Francesc-Marc Álvaro: “Si Goebbels hubiese tenido los smartphones, no sé si hubiéramos ganado”
Francesc Marc-Álvaro (Vilanova i La Geltrú, 1967) se ha estrenado esta legislatura como diputado en el Congreso. Era un rostro y una voz conocidos para muchos catalanes por ser un analista habitual en distintos medios. Su fichaje por ERC sorprendió. La columna de despedida en La Vanguardia, donde llevaba dos décadas colaborando, la tituló De espectador a actor y en ella se reivindicaba como periodista pese a ser consciente del salto que estaba dando.
Reconoce que a menudo cuando está en su escaño piensa en crónicas que no escribirá. A lo que no ha renunciado es a seguir publicando libros. El último se titula El franquismo en tiempos de Trump (Galaxia Gutenberg y Pòrtic, en catalán), un ensayo en el que describe cómo funciona el neofranquismo, cuyo principal heredero es Vox.
Empiezo con una pregunta que usted, como tanta otra gente, también se hace. ¿Por qué crecen los partidos de ultraderecha?
Por muchos factores, pero el principal es la existencia previa de lo que llamamos antipolítica. Es decir, desafección hacia las instituciones, los partidos y los políticos. Esa desafección tiene una base tangible, real. Se basa, por un lado, en los fallos y averías del sistema. Y también en los huecos que han dejado los partidos tradicionales, tanto izquierda como derecha, en temas que a la ciudadanía le preocupan. En el caso concreto del espacio de la izquierda, creo que ese cráter se debe al olvido en el abordaje de cuestiones muy urgentes para el ciudadano.
Léase la vivienda, en algunos territorios también temas relacionados con la salud o la educación, y léase también la seguridad en los barrios. Estas y otras cuestiones que tal vez no formaban parte de la agenda tradicional de la socialdemocracia, o parecía que no se podían tratar. Todo eso junto, más un malestar difuso, genera el hueco por donde la ultraderecha entra. Ahí estamos.
El riesgo es que para frenar a la ultraderecha se acaben comprando algunos de sus argumentos.
Cierto, ahí hay que hilar muy fino para abordar cuestiones que preocupan al ciudadano desde los valores de la izquierda sin caer en la narrativa de la derecha. Esa alquimia, que es compleja, debe hacerse.
Por ejemplo, hay que hablar de seguridad, pero no con los apriorismos de la derecha, sino desde una visión integradora y cohesionante que es la de la izquierda. Pero hay que hablar de seguridad.
En el libro se pregunta también cómo puede ser que hayamos olvidado todo lo que hicieron los partidos fascistas e imitadores del siglo XX. Igual, una parte de su éxito es que muchos de los votantes no habían ni nacido.
Claro, pero existe eso que llamamos la transmisión de la experiencia y la memoria en la sociedad, la memoria colectiva. Mira, yo te hablo desde mi experiencia personal.
Mi tío, uno de mis tíos, fue asesinado en Mauthausen, como tantos republicanos. Ese tema fue un silencio muy espeso en mi familia, pero yo pude romperlo y me llegó esa transmisión. Por tanto, aunque hago hincapié en el papel público de las instituciones en la pedagogía de la memoria, también quiero poner el foco en la labor de las familias y en las relaciones intergeneracionales.
Ahora bien, cuando falla todo, cuando fallan las instituciones, la escuela y las familias, se crea un vacío de memoria por el que es fácil colocar esa semilla de discurso destructivo, que claro, como no puede comparar con el pasado, parece incluso nuevo y puede estar de moda. Es lo que ocurre hoy en día en muchos jóvenes que en España y en Europa se sienten fascinados por la otra derecha.
Lo resume con una frase que es llamativa. Dice que son jóvenes seducidos por el abismo.
Sí, porque realmente el mundo ultra es un mundo atractivo cuando no hay nada más, pero eso no es nuevo. Realmente ya los fascistas en la Italia de los años 20 y los nazis en la Alemania de los años 30 fueron una contracultura, también fueron algo relevante desde el punto de vista de la juventud. ¿Qué hacen ahora los Orbán, Abascal, Meloni y Trump? Vuelven a encapsular con discursos atractivos viejos mensajes y con un añadido nuevo, eso sí, las redes.
La gran diferencia entre la propaganda fascista del siglo XX y la del siglo XXI es que la actual llega como una aguja hipodérmica en el cerebro de los individuos a través de los smartphones. Si Goebbels los hubiese tenido, no sé si hubiéramos ganado, la verdad.
