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“Si quieres venir a tocar, son 300 'pavos'”: en qué momento las salas pasaron de pagar a cobrar

Las salas de conciertos, imprescindibles para el ecosistema musical

Nando Cruz

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Ni todas las salas de concierto funcionan igual ni todos los artistas emergentes tienen el mismo perfil, pero de un tiempo a esta parte, el desencuentro entre salas y artistas no ha hecho más que crecer y enquistarse en España. Las condiciones de alquiler son cada vez más difíciles de asumir para bandas que intentan abrirse camino en el mundo de la música, entre otras razones, porque los costes de mantenimiento de una sala son cada vez más altos y las vías para rentabilizarla se van reduciendo. Sea como sea, uno de los efectos inmediatos de esta tendencia es que muchas bandas ya no pueden ni plantearse actuar en muchas ciudades, lo cual merma sus posibilidades de rodaje y crecimiento.

No siempre fue así. En los años 80 y 90 era habitual que las salas programasen conciertos: es decir, que escogiesen los grupos que querían ver actuar en su escenario, les llamasen y les ofreciesen una cantidad. En esa época lo normal era que la sala asumiese el riesgo. En 1992 Xavi Rivases abrió la sala Garatge Club de Barcelona con dos socios. Tenía un aforo para 800 personas y estaba en una calle desierta del hoy gentrificado barrio de Poblenou. “Al principio contratabas a las bandas para hacerte un nombre y que el público de esas bandas viniese a tu local”, explica. Aún le duele el estrepitoso fracaso que supuso pagar un dineral por Jon Spencer en 1993 y acabar vendiendo once entradas. “Pero cuando empiezas a programar, enseguida vienen los promotores y paulatinamente dejas de programar y pasas a alquilar”, expone para ilustrar la evolución que suelen tener las salas de conciertos conforme se asientan en el circuito.

Rivases ha gestionado otras salas barcelonesas como Rocksound, Puerto Hurraco Sisters o Mundo Caníbal (en Cerdanyola) y hace más de 10 años que trabaja en la sala Apolo. Ha vivido la evolución del sector en primera fila. “Hoy hasta en salas para 150 personas lo normal es tratar con las agencias. Casi nunca hablas directamente con el grupo. A veces aún apostamos por alguna banda, pero cuando una banda funciona no te ofrecen para que le pagues un fijo. Y si no la tiene cogida ningún agente será por algo”, aventura. Nada que ver con la época de Garatge Club, cuando el 30% de conciertos eran de programación propia y los primeros años fue del 50%. Desde su punto de vista, es lógico que las salas hoy cobren alquiler. “En el Garatge abríamos la sala dos personas y yo mismo hacía de técnico de sonido. Ahora abrir una sala es muy caro. Entiendo que para asegurar el tiro las salas digan: si quieres venir a tocar, son 300 pavos”.

El increíble circuito menguante

El rapero Erik Urano recuerda que “entre 2011 y 2014 aún quedaba ese rollo residual de salas, ni muy pequeñas ni muy grandes, con las que cerrabas un caché y unas condiciones”. Las había en Valladolid, Sevilla e incluso Madrid, detalla. “Al final, eran chavales o gente un poco más mayor que quería que fueras a su ciudad, que ejercían de minipromotores en la pequeña escena en la que nos movíamos”. Sin embargo, extraña “esa sala pequeña en la que un grupo que no conoce nadie quería coger tablas, tocaba para que le fueran a ver sus amigos y sus padres. Hoy esos grupos ni siquiera tienen la opción de dar en una sala ese pequeño concierto que hemos hecho todos. Pasa un poco como en los trabajos: no te contratan porque no tienes experiencia y no tienes experiencia porque nadie te contrata. Se está perdiendo el rollo de grupos emergentes que puedan coger la sala pequeñita de su ciudad y gestionarse un concierto. Y eso es aterrador porque se está creando una especie de salto al vacío entre lo pequeño y lo grande”.

Pasa un poco como en los trabajos: no te contratan porque no tienes experiencia y no tienes experiencia porque nadie te contrata. Se está perdiendo el rollo de grupos emergentes que puedan coger la sala pequeñita de su ciudad y gestionarse un concierto

Erik Urano Músico

Valladolid, ciudad natal de Urano, ejemplifica lo que ha ocurrido en tantas otras capitales de provincia. A principio de siglo había seis u ocho salas a las que ir a ver conciertos. Hoy solo queda un par. “La ordenanza municipal del Gobierno del PP también ha tenido que ver”, aclara. Pero donde no actúan las normativas, lo hace el aumento del alquiler de los locales, la gentrificación o el envejecimiento de los gestores de las salas. Un reciente artículo publicado en The Guardian exponía una situación tanto o más dramática. En Reino Unido más de 100 de salas han bajado la persiana en los últimos años y aunque las entradas para macroconciertos se venden mejor que nunca, el descenso en el consumo de bebidas en las barras y los costes fijos de cualquier sala hacen este negocio cada vez menos viable para locales con aforos inferiores a las 600 personas. Es precisamente este perfil de locales al que se refiere Erik Urano cuando resalta “la importancia de salas con una oferta cultural sostenida, con una constancia”.

