El director de teatro acusado en Perú por sus alumnas de abusar de ellas con la coartada del arte

Trece de las dieciséis mujeres que acusan a Guillermo Castrillón.

2

Hace tres años las denuncias contra Guillermo Castrillón, un profesor y director de teatro que presuntamente aprovechaba sus talleres para abusar de sus alumnas, sacudieron la escena teatral peruana. Un fiscal conocido por haber archivado el caso de las esterilizaciones forzadas del gobierno de Alberto Fujimori acaba de darle la razón al acusado y ha impedido que la denuncia colectiva interpuesta por 16 mujeres por delitos contra la libertad sexual y violación sea investigada en un proceso penal y sentenciada por un juez. Su resolución se apoya en las pericias psicológicas de las víctimas en las que afirma que su conducta “no es propia ni razonable para una víctima de violación”, sin mencionar en ningún momento la pericia del acusado que concluye que éste “percibe a las mujeres como objetos sexuales y que no tiene control sobre sus impulsos”.

Por primera vez, tras la lectura de la documentación judicial y decenas de entrevistas a testigos, un medio reconstruye la historia de esas 16 mujeres y del hombre al que acusan de haberlas violentado.

La primera vez que ellas se vieron Micaela Távara se dio cuenta de algo escalofriante: todas las que habían sido sus alumnas o actrices bajo su batuta de director se parecían. No es que fueran el mismo tipo de mujer, pero compartían algo más en el cuerpo, como una ligereza en el movimiento, algo grácil e indestructible en sus pieles, una forma de dirigirse al mundo en sus pupilas ardientes, la mirada de la musa Terpsícore, algo que ansiaba su profesor de danza y performance. “En el estereotipo que se suele tener, no parecíamos mujeres a las que nos podrían hacer esto -dice hoy Távara, artista y pedagoga teatral-. Parecíamos poder defendernos de cualquier monstruo”. Pero no pudieron. Hasta que decidieron denunciarlo. Hace unos días, tres años después de ese primer encuentro, el fiscal encargado archivó el caso.

La de Micaela es solo una de las 16 historias, de las cuales 14, al menos, dan cuenta de un patrón: Siempre en la misma localización, una vieja casona. El mismo escenario ritual de la mesa y las velas en la penumbra. La misma protagonista: una joven alumna aspirante a actriz. Y un presunto responsable, su profesor, el director de teatro Guillermo Castrillón (Lima, 1967). Esos actos estaban convenientemente ocultos tras la fachada de una sesión de trabajo personal a la que él llamaba “el ritual”. Allí el maestro impulsaba a cada alumna y actriz hacia una supuesta “búsqueda de la verdad escénica”, mezclando las indicaciones teatrales con actos que ahora califican como transgresiones sexuales, desde masajes y manoseos en zonas íntimas hasta la penetración. Los hechos ocurrieron en un lapso de quince años, entre 2001 y 2016. Dos en 2008, dos en 2010, dos en 2013, seis en 2012, y uno en 2015 y en 2016. Sus edades oscilaban entre los 19 y los 29 años, eso quiere decir que en muchos casos él les doblaba la edad. 

Una obra clave

Castrillón era director de danza y teatro pero, quizá por su pasado de actor y bailarín, se resistía a quedarse bajo el escenario. En algunas de sus obras solía interactuar con sus performers con pequeños gestos que lo muestran ejerciendo el control de sus actrices. 

Cuando en los diez años que se representó la obra Escrito por una gallina el público veía entrar, en una especie de comunión catártica al escenario al director de Guillermo Castrillón para manipular con violencia a la actriz que estaba semidesnuda a merced suya sobre una mesa que parece de sacrificio, cogiéndola del cuello, zarandeándola y virtiéndole agua encima, nadie imaginaba que lo que veían era en realidad la puesta en escena de los presuntos abusos que había estado perpetrando en ese tiempo con sus jóvenes alumnas detrás de bambalinas. 

