Elena Medel: “A los jóvenes ya no se les promete futuro, saben que la cuestión es sobrevivir”
La familia, los nuestros —a veces seres queridos, a veces no tan queridos— es el peso de la herencia intangible. En la nueva novela de Elena Medel los dos protagonistas son dos espejos opuestos y complementarios que, cada uno a su manera, negocian con el destino que se les venía trazado.
Tras deslumbrar con Las maravillas, la novelista y poeta cordobesa Elena Medel regresa al escenario literario con Todos mis pecados y la mitad de mi dolor (Seix Barral), una obra que se pasea por los recodos de la ambición, la España de los 2000 y el peso asfixiante de los vínculos familiares, y además, lo hace con una sensibilidad que no pierde la mirada del realismo social.
El relato se sitúa en el curso 2003-2004, un año escogido por la autora al coincidir con la posibilidad de un futuro exitoso para Estefanía, una de esas dos protagonistas, si no fuera porque es el preludio de la crisis de 2008. Medel recuerda que la crisis económica nunca llegó a resolverse del todo: “Para quienes pertenecemos a la clase trabajadora, es una realidad de crisis permanente y de precariedad”, dice en una entrevista con elDiario.es.
“A la juventud actual ya no se le ha prometido un futuro, saben que la cuestión es sobrevivir como se pueda”, añade. La autora ironiza sobre cómo, si hubiera estado la novela ambientada en la actualidad, esa falta de horizontes se canalizaría a través de nuevas expectativas: “Desde buscarse la vida en YouTube o consumir tutoriales de criptomonedas hasta intentar abrirse camino en las redes sociales”.
La novela retrata cómo el trabajo o la búsqueda del llamado éxito profesional ha terminado fagocitando la esfera íntima, convirtiendo las oficinas, las tiendas o los departamentos universitarios en trincheras donde se libran las verdaderas guerras de poder. En este ecosistema donde algunos personajes huyen sistemáticamente del conflicto y de la vulnerabilidad ajena, mostrar debilidad se paga: “Aquellos que muestran su remoción o que muestran su vulnerabilidad a ojos de los demás, cometen un error”, dice. “Como eres frágil, ya no me sirves”.
En este contexto de precariedad estructural y expectativas truncadas, la obra pone en el centro el mito del esfuerzo individual. Medel explica que la novela convive con múltiples focos temáticos —como el poder, las jerarquías y la clase social—, entre los cuales destaca explícitamente “la meritocracia, con la idea que tiene uno mismo de nuestro propio talento”, cuestionando hasta qué punto el éxito y el desarrollo es realmente accesible al margen de los privilegios de origen.
Los mandatos de la infancia
La trama de Todos mis pecados y la mitad de mi dolor sigue los pasos de don Jesús Guzmán Espinosa, un académico que ha consagrado su existencia a investigar en profundidad la obra de lord Byron, en un momento en que la universidad se prepara para una tensa sucesión entre viejas glorias del profesorado y sus sustitutos. En torno a este microcosmos de intelectualidad y costumbrismo gravitan figuras como la de su propio hijo y su alumna, su cuñada o su hermana, tejiendo una red de dependencias y silencios donde descubres la cotidianidad y los afectos desde la intimidad de diversos personajes.
Ya en las primeras páginas de la novela, y al reconocer los deseos de cada uno, se plantea el hogar como el espacio primigenio donde se teje la identidad de cada personaje y, por ende, su destino. Para la autora, la herencia va más allá de lo material y abarca “la educación, la convivencia y los mandatos que recibimos durante la infancia y la adolescencia”.
Este trasfondo vertebra las trayectorias y sus tiempos de los personajes principales, que se convierten en dos figuras que actúan como contrapeso. Chus crece amparado por el privilegio académico y económico, protegido por la figura de un padre catedrático, lo que le otorga el lujo de transitar hacia la escritura apartándose del camino preestablecido. Aunque él también convive con sus oscuridades: un hombre huérfano de madre al que tampoco nunca nadie le prestó demasiada atención. En las antípodas se sitúa Estefanía, quien desde el primer instante, en una entrevista de trabajo en un bazar mientras espera a su padre en un bar de polígono, comprende los límites de la clase trabajadora, el lugar que le ha asignado el sistema, y los esfuerzos que esto le supondría para alcanzar sus deseos.
La historia muestra cómo la ambición de un hombre de origen privilegiado se asume como algo natural y verosímil, mientras que el apetito voraz de una joven de clase trabajadora que responde “todo” cuando se le pregunta qué espera de la vida, rompe con las expectativas sociales que se tienen sobre la jerarquía dentro del sector académico e intelectual.
Los personajes secundarios también revelan la intención de la autora de integrar en su escritura la conciencia de clase y la herencia de conductas asumidas, los roles de género y las expectativas que operan sobre los personajes femeninos: “Hay muchos personajes que en cierto modo adoptan ese rol maternal con quienes le rodean [...] una imposición casi del cuidado a los roles femeninos, como eres mujer tienes que estar atenta, tienes que estar pendiente de lo que necesiten los demás, incluso si lo que necesitan los demás no tiene nada que ver con lo que necesitas tú”, reflexiona en una entrevista con elDiario.es. Ni siquiera figuras como Estefanía, con grandes deseos por intentar romper su destino, logran desvincularse por completo de esa inercia del cuidado hacia sus hermanos.
De vampiros, espías y filólogos
Todos mis pecados y la mitad de mi dolor se revela como una novela que desafía cualquier etiqueta universal. La propia autora confiesa divertida la variedad de capas que habitan en sus páginas: “Yo estoy comentando en broma que es una novela de vampiros, de espías y de filólogos, que los filólogos son todo un poco a la vez”.
Bajo esa mirada abierta que huye de moralejas, la obra de Elena Medel consigue lo que pocos relatos contemporáneos logran: acompañar al lector con personajes incómodos y entrañables a partes iguales, dejándonos flotando en la ambigüedad de reconocerse a la vez en todos los personajes.
Para la autora, el mayor triunfo de esta historia, hecha de historias, reside en apostar por el derecho del lector a apropiarse de la historia. Como bien apuntaba Medel al desgranar su proceso creativo, la voluntad última del libro es generosa: “Me gustan como lectora los libros abiertos, los libros que no me dan nada cerrado y de los que yo puedo germinar una opinión a lo mejor muy diferente a la de la otra persona que los haya leído”. Con esa misma intención de “incitar al debate”, la novela se despide dejando tras de sí un reguero de interrogantes sobre quiénes fuimos, quiénes somos y qué precio estamos dispuestos a pagar por el deseo de llegar a cualquier fin.