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Una metáfora para Madrid Central

Señales que indican que Madrid puede cambiar.

“La característica realmente única de nuestro lenguaje no es transmitir información sobre lo que existe, sino hacerlo sobre cosas que no existen en absoluto”. Unas de las revelaciones más pistonudas del muy revelador Sapiens (Debate, 2014) de Yuval Novah Harari es ésta que cuenta que es la capacidad de fabulación la que ha llevado al ser humano a mandar sobre el resto de los animales y otros humanos. Según explica el israelí, la ficción “no sólo nos ha permitido imaginar cosas, sino hacerlo colectivamente”. Así, a través de relatos comunes, se une gente que no se conoce y trabaja con objetivos que también se convierten en comunes. Como digo, bueno, como dice él, esta capacidad para generar relatos, creérnoslos y, a partir de ahí, articular relaciones y proyectos basados en la confianza, nos ha hecho gobernar todo esto, pero también darnos muchos golpes. De hecho, nos puede llevar al chasco final.

El dinero, la religión, la nación, el equipo de fútbol, la ley… Todo lo que mueve nuestro mundo nos lo hemos inventado nosotros, nada venía de serie en el planeta que nos da cobijo. A estos conceptos tan poderosos hay que sumar esas creencias y certezas que se nos pegan de los mensajes propagandísticos o incluso de nuestras propias iluminaciones y que nos impiden ver las cosas como son por mucho que las tengamos delante o nos las cuenten con demostraciones empíricas.

Aunque quizás no lo parezca, vengo por aquí a hablar de Madrid Central. Como pasa con muchos otros temas, el ruido en este debate es insoportable, azuzado en parte por intereses partidistas, pero también salido de lo más profundo del sentir —del creer, más bien— ciudadano. Todo muy poco objetivo, todo muy humano.

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"Cada vez es más difícil pensar que las transformaciones urbanas se puedan hacer de espaldas a quienes las disfrutan o las sufren"

El equipo de Paisaje Transversal, en su oficina.

Frente al afán constructor y el brillo competitivo del urbanismo y la arquitectura con firma hay una forma consciente de hacer las cosas, una que conecta con la sociedad y el entorno a través de procesos participativos de verdad, de los que funcionan y hacen funcionar. Paisaje Transversal es uno de los nombres de referencia de esta manera de hacer ciudad. Pilar Díaz Rodríguez, Guillermo Acero Caballero, Jorge Arévalo Martín, Jon Aguirre Such e Iñaki Romero Fernández de Larrea la promueven y practican desde hace más de una década —primero en forma de blog y luego también como empresa de innovación y planificación con multitud de proyectos en España y Latinoamérica— y ahora comparten su visión, conocimiento y método en un libro.

Escuchar y transformar la ciudad. Urbanismo colaborativo y participación ciudadana (publicado en coedición entre Libros de la Catarata y la Fundación Arquia) es un tres en uno: una reflexión sobre asuntos urbanos esenciales, un manual de planificación integral y participativa a partir de su método de trabajo y una muestra de ejemplos, propios y ajenos, para entender de qué va todo esto. El libro es generoso, como sus autores. Igual que ellos aprendieron de Ramón López de Lucio o Mario Gaviria, Paisaje Transversal ha creado su propia escuela de gentes apasionadas por los temas urbanos que, probablemente, se extenderá con esta obra. No debería parecernos extraño: si entendemos la ciudad como un espacio para el diálogo y la resolución de conflictos en común, deberíamos tener claro que no se pueden mantener en secreto las recetas que nos pueden ayudar a vivir mejor.

Reconocéis en el libro que vivimos en plena “fiebre participativa”. ¿Podríais resumir cuál es la participación que sí y cuál la que no?

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"El barrio es un buen lugar para reagruparse, cuidarse y rearmarse frente al viento helado del neoliberalismo"

Luis de la Cruz, autor de 'Barrionalismo'

La ciudad es otra vez tema de discusión, de investigación, de reflexión. Será que los conflictos han vuelto a salir a flote y con ellos la gente que se preocupa por buscar maneras de resolverlos. En la ciudad de éxito se disfruta de la vida, del trabajo, del consumo; en la ciudad real, no hay manera de encontrar la dignidad ni en la vivienda ni en el trabajo y cada vez se hace más difícil estar como habitante sin tener que ser consumidor. En este contexto, vuelve también el barrio, más como concepto que como asunto territorial. El barrio está sirviendo como barricada ante esa ciudad de éxito; aludir al barrio, aunque sea a la imagen que tenemos de él, sirve para defender una forma de vida urbana cercana y luchadora que se resiste a ser absorbida por este escaparate para fondos de inversión en el que se está convirtiendo la ciudad. De esto, digo yo, va Barrionalismo (Decordel, 2018), el último libro de Luis de la Cruz Salanova.