Una década después de su estreno en 2007, ya en pleno estallido del movimiento MeToo, el público y la crítica continuaban celebrándola como un supuesto retrato de la liberación de la mujer de las violencias a las que es sometida. Una obra casi feminista que a él le hacía parecer un aliado. En esa época todas las jóvenes artistas escénicas querían trabajar con él y parecerse a su protagonista, la consagrada actriz Jimena Lindo, y por eso corrían a apuntarse a sus talleres. Micaela dice que la primera vez que vio a Lindo quiso hacer exactamente lo mismo. A Eva Bracamonte le pasó algo parecido.

Busca al diablo

Eva Bracamonte estaba viviendo en Barcelona cuando en noviembre de 2017 sacó fuerzas de algún lugar perdido de sí misma y se sentó ante su computadora a escribir en Facebook: “Esta es mi historia y la estoy contando ahora porque en un mes y medio cumplo 30 años y no quiero arrastrarla conmigo. La cuento para que no se pudra conmigo”. Un año antes el reconocido director le había propuesto dirigirla en un unipersonal y Bracamonte, que quería construirse como actriz, acudió emocionada a las primeras sesiones.

“Busca al diablo”, le decía Castrillón en algún ejercicio, en el que ella era Perséfone –la hija de Zeus secuestrada y violada por Hades. “Digamos que soy yo”, le decía, y la hacía buscarlo desnuda y con los ojos vendados. Según el testimonio de Bracamonte en la denuncia recogida en la resolución fiscal, los abordajes fueron progresivos en la vieja casa del director. En alguna ocasión le echó agua fría, la trató con tal brusquedad que la tiró al suelo y ella se golpeó fuertemente la cabeza, también le lanzó un trapo mojado en la cara. Incluso en esos momentos, ella creía que todo era parte de la exploración escénica.

Un día notó que él se había desnudado; en otra sesión le bajó las bragas y aspiró su vagina. Al sentir su aliento lo empujó perturbada. “¡Eso es, dame lo peor que tienes!”, le gritó él como si fuera parte del ejercicio teatral. Las sesiones se volvieron insoportables. Hasta que en uno de esos ensayos, recuerda Bracamonte, el director fue más allá: se puso encima, completamente desnudo, colocó el pene entre sus nalgas y empezó a decirle al oído que estaba enamorado de ella. Eva vio que se levantaba y le decía que habían terminado por hoy. Ella se quedó inmóvil, muda, detenida en un plano supuestamente teatral en el que él le había hecho creer que estaban. Nunca harían la obra. La obra no existía. No volvieron a verse.

Bracamonte no es una desconocida en el Perú. Tampoco era ninguna novata, aunque no tuviera demasiada experiencia teatral. Tenía 29 años, venía de un entorno privilegiado y había estado bregando durante más de una década con el escándalo en torno al crimen de su madre, lo que la había convertido ya en un personaje mediático. Condenada primero, luego de un tiempo en la cárcel y de sufrir años de encierro, había sido absuelta en un nuevo juicio. A pesar de su fragilidad –bien aprovechada por el director– y a diferencia de las jóvenes alumnas, para mala suerte de Castrillón, Bracamonte no se quedó callada.

Sin arte de por medio

Cuando Daniela Rotalde leyó el post de Eva contra la persona que 15 años atrás la había asaltado sexualmente mientras dormía, según su relato, se sintió interpelada, porque ella sabía quién era Guillermo Castrillón. “Callé durante años, pero no más –admite Rotalde–. Siento que es mi responsabilidad.” Aunque Eva fue la primera en denunciar, Rotalde es el caso cero, por ser el más antiguo. Era amiga y compañera de piso de Guillermo Castrillón en la casa de Barranco cuando una madrugada de 2001 se despertó y lo encontró desnudo arrodillado al lado de su cama, masturbándose y con sus manos entre sus piernas. “No podía creerlo. Me di cuenta de que no lo había soñado cuando Guillermo apareció pidiéndome perdón. Que por favor entendiera que había sido la cocaína, que no había podido controlar la necesidad de calmar la excitación”, cuenta en una entrevista para este reportaje. Solo muchos años después, como el resto de sus compañeras, Daniela se vio como alguien que había sufrido una agresión sexual. Con ella ni siquiera había usado la excusa del arte. 

