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Nacho Padilla: “No hay asunción más clasista que entender que a ciertas personas o sectores no hay que ofrecerles calidad gráfica”

Nacho Padilla, director creativo del Ayuntamiento de Madrid en la etapa de Carmena.

Director Creativo del Ayuntamiento de Madrid. Hace unos años pronunciar esto habría sonado a risa floja, a chiste malo, a paradoja. Hoy es una de las cosas que vamos a echar de menos con el cambio de gobierno. La semana pasada se despidió del Palacio de Cibeles Nacho Padilla, el hombre que demuestra la excepción: a veces, en la política de gobierno y de partidos, sí llega la persona justa al sitio indicado. Padilla ha trabajado durante muchos años en el mundo de la publicidad, como director creativo en varias agencias multinacionales, pero también ha lucido siempre una sensibilidad hacia los asuntos del bien común. De hecho, su última actividad era una agencia pequeña dedicada exclusivamente a contar proyectos con valor social. En 2016 llega al Ayuntamiento con ese cargo que hasta entonces era imposible y, como señala él mismo, con sólo tres exigencias por parte de Manuela Carmena y Rita Maestre, sus jefas finales: “Profesionalidad, transparencia, rendición de cuentas”.

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Su trabajo ha sido reconocido sobre todo por la parte más visible: la calidad y el cuidado de las imágenes que contaban las cosas de la ciudad. La comunicación del Ayuntamiento de Madrid en ese tiempo no ha sido mejor porque haya sido más bonita que la de antes o la de otras ciudades, ha sido mejor porque ha sido más eficaz y lo ha sido porque ha ayudado a construir un relato compartido. Los madrileños se han reconocido en la imagen que ha proyectado su administración y eso ha generado más sentido de pertenencia en una ciudad en la que no sobra. Pero, aparte del trabajo de dirección y coordinación de diseñadores, creativos y agencias, hay algo que se debe poner en valor. Padilla, junto a Sara Mouriño, responsable de publicidad, y el resto del equipo de la dirección general de comunicación han puesto orden en la contratación de proveedores a través de un acuerdo marco y han racionalizado y justificado públicamente la inversión en publicidad institucional.

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La vuelta del pesimismo a las ciudades: llega la política de la farsa y la furia

La foto de Ortega Smith y Martínez-Almeida es la foto del pesimismo que ha llegado.

Hace cuatro años por estas fechas se empezó a vivir un clima de optimismo urbano en el mundo que no sólo tenía que ver con los resultados de las municipales de aquí, aunque sí tenía bastante relación. En España llegaron los ayuntamientos del cambio a Madrid, Barcelona, Valencia, Cádiz, Zaragoza, Santiago, A Coruña y Ferrol. Detrás de esas confluencias hubo un trabajo largo y espeso en torno a un movimiento municipalista que venía de la concepción no partidista y muy participativa de la política surgida del 15M. Fuera de España, todo esto fue visto con admiración por los sectores más activistas y con sorpresa y expectación por el resto. No me lo invento, he comprobado cómo Carmena y Colau eran tratadas casi como estrellas del rock en grandes cumbres como la de alcaldes de Bogotá y Hábitat III en Quito, ambas en 2016. La otra estrella de esas reuniones era Anne Hidalgo, la alcaldesa socialista de París y otro icono de la ola de optimismo de la que hablo. Sadiq Khan en Londres es otro ejemplo; incluso Bill de Blasio en Nueva York, aunque pueda estar en las antípodas del municipalismo de aquí. De hecho, lo que unía a todos estos alcaldes y alcaldesas y a la expectación sobre ellos no era tanto la ideología sino la forma de enfrentar a los retos urbanos.

Las ciudades son generadoras pero también sufridoras de los grandes problemas del mundo: la desigualdad, la emergencia climática, los problemas de vivienda... También pueden ser, por eso, creadoras y canalizadoras de las soluciones. Durante estos años, hemos visto cómo estos asuntos llenaban el discurso de los gobernantes municipales —algunos por convicción, muchos por simple imitación— y, por tanto, de la conversación. En poco tiempo, todos hemos aprendido a hablar más y mejor de movilidad, espacio público, gentrificación, turistificación, resiliencia, participación, etc. La cultura y el interés sobre lo urbano han crecido junto a ese optimismo en el que, de alguna manera, se ponía en las ciudades la esperanza como resistencia progresista frente a otros poderes en los que iba abriéndose paso el autoritarismo.

