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El veraneante (V)

Ilustración de la artista plástica de Jaraíz, Nines Parrales

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Sans aucundoute, la Arcadia perdida podría ser muy bien Extremadura. La erosión se traduce en belleza, el paisaje es absolutamente real, verdadero, y esto es excepcional, una mezcla de dureza y dulzura, como mi madre. Hay que levantarse muy temprano, salir de la casa de piedra encalada y perderse por el bosque de castaños, más tarde el sol te podría matar. La cal cubriendo la piedra es la camisa. Llevo todos los días una camisa blanca. Tengo siete. Creo que fue en este lugar donde conocí a Ángela Guttman, ella brillaba como el sol en invierno. Se marchó rápido. Época de incendios, el calor azul del tiempo.A todo esto, -como un Handke perdido en un lugar remoto- me sentía totalmente dueño de mí mismo, como hasta el momento solo en los tiempos sagrados. ¿Comenzaba ahora, pues, un tiempo sagrado?

Aún te enviaba lo que no se puede enviar, porque pesa casi nada, y no hay modo de saber si se pierde o no, ¿las palabras? eso creo, se pierden en ti y en mí, se pierden en todos, las escritas también, sirven por un tiempo, dan servicio, entran muy dentro, actúan como las lombrices en la tierra, o los anuncios luminosos de noche, pero en otra dirección, no lo sé, ese hacia donde nunca lo he sabido. Tal vez volvían de muy lejos después de haber atravesado el mundo. Aún te las envío fuera de sí, vacías, creo que así pesan menos, sin intermediarios. Lo mejor es que ya no se pudieran leer, apenas, en conjunto, me refiero a eso, por haberte llegado desordenadas, y tan mudas que dan lastima. Supuestamente y despreciablemente lírico, ese lenguaje quema el lenguaje, lo deja arrasado, un incendio de monte bajo, maleza, secarral. Algunas aves huyen, verlas volar bajo, rozando con su pecho la ceniza, más rápido que de costumbre ¿Por qué persiste lo absurdamente lírico? En las noticias de la televisión las imágenes de la tierra quemada tienen de fondo la primera sinfonía de Mahler, Titan ¡Vive le spectacle! Este es el preludio del fin. Aún no se atreven con Wagner, siempre más apocalíptico.

¿Qué me cansa? Me cansa casi todo, tú me cansas, y yo a ti te canso, juntos nos cansamos de estar echados en la cama un día entero de agosto, así quedamos más cansados, en primer lugar de nosotros mismos, tú de ti, y yo de mí. ¿Enero? Es el mes más largo, dura demasiado, es eterno, cualquiera de sus noches es eterna. En lo que escribimos se nota el cansancio, nuestros poemas tienden a ser demasiado largos, como la carretera de Valtus, que no va a lugar alguno. Las pastillas nos ayudan a dormir, los poemas a respirar mejor. En cada pastilla para dormir hay un ángel reducido a una síntesis, un poème es la síntesis de dios. Más tarde, para cansarme menos, recuerdo un viaje reciente por el país que se quema. Viajaba en autobús con una amiga que tenía la compulsión de documentar en un cuaderno secreto todas las frases y palabras estampadas en los muros y paredes de las ciudades por donde pasaba. A esa aventura la llamó Empreintes de pas“ . Por otro lado, siempre mantuvo que era el único libro que en verdad escribió. Comenzaba: ”Os melhores libros para as suas ferias –Marcher– Ciudad de Coimbra, un 4 de julio de un año cualquiera. Muros llenos de gritos y necedades. Trazos negros. Después estaban los signos, “firmas” de grafiti, lo ilegible del nuevo dios por llegar. La lengua revelada para los días del fin del mundo, escatología donde la boca se come la mano.

Salía de la casa de piedra muy temprano y bajaba por un camino de tierra hasta una charca, después el sol te podía matar. A la espera de un lenguaje virgen, que ni siquiera los periodistas manoseen hasta convertirlo en mierda. Un lenguaje no habitado ¿silencioso? No lo creas, apenas es más silencioso que las palabras muertas. Quemaba el aire, la arena, los incendios avanzan, lo lírico, aquellas aves huyendo del incendio. Quema el lenguaje. He aquí un poema sobrevenido intentando el lenguaje virgenque esperamos [No iré al mar, no iré al sol, no iré detrás de ti por la arena que quema, y así se incendió el cielo]Sans aucundoute, la Arcadia podría ser muy bien este lugar perdido de Extremadura. Antes de que el paraje se llene de idiotas. Mi amigo con el que cada mañana bajo a la charcapersiste en ser un Christian Wagner, un Ernst Meister, o Luwdig Hohl antes que un L.G.M o un A.C.. Dentro de  la charca de aguas verdes, una sopa caliente llena de higos caídos, él suele hablar de lo imposible. Flotamos en el agua mirando el cielo blanco. Más tarde el sol te podría matar.