Tampoco la habría usado con Rocío, otra de las denunciantes. Era mediados de 2008 y la poeta y gestora cultural lo conoció junto a unos amigos en un bar y acabó por ir a la casa de Barranco para seguir la fiesta. En su denuncia formal, Fuentes cuenta que había bebido y estaba mareada. Alguien la llevó a una cama. Allí se quedó dormida. Estaba en la habitación de Castrillón. Lo siguiente que Fuentes dice recordar es que despertó sin ropa. “Guillermo Castrillón estaba encima mío, violándome. Lo empujé, tan abruptamente que el condón que estaba usando se quedó dentro de mí. Me asusté, me dio asco, no sabía cómo sacarlo y me senté sobre mis rodillas. Él trataba de tranquilizarme diciendo que no me preocupe, quería tocarme diciendo que me ayudaría. No lo dejé y yo misma saqué el condón y lo tiré. Luego trató de minimizar la situación e intentó seducirme. Quería que me vuelva a recostar, pero yo pude ubicar mi ropa, vestirme y salir de ahí”, cuenta en la entrevista que concedió para este reportaje.

Prendo fuego a mi cárcel

A Micaela le pidió que para el primer ensayo se trajera aprendido el texto de Ofelia pero la de Hamletmaschine, la deconstruida que subvierte su destino shakeaspeareano y se liberara de ataduras, incluso de la muerte. Micaela se sentía así, como te sientes a los 20 años, como una Ofelia que hubiera estado sumergida en el agua por mucho tiempo pero ahora podía emerger del fondo dando una bocanada de aire puro. Por fin tenía claro lo que quería, ser performer, actriz, hacer lo mismo que las musas de ese director al que había entrevistado para su tesis después de ver lo que lograba en el escenario. Cuando pudo se apuntó a uno de sus talleres de performance y cuando él le propuso dirigirla en un nuevo proyecto unipersonal pensó que estaba soñando, se aprendió esas líneas y acudió al ensayo desde su barrio en Carabayllo hasta una casa en Barranco, el barrio bohemio de Lima, en la que la había citado. 

La casona era antigua y oscura, de largos pasillos. No había nadie más. En la sala apenas iluminada con unas velas, su profesor le pidió que se desnudara, un pedido que no tenía nada de raro entre los que se dedican a la performance, ese género escénico despojado y salvaje. Le propuso a continuación que se tumbara sobre una larga mesa y que dijera los versos de Müller. Micaela empezó: “Con manos sangrantes rompo las fotografías…”. Le había pedido que cerrara los ojos pero los entreabrió para ver cómo él vertía aceite sobre su cuerpo y empezaba a masajearla. Pudo ver también que se quitaba la ropa y acercaba su cuerpo al suyo. Esto ya no tenía nada que ver con el teatro, ni con nada. Micaela siguió con su lectura, que iba tornándose cada vez más rabiosa “de los hombres que amé y me usaron sobre la cama, la mesa, la silla, el piso…” Su profesor entonces le introdujo los dedos en la vagina. Y cuando ella casi no podía pronunciar las palabras de “Prendo fuego a mi cárcel./Y tiro mi ropa al fuego”, él terminó de violarla, cuenta.

Quizá la forma más despreciable de violación sea la que a la vez termina con un sueño. A Távara se lo rompieron, al menos hasta que pudo volver a juntar las piezas y construirse uno nuevo. Con los días se sumaron otras denuncias públicas como la de la joven actriz Muki Sabogal. Las versiones que se fueron conociendo en las redes sociales revelaban un aparente modus operandi. De la chispa que encendió Bracamonte ya se podían ver pequeñas llamas. A los pocos días ya eran 16 denunciantes, 14 de ellas exalumnas, y el Ministerio de la Mujer asumió la acusación con sus propios abogados que las han acompañado estos tres años. Ante las acusaciones, a Castrillón le cancelaron la nueva temporada de Escrito por una gallina.

Las primeras señales

Antes de ser un personaje asiduo de las páginas culturales y luego de las policiales, Guillermo Castrillón empezó su formación como actor en el Club de Teatro de Lima y luego en escuelas y talleres del pequeño circuito limeño de ballet y danza contemporánea. En la década de los noventa ya bailaba para el reconocido grupo de danza Íntegro. Ana Zavala, su fundadora, recuerda que lo primero que le llamó la atención después de que se alejara del grupo es “que siempre trabajara unipersonales con mujeres. Eran actrices conocidas o bailarinas muy guapas y me pareció, por lo menos, oportunista. Luego he pensado que esto le sirvió para ir convenciendo a más y más mujeres de que se acercaran a él”. 

