Castilla-La Mancha Opinión y blogs

Sobre este blog

La lentitud

0

Han salido los primeros tusilagos. En invierno hibernan, no mueren, dan su flor amarilla al final del frío, anuncian la primavera. Las fárfaras o uñas de caballo han florecido este año poco después de San Sebastían. Dice Esquirol en La escuela del alma que quien contempla, vive y deja vivir. Genera paz, y quien lee el poema del mundo obtiene energía para hacer más mundo.

Después de días de aire violento hay que volver a colocar en su sitio todo aquello que el viento tiró y arrastró, ¿no? También esto podría proporcionarnos la posibilidad de algún cambio. Ahora tú estabas mejor allí que aquí y te habías desviado mucho para llegar a tiempo. El último perihelio del cometa Hale-Bopp se produjo probablemente hace 4200 años, y no volverá al sistema solar interno hasta dentro de 2380 años. A pie, despacio, vamos a su ritmo.

Se volcó una maceta con un platón de olivo y ahora lo vas a trasplantar allí, detrás de la casa.

Instrucciones de como dejar atrás una gran ciudad. No las hay en realidad. A pie, siempre a pie, sin prisa, hacia allí. Cada uno tiene su allí. La grand marche de los risueños. Oiseaux, qué bella palabra. Fue en París, hace ya unos meses, en la casa de un viejo amigo, lo vi en él. La mirada puede reunir el espacio o esparcir el ánimo, penetra como el aire en una casa abierta y entra en lo roto, en lo entornado, en el hueco. Comunión de silencios, el gran silencio la nutre, él deja abandonarse por el suyo propio, y en esa casa abierta a las afueras de la ciudad que nunca acaba nunca se cansa de reír.

Su viejo rostro me cuenta una historia, la mía propia; la mirada, la boca, las facciones de ese rostro las ha modelado la alegría y la lentitud. Le gusta este lugar, no demasiado alto, solo lo suficiente como para poder reunir con la mirada el espacio que hacia allí se abre. Me dicta entre copas de borgoña las instrucciones de como dejar atrás la ciudad que nunca acaba. “Él prevé siempre el final: para no comenzar nada”.

Este es un tiempo de parábolas, pero no valen las viejas parábolas, deben ser nuevas, como nuevas las experiencias de nuestros días. Se endurecen todavía más las viejas piedras de las ruinas para aguantar lo blando de esta época infame. El maestro Esquirol mantiene en La escuela del alma que la gente tiene necesidad de poesía y de mística para no enloquecer. Más parlanchín en la soledad escribió Canetti, y aunque en vano se sumergió tres veces y nadie lo vio. La cuarta se quedó en la superficie, donde tampoco nadie lo vio.

Profanamos, lo profanamos todo, nos profanamos, este es el tiempo de las profanaciones. Aquella sierra azul ya está profanada, yo la he profanado en domingo. ¿Iba a hacer una caminata por la nieve descalzo? Ahora, y cada vez más, omito nombres, y cuánto más los omito menos se olvidan. Se han apoderado de mí.

Nos defendemos del odio con más odio, hacia una homeopatía de la desilusión. Se cura 'casi' todo con vocablos enfermos. Chupamos esas palabras.

Más rápido, a mayor velocidad, llega antes, vete antes, no mires desde la ventanilla de un tren el mundo, el paisaje. Ve ciego de velocidad. No contemples: nos decían esto las voces de los aparatos, demasiadas voces salidas desde lo oscuro de las máquinas nos lo decían. Hace poco, ella me lo preguntó ¿Te ahogaba la aceleración y la velocidad inusitada del ahora? No tenía necesidad de llegar antes, de ir tan rápido, le dije a uno con el que me crucé en una estación de tren. Allí, en la región de Jola, en esa parte olvidada del mundo, le dieron hace mucho la espalda al récord. Se premia la lentitud, se come despacio, se ama despacio, se mira despacio, se camina despacio. La palabra amada es “despacio” y sus conjunciones. Allí todavía se crean palabras nuevas que significan “despacio” “lentitud”, en esa parte del mundo solo se corre para tonificar el cuerpo. Los ríos limpios van a la velocidad de los ríos.

