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Los renglones torcidos de la música: artistas chiflados y sonidos atroces

Nando Cruz

18 de junio de 2026 21:48 h

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Vender 1.500 copias de un libro nunca estuvo al alcance de cualquiera. Venderlas de un fanzine, aún menos. Lograrlo desde la autogestión más absoluta (redactando, maquetando, imprimiendo, vendiendo por correo y llevándolo a las librerías que los solicitasen) es una auténtica proeza. Pero este ha sido el recorrido de La música más rara del mundo, voluminoso fanzine de 124 páginas con las grapas siempre a punto de estallar que publicó en 2009 el divulgador cultural madrileño Óscar Alarcia.

La música más rara del mundo era una microenciclopedia atiborrada de datos sobre “los renglones torcidos de la música”. Artistas chiflados, experimentadores atroces, grupos cuyos integrantes sufrían algún tipo de discapacidad, grabaciones de animales, de ruidos, de silencio… En su obsesión por abarcar todo lo que queda fuera de los márgenes, Alarcia documentó a Rocky Erickson y Jesulín de Ubrique, a Daniel Johnston y Tiny Tim, a Los Beatles de Cádiz y a mariachis yugoslavos. Puesto a explorar el más allá de la música, también habló de la sonocitología, el estudio de los sonidos que producen las células del cuerpo humano. Era, por decirlo suavemente, un compendio de todo lo que jamás pincharía una radiofórmula.

Alarcia confiesa que escribió aquel librito desde la pasión por lo raro, pero también desde el odio: “Para cagarme en la industria musical”, concreta. “Los 40 Principales tenía un anuncio de televisión que decía: ‘Sería tristísimo vivir sin la música’ o algo así. Y yo pensaba: ¿sin qué música? La que vendéis vosotros son solo cuarenta canciones al mes. La música son miles de millones de cosas más”, estalla hoy. “La música mainstream siempre me interesó menos. La cultura es tan inabarcable que siempre me ha interesado más conocer lo que no se conoce. Y a la hora de divulgar, también me ha interesado más divulgar lo menos conocido”, concluye.

Alarcia había sido un ávido lector de prensa musical: Ruta 66, Popular 1, Mondo Sonoro, Tentaciones… Y de fanzines: Mondo Brutto, 2.000 Maníacos… Su gran referente fue el periodista y analista cultural Jordi Costa, y su libro Mondo bulldog, la puerta de entrada a la cultura marginal. “Allí oí hablar por primera vez de la música outsider”, recuerda. “Dedicaba capítulos a The Shaggs, a Tiny Tim… Años después supe que se había limitado a traducir el libro de Irwin Chusid Songs in the key of Z, aunque Costa añadió a artistas españoles como Cañita Brava o La Rata de Antequera”, matiza. Años después, Alarcia intentaría sin éxito publicar en España la obra de Chusid, que él califica como “la biblia de la música outsider”.

“Empecé a hacer fanzines porque en los años 90 salir por los bares de Malasaña a escuchar música y comprar fanzines era algo muy habitual”, rememora Alarcia. “Me hacía gracia vender mis propios fanzines y como tenía facilidad para escribir porque ya publicaba en blogs, probé”. Su intención era venderlos en los bares de Malasaña donde trabajaba de camarero. Y, contra todo pronóstico, empezó a despacharlos como churros. Libritos Jenkins nació en 2009 con Hipnotismo pop y La música más rara del mundo, pero pronto la microeditorial amplió sus miras hacia el cine y el cómic. Hoy en su catálogo coexisten libritos sobre lucha libre mexicana, el cómic inglés de ciencia ficción, la historia del videoclip o Los Simpsons y monográficos de músicos como Tiny Tim, Butthole Surfers y Southern Culture On The Skids; los dos últimos los firman otros aliados de Alarcia.

La rareza debe ser auténtica

Desde aquel 2009, el animalario de artistas inclasificables y músicas raras no ha dejado de crecer hasta obligar a replantearse qué es lo raro y qué no lo es. Alarcia se aferra a la teoría del maestro Chusid, según la cual debe existir cierta autenticidad en la música outsider o rara. “Leticia Sabater no sería outsider porque hace conscientemente el payaso. Y lo digo con todo respeto porque no tengo nada en contra de ella”, aclara. Artistas outsiders serían, precisa, aquellos que no denotan “un deseo de hacerse famosos o ganar dinero, sino de compartir algo está dentro de ellos y necesitan sacar”.

"Artistas 'outsiders' serían aquellos que no denotan un deseo de hacerse famosos o ganar dinero, sino de compartir algo está dentro de ellos y necesitan sacar

Por eso mismo, Alarcia siente más simpatía por las desastrosas The Shags que por los reverenciados Pixies. “Me gusta el indie de los 90, pero todos esos grupos intentan sonar desafinados, distorsionar y crear un personaje que pasa de todo. Y luego oyes grupos como The Shags, tres niñas a las que su padre ponía a tocar, y suenan exactamente así”, compara. Algo parecido opina sobre Reynols, grupo de rock psicodélico argentino cuyo líder padece síndrome de Down. “Le dejan hacen las portadas, las entrevistas, todo. Y su sonido tiene la peculiaridad de estar impulsado por un músico no profesional que no entiende nada de la industria, que no entiende el mundo. Si van de gira por Estados Unidos, él no va porque dice que ese país no existe. Él tiene esa pureza que los Pixies intentan generar”, teoriza.