Posiblemente, ha habido más ruido que nueces. Precisamente en estos años han avanzado más rápido que nunca los traumas urbanos, azuzados por la voracidad de unos capitales cada vez más concentrados y poderosos, que operan por el mundo como si fuese su jardín y que han pasado por encima de casi todas las buenas intenciones de alcaldes y alcaldesas. Siendo realistas, no ha habido un giro copernicano, no ha habido tanto cambio. Puede que hubiera hecho falta más tiempo, seguro que se necesitaba más valentía. En cualquier caso, ha sido buena y era muy necesaria esta ola de optimismo y de conversación ciudadana. Y, sí, estoy escribiendo en pasado.

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Viva Las Vegas, vivo en Las Vegas

En la ciudad espectacular todo es excitante.

Las Vegas es una ciudad diseñada para el ocio. La capital mundial del entretenimiento, como se dice a sí misma, lo es desde que en 1931 se legalizó el juego en su Estado. En seguida vinieron los grandes hoteles y los casinos. La historia del lugar está muy contada en libros, películas y canciones: inversiones millonarias, pelotazos inmobiliarios, rentabilidades extremas, corrupción, mafia, rat pack y tal. Por mucho que uno sepa, sigue siendo impresionante toparse de noche con el reflejo de las luces de todo ese dispendio en el cielo que cae a plomo sobre el desierto de Nevada. También lo es aterrizar de día y ser asaltado en la ventanilla del avión por imitaciones de París, Venecia o Nueva York. Las Vegas es una ciudad turística inventada que se ha hecho a base de copiar la realidad y convertirla casi en parodia, siempre con el juego como eje de su modelo de negocio. Así ha sido hasta ahora.

El otro día leía una crónica de Mónica Montero en El País Semanal en la que contaba que Las Vegas se ha reinventado en vista de que lo del juego ya no funciona como antes. Y se ha convertido en la capital mundial de los DJ estrella, algo así como un una Ibiza en el desierto, un festival permanente. También ha invertido en profundizar en su versión del deporte espectacular y atraer grandes franquicias para contar con una oferta de temporada. Los Oakland Raiders de fútbol americano van a ser de allí y se buscan más equipos de la NBA y otras ligas profesionales. La lectura del texto me generó bastante confusión. No tanto por Las Vegas, que entiendo que tiene un modelo de ciudad basado en el turismo y el consumo, sino por el resto de las urbes del mundo. Quiero decir, ¿sigue Las Vegas siendo un reflejo exagerado de las ciudades globales o, al contrario, éstas son las que imitan a la capital mundial del entretenimiento?

No hace falta irse muy lejos en el tiempo ni en el espacio para pillar dos ejemplos que pueden ayudar a hallar la respuesta. El pasado fin de semana, Madrid acogió la final de la Champions y Barcelona, el Primavera Sound. No voy a entrar en ninguno de los dos eventos, a los que ya la actualidad ha dejado viejos; tan sólo sirven de muestra del posicionamiento de ambas ciudades, y de tantas otras, como lugares en los que ocurren cosas excitantes: celebraciones deportivas —incluidas las de los equipos locales, para los que todo son facilidades—, festivales musicales con subvención, eventos internacionales de lo que sea que brille mucho. Se trata de atraer gentes y miradas de todo el mundo, de mantener la marca constantemente lustrosa y luminosa, como si fuese un neón del Strip.

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Algunos libros para leer la ciudad

Una de las imágenes de 'Microgeografías de Madrid', de Belén Bermejo.

'Safari en la pobreza', de Darren McGarvey (Capitán Swing).

'Safari en la pobreza', de Darren McGarvey (Capitán Swing).

 

