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Las cinco estaciones

Una turista se refresca con agua en el templo Pho (o del Buda Reclinado) en Bangkok ante una ola de calor en todo el país.

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Desde hace ya unos días estamos oficialmente en verano, una de las cuatro estaciones astronómicas del año, la que, según el diccionario digamos oficial, el DLE, “comienza en el solsticio del mismo nombre y termina en el equinoccio de otoño”. Tomo el entrecomillado de la primera acepción. La segunda dice así: “Época más calurosa del año, que en el hemisferio boreal corresponde a los meses de junio, julio y agosto, y en el austral a los de diciembre, enero y febrero”. El cambio climático y sus desajustes y desbarajustes en las temperaturas probablemente obliguen en breve a los académicos a retocar este último entrecomillado, y a otros científicos algún día a reordenar las estaciones del año.

Atendiendo a la astronomía, el año siempre ha tenido cuatro estaciones. Según la literatura, no siempre fue así. En Las horas, uno de los más deliciosos libros de Josep Pla -y el libro de cualquier autor que más he regalado en toda mi vida-, el ampurdanés sostiene que en tiempos de Cervantes había cinco estaciones, no cuatro. Lo cuenta así (van dos párrafos tomados del libro de Pla):  

«Sobre las cuatro estaciones que constituyen, cosmográficamente, la estructura del año, habría mucho que decir. (…) Vean para empezar el texto que viene a continuación, que es de Cervantes, texto que al leerlo por primera vez no comprendí. Es un texto del Quijote que dice exactamente: “Pensar que en esta vida las cosas de ella han de durar siempre en un estado es pensar en lo escusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo”. De modo que en tiempos de Cervantes había cinco estaciones: “la primavera, el verano, el estío, el otoño y el invierno”. Santa Teresa, gran escritora, que fundó tantos conventos y se ocupó de sus detalles, creyó lo mismo: esta señora equiparó el verano al mes de abril. “Las comidas -escribió- tienen su cuando; que no nos sabe en el invierno lo que por el verano apetecemos, ni en otoño lo que en el estío y al contrario”. (…)

De las cinco estaciones hemos pasado a cuatro. Las cinco eran, a mi entender, reales y exactas. Las de ahora, menos. Pero ¿qué podría hacerse contra la astronomía, la cosmografía, el calendario del papa Gregorio, que recogió los conocimientos del tiempo?».

Fin da la cita de Pla. 

Me he ido al Quijote, por si el palafrugellense nos había hecho alguna pequeña trampa en la cita, y no: los entrecomillados pertenecen al capítulo LIII de la segunda parte de El ingenioso hidalgo… Tal cual. En conclusión: que a la parte final y más calurosa del verano Cervantes la consideraba otra estación y la llamaba estío, palabra hoy casi en desuso y que habrá que recuperar -o a su sinónimo canícula- para ordenar mejor el año si no astronómico al menos climático y meteorológico. 

Algo ha ordenado ya el hablante común y corriente, que a esos días iniciales y calurosos del otoño los llama desde hace ya algún tiempo veroño. Atención, pregunta: ¿es el veroño una sexta estación?

Veroño, trabacaciones, juernes, viejoven, burrócrata… Al fenómeno por el que se crean palabras nuevas con elementos de palabras ya preexistentes -por lo general los iniciales y los finales- se le llama acronimia. Está dando mucho juego lingüístico, le dedicaremos algún día un comentario en este espacio.  

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