizada y patologizada, así que una nueva casta no mejorará nuestra ya precaria salud democrática. Claro, que tampoco ayuda que el consejero cántabro de Salud eche balones fuera diciendo que la huelga no es contra él, porque eso muestra la falta de solidaridad institucional y cómo los partidos políticos profesionales convierten lo público en sus pequeñas trincheras para sumar réditos o evitar puñetazos.
Para la salud pública yo destinaría todo lo necesario, sin dudarlo, pero no por casta ni por grupos con intereses corporativos, sino que, partiendo de un alto sentido de lo común y del bienestar de la ciudadanía, se diseñe un solo estatuto que contenga todo lo necesario para que las y los profesionales que trabajan en el sistema público lo hagan en las mejores condiciones laborales a cambio —en el caso de los médicos— de ciertos niveles de exclusividad.