Crónica desde el lado olvidado de la ciudad
El libro empieza por la cárcel y no es casualidad. Como esos autores de suspense tan seguros de su trama que no temen contar primero el final para luego explicar cómo se llegó ahí, Darren McGarvey arranca su Safari en la pobreza por uno de los términos posibles cuando naces y creces en el lado olvidado de la ciudad. Él es de Pollock, al sur de Glasgow, una de esas reservas de pobreza que rompe la armonía de la urbe presumida. Es una brecha física, que se demuestra en la configuración del barrio y en la dificultad de acercarse desde él a un centro que es mucho más que geográfico, pero también lo es moral, emocional e intelectual. McGarvey es rapero y su nombre artístico es Loki, como el del hermano de Thor al que nunca dejaron ser bueno (quizá aquí haya también mensaje). Y es activista y educador social. Y fue alcohólico, hijo de una madre también adicta. Lo cuenta en el libro, como cuenta los problemas con las bandas, la violencia y la ira constante en su entorno, el vacío asistencial, los problemas de vivienda o la llegada de la regeneración para romper definitivamente los lazos comunitarios. Lo hace sin dogmas y sin excusas, repartiendo responsabilidades por doquier pero recordando las de cada uno, empezando por las suyas. No hay idealización de la pobreza ni del barrio, lo cual hace el trago todavía más amargo. Por eso es recomendable, porque lo que pasa en Pollock es lo que pasa en Villaverde, en Ciutat Meridiana, en Otxarkoaga y en muchos otros lugares y necesitamos que nos lo cuenten.
Safari en la pobreza, Darren McGarvey (traducción de Martin Schifino). Capitán Swing.

'Microgeografías de Madrid', de Belén Bermejo (Plan B).

'Microgeografías de Madrid', de Belén Bermejo (Plan B).

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Lo que nos cuenta la muerte de Pujan Koirala sobre el modelo económico y social al que van nuestra ciudades

Protesta frente a la sede de Glovo en Barcelona por la muerte de Pujan Koirala.

"Por lo que sea, creo en las sincronías. Mientras muere un repartidor de Glovo, la derecha vuelve a Madrid de mano de la extrema derecha. Ambas cosas, que me producen tremenda pena y rabia, son notas de la misma melodía". Natalia Mirapeix es directora de arte, activista y buena amiga. El lunes, como muchos, expresaba en sus redes sus sentimientos y su visión sobre lo que había pasado el domingo. Como nadie, mostraba una realidad que va más allá de la amargura por saber qué lado político va a administrar el tablero y que tiene que ver con quién es el dueño de ese tablero y cuáles son las reglas que va a imponer, que está imponiendo.

Pujan Koirala es el nombre del rider de Glovo que murió el sábado en Barcelona. Un muchacho de 23 años de Nepal que, pasando por Alemania, había llegado aquí a buscarse la vida. Por lo que cuenta David López Frías en El Español, la perdió por un reparto de no más de cinco euros. Un viaje en nombre de un compañero, puesto que él no estaba dado de alta en el sistema. Tampoco tenía papeles. En este suceso se manifiestan la precariedad, la inseguridad y la explotación laboral, temas que revolotean siempre que se habla de empresas como Glovo, Deliveroo, Uber y demás representantes de la gig economy. Pero hay algo aún más gordo de fondo.

De hecho, llamarlo gig economy es una forma de despistarnos de su verdadero calado. La economía del bolo, del recado o la ñapa sería tal cosa si se efectuase realmente entre iguales. Esto va muchísimo más allá. Es una de esas perversiones del capitalismo que podría ser digna de elogio si esto fuera una obra de ficción distópica. Pero no, esto es la puñetera realidad y a lo que estamos asistiendo es a la institucionalización de la economía informal. Después de toda una vida oyendo a las administraciones manifestar su rechazo a las actividades económicas irregulares y viendo cómo iban persiguiendo la venta ambulante, la música callejera o el menudeo, nos encontramos con que ahora no sólo no la ponen freno, sino que hasta la fomentan. El despiste ante la coartada tecnológica no debería ser excusa.

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Nostalgia de un mañana que nunca llegará

Carmena, en la rueda deprecas tras conocer los resultados.

No es fácil escribir del futuro y lo es mucho menos cuando se hace mirando con nostalgia a un mañana que nunca llegará. Si no cambia mucho la línea de coqueteos y pactos habida hasta ahora, en la ciudad de Madrid va a gobernar de nuevo la derecha y la experiencia de eso que se llamó nueva política se ha quedado en flor de una legislatura. Puede que nos pasemos cuatro años buscando los votos que marcaron la diferencia o puede que pensemos en que hubo una oportunidad histórica para hacer de verdad las cosas de otra manera y no se aprovechó. La responsabilidades pueden repartirse por todas partes. Por la exigencia y la militancia impaciente, pero también por las personas que, desde el gobierno, quizás no entendieron que para mantener la ilusión y la movilización necesaria para marcar la diferencia en un lugar que tiende a lo rancio, hacía falta ser más valiente y dialogante. Por lo que sea, hoy toca escribir de lo que viene.