José Luis Cuevas fundó la promotora Born! Music en 2006 para acoger giras de artistas principalmente extranjeros, poco conocidos y menos comerciales. “Antes podíamos organizar giras de ocho o 10 fechas en salas pequeñas donde donde te pagaban cachés fijos. Madrid o Barcelona siempre han sido selvas en las que entrar siempre tenía sus costes. No son ciudades donde te pueden ofrecer un fijo, aunque sea bajo, para tocar en salas. Pero podías funcionar en lugares periféricos como Galicia, Extremadura, Murcia o Huesca”, enumera. “Ahora hacemos giras de seis fechas, pero trampeando entre conciertos con marcas, instituciones y sala con caché. Aún queda alguna en Catalunya que ofrece un fijo mínimo, pero en Asturias, Galicia o Extremadura ya no existen”.

El bucle de la supervivencia

Para Cuevas, “la industria musical en España siempre se ha basado en la supervivencia y en este momento las salas están intentando ver de qué manera sobreviven. Cobrando un alquiler al menos tienen los gastos cubiertos, aunque sea a costa del artista, que es el que da sentido a su trabajo”, puntualiza. “Esto es un negocio”, insiste Rivases. “En Rocksound (con aforo para unas 100 personas) había grupos que no tenían ni el repertorio controlado y convocaban a 15 personas. ¡Yo no abro una sala para eso! ¡Quédate en el local de ensayo hasta que tengas una base de fans!”, estalla. Urano entiende que “nadie es una oenegé” y que “todo el mundo necesita hacer dinero”. Incluso entiende que la sala cobre alquiler “pero no puede ser una cifra desproporcionada”, advierte. Cuevas también quiere ser comprensivo. “Pero hace poco me pasaron el precio de alquiler de una de Castellón y pedían 500 euros. ¿Estamos locos o qué?”, se pregunta.

Carmen Zapata es la gerente de la Asociación de Salas de Conciertos de Catalunya (ASACC) desde 2006 y apunta que en este asunto se mezclan muchas casuísticas. Una misma sala puede cobrar un alquiler más alto o más bajo en función del tipo de música y de la edad del público porque estos factores determinan que la sala haga negocio. “El público del heavy toma copas, no solo cerveza, y la sala factura mucho en barras. En cambio, con el trap los camareros se pasan el concierto de brazos cruzados. Y el público del jazz también consume. Probablemente, porque tiene un poder adquisitivo más alto”, compara.

El público del heavy toma copas, no solo cerveza, y la sala factura mucho en barras. En cambio, con el trap los camareros se pasan el concierto de brazos cruzados

Carmen Zapata Gerente de la Asociación de Salas de Conciertos de Catalunya (ASACC)

También la ciudad donde esté la sala marca su estrategia. “Fuera de Barcelona, en Valls o Manresa, tienes que pagar para que los grupos vayan. Todo el mundo quiere tocar en Barcelona, pero si tocas en L’Hospitalet (ciudad limítrofe a la capital catalana), la sala Salamandra también paga cachés a los grupos”, informa. Incluso las salas grandes de Barcelona programan algunas bandas. “En Razzmatazz los conciertos de madrugada y los discjockeys son de producción propia y la sala paga cachés”, explica. Por otro lado, “en algunas salas pequeñas todo lo que se recauda va a los artistas y la sala se queda con las copas”. También hay salas en las que el grupo paga un alquiler simbólico que sirve para remunerar al técnico de sonido y salas que se quedan un euro de cada entrada vendida.

Otros factores han puesto cada vez más a las salas contra las cuerdas. “Los macrofestivales están generando una desigualdad extrema y al final el circuito de salas acaba cayendo en el saco de afectados igual que los artistas”. Para Cuevas, “con el auge de los festivales, las salas se encuentran en un ambiente hostil donde vale todo. Nos escriben salas interesándose por artistas y al preguntarles por las condiciones te pasan el precio del alquiler. ¡Antes si preguntaban por un artista era para ofrecerte un caché!”, exclama. La lucha por la supervivencia está empujando a algunas salas a introducir medidas controvertidas: exigir un porcentaje del merchandising que venden las bandas, cobrar seis euros por cerveza y cuatro por el servicio de guardarropía, obligar a los grupos a dejar la sala en cuanto termina el concierto para abrir cuanto antes la discoteca…

Una ‘Galia’ en Vitoria

Por supuesto que hay salas que aún programan el 100% de su agenda y pagan rigurosamente su caché. En Vitoria está el Dazz, un bar con ocho años de historia que desde su nacimiento ofrece un concierto de jazz cada la semana. Su dueño, Beñat Lasagabaster, tiene todos los números en la cabeza. “Ofrezco a los artistas alojamiento, cena y 600 euros de caché. La sala tiene un aforo de 57 personas y hacemos dos pases para no palmar pasta porque también pago 100 euros por concierto a una fotógrafa profesional y luego al diseñador gráfico”, enumera. Eso sí, los 600 euros son innegociables: para dúos, tríos o quintetos.

