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Fernando Sánchez Castillo, el artista que compactó el yate de Franco, ensalza la desobediencia

'Narón' en la exposición 'La Perla Peregrina' de Fernando Sánchez Castillo en el Palacio de Velázquez (Madrid)

Tania López García

23 de junio de 2026 22:35 h

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La Perla Peregrina es una de las joyas más singulares de la historia. Hallada en el siglo XVI en las costas de Panamá por un esclavo cuyo nombre nunca quedó registrado, su extraordinaria forma de lágrima la convirtió en una pieza codiciada por reyes, nobles y coleccionistas. Mientras la identidad de quien la encontró se perdió en el relato oficial, la perla terminó convertida en símbolo del poder de la Monarquía Hispánica. Ese contraste entre lo que la Historia recuerda y aquello que decide olvidar es el punto de partida de La Perla Peregrina, la retrospectiva que el Museo Reina Sofía dedica a Fernando Sánchez Castillo (Madrid, 1970).

A lo largo de más de 200 obras —entre instalaciones, esculturas, vídeos, acuarelas y piezas prestadas—, el artista madrileño despliega una investigación sostenida durante décadas sobre los mecanismos del poder, la construcción de la memoria y las zonas de sombra de los relatos oficiales. Comisariada por Ferran Barenblit, la muestra puede visitarse desde el 24 de junio hasta el 8 de marzo de 2027 en el Palacio de Velázquez del parque de El Retiro en Madrid, un espacio que el propio artista reconoce especialmente cercano y familiar.

La metáfora de la perla atraviesa toda la exposición. Igual que una perla surge de una herida, de la reacción de un molusco ante un cuerpo extraño que se incrusta en él, los monumentos también nacen de conflictos, derrotas y tensiones históricas. “Los monumentos también surgen del daño. La historia no solo se relata, sino que se modela y se funde”, señala Barenblit. Las obras de Sánchez Castillo se sitúan precisamente en ese espacio donde la memoria se solidifica en imágenes, estatuas y símbolos, pero también donde esos símbolos pueden ser cuestionados, desmontados o transformados.

Un homenaje a la desobediencia civil

El recorrido arranca con una monumental escultura dedicada al Tank Man, el estudiante anónimo que en 1989 se plantó frente a una columna de tanques tras la represión de las protestas de Tiananmen. La figura, explica Sánchez Castillo, “mide lo mismo que el David de Miguel Ángel”, y abre una galería de personajes que el artista reúne bajo el título Figuras de memoria expandida (2017-2026).

Figuras de memoria expandida. 2017-2026. Bronce, impresión 3D. Taller del artista: Miss Liberty; Madre de la plaza de Mayo; La cueca sola; Celeste dos Cravos (Celeste Martins Caeiro); Lorca; Rapadas; Tomiko Higa, la niña de la bandera blanca; Navalny

A su alrededor aparecen las Madres de Plaza de Mayo, Celeste Caeiro —símbolo de la Revolución de los Claveles—, Federico García Lorca representado en un salto jubiloso o el opositor ruso Alexéi Navalny. La secuencia culmina con una gran escultura en madera de August Landmesser, el trabajador alemán inmortalizado en una foto en 1936 por negarse a realizar el saludo nazi. Todos ellos encarnan distintas formas de resistencia frente al poder y convierten la primera sala en una suerte de panteón de la desobediencia civil.

Ese interés por la protesta atraviesa buena parte de la muestra. Una de las salas reúne máscaras procedentes de movilizaciones de distintos lugares del mundo dentro del proyecto Global Museum Project (2015-2026), desde movimientos históricos hasta conflictos laborales contemporáneos como las protestas de los trabajadores de Amazon. Más que un archivo de objetos, la instalación funciona como un atlas global de las formas de resistencia ciudadana.

La calle es nuestra

Los caballos constituyen otro de los motivos recurrentes en la obra de Sánchez Castillo. Con frecuencia aparecen sin jinete, liberados de la figura de autoridad que tradicionalmente encarnan las estatuas ecuestres. Uno de los ejemplos más significativos dialoga con la estatua de Franco realizada por Josep Viladomat en 1963. El artista desplaza la atención desde el dictador hacia el animal, convertido en símbolo de emancipación.