A Alarcia le interesa “cualquier disco de sonidos extraños: de comedia, de spoken word, de ruidos, de silencio... Si estás analizando la música en los márgenes, ejemplos así son muy valiosos como objetos”, argumenta. Sin embargo, divulgar músicas retorcidas no exige, en su opinión, escribir de forma retorcida. “A principios de los 2000, parecía que había una competición en la prensa musical por ver quién escribía más complicado, usando etiquetas, subgéneros… Comprabas una revista y casi no entendías lo que decían”, lamenta. “Al aparecer los blogs, la crítica musical se convirtió en algo más democrático y yo tenía la obsesión de ser muy didáctico, de no escribir solo para listillos y frikis, sino para que disfrutase de músicas complicadas todo tipo de personas”. La culminación de aquel desafío sería Universo Zorn, 564 páginas sobre el indómito compositor y saxofonista estadounidense planteadas así: “Un libro sobre John Zorn que pudiera leer mi abuela”. En tres meses vendió 500 copias. Hoy ya son mil.

Fan de Marcial Lafuente Estefanía

Libritos Jenkins nació con el eslogan “Fanzines que parecen libritos” y poco después cambió a “Libritos que parecen fanzines”. En cualquier caso, “libritos suena más modesto que libros”, subraya Alarcia. Y libritos, libros de bolsillo, eran las novelas de vaqueros del prolífico Marcial Lafuente Estefanía. “Siempre me fascinó esta gente capaz de escribir un libro al mes y hacerlo interesante. Marcial Lafuente Estefanía y este tipo de autores escribían cuatro o cinco al mes. Son mis máximos ídolos”, confiesa.

En 2020, con la llegada de la pandemia, Alarcia se centró en la editorial y llegó a vivir durante tres años de lo que escribía, publicaba y vendía. “Luego me salió un contrato de 40 horas y eso me aportaba cierta tranquilidad. Pero entonces empecé a sentirme mal: me faltaba tiempo para escribir”, descubrió. Aun así, intenta publicar un libro cada dos o tres meses. “En tres semanas puedo escribir uno”, afirma. Los breviarios, cabe aclarar, son recopilaciones de artículos publicados en su día en distintos blogs. “He decidido borrar todo lo que escribí en blogs. Ya nadie lee blogs”, zanja.

He decidido borrar todo lo que escribí en blogs. Ya nadie lee blogs

Libritos Jenkins supera ya el centenar de referencias. Cuatro de ellas han vendido más de mil copias, aunque lo normal es despachar entre 200 y 500 por título. Si alguno está punto de agotarse, imprime más. “Encontré una imprenta de barrio que hace libros al detalle. Si le pido diez, me los hace”. Así evita llenar la casa de libros. “Vivo en un cuarto piso sin ascensor”, razona. Alarcia ha afianzado un modesto negocio al margen del mundo editorial. “Si puedes vender libros de segunda mano por Wallapop, ¿cómo no voy a poder vender los míos? Como actividad económica, mi editorial está un poco en el limbo, pero me siento cómodo en el underground”.

En junio Libritos Jenkins cerrará un círculo iniciado en 2009 con la reedición más completa de su best seller. La música más rara del mundo abandona por fin el formato de fanzine prieto de datos y renace como libro de más de 300 páginas. “A la gente que ya tenga el fanzine, le recomiendo que no lo compre salvo que quiera tenerlo, porque será básicamente igual”, advierte. Esta nueva versión, corregida y levemente aumentada, incorpora historias como la de Pertti Kurikan Nimipäivät, el grupo finlandés de punk que en 2015 participó en Eurovisión. “Sus músicos se conocieron en un taller para gente con síndrome de Down. Les da igual la pose, lo que piensen de ellos, las pintas que lleven… No hay nada más punk que eso”, intuye.

¿Una canción hecha con IA es rara?

En el universo infinito de las músicas raras empieza a colarse, como en todas partes, la inteligencia artificial. Los Mocos Verdes, un proyecto de surf instrumental, puede generar mediante IA una canción al día. “Los he pinchado un par de veces en mis sesiones y nadie se dio cuenta”, resalta Alarcia. “Como espectador me llaman la atención, aunque no le doy el mismo valor que a los Monkees. ¡Admiro mucho a los músicos!”, insiste, “pero a nivel conceptual pienso: ¿tiene que importarme tanto quién ha hecho una canción o hay que darle más valor a la música en sí y a lo que transmite?”.

“Sé que ahora está la cosa muy convulsa, pero hasta la música hecha con IA me interesa un poco. No me interesa hacerla ni me interesa que se consuma, pero para mí todo lo que se pueda grabar es música. No veo sentido a cerrarme en banda ante la IA porque va a destruir el mundo”, resume, aunque a él le llame mucho más la atención “un músico indigente que toca en la calle”. En cualquier caso, nadie debería temer que los próximos Libritos Jenkins estén hechos con IA. Más que nada, porque eso impediría a Alarcia disfrutar de lo que más desea: escribir. “Sentarme delante del ordenador y ponerme a escribir es como entrar en una máquina del tiempo”.