La bailarina y profesora Pachi Valle Riestra dice que ella sabía que él trabajaba a partir de movilizar el inconsciente, los deseos y las fantasías que están guardadas en la memoria del cuerpo. “Siempre me ha parecido un proceso peligroso el que adoptó Guillermo. No creo que sea algo que no deba ocurrir, pero es peligroso si no tienes conocimientos de psicología. Guillermo arrojaba a chicas jóvenes a límites que luego no podían manejar solas”.

La actriz Lita Baularte, quien fue parte del grupo de amigos de Rotalde y Castrillón, no puede olvidar un incidente con él. “Durante una improvisación en la que yo estaba desnuda y pintada completamente de azul, Guillermo se desnudó y se metió en la pecera donde estaba yo. Me incomodé muchísimo y lo boté”.

Según Baluarte, “Guillermo era el manolarga del grupo, al que siempre había que meterle un cuadre. Si se tomaba una cerveza hoy diríamos que nos estaba acosando, pero en esa época lo tolerábamos.” Años después del incidente de la pecera, en 2009, Baluarte accedería a trabajar bajo su dirección en Las mujeres que habitan en mí, junto a otras dos actrices, una obra en la que también salieron sus obsesiones. “Quería que nos desnudáramos, le dijimos que no pero al final accedimos a ducharnos juntas, aunque lo hicimos con ropa”.

La mayoría de artistas de más trayectoria que han trabajado bajo la dirección de Castrillón niegan haber sufrido violencia sexual de su parte. Mónica Silva, hoy coordinadora de la especialidad de danza de una universidad y que ha bailado para él, pero nunca en un unipersonal, cree que “con un sector de bailarinas Guillermo se cuidaba mucho. Con personas más desprotegidas, no necesariamente asociadas a una comunidad de arte más reconocida, es que pudo cometer abusos. Tenía doble cara”. La bailarina Karine Aguirre, que canceló la obra que ensayaba bajo la dirección de Castrillón justo cuando salió la denuncia de Bracamonte, dice que a ella nunca le pasó. Jimena Lindo también lo niega. Valle Riestra y Marisol Otero lo mismo. La popular actriz Melania Urbina, sin embargó, publicó un post en el que dejaba entrever algo distinto: “A la distancia recién fui capaz de reconocer que hay cosas que no debieron pasar. No creo haber sido violentada sistemáticamente. Pero sí creo que en algunos momentos se pasaron límites que no se debieron cruzar”. 

Algunas bailarinas y performers peruanas se reunieron después de enterarse de los hechos. “Yo creo que todas sabemos que lo que dicen esas chicas es verdad. Porque conocemos a varias de ellas y sabemos que no mienten”, opina Aguirre. 

El profesor al desnudo

Pero si con algunas actrices célebres intentaba cruzar límites, en sus clases parecía ir aún más allá. Lo que ocurría en los talleres de performance con alumnos era una suerte de antesala a las sesiones privadas, donde conseguía lo que buscaba. 

La directora teatral e investigadora Nani Pease llevó talleres con Castrillón en 2012. Llegó atraída por la idea de iniciarse en la performance. “Luego entendí que él no hace performance, solo utiliza elementos de la performance para generar condiciones que le permitan prodigarse placer masturbatorio a costa de las personas”, dice en comunicación telefónica para esta investigación periodística. 

Ella también quedó varias veces contrariada porque Castrillón hacía algo inusual: se introducía en la dinámica. “Estaba totalmente comprometido con el ejercicio, poniendo su propio cuerpo en roce con los demás cuerpos del taller. ¿Qué sentido pedagógico tenía eso?”, se pregunta hoy la directora. “Me quedó muy claro que no trabajaba con una ética de los cuidados”.