Hablaba de Orbán, ¿cree que su derrota es síntoma de algo más?
Sí, creo que es interesante porque nos dice dos cosas. Una, que no es inevitable el precipicio ni tampoco caer en manos del lado oscuro, que hay una posibilidad de salir de eso. Y también que el propio sistema democrático, a pesar del fatalismo, puede generar la respuesta.
Es decir, una derecha menos ultra ha ganado a Orbán. En los Países Bajos, un partido liberal de izquierdas frenó a la ultraderecha hace unos meses. Nada está escrito. A raíz de lo que ocurre con la guerra en Irán creo que la respuesta contra Trump va a salir finalmente del propio sistema.
Es decir, hagámonos la pregunta. ¿Pueden las estructuras profundas de Estados Unidos, del poder estadounidense, soportar esta disrupción constante? Bueno, tal vez aquellos que le dieron cuerda a Trump en su momento, pronto o más pronto que tarde se la van a quitar. Veremos.
Hay que hilar muy fino para abordar cuestiones que preocupan al ciudadano desde los valores de la izquierda sin caer en la narrativa de la derecha. Y esa alquimia, que es compleja, debe hacerse
Hay un momento en que cita al historiador Luciano Canfora porque él afirmó que el fascismo no murió después de Mussolini. ¿Con el franquismo y Franco se puede decir lo mismo?
Se puede decir algo análogo. El franquismo desapareció en su forma institucional, pero en su forma social se instaló en la realidad. Es eso que llamamos franquismo sociológico. Se normalizó y en la democracia quedó como unas brasas que ahora Vox ha vuelto a convertir en llama, en fuego.
¿Y por qué quedó un franquismo sociológico en la realidad española? Muy sencillo. Porque la dictadura terminó con el dictador muerto en la cama, muerto en el hospital o en ese hospital que le montaron. Por tanto, ser franquista, y ahí hay un matiz, no se ha percibido históricamente tan extremo como ser nazi o ser fascista.
Esto lo he vivido yo en el Congreso: cuando le llamas a un diputado de Vox neofranquista, no se ofende. Si le llamaras neonazi, tal vez. No suena igual. Aunque nuestra dictadura y nuestra tiranía fue el franquismo, no fue el nazismo. Hay una cuestión de aparente grado que opera a favor del franquismo sociológico.
Vox no hace nada más que unir el franquismo sociológico con el material que le aporta el trumpismo. Y de ahí nace un nuevo producto, que es lo que está vendiendo actualmente Santiago Abascal.
Comentaba que los ve en el Congreso, comparten hemiciclo, se los encuentra en comisiones, en la cafetería, ¿Cómo describiría a los diputados de Vox?
Es una amalgama de gente que tiene procedencias diversas. Todos han acabado bajo el estandarte ultra, pero no todos provienen del mismo sitio. Están desde los espabilados del PP, que vieron una oportunidad, hasta los dogmáticos y fanáticos que estuvieron en Falange o en otros proyectos claramente fascistas. Y luego una gama intermedia de gente vinculada al movimiento antiabortista, el de víctimas del terrorismo, etc.
Todos bajo el mismo ideario, que consiste en pensar que sólo hay una forma de operar desde la derecha, que es cambiar las reglas de juego. Porque eso es lo sustancial de Vox. Quieren cambiar las reglas de juego. En teoría el PP no las quiere cambiar. Esa es la distinción y eso es lo que hace problemática la relación entre Feijóo y Abascal.
Esta misma semana hemos presenciado un incidente tras una intervención suya y es la de un diputado de Vox encarándose físicamente con el vicepresidente del Congreso que en ese momento presidía la sesión. ¿Cómo lo vivió?
No me sorprendió pues este diputado acostumbra a romper las más elementales reglas de convivencia en la Cámara. Hay personajes cuya actitud expresa a diario una pulsión autoritaria y agresiva que descubre la ideología destructiva que mueve a ciertos sectores.
En todo caso en el libro apunta que pueden ser muchas cosas, pero que no son estúpidos, nunca traspasan la línea roja.
Sí, ellos miden bien ese asedio a la democracia. Porque no proponen, por ejemplo, volver a la dictadura de Franco. Eso es absurdo. Ellos encaminan todo su programa político a vaciar la democracia. Su proyecto, que en eso son equivalentes a lo que busca Trump en Estados Unidos y otros, es que la democracia pase a ser una democracia mucho más frágil sin las garantías, los contrapesos y el equilibrio de libertades, derechos y deberes que tenemos hoy. Por tanto, el proyecto de Vox es muy sencillo. Pretenden que la democracia, que tiene ahora un perímetro de 100, pase a tener uno de 20.
