Música | Crítica
Exhibición musical de la London Symphony
La London Symphony, fundada en 1904, es una de las orquestas más justamente célebres del mundo. Su primer concierto fue dirigido por Hans Richter y ha tenido como directores a figuras míticas como Edward Elgar o Pierre Monteux. Su actual titular es Antonio Pappano, quien dirigió en el Palau de la Música el pasado 11 de diciembre la Chamber Orchestra of Europe con la violinista María Dueñas. El auditorio valenciano, durante sus casi 40 años de existencia, ha recibido a la London Symphony en 16 ocasiones. La primera fue en 1995, con André Previn como director y la violinista Anne Sophie Mutter. La anterior a la del viernes, en 2018, con la directora Susanna Mälkki y el chelista Daniel Müller-Schott.
El concierto del día 19 estuvo dirigido por Gianandrea Noseda (Milán, 1964), principal director invitado de la orquesta londinense y titular de la National Symphony de Washington y de la Ópera de Zúrich. Abría la sesión una partitura poco frecuentada de Ígor Stravinski, el El beso del hada, Divertimento. Es una reelaboración del compositor, de 1949, de un ballet que compuso en 1928 sobre La doncella de las nieves de Hans Christian Andersen, a partir de melodías de Chaikovski. La obra, de carácter neoclásico, suena mucho más a Stravinski que a Chaikovski por el ritmo y la instrumentación. Hay un gran protagonismo de los metales, las maderas y la percusión. Noseda ofreció una versión intensa y animada, con muy bellos solos que exhibieron el alto nivel ténico y artístico de la orquesta londinense.
El Segundo concierto para piano y orquesta de Chopin, compuesto en 1829 y estrenado en 1830, es en realidad el primero de los dos que escribió, publicados en sentido inverso al cronológico. Con esta obra se presentaba en València el pianista Seong-Jin Cho (Seúl, 1994), uno de los más destacados jóvenes instrumentistas del panorama internacional. En 2015 ganó el Concurso Internacional Chopin y desde el año siguiente es artista exclusivo de Deutsche Grammophon, sello para el que tiene grabados ambos conciertos de Chopin con la London Symphony y Noseda.
Seong-Jin Cho exhibió una impecable técnica en su interpretación. El primer movimiento fue animado e intenso, muy delicado el segundo y preciosista el tercero. Administró con impecable maestría las dinámicas y el tempo en una versión quizás más brillante que profunda, siempre con muy bello sonido. Noseda condujo con precisa maestría el sencillo acompañamiento orquestal. Los insistentes aplausos del público que llenaba la sala hicieron que el pianista coreano se sentase de nuevo al piano para interpretar el Vals en re bemol mayor op. 64 n.º 1 de Chopin, conocido como Vals del minuto, aunque en realidad tiene una duración en torno a los dos. El extraordinario dominio técnico de Seong-Jin Cho quedó de manifiesto con una lectura de apabullante precisión.
En la segunda parte, otra obra rusa poco frecuentada, la Segunda sinfonía de Borodín. Perteneciente al Grupo de los Cinco, era químico de profesión y repartía su trabajo entre la ciencia y la música. Iniciada en 1869 y concluida siete años después, esta sinfonía fue compuesta al tiempo que su célebre ópera El príncipe Ígor. Nunca llegó a acabar la obra, que fue completada por Rimski-Kórsakov y Glazunov. Tampoco concluyó su Tercera sinfonía.
En la segunda parte la London Symphony amplió los instrumentistas de cuerda hasta un total de 60, con 8 contrabajos y 16 violines primeros. La interpretación de la sinfonía de Borodín fue una verdadera exhibición de dominio técnico de la orquesta, dirigida por Noseda con intensidad y tempi animados. Desde el expresivo y obsesivo tema inicial que marca el primer movimiento, hasta los rápidos segundo y cuarto, el conjunto hizo gala de un sonido redondo y una afinación perfecta en la cuerda, cálidas maderas y contundentes metales, sin olvidar la precisión en la percusión y la delicadeza expresiva en el arpa. Preciosos los solos de clarinete y violonchelo en el diálogo que ambos instrumentos mantienen en el Andante. El público aplaudió larga e intensamente hasta conseguir que Noseda subiese de nuevo al podio para ofrecer una excelsa versión de la Polonesa de la ópera Yevguéni Onieguin de Chaikovski, prodigio de ajuste, precisión y musicalidad, que cerró brillantemente una velada memorable.