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Sobreactuando que es gerundio

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Hay algo curioso en que una ciudad tan morigerada como Santander tenga una pasión tan extraordinaria por sobreactuar.

Tras el trágico accidente de El Bocal, que se recordará como se sigue recordando el derrumbe del Hotel Bahía o el desplome de la fachada del Hospital Valdecilla, el Ayuntamiento de Santander ha arramplado con todas las existencias mundiales de bandas de plástico y ha empezado a sobreactuar, no sea que alguien piense que no se preocupa por el mantenimiento de las cosas (cosa que efectivamente todo el mundo piensa y seguirá pensando).

Ahora, como en los cuadernos infantiles, se podrá seguir por la ciudad el curso de una infinita línea discontinua, en la que se alterne el blanco con el rojo o el azul, girar con garbo para esquivar baldosas rotas, detenerse unos segundos para admirar instalaciones inestables o terrazas precintadas, bordear metros y metros de sendas que antes solo conocían los lugareños y frenar en seco ante un frente marítimo vallado.

Es de esperar que el equipo de gobierno se venga arriba en cualquier momento y empiece a exhibir el suficiente y frenético celo como para precintar el acceso a los grupos municipales de la oposición, las sedes de los sindicatos de clase y las oficinas de los medios de comunicación… paso previo de balizarse a sí mismo.

Sin embargo, aparte de la sobreactuación, tengo el convencimiento de que todo queda en eso, que lo importante no es tanto arreglar el desperfecto, sino marcarlo para que todos tengan claro que no ha pasado desapercibido.

Así, el ganador de esta 'gymkana' por la ciudad no será el que mejor la mantenga, sino aquel que la convierta en una instalación de Christo o la deje cubierta con más cintas de balizamiento y etiquetas adhesivas que a la momia de Tutankamón.

Lo demás es cosa del servicio.