Pero una vez fichadas en los talleres o en muestras de su trabajo, a las elegidas les enviaba mails de invitación desde la cuenta de Yahoo, “Fortunatoeros”, como los que escribió a la entonces estudiante de actuación Leonela Pajares, la más joven de las denunciantes: “¿Te provoca hacer un ritual hermético? Trabajaríamos los dos en un viaje al Hades, benji buscando el arquetipo de Ifigenia. Sería un trabajo de cuerpo desnudo, sensibilidad y sacrificio simbólico”. Tenía 19 años cuando conoció a Castrillón en el 2012. Él tenía 45. Leonela se sentía fascinada por su trabajo. Él la invitó a trabajar en su casa-taller. Al llegar, la joven se encontró el mismo escenario de velas y la mesa-altar. Su maestro procedió como habitualmente: “Empieza a manipular mi cuerpo, como si fuera un maniquí, y en un momento me quita el sostén, me dice tranquila y luego me quita el calzón. Me introdujo sus dedos y quedé en shock”, reseña la resolución del fiscal del Acta de Entrevista Única en Cámara Gessel. 

Lo mismo hizo con K.H.H. “De pronto se movía de una forma rara y de pronto se levanta y había eyaculado en su mano. Le dije: ‘¿Qué te pasa?’. Él me dijo: ‘Disculpa, eres lo más hermoso que he visto en mucho tiempo”. El actor Raul Durand compartió en Facebook el testimonio de un compañero suyo que fuera alumno de Castrillón y que no quería ser identificado: “A mí en un ensayo me dijo que viole a una actriz…que lo haga en serio o lo más real posible … No pude. Yo trabajo con la verdad, decía”. 

El caso ha abierto una discusión en la comunidad teatral acerca de los límites éticos en las metodologías y pedagogías que envuelven procesos creativos de disciplinas como la danza, el teatro y la performance. Para la dramaturga Mariana De Althaus, “el método de Castrillón tenía como pilar la disposición física y emocional hacia lo desconocido, la liberación de miedos y pudores; en ese sentido, los ejercicios planteados recurrían al desnudo, al tocamiento y al sometimiento del cuerpo en el marco de una relación de poder profesor y alumna”. De Althaus añade que la perversidad de esta metodología radicaba en manipular la situación de tal forma que resultaba muy difícil distinguir entre el abuso y las herramientas de exploración escénica.

Para el reconocido director del grupo de teatro Yuyachkani, Miguel Rubio, “el cuerpo es el lugar donde nace la respuesta renovadora de la escena contemporánea. El lugar de transgresión y libertad por excelencia, y al mismo tiempo puede ser un elemento de manipulación que algunos justifican como creación. En las prácticas artísticas se reproducen las relaciones jerárquicas, normalizadas en una sociedad como la nuestra. Traspasar el claro límite de lo permitido tiene un nombre: no es seducción, no es herramienta creativa; es abuso, es violencia, es delito”. 

Las versiones de Castrillón

El caso de Guillermo Castrillón es uno de los que expone con más crudeza el proceso en la voz de las personas que se reclaman afectadas. Las autoras de este reportaje intentaron obtener sus descargos, pero a través de un correo electrónico Castrillón declinó de hacer declaraciones, por órdenes de su abogado, “para no interferir con la investigación que seguramente continuará en otra instancia”.

En aquellos días de 2017 Castrillón envió a un medio de comunicación y publicó en su Facebook sus descargos en los que defendía su método de trabajo, que incluía transgresiones que “no excluían lo sexual”, aseguraba que todo era consensuado y achacaba la denuncia de Bracamonte a una venganza por haberla llamado “mala actriz”.  

En la resolución de la Fiscalía también desestima los testimonios negando la violación, los masajes, tocamientos indebidos y penetraciones; confirma haber tenido relaciones sexuales con algunas de sus alumnas pero siempre después de que dejaran de serlo. También responde que se trata de personas resentidas con él porque no pudo cumplir su palabra de montar las obras por falta de presupuesto o porque las criticó por no dar la talla como artistas. 