Un ejemplo. Ellos proponen la supresión del Estado autonómico, la expulsión de personas migrantes, acabar con políticas de apoyo a la mujer o de apoyo a los trabajadores o a la juventud. Estas políticas, en caso de aplicarse, lo que van a hacer es realmente una ‘democracia fake’. Se trata de lo que se ha venido a llamar el autoritarismo posdemocrático.
¿Considera que el procés fue decisivo en el ascenso de Vox?
Sí y no, porque nadie recuerda que cuando se convocaron las primeras elecciones en Catalunya, bajo el 155, ellos no concurrieron. Y ese beneficio se lo llevó Ciudadanos. Pero es verdad que luego en la campaña andaluza sí utilizaron al fantasma catalán para obtener un buen resultado. En ese sentido, sí. Pero tan incierto es decir que el procés no influyó en el crecimiento de Vox como darle un valor de 100. Influyó, y actualmente mucho más, la islamofobia.
En el libro también habla del ‘no viaje’ de Feijóo al centro. ¿Le ha sorprendido?
Bueno, ojalá pudiera decir que sí, pero no. No me ha sorprendido, aunque creo que es suicida. Porque hay una batalla muy importante en las derechas democráticas europeas que es abrazar o no la ultraderecha. Pongo el ejemplo de Merkel como una democristiana que marcó una raya entre los ultras y democristianos, conservadores, todos ellos. Feijóo ha hecho lo contrario de Merkel. Se ha puesto a rueda de Abascal y le compra todos los marcos y le compra los debates, con el problema de que cada vez que Feijóo entra en esa lógica, Abascal sube la apuesta. Y por tanto es inalcanzable.
Siempre le va a romper la cabeza, siempre le va a romper el cuello. ¿Por qué? Porque domina el discurso duro. Y porque al final la ciudadanía que vota eso prefiere el original y no la copia.
Pero hay quien defiende que es la única manera que tiene el PP de poder acceder a gobiernos.
Bueno, ahí hay el debate es por qué Feijóo se ha quedado solo con un socio. ¿Qué ha ocurrido? Bueno, ya lo sabemos. ¿Por qué Feijóo no puede tener una interlocución productiva con el PNV o con Junts? ¿O por qué no puede establecer pactos en algunos lugares con los socialistas? Eso se ha construido a conciencia. El ejemplo es lo que ha ocurrido en Valencia. El precio que ha pagado Feijóo por cambiar a Mazón por un nuevo presidente es muy alto. Y ese ejemplo valenciano es el que da la brújula a Abascal. Es un laboratorio que a Vox le ha salido bien.
El ‘no viaje’ de Feijóo al centro es suicida
En un capítulo aparece un acto, el de ‘España en libertad’, y aprovecha el discurso que allí hizo Pedro Sánchez para destacar que es un político “táctico y tacticista”. Si es un elogio no lo parece.
Bueno, puede ser un elogio, es una descripción. Táctico, tacticista y añadamos que con mucha suerte. Porque la tiene. Además, es un superviviente. Porque él logró ser líder del PSOE teniendo en contra medios muy importantes de este país, el IBEX 35, la vieja guardia del PSOE y en aquel momento a los que manejaban la dirección. Contra todo eso consiguió imponerse.
Merece un cierto respeto la habilidad de Sánchez para superar lo que serían susto y muerte. Lo superó y por eso yo digo que es táctico y tacticista. Se ha acostumbrado a sortear los peligros sin pensar mucho en lo que vendrá. O sea, él vive al día porque es lo que le ha funcionado.
Sánchez se ha acostumbrado a sortear los peligros sin pensar mucho en lo que vendrá
No sé si es una provocación, pero en todo caso argumenta que el término antifascista es una palabra desgastada. ¿De quién es culpa?
Pues de muchos que la hemos usado, y me pongo yo en primera persona. Cuando hemos usado el término fascista para describir lo que no nos gustaba de una forma un poco frívola también hemos desgastado nuestro antifascismo. Un ejemplo. Yo me ubico dentro del campo socialdemócrata. Por tanto, si veo a alguien que propone bajar impuestos, esa persona es mi adversario político pero de entrada no es un fascista. Será ultraliberal o lo que sea, pero no será necesariamente un fascista.