Todo lo que tiene un defecto guarda dentro la armonía del mundo, el saber verdadero de la tierra

Hay un camino que se fue haciendo poco a poco, de pisarlo, de ir todos los días al mismo lugar. Antes de ello hubo una línea invisible, ni siquiera eso, la idea previa de la línea, de pisar muchos días la hierba, como esas que hay en los parques apenas cuidados en algunos barrios de la ciudad. Los caminos perpendiculares del alma. Mi amigo dice que los pájaros no mueren, solo desaparecen. Carmel dejó ayer, a la puerta de la casa, una cesta de picotas. No valen para la venta, por su pequeño calibre y algunos defectos en la piel. Muchas están picadas, son las más sabrosas. Todo lo que tiene un defecto guarda dentro la armonía del mundo, el saber verdadero de la tierra. Ya no me fio de lo perfecto. Si hablamos mucho nos rompemos pronto, si callamos mucho, nos pudrimos lentamente. En lo infeliz habita la alegría, como en los cañaverales junto a las aguas residuales algunos pájaros muy esquivos.

He escrito sobre cosas inanimadas, me dice mi amiga, la roca y el agua, el hielo y el sol, ahora tú añado, inanimada como las grandes extensiones vacías del mundo. Terminé de coser lo que otro había zurcido. Nunca me dijiste que lo escrito en mi era el zurcido del mundo. En lo inanimado estabas tú. Hay que saber imaginar el sol totalmente apagado –no creo que sea negro ese sol muerto– más bien amarillo, el amarillo de los campos de Velada, apagados en agosto, de un amarillo que tiende al blanco antes de arder. No se cansaba de atravesarlos camino de la nada. Aquí, durante el día entero, encerrado en la casa de piedra, corría el riesgo de convertirme en un predicador de la nada.Profería solo absolutos, me hinchaba como un globo con el calor del sol. Solo había aire dentro de esas palabras incendiadas.

Estuve cerca de ello, me empeñé mucho para llegar a ser un Willian Gouge de la nada vestido a lo Colin Firth. Para agarrarme a la realidad más sucia me empeñaba en las siestas con algo de Houellebecq, siempre le tuve en cuenta. El señor Houellebecq me avisa de captar alguna imagen con mi teléfono, considera con rigor que la mirada inteligente de un observador del terreno es superior a la reproducción fotográfica. Los ángeles trabajan su mudez, no sueñan, no existen más allá del lenguaje, eso les hace poderosos. En nuestro ser está el código de la destrucción, nuestra autodestrucción conlleva la destrucción de la realidad. El canto de los pájaros ahora apunta hacia el drama, los chillidos de las aves cada amanecer son más violentos –su canto es un amoniaco del aire–. Congoja, pero la poesía está siempre lejos del drama, solo la vida plena va con ella, incluso celebra lo que desaparece en un cruce de alegría y melancolía. Ella se vuelve cada vez más extraña, tanto que un poema ahora solo es un documento de lenguaje que balbucea, un lenguaje que se quema para iluminar la nada.

“La dificultad de andar con los pies desnudos por la arena”

Lo que destruimos está por venir. Destruimos primero el alma. Ya lo hemos destruido –la palabra alma es inútil– impronunciable ahora, termina quemando el poema. Cada vez que alguien la escribe en este tiempo horada, inscribe con gubia el aliento de la nada. En un poema esa palabra ahora resulta aún más falsa e impredecible, termina quemando el poema, lo vuelve invisible, y todo lo demás se hace visible. La realidad misma que también destruimos. Todo ya es visible y en último término destruible. Pero mi amigo dice que los pájaros no mueren, solo desaparecen. De los paisajes de otros veranos, las dunas tienen el poder de ofrecernos el alma que nos falta –se lo habíamos regalado al cielo antes de tiempo- Dunas muertas, asentadas, detenidas por barreras y empalizadas, y fijadas por una red de raíces que me recuerdan a tus pensamientos. Después del dolor de fluir, el dolor de hablar de cualquier cosa que me desviara del poema esencial al que estaba condenado, hasta coronar altas dunas desde las que ver el mar.

La dificultad de andar con los pies desnudos por la arena. ¿Cuántas formas de caminar existen además de caminar por las paredes y los techos? Mi amigo dice que infinitas maneras de andar. Cada paso se hacía sentir en el cuerpo, apenas se avanza por un suelo tan poco firme; además del propio cuerpo se arrastra a otro, te llevas en la espalda como a un herido, o soportas una mochila llena de ti. Querrías haber estado más vacío entonces, ser más ligero. No son huellas, sino hoyos que se llenan de luz. Toda esa arena dunar es tiempo perdido, muerto. El paisaje que se movía ya inamovible, detenido, por fin muerto, sujeto a la tierra y aplastado por el cielo. Su naturaleza era cambiante, cada año se trasladaba y se remodelaba, y sin embargo esas dunas, ese paisaje tenía el poder de ofrecernos el alma que nos falta y el sentido último de libertad. ¿Cómo? No lo sé, pues era un dictado al aire, o secretos balbuceados en la luz.

Había que estar atento al poème del mundo que finalmente se deshace en la boca. Al atardecer solo se ven montañas quemadas al Oeste, noto su peso infinito a cada paso. Al ascender por un camino de tierra, saliendo del pueblo, solo para sentirme más ligero y verlas más cerca. Estimas que su peso, representado en la totalidad de su volumen, es el de tu alma. Pero como nos engaña desde lejos esta vieja montaña, vestida de luz, con ligeras telas azules que cubren su viejo cuerpo quemado. Solo desde lejos se puede abrazar el espacio. No se habla con ella, se la escucha, y si te dice algo, cada vez más extraño y difícil de entender, solo esto,Sans aucundoute, Yo soy la Arcadia perdida.

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