Madrid es el motor económico de España, una de las grandes capitales de Europa por población y de las que más crece el empleo, una ciudad atractiva para los grandes capitales y para el turismo internacionales. De todo esto se ha presumido en esta legislatura, compartiendo ese afán competitivo tan actual, esas ganas de ser una ciudad global que gane no se sabe muy bien qué. Madrid, al mismo tiempo, es una de las capitales más desiguales de la OCDE, un lugar en el que la tasa de pobreza está por encima del 20% y la mitad de los hogares tienen dificultades para llegar a fin de mes y en el que, como señalaba el estupendo trabajo de datos de Ana Ordaz y Analía Plaza de hace unos días, se gana menos que hace cuatro años pero se paga un 40% más por el alquiler de un piso. Madrid, por todo lo expresado en este párrafo, necesita urgentemente medidas de contención para esa tendencia de hacer de las urbes tableros para inversores y visitantes que es fuente de desequilibrios cada vez más difíciles de revertir. Sin duda, esa contención no ha sido suficiente por parte del gobierno que nos deja. Tampoco se puede dudar de que el que viene no sólo no la va aplicar, sino que muy probablemente abrirá el grifo para que nos ahoguemos un poco más.

El principal problema de esta ciudad es la vivienda. Es un asunto mundial que aquí afecta especialmente porque la oferta social escasea especialmente. Aunque ha presumido mucho de ello en campaña, el gobierno de Carmena no ha destacado especialmente en este ámbito en el que, por otra parte, las competencias y recursos son fundamentalmente regionales. A pesar de que en su programa promete 15.000 viviendas de alquiler a precio tasado, no es de esperar que el PP haga nada decente en este tema y sólo podemos soñar que su política no sea tan indecente como la que practicó anteriormente, que consistió en malvender miles de propiedades públicas a fondos buitre. En cuanto a las viviendas de uso turístico, parte importante de problema, el frágil Plan Especial de Hospedaje que sacó en el último momento la concejalía de urbanismo tiene pinta de no resistir mucho tiempo, lo cual dejaría el decreto de la Comunidad como la norma imperante y, salvo intervención del Estado, nos veremos ante una práctica liberalización del sector.

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"No hay que promover viajar menos, sino viajar mejor; teniendo en cuenta el impacto ecológico, económico y social"

Sito Veracruz, cofundador de Fairbnb.coop.

¿Necesita el mundo otra plataforma de alquiler de viviendas de uso turístico? Hace cosa de un mes, The New Yorker publicaba un reportaje sobre "la invasión de Airbnb en Barcelona". Por las mismas fechas, Terraferida denunciaba el "aumento histórico de las plazas turísticas en Baleares". Poco después, se anunciaba la entrada de la grandísima cadena hotelera Marriott en el negocio. Y, hace unas semanas, el urbanista Richard Shearmur daba este titular en La Vanguardia: "El 20% de los pisos de París ya se alquilan por días a turistas". La cuestión es que no sólo crece este negocio, sino que aumenta sin parar el número de movimientos internacionales en el mundo: 1.400 millones de visitas internacionales en 2018, un 6% más que el año anterior, que fue el penúltimo de una serie de récords históricos. El turismo es ahora mismo un gran invento para algunos y un problemón para muchos, una muestra de los nuevos y viejos modelos de la economía de mercado que está generando conflictos urbanos por doquier. Y es en este momento cuando sale a jugar por fin Fairbnb.coop, una cooperativa que propone una plataforma de alquileres vacacionales que "sólo contiene alojamientos legales y éticos y dona el 50% de la comisión de servicio a proyectos sociales locales elegidos por los vecinos y los viajeros".

Fairbnb.coop lleva cociéndose desde 2016, impulsada desde dos de las ciudades europeas más afectadas por la sobredosis de turismo, Ámsterdam y Venecia, y con un alicantino residente en la ciudad holandesa al frente. Sito Veracruz es un urbanista especialmente volcado en las aplicaciones de la tecnología para buscar soluciones a los asuntos urbanos. Es él quien responde desde allí las preguntas sobre esta plataforma que a finales de junio lanza una "fase beta 5" en otras cinco ciudades piloto europeas, Barcelona, Valencia, Ámsterdam, Venecia y Bolonia, y que está en plena campaña de crowdunding. Campañas, de hecho, porque son dos. Una en España, para "financiar una ruta de presentaciones en diferentes ciudades españolas que servirán como punto de partida de los nodos locales"; y otra internacional, para contribuir a desarrollar su tecnología.

