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El infierno

El juicio Final - El judici final- Giorgio Vasari

El juicio Final, Giorgio Vasari

Llevamos milenios bajo la amenaza de la extinción. De hecho, el género humano nació con ella a cuestas. Hemos vivido siempre acobardados por el temor a recibir castigos aparentemente arbitrarios. La Biblia es una retahíla de maldiciones y venganzas ejecutadas por una fuerza poderosa y despiadada, capaz de desencadenar todas las calamidades imaginables sobre individuos, sobre pueblos enteros o sobre toda la humanidad, desde la conversión de la mujer de Lot en estatua, al Diluvio Universal, pasando por plagas de ranas, tábanos o langostas, o la muerte de los primogénitos egipcios, la de un millón de etíopes, la de medio millón de israelitas, o epidemias de hemorroides, como les pasó a los filisteos (1 Samuel 5:1-12). Siempre nos hemos sentido expuestos a desgracias inmerecidas, provenientes de no se sabía dónde, que podían llegar a provocar nuestro total exterminio. El nuevo testamento, lejos de paliar la situación, dio pie a que otros inventaran el infierno. Con él se rizaba el rizo del sadismo. A partir de aquel momento, ni sufrir el peor de los descalabros en este mundo nos garantizaba que no las fuéramos a pasar aún más putas en el más allá.

A los habitantes de Pompeya y Herculano, de repente y sin saber por qué, ese siniestro subsuelo les vomitó encima toda su mala leche. Si para entonces el cristianismo hubiera acabado de cuajar, habrían tenido a mano una explicación relativamente convincente, pero todavía quedaban unos años para que Teodosio, con la intención de evitar lo inevitable, se aliara con los expertos en el cultivo de la culpa y la administración del espanto. La caída del Imperio Romano dio paso a un mundo aún menos atractivo. Siglos de cruentas invasiones y un sinfín de trifulcas tribales, una vida abocada a la precariedad, hambrunas, muertes masivas por enfermedad y el auge de una cultura del miedo en apoyo de un poder político al que no le bastaba la fuerza de las armas para persistir. «Sométase toda alma a las potestades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios» (Romanos 13:1-2). Así se llegó al control casi absoluto por parte de la Iglesia, con sus catedrales cada vez más imponentes, sus relatos ejemplarizantes y su iconografía tenebrosa, que convergía en la siniestra idea de la resurrección de la carne y un banquillo atestado de acusados en diversos estadios de putrefacción compareciendo ante el tribunal divino. Para la masa de pelanas analfabetos que sufrieron esas circunstancias, la vida hubo de ser una tarea angustiosa que tenían que afrontar en medio de una depresión colectiva interesadamente identificada con el estado natural del hombre, esa criatura, según dicen todavía algunos, «naturalmente» temerosa de Dios.

La falta de certeza sobre nuestro futuro nos ha perseguido a lo largo de la historia, y nuestra trayectoria intelectual se explica bastante bien a la luz de la necesidad de acabar con esa incertidumbre. Nadie lo creyó posible hasta la llegada del Renacimiento, la era de los descubrimientos y, sobre todo, hasta que el siglo de las luces comenzó a clarear y los intentos de la mayoría de la población por emanciparse de la sociedad estamental, que basaba su legitimidad en el derecho divino, dio paso a la tentación de liberarse de la tutela de Dios mismo. Comprender el mecanismo de ciertos fenómenos de la naturaleza, o descubrir el carácter histórico de determinados cataclismos sociales nos hizo tomar conciencia de que, al menos en teoría, era posible hacerles frente. No acabó con el miedo, pero nos convenció de que, con un poco de maña, podríamos controlar nuestra suerte. Sísifo comenzó a comportarse como Prometeo, y Dios tomó la apariencia del doctor Frankenstein. Y algo inquietante comenzó a aparecer en el horizonte; fuimos dándonos cuenta de que, en última instancia, éramos nosotros mismos los que, desde siempre, habíamos desencadenado la mayor parte de los desastres que habíamos sufrido, y de que culpabilizando a Dios no habíamos hecho sino sacudirnos de encima la responsabilidad, tanto de nuestras acciones como de nuestras omisiones. Tomamos conciencia de que, en el fondo y visto en perspectiva, Él era —es— un espantajo, el gran chivo expiatorio de la historia; lejos de ser nuestro verdugo, era nuestra víctima propiciatoria.