Josep Viladomat Massanass. Escultura de caballo, parte del conjunto “Al General Franco”. 1963. Vaciado en bronce. Museo de Historia de Barcelona

“A modo de la simbología del Guernica, en el que tenemos ese caballo y ese toro como metáforas de lo no humano, del sufrimiento y de la liberación. Aquí también tenemos caballos que han sido liberados de sus jinetes, de sus seres opresores y que han generado momentos de libertad, momentos de vocación de un futuro mejor”, cuenta Sánchez Castillo.

La transformación de los símbolos del poder alcanza uno de sus momentos más elocuentes en las obras realizadas con materiales militares. Una gran barricada incorpora elementos procedentes de armas y monumentos, recordando que muchas estatuas históricas fueron fundidas a partir de cañones capturados en combate. Frente a ella aparece una de las frases más célebres de Manuel Fraga: “La calle es mía”, resignificada ahora dentro de un espacio dedicado precisamente a las formas de ocupación popular del espacio público.

Desmontar los símbolos del poder

Ese futuro posible al que alude el artista aparece también en los vídeos Pegasus Dance (2007) y Stone Soul Army. En él, el maestro Abraham Padilla experimenta con piedras, cañones y huesos convertidos en instrumentos sonoros. “Se trata sobre todo de utilizar las armas de una manera musical, es decir, de imaginar otro futuro posible”, explica Sánchez Castillo. “Se trata de explorar cómo los ejércitos y las personas pueden buscar su espacio de libertad frente a elementos destructivos”.

Vista de sala de la exposición Fernando Sánchez Castillo: 'Salón de los espejos' (2023), 'White Flag' (2026), 'El porvenir de la revuelta' (2013) y 'Filamento del Guernica' (2025)

La misma lógica preside la intervención sobre el yate Azor, titulado Síndrome del Guernica (2012), utilizado durante décadas por Franco. Convertido en grandes bloques metálicos que se agolpan contra los muros de la sala, el antiguo símbolo de poder aparece neutralizado y transformado. “Es un objeto histórico deconstruido a través de la estética para neutralizarlo y para llevarlo a un estado diferente de creación artística”, afirma el artista. El resultado es una embarcación “transformada a través del arte para que tenga una vida en un futuro, que sirva como metáfora de las vanitas de los dictadores del siglo XX”.

Los monumentos invisibles

Entre las múltiples perlas que salpican el recorrido figuran también dos piezas de mármol perforadas por los taconeos de las prostitutas que permanecían junto a la entrada de un antiguo burdel situado en los números 22 y 24 de La Rambla de Barcelona. Sánchez Castillo las considera una de las cesiones más valiosas de la exposición: “Me parece que es la escultura más importante de Barcelona, realizada por las mujeres esclavas, y además a la vista de todo el mundo”.

En la misma sala aparecen las maquetas construidas para proteger algunos de los monumentos madrileños de los bombardeos durante la Guerra Civil. Entre ellas figura la dedicada a La Cibeles. “Durante un tiempo se la denominó la tumba del fascismo”, recuerda el artista antes de detenerse ante otra de las piezas más sugestivas de la muestra: Grieta (2015), una gran pintura sobre algodón que reproduce la fisura aparecida en la calle Claudio Coello de Madrid y que periódicamente vuelve a abrirse pese a los intentos municipales por sellarla.

Fernando Sánchez Castillo. Miss Liberty. 2017. Bronce. Taller del artista

La exposición reserva algunos de sus momentos más conmovedores a la memoria de la Guerra Civil y el exilio republicano. Entre ellos destaca la maqueta inspirada en el búnker que José Lino Vaamonde proyectó para proteger las obras del Tesoro Artístico Nacional de los bombardeos. El refugio nunca llegó a construirse. Vaamonde acabó internado en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer, donde levantó refugios improvisados con cañas recogidas en la playa. Sánchez Castillo recupera aquel gesto mediante una estructura rodeada por cañas fundidas en bronce. El mismo impulso que llevó a Sánchez Castillo a rescatar en la pasada exposición Flor Hispaniae los nombres de los represaliados que el Ayuntamiento de Almeida había retirado de la memoria pública.