¿Cuáles son los criterios que hacen justa esta propuesta frente a otras?

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Cuidado con la ciudad influencer

Hay señales que indican lo peligroso de seguir avanzando hacia el éxito sin mirar lo que queda detrás.

El domingo me pasaron un vídeo en el que Bob Pop demostraba a Buenafuente que "nosotros tenemos la culpa de la concentración de la riqueza". Lo explicaba diciendo que antes íbamos al mercado y hacíamos la compra en distintos puestos y repartíamos así entre diversas personas y pequeñas empresas nuestro gasto, mientras que ahora lo compramos todo en un solo sitio, el súper, dándole la pasta a una misma empresa multinacional. Bob Pop expresaba con este argumento de partida —y poniendo la ironía en el sujeto— cómo la precariedad y la obligada extensión de la jornada laboral nos quitan tiempo y nos conducen a apoyar, con nuestras formas de consumo, una evolución de hábitos que lleva a más precariedad y a más concentración de dinero y poder. El ejemplo sirve también para mostrar lo que está ocurriendo en muchas ciudades

Por ejemplo, cuando hablamos de la uniformización de los centros urbanos —y de las periferias, aunque de esto se habla desgraciadamente menos— no estamos hablando tanto de un asunto estético como de uno económico. A pesar de la caricatura habitual, la gentrificación no sucede porque un par de tipos con barba ponen una tienda de cereales decorada con tipografía manual, la gentrificación ocurre porque los capitales inmobiliarios adquieren los bienes de un barrio, tanto residenciales como comerciales, suben los alquileres, expulsan así a los antiguos residentes y comerciantes y convierten la zona en una reserva para gentes con posibles. La propiedad inmobiliaria se va concentrando, la de las tiendas, también. Y la oferta se reduce, porque sólo las que pertenecen a fondos y multinacionales o las franquicias, que viene a ser lo mismo, pueden sobrevivir a esas rentas. El intercambio económico va cayendo cada vez en menos manos, como bien mostraba el ejemplo de Bob Pop, y la ciudad se va segregando y, al mismo tiempo, haciéndose igual, previsible.

El mismo domingo, El País Semanal se vistió de especial ciudades. Algo que también han hecho hace poco National Geographic, con un número completo y una amplia cobertura online, y La Vanguardia, con un suplemento sobre la Barcelona metropolitana. Es buenísima noticia que los grandes medios de comunicación estén cambiando su enfoque sobre los asuntos ciudadanos. Hasta hace muy poco, las noticias y suplementos sobre ciudades eran hermanos pequeños de la sección de Nacional. Los titulares no se salían de la riña diaria de la política de partidos, todo era mandanga electoral incluso fuera de campaña, como manda la información de aquí. Ahora, sigue habiendo mucho de eso, pero se ha ido ganando espacio para el relato de los asuntos que de verdad importan.

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Cuando la realidad demuestra que la uberización de la movilidad no es una buena idea

Los conductores de Uber están en huelga en muchas partes del mundo.

Uber sale hoy a bolsa. Lyft, su principal rival en Norteamérica, lo hizo en marzo. Cabify parece que lo hará a finales de año en España. Hasta aquí las noticias sobre mercados bursátiles de este texto. Hablemos de modelos de negocio, de modelos de movilidad, de modelos de gestión de lo público. Hablemos, por ejemplo, de la información que ofrece Uber sobre sí misma a sus potenciales inversores.

En el folleto en cuestión se dan datos la mar de interesantes. La expansión de la empresa es llamativa: opera en más de 700 ciudades, entre 2011 y 2017 hizo 5.000 millones de viajes y el año siguiente logró otros 5.000, 91 millones de personas usan el servicio al menos una vez al mes y la compañía ha ingresado por él más de 41.000 millones de dólares —el 80%, por el transporte y el resto, por Uber Eats—. Todo esto lo recoge un artículo de Slate que señala, sin embargo, las debilidades que se encuentran al hurgar. Está la obvia: Uber perdió más de 3.000 millones de dólares en 2018. Y hay más: los ingresos están decreciendo. Y otra: de ésas 700 ciudades en las que opera, el 24% de las reservas ocurre en sólo cinco (Nueva York, Los Ángeles, San Francisco, Londres y Sao Paulo). Y más: un 15% de las reservas totales son de viajes desde y hacia aeropuertos. A esto hay que sumar la inseguridad jurídica del negocio, que depende de centenares de legislaciones distintas y cambiantes. Y algo aún más inestable, sus relaciones laborales.

