Crítica

‘Suro’, una recolecta de corcho para radiografiar a la pareja burguesa moderna

Javier Zurro

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El cine español mira a lo rural, al pueblo. Se aleja de las ciudades, del asfalto y el tráfico. Hace años parecía impensable que tantas películas cuestionaran el modelo de vida de la sociedad moderna, pero de repente, en un mismo curso, se han juntado propuestas tan diferentes como Alcarràs, As bestas, El agua o incluso Cinco lobitos, cuya protagonista regresa al pueblo con sus padres. A esa lista se une ahora Suro, el debut en la dirección de Mikel Gurrea tras triunfar en el mundo del corto con trabajos como Heltzear. El filme ganó el premio FIPRESCI en el pasado Festival de San Sebastián, donde compitió en la sección oficial, algo extraño en una ópera prima.

Las ausencias de las nominaciones a los Goya en el gran año del cine español

Más

Suro llega a los cines con la resaca de los Goya, donde ha logrado las candidaturas a la Mejor dirección novel y a la Mejor actriz para Vicky Luengo, que da vida a la protagonista, una joven urbanita, moderna, y progresista que decide mudarse con su pareja, Pol López, a una casa familiar heredada. Deciden dejar su vida en la ciudad y explotar el bosque de alcornoques que también le han dejado en herencia. Una recolecta de corcho que sirve a Gurrea para radiografiar a la pareja moderna y burguesa. 

Si en Alcarràs se recolectaban melocotones, aquí es la corteza del árbol para el corcho lo que sirve como detonante para hablar de las dinámicas de pareja. El machismo soterrado en un hombre aparentemente deconstruido; las contradicciones de la izquierda, llena de ideales pero capaz de mirar hacia otro lado si el recolector paga en negro a sus trabajadores; el racismo ante los inmigrantes que trabajan para ellos... Una serie de dardos bien afilados que el director lanza dentro de una estructura de thriller que va tensándose hasta que todo salta por los aires.

Una película que nace de su experiencia personal. Con 18 años se fue del País Vasco a Barcelona a estudiar en la universidad. Acabó en 2010, en plena crisis y sin saber por dónde tirar, así que aceptó la propuesta de los familiares de su pareja de entonces para trabajar como temporero en la recogida del corcho en los bosques del norte de Girona. “La premisa era sacarme unos cuartos y hacer un trabajo físico que nada tenía que ver con lo que hago, que es más mental. Ahí descubrí un mundo que inmediatamente me pareció muy cinematográfico, muy rico en texturas y sonidos. Y también tuve las primeras sensaciones contradictorias. Yo venía de parte de los propietarios, pero no lo era. Yo hablaba catalán, pero no lo soy. Yo estaba haciendo de temporero, pero me iba a ir pasado el verano y para ellos ese era su modo de vida”, explica Mikel Gurrea. 

Todo eso se quedó dentro, y años después, cuando estaba pensando en escribir su primer largo salió a flote. Su pareja era otra, llevaba tiempo con ellos, tenía más de 30 y ambos se preguntaban esas cuestiones universales. “Nos preguntamos si queríamos vivir en la ciudad o más en contacto con la naturaleza, si queríamos tener hijos o no, si podíamos vivir más acorde con la imagen que teníamos de nosotros mismos y un poco de ahí sale la historia de Elena e Iván”, reconoce.

La pandemia ha cristalizado muchas sensaciones que ya estaban sobre lo desconectados que vivimos del planeta y que podemos llegar a vivir

Una película que nace de una imagen, “la del corcho”, y que acaba mutando en algo más. Ese bosque termina siendo “un espejo, un elemento que a ellos les fuerza a llevar las cosas de la teoría a la práctica”. “Esa es un poco la tensión que tiene constantemente toda la película, la tensión entre los ideales y la práctica”, añade subrayando que tenía claro que el filme no debía “tener moralina ni ser didáctico”. Una pareja protagonista muy concreta que le sirve también para hablar de privilegio, de la condescendencia, de cómo quieren ser iguales a sus peones pero sin embargo no dudan en dejar claras sus normas. Una “clase media urbanita” que acaba “muchas veces actuando desde su privilegio”.

Gurrea no sabe a qué se debe ese interés del cine español por el campo, pero cree que “la pandemia ha cristalizado muchas sensaciones que ya estaban sobre lo desconectados que vivimos del planeta y que podemos llegar a vivir, incluso de una comunidad”. Su deseo es que no sea algo pasajero, que estas inquietudes no se olviden aunque el cine no las cuente: “Las tenemos que atender porque si no, nos vamos al carajo”.