Ahora que han venido los fascistas, los de verdad, los que quieren expulsar inmigrantes, cerrar fundaciones culturales, quitar derechos a la mujer, en fin, clausurar autonomías, prohibir partidos, cuando han venido los que realmente practican el fascismo esa palabra nos ha quedado inservible. Pero hay que reconstruirla. La única forma de rearmar el antifascismo es redefinir muy bien el campo de los demócratas y los antidemócratas. Ahí, en ese campo de los demócratas, debe estar la izquierda y también la derecha democrática si quiere meterse. En el caso español, el PP no está ahí. Por desgracia, porque debería estar.
Afirma que luchamos contra la desesperanza en el libro. No sé si eso es muy esperanzador.
Bueno, es que, aunque tenemos la noticia positiva de la caída de Orbán, es difícil mantener la esperanza en un mundo donde la ley del más fuerte, la arbitrariedad, la mentira y la destrucción de la verdad han construido una agenda nueva. Porque eso, más bien, tiende al fatalismo. Pero hay datos para rearmar esa esperanza.
En todo caso, estoy con LA idea de Havel de que la esperanza, más que creer que las cosas van a salir muy bien, es pensar que estás enfocado en el camino correcto.
Como diputado de ERC en el Congreso me gustaría saber su opinión sobre los movimientos de Gabriel Rufián. ¿En qué se acabará concretando esta apelación a la unidad de las izquierdas?
A ver, de entrada, el debate de ideas a mí me parece bueno. Estoy en política porque me interesa el debate de las ideas y los proyectos. Que se debata dentro y fuera del partido sobre qué hacer, me parece perfecto. Otra cosa es aterrizar ese debate en el hecho estratégico y táctico. Es más complejo. En lo que vaya a terminar, no lo sé, deberán definirlo los que han lanzado esa idea. Pero el debate en sí es bueno.
Otra forma es cómo lo deberíamos hacer, si a puerta cerrada o más abierta. Ahí hay mucha disparidad de criterios.
Esquerra, Bildu, BNG y otras formaciones pueden tener algunos puntos en común, pero no necesariamente deben renunciar a la marca
Y para los que son diputados en el Congreso, ¿es complicado o incómodo que el portavoz del partido proponga una cosa que la dirección del partido no quiere?
Bueno, constatamos que hay criterios distintos. Eso sí, nosotros estamos ahí intentando hacer nuestro trabajo. Pero es verdad que la dirección tiene una visión distinta a la del portavoz. No tanto en los fines, sino en los métodos del debate.
¿Y usted con quién está de acuerdo?
Yo comparto bastante la visión de la dirección del partido. Pienso que hay muchas formas de crear una dinámica antiultra o antifascista y no necesariamente pasa por sumar todo bajo un paraguas. Esquerra, Bildu, BNG y otras formaciones pueden tener algunos puntos en común, pero no necesariamente deben renunciar a la marca.
En el caso concreto de ERC, lo que nos da nuestra razón de ser son dos ejes. Por un lado el eje social, políticas de izquierdas, pero también el eje nacional. Somos un partido con centro de gravedad en Catalunya, nos votan en Catalunya y nos debemos a esos intereses que están conectados con la población española y europea. Pero no podemos perder el foco nunca.
Hace cuatro días ejercía de periodista. ¿Cuántas veces estando en el escaño has pensado que te gustaría escribir un artículo sobre eso que ha visto en ese momento en el hemiciclo?
Muchas, muchas. La verdad es que, como llevo poco tiempo en política, todavía no pienso como un político, lo hago como un periodista. Veo un debate y veo un tema, un titular y digo ¡Ostras! Sí, me ocurre.
¿Y qué es lo mejor y lo peor de estar en el Congreso?
Mira, lo mejor, lo tengo claro, es la sensación de que estás dentro del flujo de la historia. No lo digo solemnemente sino de una forma operativa. Estás en un lugar donde, para bien y para mal, se deciden cosas que afectan a la vida de las personas. Eso te da un punto de responsabilidad muy alto, pero también es atractivo. Es el vértigo de estar donde sucede lo que debe suceder.
La parte negativa es que participas, quieras o no, de eso que muchos llaman el descrédito de la política. Es imposible que yo me desenganche de las sesiones en las que los compañeros del PP y PSOE se insultan. Estoy dentro de eso, formo parte de ese retablo.
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