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Entrevista
Expresidente del PSE

Jesús Eguiguren: “España no ha sabido celebrar el fin de ETA”

Jesús Eguiguren, en San Sebastián, en una imagen de archivo.

José Enrique Monrosi

17 de enero de 2026 22:49 h

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“Disculpe, es usted Jesús Eguiguren, ¿verdad?”. El joven botones del hotel en el que se concierta la cita echa una mano para atender las mesas de la cafetería y reconoce al hombre al que acaba de servir un refresco. “Soy nieto de una víctima de ETA y quería agradecerle, en nombre de toda mi familia, lo que usted hizo”. Eguiguren le pregunta quién era su abuelo. “José Javier Uranga, era periodista”, responde el muchacho. Al histórico exdirigente de los socialistas vascos no le hacen falta más señas para recordar aquel atentado de agosto de 1980, uno de tantos a los que le tocó asistir desde la primera línea. “Claro que me acuerdo, tu abuelo fue director del Diario de Navarra y le pegaron más de 30 tiros, pero no lo mataron”. 

Aún no ha empezado la entrevista y ya está desterrada la idea de que a Jesús Eguiguren (Aizarna, Guipúzcoa, 1954) nadie le ha reconocido su trascendental trabajo en el final del terrorismo de ETA. “Esto no estaba preparado, ¿eh?”, bromea con el periodista cuando el camarero se retira. “Hay mucha gente que dice que nadie me ha llegado a reconocer lo que hice, pero yo me siento profundamente reconocido. Principalmente, por la gente de aquí, de Euskadi. Porque aquí nos conocemos todos y todos sabemos lo que hemos hecho unos y otros. Han pasado casi 14 años del final de la violencia y todavía es difícil salir de casa sin que alguien se acerque a darme las gracias”. 

Hace justo 25 años, a finales de 2000, un viejo amigo de Comisiones Obreras le propuso un encuentro que acabaría por resultar decisivo en el devenir de la historia del fin de ETA. Peio Rubio, militante sindicalista próximo a la izquierda abertzale, pero de convicciones profundamente pacifistas, le planteó entonces a su amigo del Partido Socialista de Euskadi verse con otro amigo suyo de Elgoibar: Arnaldo Otegi, dirigente de Herri Batasuna. Y ofreció su caserío de Txillarre para la cita. 

¿Se acuerda del primer día que quedó con Otegi en Txillare?

Me acuerdo perfectamente. A Arnaldo lo conocía de haber coincidido alguna vez, pero no tenía ningún trato con él. Aquella primera reunión fue muy importante, yo vi que él iba en serio. 

Aquel año, el 2000, ETA asesinó a 23 personas. ¿No dudó en ir a esa cita con Otegi?

No lo dudé ni un segundo. Estaba en vigor el pacto antiterrorista que habían firmado PP y PSOE, que impedía expresamente establecer un diálogo con Batasuna hasta que ETA dejara de matar. Pero yo me lo salté. 

¿Por qué?

Yo estaba convencido de que el fin de ETA estaba próximo. No sabía cómo de próximo, pero yo lo sabía. Los que vivimos y convivimos aquí percibimos cosas, principalmente a raíz del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Yo estudié en Azpeitia y muchos de mis compañeros se hicieron abertzales. Estuvimos décadas sin saludarnos. Y hubo un momento, sin explicación aparente, en que empezamos a saludarnos cuando nos cruzábamos por la calle. A mí se me encendió la bombilla. La gente ya no podía vivir más así, ya no quería más esto. 

Me salté la disciplina de partido y me reuní con Otegi, la gente en Euskadi ya no quería vivir así

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Jesús Eguiguren acaba de publicar Memorias políticas, el infierno de la transición vasca (Betagarri Liburuak, 2025), un libro en el que repasa su militancia antifranquista, primero, y antiterrorista, después, y en el que aporta detalles de esas conversaciones secretas con el líder de la izquierda abertzale que acabaron cristalizando, más de una década después, en el final del terrorismo en Euskadi. 

Sobre ese primer encuentro en Txillare, explica en el libro: “Era el peor momento. Gobernaba el PP y había suscrito el pacto antiterrorista con el PSOE. ETA mataba casi más que nunca. Yo no informé a nadie ni acaté la disciplina de partido. Los Gobiernos de un signo u otro tenían asumido el terrorismo como un problema más. Cuando había un atentado venían los ministros, te daban una palmadita en la espalda y se volvían a Madrid. Yo era un hombre defraudado con la política antiterrorista. Por eso, el primer día que me vi con Otegi, le dije: Esto del terrorismo a vosotros no os sirve de nada y a nosotros nos provoca mucho sufrimiento. Nos hemos hecho mayores, tenemos hijos. ¿De verdad vamos a dejar este problema para la siguiente generación?”. 