La revelación de Pol López

En Suro se establece un tour de force entre los dos protagonistas, esa pareja burguesa que se enfrenta a la ruptura de sus ideales. Era clave encontrar a los dos actores que les dieran vida. A ella la interpreta Vicky Luengo, una de las actrices del momento tras su éxito con Antidisturbios y que ahora rueda la adaptación de Reina Roja en forma de serie para Amazon. Su compañero es Pol López, un rostro habitual en el teatro en Catalunya, pero que fuera, y en el cine, no había tenido todavía un protagonista como este. A muchos les sonará como el ‘cuñado’ de la serie Vergüenza, pero es aquí donde se revela como un terremoto en un baile actoral junto a Luengo.

Pol López estuvo en el proceso creativo de Suro desde el principio. Es amigo de Mikel Gurrea desde hace años y protagonizó su primer cortometraje. Cuando le dieron una residencia para desarrollar el guion de su ópera prima en San Sebastián le pidió que se fuera con él. Juntos fueron descubriendo “por dónde iba el personaje y la película”. “Como es muy generoso vino y hacíamos sesiones de improvisaciones. Yo escribía como esbozos de secuencias. Las montábamos. Le grababa con la cámara... De alguna forma ya estaba haciendo el personaje que acabaría haciendo y curiosamente algunos de esos momentos incluso han sobrevivido al guion final”.

El protagonista del filme añade que de hecho, el nombre del personaje, Iván, nace del monólogo que él hacía en el teatro y que Mikel Gurrea fue a ver. Ese guion fue tomando forma hasta que llegó completo a las manos del actor: “Me trajo esta maravilla... no sé si casi perfecta, porque es muy raro decir que algo es perfecto, pero sí muy completa, muy compleja y muy bien hecha”.

Comparte la sensación de que mientras que en Catalunya se le ha conocido más por el teatro, esas obras no han viajado como podría esperarse. “A Madrid he ido poco porque las obras que se versionan y se traducen al castellano son pocas y se sale poco en ese sentido. A mí me gustaría que vinieran más cosas también para Barcelona, tanto de Madrid como de Galicia, de Valencia o de Andalucía. Y nosotros también poder ir. A mí me encantaría ver una obra de una compañía gallega y si hace falta que esté subtitulada, pues que se subtitule. Creo que eso nos enriquecería un montón a todos”, opina. Para él Suro es una película donde “hay mucha política” con un personaje al que “se le modifican muchísimos pensamientos e ideologías cuando cambia de un entorno y conoce otra realidad”.

El cine español mira a lo rural, al pueblo. Se aleja de las ciudades, del asfalto y el tráfico. Hace años parecía impensable que tantas películas cuestionaran el modelo de vida de la sociedad moderna, pero de repente, en un mismo curso, se han juntado propuestas tan diferentes como Alcarràs, As bestas, El agua o incluso Cinco lobitos, cuya protagonista regresa al pueblo con sus padres. A esa lista se une ahora Suro, el debut en la dirección de Mikel Gurrea tras triunfar en el mundo del corto con trabajos como Heltzear. El filme ganó el premio FIPRESCI en el pasado Festival de San Sebastián, donde compitió en la sección oficial, algo extraño en una ópera prima.

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Si en Alcarràs se recolectaban melocotones, aquí es la corteza del árbol para el corcho lo que sirve como detonante para hablar de las dinámicas de pareja. El machismo soterrado en un hombre aparentemente deconstruido; las contradicciones de la izquierda, llena de ideales pero capaz de mirar hacia otro lado si el recolector paga en negro a sus trabajadores; el racismo ante los inmigrantes que trabajan para ellos... Una serie de dardos bien afilados que el director lanza dentro de una estructura de thriller que va tensándose hasta que todo salta por los aires.

Una película que nace de su experiencia personal. Con 18 años se fue del País Vasco a Barcelona a estudiar en la universidad. Acabó en 2010, en plena crisis y sin saber por dónde tirar, así que aceptó la propuesta de los familiares de su pareja de entonces para trabajar como temporero en la recogida del corcho en los bosques del norte de Girona. “La premisa era sacarme unos cuartos y hacer un trabajo físico que nada tenía que ver con lo que hago, que es más mental. Ahí descubrí un mundo que inmediatamente me pareció muy cinematográfico, muy rico en texturas y sonidos. Y también tuve las primeras sensaciones contradictorias. Yo venía de parte de los propietarios, pero no lo era. Yo hablaba catalán, pero no lo soy. Yo estaba haciendo de temporero, pero me iba a ir pasado el verano y para ellos ese era su modo de vida”, explica Mikel Gurrea. 

Todo eso se quedó dentro, y años después, cuando estaba pensando en escribir su primer largo salió a flote. Su pareja era otra, llevaba tiempo con ellos, tenía más de 30 y ambos se preguntaban esas cuestiones universales. “Nos preguntamos si queríamos vivir en la ciudad o más en contacto con la naturaleza, si queríamos tener hijos o no, si podíamos vivir más acorde con la imagen que teníamos de nosotros mismos y un poco de ahí sale la historia de Elena e Iván”, reconoce.