Ahora mismo, los conductores de Uber y Lyft en muchos lugares del mundo están en huelga. Ellos también han leído el folleto informativo y han visto que parte del plan es bajar sus ingresos y tender hacia el coche autónomo. Allí, donde la forma de empleo de esas empresas responde sobre todo a la gig ecomony, hay datos difíciles. Según un estudio de la misma Uber, el 51% de los conductores trabaja de una a 15 horas por semana; el 30% lo hace de 16 a 34; el 12%, de 35 a 49; y el 7%, más de 50 horas. O sea, la mayor parte de los viajes la hacen unos pocos. Según Alex Rosenblat, autora de Uberland. How Algorithms Are Rewriting The Rules of Work (University Of California Press, 2018) que se pasó cuatro años acompañando a conductores en sus viajes en veinticinco ciudades, el 68% deja el trabajo a los seis meses. Según Lawrence Mishel, del Economic Policy Institute, el salario medio por hora está en 11,77 dólares, tres menos que los salarios por hora más bajos habituales del sector servicios.

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Se buscan gobernantes capaces de entender y ordenar el fenómeno turístico

Los visitas internacionales crecieron un 6,3% el año pasado.

"La ciega entrega a la especulación y al turismo llevaba tiempo dejando el centro de la ciudad sin vecinos y sin libros. Sólo policías y gente desorientada". Javier Pérez Andújar asegura en la promoción de su último y estupendo libro, La noche fenomenal (Anagrama, 2019), que se ha querido refugiar en la ficción pura. Pero, como se ve en este entrecomillado sacado de esa ficción, ni siquiera pasándose a la literatura fantástica ha podido evitar retratar la ciudad resort en la que habitamos. Él escribe sobre Barcelona pero lo que dice vale para cualquiera. El turismo urbano está tan masificado que hasta se cuela con sus consecuencias en las novelas como parte del paisaje. Por lo que se ve, son los que tienen que gobernarlo los únicos que no se enteran de esta realidad tan presente. Igual es que leen poco.

La Comunidad de Madrid ha aprobado esta semana su decreto sobre viviendas de uso turístico (VUT) y, quién lo iba a imaginar, ha salido cruz. La nueva norma establece la obligatoriedad de los anfitriones de presentar una declaración responsable y un certificado de idoneidad, de contratar un seguro, de respetar un número de ocupantes determinado por los metros de la casa y de informar a la policía de quién llega y a los que llegan, de las normas básicas de convivencia. No se mete a regular el alquiler de habitaciones sueltas y establece como VUT cualquiera que se ponga completa en el mercado aunque sea sólo un día del año. Es una normativa que pone los intereses de los turistas y de los anfitriones —o sea, de los consumidores y de los empresarios— por encima de los derechos de los ciudadanos. Es una regla que nace vieja, como si no llevásemos una larga temporada en todo el mundo soportando y analizando el impacto de las VUT en las ciudades. Y es, sobre todo, un ejemplo evidente de la descoordinación entre administraciones y un reflejo del despiste en el que están los territorios con esto del turismo.

Como se sabe, la capital ha aprobado recientemente un Plan Especial de Hospedaje que se ha anunciado con titulares como "El Ayuntamiento reducirá un 90% las VUT" o "Madrid aprueba limitar a 90 días los alquileres turísticos". Lo que quizá no todo el mundo sabe es que las competencias sobre turismo las tienen las comunidades autónomas y que el gobierno de Carmena, como todos los locales, sólo puede intervenir a través de normas de urbanismo. Por eso el Plan Especial municipal pretendía limitar las VUT profesionales, las que superasen los 90 días que se establecía en la ley regional anterior. Y por eso ahora, al no haber ese máximo de alquiler anual para lo colaborativo, la combinación de ambas normas hace que todas las VUT ubicadas en la almendra central de Madrid que no tengan salida directa a la calle, como establece el Plan Especial, sean ilegales y, por tanto, que sea cierto ese primer titular entrecomillado en este párrafo. La situación, de todos modos, hay que considerarla transitoria por varios motivos.

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