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¿Usted no avisó a nadie en su partido?

No, a nadie. Nos tomamos muy en serio que fuera en secreto porque en aquellas circunstancias hubiera sido un escándalo. Años más tarde le conté a Patxi López que me veía con Otegi, pero nada más. 

¿Estuvo años yendo a Txillarre de manera periódica sin que nadie de su entorno lo supiera?

Mi mujer y yo. Nadie más. 

¿Y si le hubiese pasado algo? Usted también era objetivo de ETA. 

Cuando pasaron varios años hice esa reflexión, que si me pasaba algo nadie iba a saber de aquel trabajo que hacíamos Arnaldo y yo. Y conté con la ayuda y la discreción del periodista Alberto Surio. Le dije que no podía contar nada, pero que si me mataban quería que, al menos, él supiera en qué andábamos. 

¿Usted tiene la certeza de que quisieron matarle?

Después del fin de la violencia han venido etarras a pedirme perdón y a reconocer que lo intentaron, que habían colaborado en la preparación de mi atentado, que tenían visto el sitio… Yo era muy precavido y siempre iba con escolta, pero supongo que tuve suerte. 

Yo era un hombre defraudado con la política antiterrorista, los Gobiernos de un signo u otro tenían asumido el terrorismo como un problema más

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Una de las claves de sus conversaciones con Otegi que Eguiguren destaca en sus memorias es la franqueza que se estableció desde el primer momento entre ambos. Uno era consciente de que, en cualquier momento, podía ir a la cárcel. El otro, de que podían asesinarle. Y en esas circunstancias fueron capaces de conjurarse para mantener, pasara lo que pasara, ese hilo de interlocución secreta. Y no dejaron de pasar cosas porque ETA no dejó de matar. En el libro, el exdirigente socialista repasa todos y cada uno de los compañeros asesinados a los que tiene que enterrar. Germán González, Enrique Casas, Juan Mari Jauregi, Fernando Buesa, Juan Priede, Froilán Elespe… Una lista interminable de terror que acaba con el asesinato de su amigo Isaías Carrasco. 

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Cuenta que en 2008, cuando ya hablaba con [el entonces jefe de ETA] Tierry, las cosas se pusieron feas y que usted avisó a su entorno. 

Sí, esperábamos un zarpazo y avisé a todos mis conocidos y allegados del partido, sobre todo a los que no tenían escolta. A Isaías creo que no le avisamos porque no era concejal, ni tenía cargo de nada. Era un militante raso. Pero era mi amigo. Nunca he sabido si lo mataron a él por venganza, porque no pudieron matarme a mí. A Isaías fue al último que enterramos. El primero fue Germán González, en Zumaia, a los dos días de aprobarse el Estatuto de Autonomía. Yo estaba estudiando derecho, tendría 19 o 20 años, y me pidieron reconocer el cadáver. 

Dice que llega un momento en que usted perdió la capacidad de llorar.

Recuerdo que lloré mucho con Enrique Casas. Éramos muy jóvenes y él era para nosotros un líder indiscutible. Pero luego no pude volver a llorar. No podía. He llegado a la conclusión de que estábamos tan en primera línea, lo vivíamos tan de cerca, que priorizamos nuestras obligaciones después de cada asesinato por encima de nuestros sentimientos. Teníamos que avisar a las familias, organizar el funeral, hablar con los de Madrid para ver quién venía. Creo que escondimos el dolor debajo de las cosas que teníamos que hacer. Yo fui presidente del parlamento vasco e iba a todos los funerales. Me conozco todas las iglesias de Euskadi. 

Creo que escondimos el dolor debajo de las cosas que teníamos que hacer y por eso era incapaz de llorar

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La primera vez que Jesús Eguiguren le cuenta de manera formal a su partido que lleva años hablando en secreto con el líder de la izquierda abertzale en busca del final de terrorismo es la noche electoral de marzo de 2004 que gana José Luis Rodríguez Zapatero. El socialista vasco lleva más de cuatro años de conversaciones clandestinas a espaldas del PSOE y de todo el mundo. Y cuando Zapatero gana esas elecciones tres días después de los atentados del 11-M, ve la oportunidad definitiva de impulsar la paz. 

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No se esperó usted ni al día siguiente. 

Ya no podía más, no podía esperar más. Tenía que contárselo a mi partido, que acababa de ganar las elecciones. 

¿A quién llamó?

Llamé a Pepe Blanco, que estaba en Ferraz esa noche.  

¿Y qué le dijo?

Bueno, se abrumó un poco. No reaccionó muy bien. Me dijo que eran cosas muy delicadas, que acabábamos de ganar las elecciones, que no era el momento. Y no me hizo mucho caso. 

¿Y qué hizo?

