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Decenas de institutos catalanes reutilizan el 'kit' de robótica de la Generalitat para medir y denunciar el calor en las aulas

Pau Rodríguez

Barcelona —
14 de junio de 2026 22:00 h

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Las altas temperaturas aprietan cada vez con más fuerza y llegan antes a los centros educativos. En el último mes, las aulas del Instituto Margarida Xirgu, de L’Hospitalet de Llobregat, han superado durante diez días los 27 grados de media a lo largo de la jornada —el máximo que fija la normativa para entornos laborales—. Si se atiende a los picos de calor, el umbral se ha rebasado casi a diario.

“A 27 grados puedes dar clase, pero a 34 o 35, que es a lo que hemos llegado, los alumnos se quejan, no están concentrados y se generan problemas de convivencia”, describe Gorka Marchal, tutor de Primero de la ESO de este centro. 

Este docente es el responsable del sistema de sensores que monitorizan las temperaturas en su centro. Como el Margarida Xirgu, ya son 270 las escuelas e institutos que se han organizado para medir y denunciar cómo el calor supera los límites establecidos por normativa. Lo más llamativo es que el método que han ideado para hacerlo requiere emplear los kits de robótica que la Generalitat distribuyó a los institutos hace unos años. 

“Es pura poesía, es un ejemplo de creatividad”, celebra Marchal. El resultado de esta iniciativa es Aules que cremen (aulas que queman), una plataforma que en su web recoge en directo las condiciones térmicas de todos centros que participan. La campaña pretende demostrar, con datos verificables, cómo la falta de climatización deja a menudo a las escuelas con temperaturas por encima de los 30 o incluso los 35 grados. 

Con olas de calor cada vez más alejadas del verano, ya en mayo o septiembre, los docentes aguardan unos planes de climatización de la Administración que no acaban de llegar. Educación ha instalado en los últimos cursos algunos aires acondicionados en espacios comunes, pero para las aulas solo ha mandado una cifra insuficiente de ventiladores. Este curso se destinan 20 millones para instalar ventiladores de techo en 500 centros, además de los 100 millones contemplados en el pacto de Presupuestos con ERC para climatizar otros 100 centros. 

Pero los equipamientos educativos, entre escuelas e institutos, ascienden a 2.530 en Catalunya. Y el 50% son edificaciones anteriores a 1960. 

El 'kit' al servicio de la denuncia

Pau Sánchez, profesor en Secundaria en un instituto barcelonés, es el padre de Aules que cremen, coordinado ahora por un grupo de media docena de docentes de Tecnología. A mediados de marzo, mientras leía en un centro médico un cartel sobre condiciones de confort térmico, se le encendió la bombilla. “¿Y si utilizo los kits de robótica que uso en Bachillerato para denunciar esta situación?”, se dijo. 

Con las placas electrónicas ESP32 STEAMakers que les envió con los fondos europeos el Departament, y con las que enseña robótica a sus pupilos, Sánchez ideó el sistema. Conectada la placa con unos sensores que distribuyó en distintos puntos de su centro, empezó a enviar los datos casi al minuto al servidor. Así arrancó un proyecto que ha enrolado a 281 centros que emplean a su vez 605 dispositivos esparcidos por aulas, talleres y bibliotecas.

“Además de mostrar la realidad de las aulas, es un ejercicio de derechos laborales en un entorno de trabajo; cualquier profesor puede emplear esos datos para acudir a la Inspección de Trabajo o a la Administración”, defiende Sánchez. 

Como los recursos pedagógicos de robótica de este tipo solo se enviaron a institutos, los centros de Primaria que se han sumado a la iniciativa lo han hecho comprando las placas por su cuenta. Así lo hicieron en la escuela Sant Josep de Calassanç de Lleida. “Estaba tan cabreada con este asunto que vi el proyecto y fui a comprar el dispositivo de mi bolsillo”, explica la jefa de estudios del centro, Pili Trenado.

“El año pasado vinieron de riesgos laborales a comprobar las temperaturas, pero justo ese día no hacía tanto calor. Así, cuando me vuelvan a decir que solo llegamos a 30 grados, mostraré el registro”, afirma.

Supervivencia y mareos

Las consecuencias del calor en unas aulas que nunca han estado climatizadas preocupan desde siempre a docentes y alumnos. El problema es que, a raíz de la emergencia climática, las olas de calor no solo golpean a los centros los últimos días de clase en junio, sino también en mayo y en septiembre.

“Es un momento de supervivencia; como docente, no he vivido nunca una situación tan desagradable. No te puedes ir, pero tampoco puedes estar dando clase. Se supone que debes hacerlo, pero parece que a nadie le importa”, se lamenta Sánchez. “Los mareos son habituales y hay alumnos que tienen que abandonar la clase”, relata. 

Con escasos ventiladores de pie repartidos por algunas aulas –nunca llega para todas– es ya normal en muchos institutos que cada alumno tenga su pequeño ventilador de mano en el pupitre. 

Algunos sindicatos defienden que si las temperaturas superan los 27 grados, hay que parar la actividad lectiva. Pero no es tan sencillo. Los centros no pueden mandar a casa a los alumnos. El instituto Margarida Xirgu lo hizo hace un año, en plena ola de calor, pero la Inspección educativa les advirtió que es una falta grave, ya que en ese horario son responsables de la guardia y custodia de los menores. 

“Este curso hemos pedido autorización a las familias y el 80% la firmaron”, señala Marchal. El viernes 29 de mayo, con una máxima que superó los 34 grados, enviaron a casa a los que tenían aval familiar. 

El día a día en el Instituto Margarida Xirgu, considerado de “máxima complejidad” –con elevados niveles de pobreza e inmigración–, ya es de por sí complicado. Pero el calor sofocante no hace más que dificultar la tarea docente.

“Los docentes somos funcionarios, deberíamos tener las mismas condiciones laborales de climatización que todos los demás, es algo que duele”, se lamenta Trenado. En su escuela pública de Lleida no tienen sistemas de ventilación ni aire acondicionado en ningún espacio, apenas nueve ventiladores de pie (de los cuales pagaron cinco con los gastos de centro). 

“Yo invito a la gente a que en su puesto de trabajo apague el aire acondicionado y se ponga un día entero a trabajar con ese ambiente, y luego que piense en cómo lo haría junto a 30 adolescentes”, argumenta Sánchez. “Lo que nos dice esta situación es que la población que habita los centros educativos es la que no puede votar”, zanja el promotor de Aules que cremen.