Sin embargo, entre las pruebas presentadas por los abogados de las víctimas hay un revelador correo electrónico que Castrillón le escribió a la bailarina Pachi Valle Riestra después de que ésta lo llamara tras de enterarse por Bracamonte, amiga suya, de lo que había hecho con ella. Ahí reconoce haber hecho algo atroz de lo que se siente arrepentido: “después de procesar este encuentro con mi lado más monstruoso”, admite que “hay un lado oscuro, perverso, narcisista, confundido y torcido en mí, que lo vengo trabajando 4 años en terapia, había avanzado, hace un tiempo que no hacía estas cosas”. De acuerdo a ese mensaje, Castrillón es muy consciente de la gravedad de los hechos: “De hecho he podido inducir, o dejar que aflore, o motivarlo y no controlar mis impulsos”. 

Este correo no fue considerado por el fiscal para su resolución de archivamiento. 

El archivo de los 16 casos

El 15 de Julio de 2020, a tres años de la denuncia colectiva, el fiscal Marco Guzmán Baca -recordado porque archivó el caso de las esterilizaciones forzadas cometidas por el gobierno de Alberto Fujimori- determinó que no ha lugar para que Castrillón sea investigado en el fuero penal por la presunta comisión del delito contra la libertad sexual-violación sexual de persona en incapacidad de resistencia y actos contra el pudor. Pese a ser un caso emblemático, no dio pie a que sea investigado y lo sentenciara un juez. 

Lo que más desconcierta a la abogada Ana María Vidal es que no solo les han dicho a las víctimas que la palabra de 16 no basta, sino que la decisión se basa en que la conducta de las agraviadas no es “propia ni razonable” para una víctima de violación sexual: “Ha enviado un mensaje claro y es que, si tienen la capacidad de resiliencia, de superar un ataque contra la libertad sexual, es decir, si están bien, nunca van a poder demostrar que hubo delito”. 

Mientras que para su interpretación de los hechos el fiscal se apoya en las pericias psicológicas de ellas en las que ve, dice, una conducta que “no es propia ni razonable para una víctima de violación”, ni siquiera menciona la pericia psicológica de Castrillón que dice que “percibe a las mujeres como objetos y que no tiene control sobre sus impulsos sexuales”. Además, usa el hecho de que cuatro terminaran teniendo sexo con él para desestimar las denuncias, calificando todo de relación consentida, pese a que, como dice la antropóloga Angélica Motta, no considera el abuso de poder, “ni que lo que debería definir el consentimiento es primero una forma de aproximación no invasiva y segundo, una aceptación explícita.” 

Una de las alumnas de Castrillón, la más joven de ellas, Leonela, recuerda un momento inusual en medio de lo que ella llama “su violencia sexual”. De pronto su profesor pasó a otro tipo de “ejercicio”. La sentó con mucha suavidad en ese altar y le habló con la voz más dulce y suave que podía. “Me pidió que abriera los ojos. Me encontré con un espejo . Él lo sostenía y me preguntó cosas: ¿Cuál es tu sueño?, me dijo. Yo no terminaba de entender, así que vagamente respondí ‘ser buena actriz’. Sonrió amablemente, dio por terminado el ensayo y me dijo: “Volvemos a nuestra triste realidad”.

La protección de las mujeres en entornos pedagógicos y artísticos aún es una tarea pendiente, así como, pese a los avances legislativos, lo es la incorporación y la práctica del enfoque de género entre los operadores de justicia, que atienda, como explica la antropóloga Sandra Rodríguez, “toda la complejidad de los casos, las relaciones de poder entre agresores y víctimas, por ejemplo entre profesores y alumnas, y cómo funciona el trauma en una mujer violada”, algo que fue ignorado por la primera resolución fiscal. A la demanda de las víctimas, el Ministerio Público ha contestado al cierre de esta edición con la elevación del caso al fiscal superior, pero aún queda mucho proceso por delante. La conclusión de esta historia podría sentar precedente porque si no se escucha a estas 16 mujeres que aseguran haber sido agredidas, ¿qué puede esperar una sola de la justicia?

*Con la colaboración de Rosa Chávez Yacila

Este reportaje de investigación se publica de manera coordinada en elDiario.es y los medios lationamericanos Página 12, FemLatam y Wayka.

Etiquetas
Publicado el
8 de octubre de 2020 - 11:14 h

Descubre nuestras apps

stats