Aun así, nos quedaba la posibilidad de vencer esa parte oscura de nuestra naturaleza, caminar hacia la utopía y redimirnos de nuestro carácter suicida. Creímos que podíamos conseguirlo durante un breve periodo de tiempo en el que pusimos en práctica las utopías más arriesgadas. Sospechosamente, necesitaban una buena dosis de sangre para germinar, pero la enjuagábamos con nuestro optimismo. Cuando llegaron las dos guerras mundiales —sangre a raudales sin rastro de utopía—, se nos pusieron las orejas tiesas de nuevo, nos dimos cuenta de lo difícil que era hacer frente a nuestras inclinaciones autodestructivas, y el mundo que se abrió con la segunda posguerra fue dejando claro que estábamos nadando a contracorriente. Cuando destripamos el átomo se nos acabaron definitivamente las excusas, empezamos a darnos cuenta de que somos una especie que estira más el brazo que la manga, de que tenemos la capacidad de desatar unas fuerzas que luego no somos capaces de dominar. Con todo, hasta ahora las circunstancias han permitido hacer creer a los más crédulos que no había errores irremediables, que absolutamente todo se podía reconducir.

Pero en los últimos tiempos las cosas se han ido complicando. Durante siglos se nos hurtó la posibilidad de ser responsables del devenir de la historia, y cuando empezamos a influir en su curso vimos cómo la cosa se nos iba rápidamente de las manos. Mientras pudimos, fuimos disimulando nuestra ineptitud con una especie de superstición racional. Quisimos creer que la Primera Guerra mundial la hacíamos para acabar con todas las guerras, y cuando vino la segunda nos dijimos que era el epílogo de la otra, un resto de tarea pendiente. El átomo ya teníamos claro que no se podía volver a embotellar, pero nos inventamos la teoría de la disuasión y nos la creímos. La contradicción sobre la que crecía el consumismo era visible desde Marte: no puede existir un desarrollo ilimitado a partir de unos recursos limitados, y, sobre todo, no puede haberlo sin una explotación exponencial del hombre por el hombre. Pero nuestro pensamiento sabe sortear las evidencias incómodas con una destreza digna de mejor causa. Ahora, a la amenaza nuclear se ha sumado la de las crisis humanitarias, que aunque siempre han estado ahí bajo la apariencia de anomalías locales, cada vez tienen más difícil esconder su carácter sistémico. Y sobre todo, se nos viene encima una hecatombe medioambiental sin precedentes.

Después de tanto falso milenarismo, nos vemos frente a un cataclismo que tiene todos los visos de ser cierto y puede que definitivo, y resulta que después de tanto entrenamiento, después de tantas idas y venidas, no sabemos qué hacer o no somos capaces de hacerlo. Mientras vemos cómo se nos viene encima, a lo más que llegamos es a señalar tímidamente a toda esa golfería bronceada del Foro Económico Mundial que se reúne cada año en los Alpes Suizos. Ellos son el mal omnímodo y nosotros, una vez más, las víctimas. Pero a estas alturas la salmodia no funciona, al menos en la segunda parte de su formulación. Lo que parece un ejercicio de lucidez no es, en definitiva, más que la reinvención del Olimpo antiguo, la misma pirueta mental de siempre, la sustitución de unas deidades de conveniencia por otras. Y creer que la situación ha llegado a ser la que es sin una complicidad generalizada y plenamente activa es una ingenuidad demasiado notoria, un ejercicio de cinismo perverso, obsceno y difícil de tragar, que no soporta el careo con la inocencia plausible.

Ves a la joven activista Greta Thunberg clamar en Davos contra el calentamiento global, ante esa chusma que parece sacada de La opera de cuatro cuartos —porque tuvieron la desfachatez de invitarla— , y se te rompe el alma. Ves a esos quinceañeros manifestándose contra el cambio climático, pacíficamente sentados delante de la policía en cualquier ciudad de Europa, y se te rompe el alma. Les oyes exclamar sinceramente angustiados que el planeta arde, y se te rompe el alma. Les oyes decir que no luchan solo por su vida, sino por la de todos, y se te rompe el alma. Miras a tus hijos o a tus nietos, y se te rompe el alma. Contemplar a esa generación de jóvenes que se sienten privados de futuro rompe el alma, pero sobre todo destroza o debería destrozar la conciencia de quienes hemos cometido con ellos ese crimen de efecto retardado que consiste en procrear, y hacerlo, además, sin estar moralmente autorizados para ello, sabiendo que no íbamos a ser capaces de proteger la vida que estábamos engendrando, que ni lo íbamos a intentar. Y sabiendo que ni siquiera teníamos ya un dios convincente a quien culpar. Finalmente, todos los dioses murieron y quedó el infierno.

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