Urgencia climática: con la COP27 no basta

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La COP27 ha terminado en Egipto y la sensación que queda es que hemos perdido un año entero en la lucha contra el cambio climático. Cierto es que el establecimiento de un fondo de compensación de pérdidas y daños para los países más afectados es una buena noticia, a pesar de que aún no conocemos el origen, el volumen y el destino de ese dinero. Hasta ahora los países principalmente responsables de las emisiones en las últimas décadas se habían resistido a su establecimiento por el riesgo jurídico que entrañaba aceptar su responsabilidad en el calentamiento global. Su aceptación a establecer este fondo a última hora, por lo tanto, es una buena noticia.

Sin embargo, el objetivo principal de esta cumbre era avanzar a mayor velocidad en la mitigación, esto es, lograr mayores contribuciones de los países para una más rápida reducción de emisiones. Ello además es urgente si tenemos en cuenta que la trayectoria de calentamiento según Naciones Unidas es hoy, con las contribuciones actuales, de 2,6 grados, un grado por encima del objetivo establecido en el Tratado de París de lucha contra el cambio climático.

La COP anterior en Glasgow se cerró con la promesa de que sería en Egipto donde se acordarían nuevas contribuciones nacionales de reducción de emisiones. Nada más lejos de la realidad: estos compromisos no se han producido, se ha vuelto a posponer la decisión un año más, y en mitigación básicamente a lo que hemos asistido es a una repetición del ejercicio estéril del año anterior.

Ante este fracaso, empieza a emerger la duda razonable sobre si mantener de forma retórica sin compromisos concretos el objetivo del grado y medio (como hace la declaración final de la cumbre) tiene ya mucho sentido. En el tramo final de las negociaciones, varias delegaciones trataron de hacer caer del texto final el grado y medio, preocupados por la reducción masiva de emisiones que exige. El objetivo sigue apareciendo en el texto, evitándose así lo peor, pero persisten las dudas sobre la viabilidad del mismo con el retraso que llevamos a nivel de contribuciones nacionales.

La realidad es que nos estamos acercando ya al grado y medio hoy, a toda velocidad. La elevación de la temperatura registrada es ya de 1,1 grados en relación a la era preindustrial, según la Organización Meteorológica Mundial. Para tener posibilidades de limitar la temperatura al grado y medio necesitamos que los gases de efecto invernadero bajen un 45% en 2030 en relación a 2010, y continúen bajando un 50% en la década siguiente. Sin embargo, según el programa de Naciones Unidas para el Medioambiente (PNUMA), si seguimos con la trayectoria actual las emisiones van a aumentar más del 10% hasta 2030.

El desarrollo de nuevos yacimientos de explotación de gas o de petróleo en el mundo es absolutamente incompatible con la reducción de emisiones, pero según varios estudios hay comprometidos hasta 2030 inversiones en nuevas explotaciones por valor de más de 500 billones de dólares. La tendencia en algunos sectores y países europeos de regresar y alargar el uso de los combustibles fósiles en Europa no hace más que agravar esta dramática situación.

Todo esto es lo que lleva a Naciones Unidas a calcular un aumento de 2,6 grados porque la realidad es que no hay a día de hoy trayectoria creíble a 1,5. Una encuesta hecha por Nature entre los científicos que desarrollaron el último informe del IPCC releva que tan solo el 4% cree realista el objetivo mientras que seis sobre 10 creen posible llegar a los tres grados.

Es importante señalar que la diferencia en las consecuencias del calentamiento de ir más allá los 2 grados son enormes. Según los científicos, el deshielo se acelerará masivamente, se generalizarán las olas de calor y las sequía avanzarán en África de forma mucho más salvaje. El objetivo del grado y medio debe mantenerse sin duda (sería un fracaso renunciar a él), pero hay que ser conscientes que cada vez sirve más como indicador de la diferencia entre lo habría que hacer y lo que hacemos que como un objetivo alcanzable.

Escribimos todo esto porque no tenemos la sensación de que la alarma global que tenemos entre manos ocupe el lugar que merece en nuestro debate público en España. Abrir con grandes titulares sobre el cambio climático cada vez que hay una cumbre pero ignorar su dimensión en nuestro debate nacional no tiene ninguna coherencia. Hay medios de comunicación en España que estos días han publicado formidables portadas de denuncia de las insuficiencias de la COP y luego mantienen líneas editoriales de defensa de nuevas infraestructuras fósiles. Sin despeinarse.

Para sostener el calentamiento los acuerdos globales son imprescindibles, pero de nada sirven sin políticas concretas en cada uno de los países que son los que tienen que hacer que ese acuerdos puedan cumplirse. Acuérdense de ello cada vez que oigan a alguien defender la ampliación del aeropuerto de El Prat, construir el Midcat, o retirar las Zonas de Bajas Emisiones que impulsa el Ayuntamiento de Barcelona. Es en estas decisiones donde nos jugamos el futuro del clima. Persistir en políticas de pasado nos convierte en parte del problema, y luego no vale lamentarse una vez al año esperando que la COP resuelva los problemas mientras ignoramos completamente nuestra responsabilidad en ellos.

La COP27 ha terminado en Egipto y la sensación que queda es que hemos perdido un año entero en la lucha contra el cambio climático. Cierto es que el establecimiento de un fondo de compensación de pérdidas y daños para los países más afectados es una buena noticia, a pesar de que aún no conocemos el origen, el volumen y el destino de ese dinero. Hasta ahora los países principalmente responsables de las emisiones en las últimas décadas se habían resistido a su establecimiento por el riesgo jurídico que entrañaba aceptar su responsabilidad en el calentamiento global. Su aceptación a establecer este fondo a última hora, por lo tanto, es una buena noticia.