Memoria, calle y conflicto

A lo largo del recorrido, la muestra reivindica constantemente la participación ciudadana como espacio de libertad. Desde esculturas convertidas en improvisados columpios hasta las pintadas que cubrían los muros durante la dictadura, el artista insiste en la capacidad de la sociedad para reapropiarse de los símbolos públicos.

“Yo siendo un chico de barrio, era la única oportunidad que tenía de ver arte contemporáneo, arte moderno. Mi hermano decía: eso se parece a un Tàpies o a un Miró”, recuerda. Aquellas pintadas funcionaban como una suerte de museo improvisado en las calles. “Traerlo al museo es un poco recuperar ese diálogo que había en los muros”, explica.

Anónimo: Peluca de Carrillo (1976) y el resto son obras de Fernando Sánchez Castillo: 'Vallas con fotografías' (2015), 'Tank Man' (2013), 'El sueño. Cría cuervos. D’après Carlos Saura' (2021), 'August Landmesser' (2020)

Sánchez Castillo recuerda incluso algunas de las intervenciones más ingeniosas de la época. “España creo que es el único país en el que no se borraban las pintadas, sino que se dejaban incluso a veces a medio tapar para que no se pudiera continuar escribiendo más. A veces salían situaciones jocosas. Había una que decía ‘prohibido orinar en este muro’ y lo que hicieron fue tacharle la erre y ponía ‘prohibido opinar en este muro’”.

La crueldad de la historia también está presente en la monumental reproducción de una de las fotografías más conocidas de Agustí Centelles, Niños jugando a fusilar, así como en sus dibujos de las letrinas del campo de concentración de Bram, que el fotógrafo denominaba irónicamente “cagódromo”. Sánchez Castillo encuentra en aquellas imágenes una resonancia inquietantemente contemporánea: “Hay una pérdida de la intimidad que ya se empieza a ver en el campo de concentración y acaba viéndose en las redes sociales”.

Taller: creación artística compartida

En el centro de la exposición se encuentra el taller. Más que mostrar obras terminadas, el espacio expone procesos de trabajo y subvierte la imagen tradicional del museo como simple contenedor de objetos acabados. El gesto adquiere una resonancia especial en el Palacio de Velázquez, un edificio concebido originalmente para exhibir logros nacionales y que incluso acogió en 1941 una muestra dedicada a la arquitectura del Tercer Reich.

Frente a esa tradición, Sánchez Castillo propone un museo entendido como laboratorio, investigación y trabajo compartido. Durante la presentación de la exposición, el artista lo escenificó ante los periodistas mientras extraía de un molde de cera una nueva escultura de caballo sin jinete. Una forma de insistir en que el arte no es únicamente resultado, sino también proceso y construcción colectiva. Uno de los proyectos más interesantes en los que trabajará estos meses será la representación del cráneo de Lorca, mediante una reproducción del cráneo desaparecido del poeta atravesado por la bala de los verdugos, otra ausencia más.

'Naturaleza de lo social' (2003-2026), 'Perspectiva ciudadana (Serie notas para la educación estética de la burguesía)' (2004), 'La calle es mía' (2004)

Ese espacio central alberga además otra historia de resistencia silenciosa: la del delineante José Pradal, trabajador del Ayuntamiento de Madrid que logró salvar durante toda la dictadura el busto de Pablo Iglesias realizado por Emiliano Barral, ocultándolo bajo tierra hasta que pudo volver a mostrarse públicamente. La pieza forma parte ahora del recorrido.

La exposición concluye con una obra inspirada en la primera intervención popular documentada contra una estatua de Franco, en la localidad gallega de Narón. Sánchez Castillo recupera el apodo con el que era conocida aquella figura: “El ladrón de patatas”. “Seguramente, después de la guerra, como no era una estatua de bronce sino de cemento, se le llamaba así porque había que pagar la ayuda militar que nos había dado Hitler y seguramente esas patatas que comía el ejército alemán salían de las familias pobres de Galicia y pasaban por España para mantener la máquina bélica de Europa” explica el artista, una reflexión que hoy resuena más que nunca.

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