El primer manifiesto de Miyazaki: cuando 'El castillo en el cielo' fundó una nueva forma de mirar con Studio Ghibli

Alberto Corona

14 de mayo de 2026 22:01 h

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En medio del cielo estrellado una nave alcanza a otra para intentar un abordaje. Son vehículos voladores levemente parecidos a las aeronaves de nuestra época pero acaso salidos de una indeterminación temporal, a medio camino del pasado y el futuro. Tras la refriega algo (o alguien) cae a un planeta cercano y entonces un joven de extracción humilde recibe la llamada de la aventura: un reconocible viaje del héroe que le llevará a volar lejos de casa y descubrir otro cuerpo celeste con un terrorífico poder destructivo. Podría ser Luke Skywalker, podría ser la Estrella de la Muerte a la que se dirigen sus pasos. Sin embargo, su nombre es Pazu, y busca una isla flotante llamada Laputa.

Podríamos estar hablando de La guerra de las galaxias, estrenada en 1977. Pero nos referimos a una obra casi diez años posterior: El castillo en el cielo, la primera película de Studio Ghibli. Cada uno a su modo son títulos absolutamente fundacionales, históricos. En el último cuarto del siglo XX, ambos empezaron a guiar la imaginación colectiva desde dos ejes distintos. Dos polos, dos modelos de producción: el blockbuster de Hollywood frente al anime de autor, una de tantas vías por las que ambos países, EEUU y Japón, iban a ir medrando en el tablero geopolítico. Esta dialéctica hoy está ciertamente superada —cabe echarle la culpa en ambos casos al dominio de la propiedad intelectual, que ha degradado tanto el espectáculo estadounidense como la industria anime—, y aun así ampara gestos como el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades a Studio Ghibli.

Coincidiendo con el 40 aniversario de El castillo en el cielo —así como con su oportuno reestreno en salas españolas a cargo de Vértigo Films—, la factoría fundada en 1985 por Hayao Miyazaki, Isao Takahata y Toshio Suzuki ha recibido tal insigne galardón. Un reconocimiento que parece que o bien llegar tarde o bien obedecer a pura nostalgia, por cuanto la situación del estudio japonés lleva siendo bastante incierta desde por lo menos 2013. Ante los problemas de sucesión de un régimen fuertemente personalista —y en consonancia al citado agotamiento del anime autoral, que vino a sentenciar el reciente aniversario de Your Name, de Makoto Shinkai—, Ghibli solo puede resignarse a eventos como la última despedida de Miyazaki, con El chico y la garza de 2023.

Más allá de eso, la historia de Studio Ghibli parece expirar. Así que este tipo de honores deberían ser oportunos, como oportuno es volver a asomarse a la película que lo empezó todo —con permiso de Nausicäa del Valle del Viento, desarrollada por Miyazaki en 1984 sin todavía un estudio propio detrás— y así emocionarse como el primer día. O incluso más.

Un Miyazaki entre dos mundos

El inequívoco reflejo de Star Wars en El castillo en el cielo no implica una influencia directa de George Lucas en Miyazaki. Buena parte del germen de su historia, de hecho, se encuentra en la primera serie anime que dirigió nunca este artista japonés, recogiendo de Conan, el niño del futuro (1978) parte del planteamiento y del diseño de personajes. Es un reflejo, igualmente, que demuestra que no hablamos de compartimentos estancos, pues los trasvases entre una y otra cinematografía han sido siempre fértiles. La guerra de las galaxias recuperaba el esquema de La fortaleza escondida de Akira Kurosawa, a fin de cuentas. Y Kurosawa había sido un enamorado de John Ford.

El castillo en el cielo llevaba este diálogo a la década de los 80 topándose con nuevas y sorprendentes rimas. Pues, ¿no remitía la Tía Dola, la carismática líder de los piratas que terminaba ayudando a los protagonistas, a una mezcla de Han Solo y Mamá Fratelli, la villana de Los Goonies que contemporáneamente buscaba su propio tesoro en compañía de otros hijos patanes? Se trata, al mismo tiempo, de ecos más bien coyunturales, sobre todo en comparación a lo claro que había sido Miyazaki con sus verdaderos referentes. Que sí, volvían a anclarse en Occidente. Pero en cosas más serias que en el blockbuster recién inaugurado por Spielberg y Lucas.

Alrededor de la producción de El castillo en el cielo, Miyazaki viajó en dos ocasiones a Gales, a Reino Unido, en plena huelga de los mineros contra el gobierno de Margaret Thatcher. Para los diseños del hogar de Pazu se basó en los asentamientos de estos trabajadores, pero, sobre todo, quedó encandilado por el coraje que mostraban a la hora de enfrentarse a la ofensiva neoliberal de la líder conservadora. “Admiraba a esos hombres, admiraba cómo luchaban para salvar su forma de vida. Mucha gente de mi generación ve a los mineros británicos como un símbolo, una especie en peligro de extinción”, explicaría Miyazaki años después. La descripción de la comunidad de los mineros de El castillo en el cielo, así como la generosidad y eficacia con la que socorren a Pazu y su nueva amiga Sheeta frente a la persecución del ejército en el primer acto de la película, salen de aquí.

