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El 'hombre del agujero', el ejemplo de las amenazas que pesan sobre los indígenas en el Brasil de Bolsonaro

El Indio del agujero en el avistamiento más reciente de la Fundación Nacional del Indio.

Víctor David López

Río de Janeiro (Brasil) —

No se sabe qué idioma habla, cómo se llama o cuántos años tiene –se calcula que alrededor de 50–. Se le conoce popularmente como el 'Hombre del agujero' por los rastros de zanjas encontrados tras sus pasos, propios de tácticas de caza o de seguridad personal. Lleva 22 años viviendo completamente solo, y está, más que nunca, amenazado de muerte, como antes lo estuvieron sus compañeros.

El único superviviente y habitante de la Tierra Indígena Tanaru, en el estado de Rondonia, en plena selva amazónica –en la frontera con Bolivia–, resiste en una zona reservada que está rodeada por explotaciones agropecuarias y extensas áreas deforestadas. Es el ejemplo más extremo de lo que está en riesgo con la deriva que ha tomado el mayor país de América Latina, donde el ultraderechista Jair Bolsonaro se alzó con la victoria en las elecciones de la semana pasada.

Durante los años setenta y ochenta, en la época del régimen militar, la instalación de explotaciones y la tala indiscriminada de árboles en Rondonia vinieron acompañadas de ataques y persecuciones a las poblaciones indígenas de la región. En 1995 tuvo lugar el ataque definitivo al pueblo del 'Indio del agujero'. Solo se salvó él. La Fundación Nacional del Indio (FUNAI) le sigue la pista desde 1996. Los restos de campamentos encontrados dejaron patente que el grupo, mermado y acorralado por toda la ola de agresiones, solo contaba en la última etapa con seis personas.

“Hasta el año 2005 trabajamos para contactar con el 'Hombre del agujero', pensando que podría pertenecer a algún pueblo étnico de la región y que sería beneficioso acercarlo o familiarizarlo con ese posible grupo”, explica a eldiario.es Altair Algayer, coordinador del Frente de Proteção Etnoambiental Guaporé–CFPE, de la FUNAI. “Reaccionaba con violencia, utilizando arco y flechas”, indica. A pesar de que el deseo inicial de la FUNAI era, defienden, poder construir un ambiente de confianza con el tiempo, “no reaccionó positivamente a nuestras tentativas, así que entendimos que el mensaje era que no deseaba contacto con el equipo”.

Las amenazas del nuevo presidente

El nuevo presidente de Brasil ha dejado muy claro en reiteradas ocasiones su mentalidad con respecto a las comunidades originarias: “Debajo de cada tierra indígena hay riqueza, tenemos que cambiar eso”. No va a tener ningún pudor en intentar acabar con el sistema de protección desarrollado en los últimos lustros. “En Brasil se ha instaurado la industria de la demarcación de las tierras indígenas. Con todo respeto, eso no les interesa a los indios: no tienen dinero para hacer lobby, la mayoría no habla nuestra lengua, no tienen nuestras costumbres, no conocen nada de nuestra sociedad”, ha dicho.

Según la normativa vigente, cuando se constata la presencia de comunidades aisladas fuera de las reservas indígenas, la Fundación Nacional del Indio posee herramientas legales para acotar nuevos terrenos durante un tiempo determinado, con el objetivo de articular los procesos de vigilancia. “Esta política unilateral de demarcar tierras indígenas por parte del Ejecutivo va a dejar de existir”, ha advertido Bolsonaro. “Disminuiré todas las reservas que pueda. Será una batalla muy grande porque hay que pelear hasta con la ONU”, promete.

Organizaciones sociales como Greenpeace, Survival International o Centro de Trabalho Indigenista han denunciado que el mensaje del nuevo presidente está en sintonía con los intereses de continua expansión del agronegocio y es un llamamiento inmediato a las mafias utilizadas para ir diezmando a las comunidades originarias. Cuanto antes desaparecen por completo, dicen, antes se pueden ir expandiendo las explotaciones.

“No pueden continuar presos en una tierra demarcada como si fueran animales de zoológicos. Tienen que crecer, explotar lo que Dios les dio. No se lo queremos quitar, lo queremos explotar junto con ellos”. El mensaje llega a sus seguidores y ha calado entre los votantes. Pero las 8.000 hectáreas que conforman la Tierra Indígena Tanaru, donde habita el 'Hombre del agujero', no le parecen un área en la que el superviviente esté preso, sino que son, a su juicio, un desperdicio de terreno y de dinero. Por eso quiere reducirlo al máximo.

En la última década, una vez que se asumió y respetó la decisión de que el 'Hombre del agujero' quería permanecer en soledad, la FUNAI ha organizado 57 expediciones para monitorearle, con equipos de máximo cuatro personas, y otros 40 viajes para supervisar la Tierra Indígena Tanaru. En estas misiones de seguimiento, le van dejando herramientas y paquetes de semillas en lugares que saben que frecuenta. La estrategia funciona, puesto que en las posteriores visitas se puede comprobar que van creciendo pequeñas plantaciones.

El contacto con el 'Indio del agujero' es un tema sensible y que genera debate, ya que puede llevar consigo el contagio de enfermedades a las cuales nunca ha estado expuesto. Por esta razón, los acercamientos se hacen con diligencia, orientados hasta ahora por la Secretaria Especial de Salud Indígena, del Ministerio de Sanidad. La FUNAI colabora intentando darle “las condiciones y los medios necesarios para que pueda sobrevivir conforme a sus costumbres tradicionales”, comenta Algayer, “y hacer seguimiento, monitoreando sus movimientos, creando una relación diferenciada respecto a las otras experiencias negativas que probablemente habrá tenido con nuestra sociedad”. No pierde la esperanza de que algún día, asegura, “cuando se enfrente a alguna dificultad física, pueda aceptar el auxilio del equipo” del organismo.

En el punto de mira

Mientras sigue el trabajo por la preservación de los derechos de este superviviente y de otros grupos de indígenas aislados, las amenazas de muerte continúan a la orden del día en la selva amazónica y en otras regiones con presencia de comunidades originarias.

“No tenemos ninguna duda de que los ganaderos y los que se creen dueños de su territorio actual tienen un deseo enorme de recibir la información de que el Indio está muerto”, asegura el coordinador de las expediciones, al mismo tiempo que reconoce que es muy complicado poder atajar las intimidaciones –los mismos expedicionarios las han sufrido–, las mafias y los intentos de asesinato. “Jurídicamente, no disponemos de elementos para acusar a nadie. Las informaciones de terceros sobre este asunto, cuando surgen, son anónimas”.

En el Amazonas, este tipo se situaciones, de tan normalizadas que están, se despliegan bajo una orquestación perfecta. “Nadie se quiere exponer contra los terratenientes. Aunque dispusiéramos de informaciones consistentes, no contaríamos con pruebas materiales, los cuerpos, para probar las muertes”.

Lo más preocupante para el futuro de estas comunidades indígenas es que, en el estado de Amazonas, algunas de las frecuentes expediciones de la FUNAI en la que se van documentando nuevos grupos de indígenas aislados, incluyen a miembros de la policía militar, que les acompañan y conocen su ubicación. En el Brasil de Bolsonaro, cada vez más militarizado y con un Ejército que vuelve a la cúpula el poder, puede hacerse aún más habitual y suponer un riesgo añadido en un país en el que en los últimos años han sido frecuentes los conflictos entre militares y las comunidades originarias.

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