Quítate las sandalias porque estás pisando un lugar sagrado. Éxodo 3,5. Pero aquí todo el “lugar”, el ancho e inmensurable lugar era sagrado; más allá incluso del allí que vemos, teníamos que ir descalzos y desnudos, y entonces, no era así, lo sagrado nos libera incluso de la buena muerte al sol. Cálzate y vístete, hace frío, incluso está comenzando a nevar. En verano, para que no ardan tus pies y tu espalda se queme ve calzado y vestido. Sí, un lugar sagrado, allí por donde tú pases seguirá siendo un lugar sagrado. No lo maldigas, con eso basta. ¿Guardas en los ojos el poema del mundo? Léelo a la sombra. Si lo olvidaste sabes que va en un papel doblado dentro del libro de Edmod Jabés que llevas ahora en la mochila. El poema te quitará la sed y te protegerá del frío. Abandoné una tierra que no era mía por otra que tampoco lo es. Me refugié en un vocablo de tinta, teniendo al libro por espacio, palabra de la nada es esta oscuridad del desierto. No me cubrí de la noche. No me guardé del sol. Caminé desnudo. De donde vine ya no había sentido. A donde iba no preocupaba a nadie. Del viento, te digo, del viento y un poco de arena en el viento.

Se dice zona 0, cero, z, 0, pero no se sabe realmente lo que significa. Amas lo que no se puede explicar. Mira la muerte, sigue generando lenguaje y esta tierra hierba.

Siempre se escribe bajo el cielo, lo que se escapa y se hunde. A veces sentía su peso, otras una aérea expresión de libertad.

Bien que ya no se coman aquí los caballos, aunque solo se sacrificaran para este fin los ejemplares más viejos. Pero hay granjas de ranas, insoportable vivir cerca de ellas.

Por mor de todas las palabras que uno se ha prohibido, quizás se hayan enfriado como la escoria. Lo peor era la gran esperanza que uno tenía depositada en ellas, y que muy pronto fueran olvidadas por los otros.

Debería haber estado más cerca de todo se decía él, incluso dentro, más adentro, y en ello haber podido sacar la cabeza cada cierto tiempo para respirar más profundamente el mundo. El amor ahoga y salva.

Se enmudece de contar baldosas, en las tejas acumuladas junto al muro se refugian bichos; como si levantáramos años, debe quedar la señal de lo que ha soportado ese inamovible peso muerto.

Aquí no se puede ir muy deprisa, ni alcanzar grandes velocidades, enseguida imanta la quietud del cielo, las grandes encinas han impuesto su ritmo a la vida. Entre las personas se ha cortado la gravidez de las relaciones. La sierra al fondo saca toda su ligereza de la forma, aunque se asiente con gran pesadez en lo hondo. El humo de leña de las chimeneas, lentitud de lumbres. Uno que se escapa de las cosas a través de sus nombres.

Llegan tantas noticias, hay tal riada de ellas que erosionan los días. Pulen la verdad hasta dejarla lisa. Tocábamos y acariciábamos con los ojos cerrados las rugosidades de los fenómenos.

Ella esperaba la llegada de la nieve, hoy, ayer, desde hace unos días. Estos son los días de la espera de la nieve. Se acabó la espera, no llegó. Vivimos en un mundo de previsiones al alza siempre; las previsiones al alza están relacionadas con la enfermedad de la velocidad. Adelantarse al tiempo natural es el signo, se adelanta al tiempo de la espera. La previsión es lo contrario a lo profético. Lo previsto queda en negro, se oscurece rápido. Imagina una niebla negra, lo profético se cumple por la fuerza misma del lenguaje profético. Lo profético es el eco del destino, nos llega sin imágenes, es silencioso. Antes de que acontezca lo escuchamos. La imagen de esto podría ser un viejo apeadero de tren junto a unas vías abandonadas. Ahí está previsto todo aquello que no va a suceder. Ahora miro hacia atrás. No todo lo que debía suceder sucedió. La nieve se fue hace ya mucho, pertenece a la memoria de la niñez.

Otra historia: Los lunes, después de los domingos de enero y febrero, ensayo de eternidad. Él se dejaba llevar, se veía inmerso en un fluido, también era ese nadador que es expulsado por el mar a una playa un día de verano, y allí remozado y herido se deja golpear por las olas, o sobre un río, bocarriba con los brazos en cruz, pero también sentado en una silla junto a la puerta de la casa mientras nieva. Los días que se van se lo llevan, y él, desesperado se agarra a las manos de una mujer, no se la ve, solo se ven sus largos brazos y las manos de esa mujer. Ha muerto cada domingo por la tarde, ha muerto de sí mismo, e insalvable, anda todavía buscando esa palabra que signifique estar muerto en domingo por la tarde, y que no es exactamente morir. Esquirol escribió en La escuela del alma que la gracia es el exceso de azul en el cielo. Algunas frases sirven como llave maestra para un mejor entendimiento del mundo.

