eldiario.es

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Carne de perro

La exclusiva recientemente publicada por este periódico en torno a los ya famosos mensajes entre compis y yoguis tiene tantos matices que cada vez que releo la información me encuentro con algún aspecto nuevo.

Suficientemente han quedado ya explicadas en eldiario.es las implicaciones del asunto en materias muy diversas como la sensibilidad, la imagen de las instituciones, las tarjetas black, la crisis y otros mil etcéteras. De igual modo ha quedado aclarada la relación entre el derecho a la información y el derecho a la intimidad, detallándose de manera cristalina las fronteras entre uno y otro.

Pero como periodista, a mi me gustaría adentrarme en el significado de las expresiones empleadas en esos mensajes en torno a la profesión que orgullosamente ejerzo. Cuando, el año pasado, el director de eldiario.es, Ignacio Escolar, visitó nuestra ciudad para presentar este periódico, tuve la oportunidad de escuchar la conferencia que pronunció en el patio del Parlamento de Cantabria. En aquella ocasión, me llamó mucho la atención una pregunta que le dirigió una señorita de entre el público. He olvidado la pregunta, pero no la introducción a la misma que es lo que deseaba comentarles. Decía la chica, "soy una ex-periodista, ya que no ejerzo como tal en la actualidad, sino que trabajo como funcionaria…".

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El Lábaru, símbolo desde el que construir nuestro futuro

Una bandera con el lábaru, al fondo, en la feria de ganado de San Miguel. | Adic

Hoy se debatirá y se votará en el Parlamento de Cantabria una PNL -Proposición No de Ley- presentada por el Partido Regionalista de Cantabria (PRC) con el objetivo de "reconocer el lábaro como símbolo representativo e identitario del pueblo cántabro y los valores que representa", así como "instar a las instituciones y a la sociedad civil de Cantabria a promover y participar de forma activa en su conocimiento y difusión".

Mucho se ha hablado y escrito en los últimos meses sobre el Lábaru desde que la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria (ADIC) diera a conocer a la opinión pública cántabra su propuesta para lograr el reconocimiento del mismo como símbolo de Cantabria por parte del Parlamento autonómico, así como su posterior proposición de inclusión del mismo en la actual Ley de Banderas de la Comunidad Autónoma. Durante este tiempo, hemos podido leer, escuchar, incluso participar de largos y bizantinos debates sobre el rigor histórico de dicho símbolo, con la eterna sensación de que en esta tierra tenemos que pedir perdón por cada paso adelante que queramos dar, por pequeño que este sea.

Parecía, y a veces lo parece aún, que la veracidad histórica del Lábaru no podía generar ni el más mínimo atisbo de duda. No importa que, por ejemplo, la actual bandera oficial del Reino de España surgiera de un concurso convocado por Carlos III o que la Ikurriña fuera diseñada a finales del siglo XIX por los hermanos Arana. No importa que, al fin y al cabo, todas las banderas sean un invento. No, siempre hay quienes desde sus autootorgadas atalayas intelectuales y morales aún quieren convencernos de que los cántabros necesitamos la bendición de un tropel de instituciones académicas para reconocer institucionalmente la bandera con la que miles y miles de nosotros nos identificamos como miembros de esta comunidad humana.

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Una Universidad para Cantabria

Campus de la Universidad de Cantabria (UC). | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

La autodenominada Universidad de Cantabria (UC) ya tiene nuevo rector. Y el rector ya tiene su nuevo equipo. Y su equipo ya tiene las bendiciones mediáticas y políticas para seguir gestionando la universidad pública ausente. Ángel Pazos ha sido elegido democráticamente por un sistema muy poco democrático, casi tan distorsionado como el de las elecciones generales. Alguien me comentaba en estos días su sorpresa porque sólo el 15% de los alumnos había participado en la votación, pero ese alguien no sabía que las elecciones son condicionadas por los profesores doctores permanentes cuyo voto vale un 55% del total. Quizá eso explique por que participó el 86% de esa casta y por qué 10.000 de los 11.000 estudiantes de la UC se fueron de cañas en lugar de legitimar una votación trucada.