Seguí llamando días después y me dijeron que no eran cosas que se pudieran hablar por teléfono, que ya me contactaría Rubalcaba. Él sí entendió muy bien la dimensión de lo que yo le conté, aunque me dijo que si lo hubieran sabido me lo hubieran prohibido. Pero supo valorar el trabajo hecho y que eso tenía un sentido. ETA no asesinó en todo 2004 y tampoco en 2005, también por el impacto del terrorismo islamista del 11-M. Y en 2006 anunció una tregua. Nuestro trabajo le resultó útil al Gobierno de Zapatero aunque luego se complicaran las cosas con la T4. 

Rubalcaba entendió bien la dimensión de lo que estaba haciendo, pero me dijo que si lo hubiera sabido me lo hubiera prohibido

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En su propio análisis de los hechos que vivió e incluso protagonizó en busca del fin del terror, Jesús Eguiguren cree que confluyeron varios factores decisivos. El primero y más importante, a su juicio, el hartazgo de una sociedad vasca cansada de vivir con miedo a la muerte o a la cárcel, acrecentado además por el nuevo contexto internacional del terrorismo islamista que azotó a España el 11 de marzo de 2004 y que incrementó la repulsa hacia el uso de la violencia. Y, de fondo, una decisión estratégica de la izquierda abertzale, bajo el liderazgo de Arnaldo Otegi, diseñada para su supervivencia política.

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¿Cómo definiría a Otegi después de tantos años de convivencia y de interlocución?

Lo definiría como un político astuto. Para cuando empezamos a hablar, Otegi ya estaba convencido de que el terrorismo no llevaba a ninguna parte y de que no iban a poder hacer política hasta que el terrorismo dejara de existir. Y tenían muchas ganas de hacer política. 

¿Pero fue un paso meramente estratégico o existió una evolución moral de sus postulados para rechazar el asesinato del prójimo como herramienta política?

Creo que hubo un poco de las dos cosas. Primero, estratégico, porque él sabía que la forma de salvar a la izquierda abertzale era acabar con ETA. Y yo creo que también hubo un planteamiento moral de rechazo a la violencia. De alguna forma, en aquellas reuniones durante tantos años él llegó a comprender bien el daño que causaban a las víctimas del terrorismo. Y yo también llegué a entender el problema de las torturas, que antes no me creía. 

¿Cree que si usted y Otegi no inician esas conversaciones en el año 2000 ETA hubiera acabado en el momento y de la forma que acabó?

No hubiera durado mucho más, yo creo. Batasuna llega a la conclusión de que no iba a haber otra oportunidad por el trabajo hecho por el Gobierno con Zapatero y Rubalcaba. Y por eso lo que hace Batasuna es obligar a ETA a su disolución. Sí pienso que nosotros contribuimos con nuestro trabajo, porque cuando Zapatero llega a la Moncloa ETA se pasa dos años sin matar. Y lo más importante de todo es que lo dejaron a cambio de nada, no hubo contraprestaciones. 

Otegi sabía que la forma de salvar a la izquierda abertzale era acabar con ETA, pero creo que también hubo un planteamiento moral

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Cuando el 20 de octubre de 2011 ETA anuncia el fin definitivo de su actividad terrorista, Jesús Eguiguren ya hacía días que sabía que iba a ocurrir. Tenía, obviamente, información directa de la cúpula de Batasuna, que había llevado a cabo un proceso asambleario entre sus bases para transitar definitivamente hacia postulados contrarios a la violencia. Y el hombre que había dejado de ser capaz de llorar en los entierros de sus compañeros de partido, se volvió entonces también incapaz de poder celebrar una victoria que él había contribuido a alcanzar de manera decisiva. 

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¿No lo celebró?

Lo pasé muy mal. Cuando ETA anunció el final fue cuando se me vinieron a la memoria todos los muertos, todo el sufrimiento, todo el dolor y todos los años de miedo de tanta gente. Tantos años de terror, ¿para qué? ¿Por qué todo esto? 

Cayó en una depresión. 

Lo pasé muy mal durante un tiempo, sí. Era como si todo el miedo y todo el dolor que no sentí cuando estaba en activo se me viniera encima de golpe. Cuando todo acabó, sentí que me quedé sin energías. 

Cuando ETA anunció el final se me vinieron a la memoria todos los muertos, todo el sufrimiento, todo el dolor y todos los años de miedo de tanta gente. Tantos años de terror, ¿para qué? ¿Por qué todo esto? 

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La principal tesis que recorre su libro, que rememora su militancia política desde los tiempos de la dictadura franquista, es que, en realidad, a Euskadi la Transición democrática no llega hasta que ETA anuncia su final en 2011. Eguiguren dibuja, de hecho, un escenario parecido al de un Estado fallido en la comunidad autónoma del País Vasco. Con una fuerza, la de la violencia y el miedo ejercidas por la banda terrorista y su brazo político, que consiguió imponerse durante muchos años al poder de las instituciones. 