Sin embargo, el objetivo principal de esta cumbre era avanzar a mayor velocidad en la mitigación, esto es, lograr mayores contribuciones de los países para una más rápida reducción de emisiones. Ello además es urgente si tenemos en cuenta que la trayectoria de calentamiento según Naciones Unidas es hoy, con las contribuciones actuales, de 2,6 grados, un grado por encima del objetivo establecido en el Tratado de París de lucha contra el cambio climático.

La COP anterior en Glasgow se cerró con la promesa de que sería en Egipto donde se acordarían nuevas contribuciones nacionales de reducción de emisiones. Nada más lejos de la realidad: estos compromisos no se han producido, se ha vuelto a posponer la decisión un año más, y en mitigación básicamente a lo que hemos asistido es a una repetición del ejercicio estéril del año anterior.

Ante este fracaso, empieza a emerger la duda razonable sobre si mantener de forma retórica sin compromisos concretos el objetivo del grado y medio (como hace la declaración final de la cumbre) tiene ya mucho sentido. En el tramo final de las negociaciones, varias delegaciones trataron de hacer caer del texto final el grado y medio, preocupados por la reducción masiva de emisiones que exige. El objetivo sigue apareciendo en el texto, evitándose así lo peor, pero persisten las dudas sobre la viabilidad del mismo con el retraso que llevamos a nivel de contribuciones nacionales.

La realidad es que nos estamos acercando ya al grado y medio hoy, a toda velocidad. La elevación de la temperatura registrada es ya de 1,1 grados en relación a la era preindustrial, según la Organización Meteorológica Mundial. Para tener posibilidades de limitar la temperatura al grado y medio necesitamos que los gases de efecto invernadero bajen un 45% en 2030 en relación a 2010, y continúen bajando un 50% en la década siguiente. Sin embargo, según el programa de Naciones Unidas para el Medioambiente (PNUMA), si seguimos con la trayectoria actual las emisiones van a aumentar más del 10% hasta 2030.

El desarrollo de nuevos yacimientos de explotación de gas o de petróleo en el mundo es absolutamente incompatible con la reducción de emisiones, pero según varios estudios hay comprometidos hasta 2030 inversiones en nuevas explotaciones por valor de más de 500 billones de dólares. La tendencia en algunos sectores y países europeos de regresar y alargar el uso de los combustibles fósiles en Europa no hace más que agravar esta dramática situación.

Todo esto es lo que lleva a Naciones Unidas a calcular un aumento de 2,6 grados porque la realidad es que no hay a día de hoy trayectoria creíble a 1,5. Una encuesta hecha por Nature entre los científicos que desarrollaron el último informe del IPCC releva que tan solo el 4% cree realista el objetivo mientras que seis sobre 10 creen posible llegar a los tres grados.

Es importante señalar que la diferencia en las consecuencias del calentamiento de ir más allá los 2 grados son enormes. Según los científicos, el deshielo se acelerará masivamente, se generalizarán las olas de calor y las sequía avanzarán en África de forma mucho más salvaje. El objetivo del grado y medio debe mantenerse sin duda (sería un fracaso renunciar a él), pero hay que ser conscientes que cada vez sirve más como indicador de la diferencia entre lo habría que hacer y lo que hacemos que como un objetivo alcanzable.

Escribimos todo esto porque no tenemos la sensación de que la alarma global que tenemos entre manos ocupe el lugar que merece en nuestro debate público en España. Abrir con grandes titulares sobre el cambio climático cada vez que hay una cumbre pero ignorar su dimensión en nuestro debate nacional no tiene ninguna coherencia. Hay medios de comunicación en España que estos días han publicado formidables portadas de denuncia de las insuficiencias de la COP y luego mantienen líneas editoriales de defensa de nuevas infraestructuras fósiles. Sin despeinarse.

Para sostener el calentamiento los acuerdos globales son imprescindibles, pero de nada sirven sin políticas concretas en cada uno de los países que son los que tienen que hacer que ese acuerdos puedan cumplirse. Acuérdense de ello cada vez que oigan a alguien defender la ampliación del aeropuerto de El Prat, construir el Midcat, o retirar las Zonas de Bajas Emisiones que impulsa el Ayuntamiento de Barcelona. Es en estas decisiones donde nos jugamos el futuro del clima. Persistir en políticas de pasado nos convierte en parte del problema, y luego no vale lamentarse una vez al año esperando que la COP resuelva los problemas mientras ignoramos completamente nuestra responsabilidad en ellos.

La COP27 ha terminado en Egipto y la sensación que queda es que hemos perdido un año entero en la lucha contra el cambio climático. Cierto es que el establecimiento de un fondo de compensación de pérdidas y daños para los países más afectados es una buena noticia, a pesar de que aún no conocemos el origen, el volumen y el destino de ese dinero. Hasta ahora los países principalmente responsables de las emisiones en las últimas décadas se habían resistido a su establecimiento por el riesgo jurídico que entrañaba aceptar su responsabilidad en el calentamiento global. Su aceptación a establecer este fondo a última hora, por lo tanto, es una buena noticia.

Sin embargo, el objetivo principal de esta cumbre era avanzar a mayor velocidad en la mitigación, esto es, lograr mayores contribuciones de los países para una más rápida reducción de emisiones. Ello además es urgente si tenemos en cuenta que la trayectoria de calentamiento según Naciones Unidas es hoy, con las contribuciones actuales, de 2,6 grados, un grado por encima del objetivo establecido en el Tratado de París de lucha contra el cambio climático.