Me olvido del juego "democrático" y les confieso que yo lo que tengo es 'saudade' de universidad (de verdad). Me explico. Nuestro país ha ido condicionando casi todos los espacios de la educación superior al discurso de moda de la competitividad y del emprendedurismo, al falso discurso que encadena títulos y empleo, al sucio pragmatismo en casi todas las facetas de la vida, a poner precio a todo: incluidas nuestras cabezas.

Cantabria tiene una universidad pública, pero no es una universidad para el común. Como en el resto del Estado (con honrosas excepciones), la universidad pública se ha ido privatizando de forma encubierta. Al mismo tiempo que han ido avanzando las investigaciones híper condicionadas por la financiación privada, los investigadores convertidos en gestores de proyectos, los proyectos pagados a la universidad por otras entidades públicas para justificar acciones políticas o el alquiler de espacios, se han ido reduciendo las carreras "no rentables", la inversión en conocimiento no rentabilizable (económicamente), las becas a los que más lo necesitan (ahora dicen que son para los que más se las merecen), la intervención crítica en la sociedad…

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Humo

Miguel Ángel Revilla e Ignacio Diego durante la reunión para realizar el traspaso de poderes.

Revilla se la tiene guardada a Diego. ¿Seguirá posando el puro "humeante y rechupeteado" en el alfeizar de la ventana del Parlamento? Si es así, propongo a los populares que retomen el asunto para limar asperezas. Puestos a debatir desde lo absurdo hablemos del puro de Revilla, de su trasfondo. Del arrebato de un "pisapuros" que terminó pidiendo disculpas por dejar la colilla en el suelo "de todos" e instaurando una corriente filosófico regionalista que razonó, meditó y reflexionó hasta llegar a la siguiente teoría: "Ignacio Diego no menosprecia al puro sino a su persona". Una patología de componente político importante.

Cinco años después la herida escuece pero el paro ahoga. Miguel Ángel Revilla e Ignacio Diego no se comunican y el espíritu de la frivolidad que algunos criticaron entonces sigue presente en el hemiciclo. Al presidente le preguntan por el paro, por las medidas para atajarlo y la Cámara se convierte en gallinero. En el escenario propicio para el reproche, para el "y tú más" y la herencia recibida de un ex presidente Diego al que acusa de haber cometido un "fraude" a base de maquillar las cifras. Su rival responde a la "parálisis" de Revilla con otro envite: el de la "desconfianza empresarial".

A la desconfianza del parado que pide un debate serio, que le den. La altura política que demostraron el pasado lunes huele a humo y es hora de ventilar. De poner los puntos sobre las íes; de ser franco con los 51.399 desempleados que conocen una sola verdad que no miente y que sitúa a Cantabria en posición de descenso. Somos la única comunidad que ha experimentado un incremento del paro interanual. Y el problema es estructural. Así que "tardaremos bastante en salir del agujero".

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Más de cien verdades

A mediados de los años noventa, Joaquín Sabina publicó el disco 'Esta boca es mía'. Entre un puñado de buenas canciones, palpitaba grácilmente un tema que aún hoy interpreta en sus conciertos y que lleva por título 'Más de cien mentiras'. Lejos de lo que pudiera parecer, esta canción es un himno dedicado a la perseverancia, a no rendirse, al camino que nos queda por delante; es gasolina para que nuestros ventrículos continúen luchando cada día porque tenemos más de cien motivos para ello.

Canta, por ejemplo, este poeta jienense:

"Tenemos un as escondido en la manga,
tenemos nostalgia, piedad, insolencia,
monjas de Fellini, curas de Berlanga,
veneno, resaca, perfume, violencia.

Tenemos un techo con libros y besos,
tenemos el morbo, los celos, la sangre,
tenemos la niebla metida en los huesos,
tenemos el lujo de no tener hambre".