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Usted tiene 71 años y se ha pasado la vida amenazado por el franquismo y por ETA. ¿Ha echado la cuenta de cuántos años vivió con miedo?

Yo creo que con miedo, ninguno. Pero en Euskadi la Transición no acaba hasta 2011. 

Explíquese. 

En España se explica la Transición como el principio de las libertades, de la convivencia, de unas reglas del juego garantes de la democracia. Y eso aquí no pasaba. Esto era un infierno y llegamos a acostumbrarnos al infierno. Aquí durante muchos años no hubo Estado. En los 80 y en los 90 las delegaciones del Gobierno no tenían ni placa en la puerta. Y en cientos de pueblos no había Estado, no había institucionalidad. Los partidos estábamos marginados, había un montón de gente amenazada, un montón de muertos. Aquí mandaban ETA y Batasuna. No había libertad. Galindo llegó a prohibir a los guardias civiles pedir en los bares Gin Tonics de Larios. Eso no se bebía en Euskadi y el que lo pedía pasaba directamente a una lista y a estar amenazado. Ellos controlaban a la sociedad con el miedo y por eso mucha gente se quedaba callada ante la barbarie. Ahora se dice que la Policía y la Guardia Civil fueron muy eficaces contra ETA, y es verdad que su trabajo fue fundamental, pero lo cierto es que aquí estuvimos 50 años con el tema y no se conseguía acabar con ellos. Llegó un momento en que todo el mundo asumió que 20, 30 o 40 muertos al año era algo llevadero. Y contra eso nos rebelamos. 

¿Era la paz parecida a como usted se la imaginaba?

Sí, es tal y como yo me la imaginaba. 

¿Y cómo se la imaginaba?

Ir sin escolta, hablar con mis vecinos, no tener miedo por mis hijos, poder pasear, opinar, hacer esta entrevista en este hotel sin temor a que nos pase nada. La paz es muy sencilla, en realidad. Es dejar en paz al que no piensa como tú. 

¿Le da más rabia o más tristeza oír a dirigentes del PP y de Vox asegurar que ETA está más fuerte que nunca?

Siento cierta indiferencia y algo de incredulidad porque realmente se crean lo que dicen. Decir algo así es no conocer lo que hemos pasado aquí. Desde un punto de vista político, el final del terrorismo tuvo algunas peculiaridades. Las derechas españolas y vasca se mantuvieron completamente al margen de ese proceso. El PNV no se involucró de manera protagonista en ese final y el PP ya recordamos lo que hizo. Los socialistas estuvimos muy solos y la ofensiva dialéctica de la derecha creo que nos hace no sacar suficiente pecho de lo logrado. Creo que todo eso ha ayudado a que, al final, las derechas se sientan en cierta forma excluidas de esta conquista. Y que el éxito y el relato lo haya capitalizado principalmente Bildu. España no ha sabido celebrar el fin de ETA. 

¿Quedan pasos por dar?

A Bildu se le reclama una condena expresa de la existencia de ETA. Yo creo que perdón sí han pedido, pero lo que se les reclama es que vayan más allá y digan que la violencia no tuvo justificación alguna. No entiendo por qué se resisten a eso. 

Ellos justifican en privado que miden cada paso para que no se produzcan escisiones, que es algo que ha ocurrido en otros países. 

Lo hacen para no meterse en más líos porque en su mundo mucha gente sigue pensando que ahora está muy bien la paz y tal, pero que en su momento ETA fue necesaria.

¿Es irreversible la paz?

Absolutamente irreversible.

Estamos asistiendo a un mundo en el que cada vez parecen existir menos cosas irreversibles. Fíjese la cantidad de jóvenes que ahora sienten simpatía por la dictadura. 

Sí, tengo un poco la sensación de fracaso respecto a la defensa de unas creencias democráticas durante toda mi vida. Pensábamos que el fascismo era cosa del pasado y nos hemos quedado sin garantías de que el futuro vaya a ser mejor que nuestro pasado. 

¿Está orgulloso de lo que hizo?

Siento que hice lo que tenía que hacer. 

¿Hay algo de lo que se arrepienta o que cambiaría si pudiera?

A veces suelo pensar: ¿habrá merecido la pena? Yo siempre había dicho que cuando terminara el terrorismo dejaría la política y volvería a ser profesor de Derecho Constitucional, que me encantaba. Pero se me hizo tarde. He llegado a la conclusión de que, si volviera atrás, haría lo mismo. Políticamente no me arrepiento de nada. 

¿Y de fuera de la política?

Bueno, claro. De fuera de la política, sí. Se cometen muchos errores en la vida.

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