Resentidos sin causa

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La indignación va por barrios. En este comienzo de año, el enfado mayúsculo y la irritación suprema circula por los lugares donde habitan justamente los que menos motivos tienen para enfurruñarse. Acabamos enero y el cortisol, o como se llame, se les dispara a muchos privilegiados. Son gente que lo tienen todo, pero aparentan seres desquiciados. Un abogado conocido mío posee un refugio de ensueño en Baqueira, unas plantaciones de aguacates, varios nietos sanos y salvos, un apartamento en la playa, cuya terraza parece la cubierta de un yate de lujo, y una casa con solera en el pueblo de sus padres. Al tipo le ha quedado la pensión máxima y varios alquileres para ir tirando. Comiendo con él se puso de los nervios -ya ves que le va y que le viene el palacete vasco de París- y me dio una chapa magistral sobre los atropellos jurídicos que comete el Fiscal General un día sí y el otro también. No se relajó ni un segundo. Estuve por pedir si en el restaurante se encontraba un médico de paisano por si le daba un pasmo al buen hombre. Todo quedó en un susto. Supuse que en cuanto llegaría a su casa, al conectarse de nuevo al móvil, le volverían a subir las pulsaciones. “Esto no hay quien lo aguante”, me soltó en tono arisco antes de despedirnos.

El cabreo generalizado de las personas sin motivo alguno ha crecido exponencialmente, como la cotización de algunas criptomonedas. Son personas a las que no les falta de nada, pero aun así no les resulta suficiente. Tienen bidones cargados de rabia contenida y no saben dónde guardarlos. Se les nota por la cartera abultada, el deje ultra en los comentarios, la cara agria, el seguidismo a unas teorías descabelladas y por desautorizar y criticar a la ministra de Trabajo porque la han visto en un salón de manicura. Me hablaron de un comerciante que factura todo lo que puede en negro, que contrata inmigrantes al peso y que no pide permiso municipal ni paga las tasas por reformar su ostentoso piso, como el novio de Ayuso. Pues bien, ese señor, forrado hasta las cachas, también despotrica de lo mal que está todo y, para acabar de aumentar su tasa de ira en sangre, cuestiona el arbitraje que padeció su equipo el último partido. Al cabo de unos días pregunté por él y me dijeron que andaba todavía montado en cólera y que se le habían incrustado en la sesera unas ideas tenebrosas de espanto sobre el futuro de Europa.

Es lo que hay. Esto de que el presidente más poderoso del mundo ande todo el día resentido sin causa aparente, enfadado de forma superlativa, faltón y con ganas de joder al prójimo (más bien a los vecinos de rellano del atlas) ha hecho cundir el ejemplo. Trump invoca los aranceles con una mano y atiza a diestro y siniestro con la otra. Ahora el que no está cabreado es que es pobre, inmigrante, parado o que le han detectado una enfermedad peliaguda. Por su parte, el hombre más rico del mundo, Mister Musk, que rezuma desprecio supino por la humanidad, presume de despedir a gente, de hacérselas pasar canutas al personal, de alternar con los más nazis del planeta tierra y de rodearse de unos pirados al frente de las principales instituciones de los EEUU. Ese señor feudal, otro resentido sin causa, quiere que comulguemos con sus exabruptos y extravagancias en su asquerosa red social; pretende que los pocos huelguistas que quedan en su país vuelvan al curro en fila india y sin rechistar.

En la papelería de al lado de mi casa una señora pidió el otro día un calendario a la dependienta, pero matizó que lo quería del 2026 a ser posible. La buena mujer adujo que este principio de año no le estaba gustando nada. Se le había atragantado: quería pasar página como fuera… El siguiente cliente en entrar fue un distinguido señor, rebozado de mal humor. No dio ni los buenos días y al poco ya estaba amargándonos el día. Decía no sé qué de unas elecciones en Alemania en las que pronosticó que iban a ganar los suyos por goleada.