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Váyase usted al carajo, y otras jocosas expresiones históricas

Hace un tiempo di una charla sobre el origen histórico de ciertas expresiones comunes que hoy en día utilizamos de forma automática, desconociendo casi por completo a qué hacían referencia en un primer momento. Tirando por lo curioso, que suele ser siempre la mejor forma de acercarse al lector, o al que escucha. Cosas como "vete al carajo”, o "el que se fue de Sevilla perdió su silla" (han leído bien, no tiene errata), o "tomar las de Villadiego". Hasta, como soy un provocador, expliqué el origen de la palabra "gilipollas", que es un insulto muy concreto y muy eufónico con historia y desarrollo de lo más curioso detrás. Pero no van por ahí los tiros. Hoy valga saber que el primer "gilipollas" que existió en este país fue un Ministro de Hacienda. Aparentemente sin relación entre cargo y estolidez, solo por aclarar. Otro día…

Un par de semanas atrás, y en este mismo medio, Marcos Díez escribía (y muy bien, oigan) sobre las palabras, sobre la pérdida de sentido de las mismas cuando, a base de repetirlas, terminan por ser apenas zumbido amorfo en los oídos. Con las expresiones pasa algo parecido, porque a fuerza de modificar su sentido original parece que el mismo se ha extraviado por entre las cunetas del tiempo, y lo que queda ahora es un remedo más o menos aproximado que, con todo, no puede sustituir (aunque lo haga) lo que fue. Lo cuenta muy habitualmente Javier Marías, que como traductor husmea en el origen de cada término como si tuviera toda la importancia del mundo. Que la tiene. Porque los idiomas no son, en modo alguno, espectro inanimado que sigue ciertas reglas, sino ser vivo en constante cambio, y cada palabra que pronunciamos hoy en día tiene un origen que no solo explica su significado, sino que también dibuja aristas en sus connotaciones. Aristas que se van puliendo cada vez al desconectar terminología de contexto.

Pensemos, por ejemplo, en la tópica, esa hermana de la retórica que Viehweg retocó durante el siglo XX hasta convertirla en un lugar de encuentro donde las diferentes posturas se reúnen para intentar alcanzar un término medio que a todos satisfaga, y al que se llega, precisamente, con la mera lid dialéctica, intentando convencer al contrario de que su postura absoluta no es en modo alguno inquebrantable. En otras palabras, la exploración de un acuerdo. Pues bien, lo que antes era tópica deriva hoy en día en reunión de tópicos, y estos sí utilizados según su acepción habitual, como ideas trilladas, manoseadas, desprovistas por completo de significado por cuanto su mera enunciación no despierta reacción mental alguna al oyente. Para qué, si escucha lo mismo de siempre. Es una asunción pasiva del discurso, una de esas que Cortázar, que era un heteropatriarcal del copón, llamaría de "lector hembra". Y tal.

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Los zorros y los lobos tienen sus madrigueras

Refugiados sirios entran en Hungría por debajo de la valla de la frontera húngara. | Ap - Bela Szandelszky

En el patio trasero de nuestras casas hay seres humanos que sienten envidia de cualquier animal que posea una madriguera, un nido, un lugar donde guarecerse. Hombres y mujeres que una vez vivieron en una casa hecha con ladrillos, durmieron en una cama junto a una mesilla de noche y comieron sobre una mesa con un puchero en el fuego. Niños y niñas que hasta hace poco jugaban, iban al colegio, tenían un futuro.

Nosotros, los seres humanos de este lado del Mediterráneo, pedimos para ellos un pasaje seguro, un corredor para ponerse a salvo sin jugarse la vida. Porque nos parece dantesco que esos otros seres humanos, con los que tenemos en común precisamente eso, ser humanos, en su huida del horror y la nada mueran ahogados, congelados, pisoteados. Y si además se da la circunstancia de que lo hacen en la orilla de nuestras playas, mucho peor. 

No he conocido a nadie, no he hablado con ninguna persona que no esté dispuesta a abrir la puerta de su casa a una familia refugiada. ¿Entonces por qué nuestros dirigentes los expulsan como si de animales se tratasen, como si Europa fuese suya y pudiesen decidir a espaldas de los que nosotros, los europeos, de verdad queremos y sentimos? La respuesta es clara. Porque aquellos que se sientan alrededor de una mesa de caoba para decidir sobre el futuro de los refugiados olvidan que son seres humanos.

