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De prioridad nacional y otras barbaridades

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Debo confesar que, cuando veía en los documentales de la cadena ARTE los discursos del xenófobo Jean-Marie Le Pen, nostálgico del régimen de Vichy, negacionista de las cámaras de gas y fundador de la ultraderecha francesa, proclamando aquello de “los franceses primero” o “prioridad nacional”, jamás pensé que ese mensaje terminaría llegando a mi país.

Y no de la mano exclusiva de la ultraderecha 'hermana' de aquel personaje siniestro, sino también asumido por un partido de Estado que ha gobernado España en varias legislaturas.

Nunca imaginé que la xenofobia y el racismo se convertirían en eje vertebrador de pactos de gobierno en comunidades autónomas como Extremadura o Aragón, ni que ese discurso acabaría aterrizando en nuestras Cortes.

Y, sin embargo, aquí estamos.

Porque hay algo que no falla en esta deriva. Implacables con los débiles, sumisos con los poderosos.

Para estos nuevos profetas de la pureza, la culpa de la carestía de la vivienda, del gasto en guerras inútiles e inventadas, de la subida de los combustibles o de cualquier otro problema estructural, no la tienen quienes concentran un poder económico desorbitado y manejan los hilos del mundo saltándose gobiernos. No. La culpa, según ellos, es del migrante pobre.

Del que dejó atrás una vida sin futuro a miles de kilómetros para venir aquí a trabajar como interno, cuidando a una persona mayor siete días a la semana, veinticuatro horas al día, por una cantidad irrisoria, sin contrato y sin derechos.

Quizá tampoco sea quien colapsa la sanidad la mujer migrante que va a tener un hijo en uno de los países con la tasa de natalidad más baja del mundo. Quizá el problema tenga más que ver con millones desviados hacia intereses privados. Pero de eso, curiosamente, estos profetas nunca hablan.

Los migrantes no tensionan el mercado inmobiliario. Pero sí lo hacen los grandes fondos que especulan con la vivienda. Y, sin embargo, a esos poderes nunca se les señala.

Que Santiago Abascal haya construido su discurso señalando a las personas migrantes como delincuentes, violadores o ladrones entra dentro de una lógica. No porque sea verdad, sino porque responde a un modelo político basado en el odio, el bulo y la deshumanización.

Pero la pregunta es otra. ¿En qué momento Alberto Núñez Feijóo decidió asumir ese mismo marco, copiarlo y mimetizarse con él?

¿En qué planeta viven?

¿Han bajado alguna vez a la realidad de nuestros pueblos, de nuestros barrios?

¿Qué mensaje lanzan a ese chico que llegó siendo un niño, que hoy está regularizado, que estudia, que prepara una oposición o que intenta sacar adelante un negocio, pero al que se pretende marcar de por vida por el simple hecho de no haber nacido aquí? ¿De verdad quieren condenarle a ser siempre ciudadano de segunda?

¿Pretenden que en una urgencia médica se atienda antes al que tiene determinado origen que al que está más grave?

¿Que en una escuela de música tenga más oportunidades un músico mediocre por ser 'de aquí' frente a un excelente instrumentista de origen extranjero?

Quien no entiende que el futuro de este país pasa por la inclusión, la convivencia y el reconocimiento mutuo, quien apuesta por el odio, la división, el racismo y el bulo como estrategia política, no merece gobernar. Pero es que, además, difícilmente merece el respeto de una ciudadanía que aspira a algo mejor.

Quien criminaliza a las personas por su origen, su color de piel o su acento, buscando rédito electoral en ese odio cuidadosamente sembrado, debería encontrarse con una respuesta clara. Rechazo social y político.

Señores Feijóo y Abascal, hagan un esfuerzo. Salgan de la burbuja de la M-30 y acérquense a conocer realidades como las de Villamalea o Tarazona de la Mancha. Allí comprobarán hasta qué punto sus discursos se desmontan por sí solos.

Señores Feijóo y Abascal, hagan un esfuerzo. Salgan de la burbuja de la M-30 y acérquense a conocer realidades como las de Villamalea o Tarazona de la Mancha. Allí comprobarán hasta qué punto sus discursos se desmontan por sí solos

En el camino verán campos de cebollas, de ajos, viñas, naves de champiñón, espacios donde la mayor parte de la mano de obra es extranjera, mientras muchos españoles ocupan otros puestos, más técnicos y mejor remunerados.

Quizá no perciban su esfuerzo. Quizá no sientan su sudor ni sus preocupaciones. Puede que el cristal tintado y el aire acondicionado de sus coches se lo impidan.

Porque hay barreras que no son físicas.

Y una de ellas se llama dignidad.

Esa que, lamentablemente, ustedes han decidido dejar fuera de su política.