En otra ocasión, durante un viaje invernal, a la escucha de conversaciones. Debería haber un nombre para este oficio de escuchar en la gratitud del escuchar. En un café del centro de una pequeña ciudad, en este país todas las ciudades importantes son pequeñas, dos matrimonios de médicos, posiblemente ya jubilados, hablan en la mesa de al lado sobre el linfoma, de los linfomas que dejan secuelas en aquellos jóvenes que los han sufrido. A la espera de que hablen de la muerte, sin éxito; el mundo de las enfermedades no la contempla. Es como si hablaran de plantas y flores, y la muerte no existiera más allá de las plantas y de las flores. Todas esas palabras están pasadas por la cuchilla de afeitar. Para escuchar bien una conversación es mejor no mirar, y estar siempre de espalda. Las pequeñas ciudades importantes de mi país son lentas. Por ellas se va despacio.

Buenos comienzos de cartas, y de todos ellos, encontramos tantas combinaciones como días; quizás esa extraña entrada en la que finalmente se va a apoyar todo el texto de la carta “Ya no se escriben cartas a mano, me empecino en mandarle una tan larga que no tiene final, y por eso mismo nunca se acaba de escribir; de ser enviada nunca le llegaría” “Pero se la puedo enviar por si acaso, no quisiera que el impulso se viniera abajo como el tinglado de cañas que tumbó el vendaval a finales de octubre, ese típico sombrajo de cañas para protegerse del sol en esta parte del país” “Usted se llama así ¿verdad? ¿Y querría recibir cartas a mano? ¿No le creará desasosiego, o la impresión de que le están hablando desde muy lejos?” Otro síntoma más de que hemos perdido el pathos del tiempo, casi nadie escribe ya cartas a mano.

Otra de Esquirol: “Los charlatanes son los demagogos de las sombras” Solo vive quien se desvive. Una buena errata es la que provoque un cambio de sentido en lo escrito. Ese “desvive” apareció como “quien se desvíe”. Entonces ocurrió el milagro del lenguaje aún salvaje: desvivirse es desde ahora también desviarse. Vete desviando y llegarás a lo que no deseabas, a otro “adonde” y al “otro” y la alegría, quizás, será mayor. Volver por allí al lugar del primer anhelo. Todo está cerca, lo lejano es el centro mismo. En las corrientes de agua se ve, el palo que dejabas al albur de la corriente del Bárrago siempre se desviaba, y acababa en el dónde-no-sé-adonde-va. Desviarse es natural. Amamos más de lejos que de cerca. Cuéntame historias para que me ría. Esto también hablaba de la lentitud frente a la prisa.

Sin darme cuenta hoy era 3 de febrero de tal año, día de San Blas. Hacía frío, me protegí el cuello con la bufanda que una vez me hizo mi madre en su taller de costura. Solo me cubro el cuello con esa bufanda cada 3 de febrero. No se habían ido las cigüeñas, ya no se van. Las cigüeñas del Gordo y del Arañuelo ya no se van. Aman la lentitud.

Ella, para recuperarse de la grisalla y de las noches rigurosas, tras semanas de borrascas con nombre, alzaba la cabeza y respiraba directamente del cielo hasta que le dolía el cuello, también le dolían los pulmones por el aire frío, y los ojos por la claridad. Un cielo de un azul pálido. Había pasado Ingrid la violenta y había traído la nieve.

Ella salió a campo abierto para respirar la claridad de ese cielo azul pálido, contraído, todavía frío. Con un palo hizo una línea profunda en el suelo ensopado de barro, pronto se llenó de agua y el cielo dejó un listón de reflejos. Dijo en voz alta las palabras de todos los años y la cruzó. Ese respirar a cielo abierto era entonces una inmersión en la luz; ella tragaba y expulsaba el aire con alegría renovada, y la luz y la claridad lejana. Respiración de felicidad lenta y profunda, como el fuelle que aviva el sol. ¿Un fuelle roto que necesita ser reparado por las costuras de los pliegues? Sí, sería eso.