La pandemia ha cristalizado muchas sensaciones que ya estaban sobre lo desconectados que vivimos del planeta y que podemos llegar a vivir

Una película que nace de una imagen, “la del corcho”, y que acaba mutando en algo más. Ese bosque termina siendo “un espejo, un elemento que a ellos les fuerza a llevar las cosas de la teoría a la práctica”. “Esa es un poco la tensión que tiene constantemente toda la película, la tensión entre los ideales y la práctica”, añade subrayando que tenía claro que el filme no debía “tener moralina ni ser didáctico”. Una pareja protagonista muy concreta que le sirve también para hablar de privilegio, de la condescendencia, de cómo quieren ser iguales a sus peones pero sin embargo no dudan en dejar claras sus normas. Una “clase media urbanita” que acaba “muchas veces actuando desde su privilegio”.

Gurrea no sabe a qué se debe ese interés del cine español por el campo, pero cree que “la pandemia ha cristalizado muchas sensaciones que ya estaban sobre lo desconectados que vivimos del planeta y que podemos llegar a vivir, incluso de una comunidad”. Su deseo es que no sea algo pasajero, que estas inquietudes no se olviden aunque el cine no las cuente: “Las tenemos que atender porque si no, nos vamos al carajo”.

La revelación de Pol López

En Suro se establece un tour de force entre los dos protagonistas, esa pareja burguesa que se enfrenta a la ruptura de sus ideales. Era clave encontrar a los dos actores que les dieran vida. A ella la interpreta Vicky Luengo, una de las actrices del momento tras su éxito con Antidisturbios y que ahora rueda la adaptación de Reina Roja en forma de serie para Amazon. Su compañero es Pol López, un rostro habitual en el teatro en Catalunya, pero que fuera, y en el cine, no había tenido todavía un protagonista como este. A muchos les sonará como el ‘cuñado’ de la serie Vergüenza, pero es aquí donde se revela como un terremoto en un baile actoral junto a Luengo.

Pol López estuvo en el proceso creativo de Suro desde el principio. Es amigo de Mikel Gurrea desde hace años y protagonizó su primer cortometraje. Cuando le dieron una residencia para desarrollar el guion de su ópera prima en San Sebastián le pidió que se fuera con él. Juntos fueron descubriendo “por dónde iba el personaje y la película”. “Como es muy generoso vino y hacíamos sesiones de improvisaciones. Yo escribía como esbozos de secuencias. Las montábamos. Le grababa con la cámara... De alguna forma ya estaba haciendo el personaje que acabaría haciendo y curiosamente algunos de esos momentos incluso han sobrevivido al guion final”.

El protagonista del filme añade que de hecho, el nombre del personaje, Iván, nace del monólogo que él hacía en el teatro y que Mikel Gurrea fue a ver. Ese guion fue tomando forma hasta que llegó completo a las manos del actor: “Me trajo esta maravilla... no sé si casi perfecta, porque es muy raro decir que algo es perfecto, pero sí muy completa, muy compleja y muy bien hecha”.

Comparte la sensación de que mientras que en Catalunya se le ha conocido más por el teatro, esas obras no han viajado como podría esperarse. “A Madrid he ido poco porque las obras que se versionan y se traducen al castellano son pocas y se sale poco en ese sentido. A mí me gustaría que vinieran más cosas también para Barcelona, tanto de Madrid como de Galicia, de Valencia o de Andalucía. Y nosotros también poder ir. A mí me encantaría ver una obra de una compañía gallega y si hace falta que esté subtitulada, pues que se subtitule. Creo que eso nos enriquecería un montón a todos”, opina. Para él Suro es una película donde “hay mucha política” con un personaje al que “se le modifican muchísimos pensamientos e ideologías cuando cambia de un entorno y conoce otra realidad”.

El cine español mira a lo rural, al pueblo. Se aleja de las ciudades, del asfalto y el tráfico. Hace años parecía impensable que tantas películas cuestionaran el modelo de vida de la sociedad moderna, pero de repente, en un mismo curso, se han juntado propuestas tan diferentes como Alcarràs, As bestas, El agua o incluso Cinco lobitos, cuya protagonista regresa al pueblo con sus padres. A esa lista se une ahora Suro, el debut en la dirección de Mikel Gurrea tras triunfar en el mundo del corto con trabajos como Heltzear. El filme ganó el premio FIPRESCI en el pasado Festival de San Sebastián, donde compitió en la sección oficial, algo extraño en una ópera prima.

Las ausencias de las nominaciones a los Goya en el gran año del cine español

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Suro llega a los cines con la resaca de los Goya, donde ha logrado las candidaturas a la Mejor dirección novel y a la Mejor actriz para Vicky Luengo, que da vida a la protagonista, una joven urbanita, moderna, y progresista que decide mudarse con su pareja, Pol López, a una casa familiar heredada. Deciden dejar su vida en la ciudad y explotar el bosque de alcornoques que también le han dejado en herencia. Una recolecta de corcho que sirve a Gurrea para radiografiar a la pareja moderna y burguesa.