Hay todavía otro vínculo clave de El castillo en el cielo con la cultura anglosajona. Se trata de Laputa, la isla flotante a la que se dirige la aventura de los protagonistas (el lugar cuyo nombre siempre ha traído de cabeza a los traductores españoles, también). Laputa sale de Los viajes de Gulliver, famosa obra satírica de Jonathan Swift publicada a principios del siglo XVIII. De Gulliver, Miyazaki no solo tomó prestada la iconografía de El castillo en el cielo, sino que también revisó algunos de sus planteamientos. Lo que Swift había pretendido entonces, con esas aventuras fantásticas y absurdas, era ridiculizar a la Royal Society: una prestigiosa comunidad científica cuyas investigaciones, no obstante y según Swift, poseían una motivación ensimismada y frívola.

Miyazaki partió de aquí para encauzar sus propias preocupaciones autorales, que ya había podido mostrar a lo grande en Nausicäa del Valle del Viento. Preocupado por la ecología, y por las distintas relaciones y estructuras que podía cobijar la naturaleza en oposición a la experiencia humana, Miyazaki se marcó con El castillo en el cielo un alegato que resuena inevitablemente en la actualidad, por cuanto añadió a la ecuación el componente tecnológico. Representado en la película no solo por los aviones a los que era tan aficionado —y que, como exploraría en Porco Rosso o El viento se levanta, tanta problemática bélica pueden cobijar—, sino por unos robots que pueden indistintamente sembrar la destrucción… o ser unos excelentes jardineros.

La importancia de la tierra

Deteniéndonos en estos robots —acaso el diseño más memorable de El castillo en el cielo, en paralelo a esos ornitópteros (helicópteros-libélula) que antes había ideado Da Vinci y luego recogería Denis Villeneuve para su Dune— atisbamos los apuntes más estimulantes de la película de Miyazaki. Los robots ejemplifican el carácter bipolar de la tecnología, tan capaces de ser utilizados para el mal —el primero que aparece en el film y que, al ser activado, desata una orgía de destrucción— como para el bien. Los robots que, en la Laputa abandonada que descubren Pazu y Sheeta, siguen cuidando el arraigo de la vida.

El castillo del cielo es una obra maestra de la animación por su capacidad irreductible para el asombro —ya sea destilada en secuencias de acción prodigiosas como la persecución en el pueblo minero y la llegada a Laputa en medio de un mar de nubes tormentosas, o en los pasajes más contemplativos—, pero también por cómo cada elemento que la constituye refrenda un determinado discurso estético. Es algo que justificaba recientemente el jurado del Premio Princesa de Asturias y que trasluce una verdad categórica: el afán artesanal de Ghibli. El cuidado depositado en cada plano, cada secuencia, cada giro de esa trama con visos de eterna. Es el motivo por el que El castillo del cielo apabulla tanto hoy como hace 40 años, pero también la razón de una grandeza más íntima.

En un momento de la película conocemos a un personaje aparentemente anecdótico: es el tío Pom, un viejo minero que no tiene relevancia en la trama más allá de hablarles a los protagonistas de la volicita. Es el mineral del que sale la energía que hace flotar a Laputa y ha impulsado su tecnología: esa que el villano de El castillo en el cielo —Muska, descendiente al igual que Sheeta de los gobernantes de la isla— quiere dominar. El impulso tecnológico se ha traducido en esos robots, así como en el hecho de que Laputa pueda ser toda una Estrella de la Muerte llegado el caso. Es un impulso salido de las profundidades de la tierra, que se ha elevado en el cielo alejándose de las manos que trabajaron el material necesario para ello. Las manos, claro, de los mineros.

“No importa el poder de las armas o todos los robots que tengas: no puedes vivir sin la tierra”, le grita Sheeta a Muska durante el clímax de El castillo en el cielo. La vida humana en Laputa sucumbió por la utilización deshumanizada de la tecnología, dejando unos escombros y unas ruinas —que a día de hoy recuerdan mucho, también, al mundo post-humano que describía la última obra maestra animada de nuestros días, Flow— entre los que siguen pudiendo crecer las flores gracias a los robots. Porque la tecnología en sí misma no es ni buena ni mala. Simplemente hay que procurar que su avance y utilización respete la dignidad humana. Que no se olvide de la vida.

Por eso El castillo ambulante nos brinda una imagen de belleza estremecedora, hacia el final del metraje y enmarcada por el clásico tema musical Carrying You de Joe Hisaishi (convertido al instante en el compositor oficial de Ghibli). Es la imagen de Laputa prácticamente destruida durante el enfrentamiento de Pazu y Sheeta contra Muska, pero habiendo dejado al descubierto unas raíces gigantescas que hurgan en el aire, buscando la tierra donde fue originada. Una tecnología, entonces, que está sedienta de vida, que quiere reintegrarse a la naturaleza y volver a nuestras manos.

No hay imagen mejor para sintetizar el gozo artesanal de Ghibli. No hay mejor posicionamiento desde el que, sí, renegar de la IA o de la tecnología de muerte que toque, y observar con desprecio cada tentativa de sepultar la creatividad humana en pos de la automatización y la barbarie.