En este tiempo, el Dazz se ha ganado una sólida reputación en el circuito estatal de jazz. “Somos el único club de jazz de Vitoria, una ciudad que tiene un festival de jazz desde hace más de 40 años”, resalta. “Dinero no ganamos mucho, pero ganamos otras muchas cosas. Lo pongo todo en la balanza y me sale a favor”, comenta refiriéndose a la amistad que ha entablado con varios artistas. “La idea es que no gane solo el promotor o solo el artista. Las condiciones son relativamente buenas y todos ganamos un poco. A veces puedo perder 150 o 200 euros, pero la clientela que tengo en el bar es gracias a los conciertos que hemos programado. Al final es como una inversión en publicidad”, resume.

En un país con cada vez menos salas y “con tantísima gente haciendo música, hay una cantidad ingente de propuestas que el propio sistema no puede asumir”, diagnostica Cuevas. “Todo el mundo quiere tocar y en algún momento, aunque no metan gente, hacen un esfuerzo por pagar una sala”, explica. La ley de la oferta y la demanda favorece a las salas y genera una brecha insalvable para los grupos sin recursos económicos que invertir y, posiblemente, perder. “Si yo, como persona pluriempleada que soy, tuviera que adelantar o pagar el alquiler de una sala, sería inviable”, asume Urano, que lleva más de 15 años en activo y ahora se mueve a través de la agencia del sello Sonido Muchacho.

La alternativa pública

Rivases gestionaba la minúscula sala Puerto Hurraco Sisters de Barcelona cuando acogió a principios de los noventa un concierto de Bach Is Dead. “La prensa hablaba mucho de ellos, pero el resultado fue cero entradas vendidas”, recuerda. El grupo tocó para el telonero y el telonero tocó para el grupo del que años después surgirían Beef y La Estrella de David. Aquel día perdieron el dinero de la gasolina. Hoy perderían 300 euros más. O tal vez ni se hubiesen atrevido y David Rodríguez nunca hubiese emprendido su carrera musical. Un país que no permita fracasos de ese tipo será un país donde, tirando del símil futbolístico de Urano, “solo existirá la Champions y no habrá tercera división”. Otras tendencias de supervivencia de las salas son preferir grupos de versiones a artistas noveles con repertorio propio o, en grandes ciudades, adaptarse a los gustos del los turistas y expats con dinero para gastar. Todo ello recorta más las vías de desarrollo de los músicos.

El rapero vallisoletano apela a “la responsabilidad de lo institucional y la importancia de centros cívicos o centros culturales donde no pagas un alquiler y te dejan esa sala con un equipo y un técnico para desarrollar propuestas. Porque aquí nadie quiere que los chavales se droguen y estén haciendo el mal, pero luego tampoco se les ofrece una alternativa para desarrollar propuestas”, denuncia. “En Valladolid, con la entrada en el gobierno PP y Vox, espacios de alquiler simbólico han aumentado el coste de forma vertiginosa para que ningún grupo de la ciudad puede pagarlos. Eso es muy preocupante. Y otro buen melón es cómo los ayuntamientos están más dispuestos a dilapidar miles de euros en grandes festivales que a destinar una cuota de dinero al pequeño tejido cultural”. A diferencia del Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz, que en 2023 recibió 198.000 euros del Ayuntamiento, el bar Dazz de Vitoria no recibe ninguna subvención.

En la promotora Born! Music llevan años trabajando el circuito de teatros, auditorios y centros impulsados desde la iniciativa pública. “Nos llegan propuestas de artistas internacionales, de sellos como Drag City o City Slang, y tenemos que decirles que no porque aquí ya no hay un circuito para ellos. Sabes que tienen una propuesta interesante, pero que no puedes ir alquilando salas porque vas a perder dinero. Lo que sí hay es un circuito de programación institucional. En Castellón, por ejemplo, estamos metiendo 120 personas un lunes para ver a Niam Reagan”, resalta en referencia a una joven cantautora irlandesa.

Cuevas celebra la existencia de otras iniciativas como el programa Artistas en Ruta o Girando por Salas, pero advierte que “los cachés en espacios con financiación pública también se están reduciendo porque los presupuestos de cultura de las instituciones suelen ir a la baja”. Tampoco hay que olvidar que no pocas salas de este país reciben ayudas públicas, aunque las destinen casi siempre a mejoras arquitectónicas y no a la programación artística. Y que la práctica ya mayoritaria de alquilar sala en vez de programar facilita que estas eludan la responsabilidad de contratar y asegurar a los grupos. Rivases celebra que, por lo menos, “muchos artistas entiendan que todos estamos en el mismo barco porque no hay tantas salas donde tocar”. Por su parte, Urano aspira a “una relación de simbiosis entre salas pequeñas y grupos pequeños, más que a una relación parasitaria”. Será lo único que, en su opinión, puede salvar a unas y a otros.

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