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Fiesta

Cuadro 'El combate entre don Carnal y doña Cuaresma', de Pieter Brueghel 'el Viejo'.

"Esta época, que exhibe ante sí misma su tiempo como si fuera el retorno precipitado de una multitud de festividades, es también una época sin fiestas" (Guy Debord)

A lo largo de la historia, la fiesta, como manifestación superior de la alegría colectiva, ha sido vista por los poderes fácticos con recelo e incluso como algo social y políticamente peligroso. Pero de todas las épocas quizá sea la nuestra en la que de manera más contradictoria y cínica se intenta demonizar cualquier fiesta que no esté promovida, gestionada y rentabilizada (al menos económicamente) por alguna empresa o institución pública o privada.

Cuando digo fiesta me refiero a una actividad colectiva diseñada y ejecutada por los propios participantes (que deben implicarse directamente, ser activos, no meros espectadores) en términos igualitarios (las jerarquías de cualquier tipo se disuelven), en la que hay música, baile y/o cante más o menos organizado, y está bien visto que los participantes usen intensificadores de la experiencia en estado líquido, sólido o lo que se tercie. El propósito principal de la fiesta es celebrar la vida en grupo, y por eso siempre ha sido el mejor y más gozoso medio para romper la sensación de aislamiento del individuo y de reconectarlo con la comunidad.

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Sánchez y el libro de los récords

Pedro Sánchez, secretario general del PSOE.

Siempre he mirado con asombro la vacuidad del libro Guiness de los récords. No son todos los registros -de acuerdo- pero una buena cantidad de ellos vienen conseguidos mucho más por el afán de inscribirse en el libro que por el verdadero mérito de la acción que lo motiva.

Parece que el hecho de lanzar huevos a más distancia que nadie, zamparse más perritos calientes de una sentada o caminar lo más lejos posible marcha atrás confiere cierta grandeza al autor de la hazaña, aunque sea mucho más por conseguir inscribir el logro en el dichoso libro antes que por el verdadero mérito de completar con éxito una memez.

No olvidemos que el nacimiento del libro de los récords patrocinado por la popular marca de cerveza nació por una estúpida discusión entre cazadores que intentaban demostrar cuál de entre dos aves era más veloz, el chorlito o el urogallo.

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El país de los enemigos

Arnaldo Otegi.

España es un espacio hostil. A veces, no sé si es una nación, varias naciones, un estado o un ring de boxeo. Tenemos la costumbre de acabarnos, de derrotarnos eternamente. No somos Sísifo, somos la inmensa e incontenible piedra que lo hace regresar loma abajo para empezar de forma cíclica un ritual autodestructivo que incluye, de forma inexorable, la destrucción del otro (entendiendo por el otro un enemigo voraz).

Sé que hay razones históricas para entender esta sociología de la inquina, esta antropología del desacuerdo y la intolerancia, pero me agotan, porque funcionan como dispositivos justificadores de la sinrazón.

Mientras en el Congreso de los Diputados se representaba la opereta de la “nueva política” y en los juzgados de Palma se asistía a la telenovela del “yo no sabía nada”, en algunos medios se practicaba la apología del odio al enemigo al albur de la salida de prisión de Arnaldo Otegi. Qué más da que haya cumplido una dudosa sentencia de cárcel, qué nos importa que a la luz de la esquizofrénica justicia española sea un hombre con sus derechos restituidos, qué carajo nos va a afectar que 12.000 personas llenaran Anoeta en un acto político de un sector importante de la sociedad vasca, por qué vamos a tener en cuenta el fin de la lucha armada o por qué vamos a apostar a palabras como política, reconciliación o futuro… al enemigo hay que humillarlo, hundirlo, acabarlo al 100%. No es este país para la convivencia, sino para la victoria. Ya lo garabateó Franco en Burgos el 1 de abril de 1939: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”. La guerra, en esta lógica aplastante (y aplastadora), no termina con un acuerdo o con un pacto en una mesa de negociación, sino cuando el enemigo está “cautivo y desarmado”.

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