Ceuta, Trump y la violencia ultra
El episodio de Ceuta, con el paso masivo de más de 72.000 personas alimentado por Trump y Mohammed VI, evidencia hasta qué punto la extrema derecha global está dispuesta a instrumentalizar el miedo, el racismo y la violencia para disputar la hegemonía mundial en el eje izquierda-derecha.
No es un hecho aislado, sino una misma estrategia de desestabilización y construcción de enemigos, en una creciente dinámica polarizadora. Por eso no es casual que, pocos días antes, la Administración Trump señalara el llamado «terrorismo de izquierdas» como la principal amenaza para Estados Unidos: no es una simple ocurrencia retórica, sino un intento deliberado de fabricar un enemigo allí donde los datos y la experiencia dicen exactamente lo contrario.
Hoy existe un amplio consenso entre los servicios policiales y de inteligencia de las democracias occidentales: la principal amenaza para las democracias proviene del extremismo violento de carácter supremacista y de extrema derecha, precisamente aquel que fomentan con acciones como la de Ceuta, y que observamos estos días en las redes en su vertiente propagandística. Del “a las armas y a por ellos” del líder de Desokupa hasta las imágenes de Elon Musk ametrallando a migrantes. El imaginario violento de ultraderecha sin ningún filtro.
Es una realidad constatada durante años por los organismos de seguridad europeos y norteamericanos. Los atentados de Christchurch, El Paso, Hanau o Buffalo no fueron anomalías, sino la expresión de un fenómeno transnacional que comparte propaganda, estrategias y financiación a través de internet.
Tampoco fueron anomalías los graves ataques racistas que se vivieron en Belfast hace unas semanas. Cada vez es más amplio el consenso entre los expertos en terrorismo de que existe una amenaza creciente. Sin embargo, cuesta encontrar este mismo grado de preocupación cuando llega el momento de traducir los diagnósticos en prioridades políticas y policiales, así como en resoluciones judiciales.
Tenemos un ejemplo especialmente revelador. Poca gente sabe que el origen de los graves ataques racistas de Torre Pacheco podría encontrarse en Cataluña, mucho más cerca de lo que parecía. El Juzgado de Instrucción número 2 de Mataró apunta que la organización Deport Them Now tuvo un papel relevante en la promoción y coordinación de aquellos episodios de violencia.
En los próximos tiempos habrá que determinar su grado de participación en otros episodios racistas graves que tuvieron lugar durante las mismas fechas en Cataluña, como los de la mezquita de Piera, en Sabadell o, más recientemente, en la mezquita de Vilanova del Camí.
Las últimas diligencias policiales apuntan, además, a una estructura organizada con varios integrantes y posibles conexiones internacionales, en una investigación que continúa abierta, en la que desde Comuns ejercemos la acusación popular y que previsiblemente continuará ampliándose si se confirman los indicios existentes. Ha costado que la investigación se ampliara, pero ya empieza a dar sus frutos.
La extrema derecha contemporánea hace tiempo que dejó de ser un conjunto de individuos aislados para convertirse, en muchos casos, en redes capaces de difundir propaganda, organizar campañas de odio y, en sus expresiones más radicales, promover, enaltecer o ejecutar actos violentos.
Sus principales víctimas suelen ser las personas migrantes, la comunidad LGTBI, las minorías religiosas, las personas racializadas y aquellas que defienden proyectos políticos progresistas. Ahora también entran en juego los estados y ‘conflictos proxy’. Veremos hasta dónde llega la deriva EE. UU.-Israel-Marruecos, y su capacidad de avivar conflictos internos en Europa.
Ante esta realidad no basta con responder políticamente. La batalla de las ideas sigue siendo imprescindible porque la democracia solo prevalece cuando consigue convencer y ampliar consensos. Pero sería un grave error pensar que el problema acaba aquí.
También hay una dimensión policial y judicial que no puede seguir siendo secundaria. Las organizaciones violentas de extrema derecha deben ser investigadas con el máximo rigor, con los mismos recursos y la misma determinación con que el sistema penal ha perseguido otras amenazas contra la propia democracia. La protección de los derechos fundamentales exige identificar estas amenazas antes de que se transformen en tragedias, antes de que un día tengamos que decir que hemos llegado demasiado tarde.
La historia europea del siglo XX ofrece demasiados ejemplos de lo que ocurre cuando el odio organizado se menosprecia o se normaliza. La barbarie nunca aparece de golpe; crece alimentándose de la indiferencia, de la banalización y de la falsa creencia de que «no irá a más». Y el estado de derecho debe saber frenar con contundencia a quienes pretenden amenazar la libertad, así como la integridad física y moral de amplios sectores de nuestra sociedad.
Es fundamental ampliar los medios y garantizar toda la contundencia policial y judicial para hacer frente a quienes promueven sin ningún tipo de pudor el odio, a quienes llaman a la violencia racista a través de las redes sociales y también a quienes la ejercen de manera directa.
No podemos permitirnos repetir el error de banalizar la amenaza que representa la extrema derecha internacional, porque mirar hacia otro lado nunca ha detenido los autoritarismos. No pasarán.
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