Muere a los 100 años Luis de Azcárate, memoria librepensadora y republicana del exilio

Luis de Azcárate Diz en una imagen reciente, camino de los 100 años.

Carlos J. Domínguez

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Tenía una apuesta pendiente con su primo, Patricio 'Pío' Azcárate: a ver quién llegaba a los cien años de vida. A Luis de Azcárate le sobró un día. Ganó. Y ayer 12 de mayo, un jornada después de cumplir su centenario, dijo adiós a una vida tan intensa que cuesta resumirla.

Es el adiós de un leonés ilustre, heredero intelectual de una familia de librepensadores, republicano hasta la médula, fruto y defensor del espíritu de la Institución Libre de Enseñanza que le forjó como fue y que fundó su tío abuelo, Gumersindo de Azcárate.

En su residencia de Madrid, tras una enfermedad que le sobrevino poco después de conceder su última entrevista, publicada por ILEÓN.COM, Luis de Azcárate vivía rodeado de libros y de recuerdos, con enorme lucidez de todos ellos.

Era profuso en los detalles de su infancia en León, hasta de los aromas de sus dulces favoritos, facultad acentuada por la ceguera que le acompañó en los últimos años; profuso también en los recovecos de su abrupta salida de España tras ejercer, inscrito para siempre en las Juventudes Comunistas, de auxiliar docente para enseñar a leer y escribir a compatriotas analfabetos, antes de que la dictadura fascista de Franco aplastara el régimen democrático de la II República; profuso en la memoria de sus largas estancias vitales en países como Reino Unido, Francia, México, Alemania, Cuba, Praga o Argelia.

En todos aprendió mucho y en uno, México, aprendió además lo que era el amor. Amor hacia Miggie Robles, una chica que le hechizó primero en París en 1939 y a la que no volvió a encontrar hasta décadas después. "Se tenía que ir. La acompañé al hotel. En el ascensor, repleto de huéspedes, noté el roce de su mano. Nuestros dedos se entrelazaron. Eso fue todo", dejó escrito de aquel 'sí quiero' casi sin querer al que puso fin la muerte de ella en 2006. Todo el periplo de exiliado quedó reflejado en su libro Memorias de un Republicano.

El Abuelo Luis

En sus últimos años, la luz volvió a sus ojos sin vista. La luz de un compromiso político inquebrantable que le hizo estar presente y adquirir un gran protagonismo en la fundación de Podemos. Vistalegre se rindió a sus pies con miles de aplausos cuando rodeado de Pablo Iglesias y todos los demás les arengó a convertirse en "la generación de la esperanza" y les agradeció que su espíritu le estuviera insuflando "una segunda juventud".

Así lo recordaba después: "Todo fue muy emotivo, a la salida entre fotos y abrazos, alguien me dijo 'mi abuelo ha muerto hace poco, le tengo a usted'. Me hizo llorar. Hay correos en que me llaman el Abuelo Luis. Esa será mi firma. El Abuelo Luis".

El futuro del mundo

Bajo un sentir eternamente republicano, de justicia social, ecologista, feminista y conciliador, hasta el último minuto le fruyeron las ideas claras de lo que debe hacer la humanidad para sobrevivir y hacerlo con dignidad: "Hay que rectificar totalmente las políticas seguidas hasta ahora y celebrar una gran conferencia mundial con todas las personas que puedan contribuir a crear ese mundo, en primer lugar a los jefes de todas las religiones, por pequeñas que sean, y alcanzar un gran acuerdo", sin olvidarse de dar "un giro total de respeto a la naturaleza".

En su última entrevista, este hombre nacido el 11 de mayo de 1921 desgranaba su auténtica visión, de visionario, con estas palabras: "Necesitamos un mundo de paz porque las relaciones entre los humanos no pueden ser de envidia y preponderancia, tienen que ser de humanidad y de tener fraternidad entre todos. La pandemia nos demuestra que todo lo que (los países) han hecho, los barcos, los cañones, las armas, las nucleares y las de otro tipo que ni conocemos, no sirven para nada".

Casi todos sus planteamientos sabía Luis de Azcárate que habrían sido suscritos por aquel hombre que, sentado en una roca en el patio de la Institución Libre de Enseñanza, "con gran despiste, con sombrero de ala ancha, apoyado en su bastón", decía disfrutar de sus juegos infantiles y aprender de las respuestas a sus preguntas.

Nunca se olvidaría de él, de Antonio Machado, al que siempre admiró y en cuyos versos se podría ver reflejada ahora su despedida, que se celebrará en Madrid en la intimidad familiar:

"Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar".

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