Luis de la Cruz es historiador y bibliotecario. Es autor del blog El Tránsito y también fundador del diario online Somos Malasaña y, por eso, cronista de las cosas de la ciudad. Luis es de los que invierte tiempo en pasear y observar las calles y de los que, quizás por lo anterior, debate con conocimiento y criterio pero sin necesidad de someter a nadie a su razón. Esa forma de ser se aprecia y se agradece en el libro. Barrionalismo es como uno de esos discos de Guided By Voices, llenos de canciones estupendas que, aún sin cerrar, te dejan el sabor de las cosas hechas con talento y con tino. En Barrionalismo hay algo más de una decena de ensayos breves a los que a veces parece que les falta un remate, pero que realmente hacen estupendamente su trabajo: con esa forma que tiene de contar las cosas sin imponerlas ni cerrarlas, Luis de la Cruz logra que el lector piense y se lo piense y llegué así a sus propias conclusiones.

Dices en la introducción que es “un escrito entusiasta que requiere lectura realista”. También dices que no amas la ciudad, pero sí las calles y lo que ocurre en ellas. ¿Qué es, para ti, barrionalismo?

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La Pájara Ciclomensajería: la alternativa cooperativa a Deliveroo ya está moviéndose por Madrid

Los miembros de la cooperativa La Pájara Ciclomensajería.

Contra el vicio de no dar casi nada de algunos, la virtud y la capacidad de montártelo por tu cuenta, de forma justa, en modo cooperativo. Cada día vemos titulares que hablan de la precariedad de los repartidores de Deliveroo y de Glovo o, ahora, de los que recojen patinetes para Lime y otras. La nueva economía viene con el deslumbrante brillo de la modernidad, pero con todos los tics de la antigua: trabajos a destajo y precarios, exigencias injustificables, fomento de la competitividad, inseguridad… En el verano del año pasado se vivió la primera huelga de repartidores de estas empresas de presunta economía colaborativa y aquello fue el germen de varios proyectos de reparto en bici en toda España. Mensakas arrancó antes en Barcelona y ahora lo hace La Pájara Ciclomensajería en Madrid. Ojo, ciclomensajerías ha habido y hay muchas en todo el territorio, y buena parte de ellas en modo cooperativo. La novedad es que éstas que mencionamos, y otras que vienen, están metidas en esta tendencia tan en alza del reparto de comida y los recados.

Antonio, Ciaran, Cris, Kike, Joaquín y Martino forman La Pájara. Ellos habían pasado por la experiencia Deliveroo y habían encabezado las protestas. “Si trabajas en esas plataformas —explican—, no hay autonomía ni flexibilidad, no hay espíritu colaborativo. Al contrario, se fomenta la competitividad incluso entre riders”. El modo cooperativo excluye casi por definición todos esos rasgos de explotación. Elegir organizarse así es poner a las personas, y no la rentabilidad, en el centro. Es elegir, por eso, poner los derechos y la dignidad por delante. Es elegir una alternativa, a la nueva economía y a la de siempre, que quizá no compita jamás con ellas, pero que es una vía cada vez más pisada no sólo por los trabajadores, también por muchos consumidores. “Es difícil proponerse como alternativa para todos los públicos, pero queremos informar y concienciar al mayor público posible. Por supuesto, no podemos entrar en la rebaja de precios habitual y eso nos puede restar impacto, pero nos mantendremos firmes en nuestros compromisos porque conocemos los efectos del trabajo precario”.

La Pájara ya está operando. De momento, con unos pocos restaurantes “de comida ecológica, orgánica y/o vegetariana”. Su posicionamiento en esto también es claro: “La conciencia y la responsabilidad son temas que hay que trabajar en conjunto, con los restaurantes y con el consumidor, transmitiendo las motivaciones del proyecto y siendo transparente sobre las modalidades de nuestro trabajo y nuestras tarifas”. La Pájara busca aumentar la cartera de restaurantes interesados en su forma de actuar y en sus valores y piensa también en ampliar el campo de actuación a “grupos de consumo, herbolarios, tiendas a granel, puestos de mercados…”. ¿Se plantean colaborar con otro tipo de empresas que no respondan a ese perfil más concienciado? La contestación es muy propia de una cooperativa: “Se trata de una decisión que tomaremos de forma colectiva”.

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Contra el malismo

Los manteros han sido señalados por diversos partidos para hacer oposición en Madrid y Barcelona.

Desde hace un par de días, parece como si buena parte de España estuviera tapándose la mano con la boca y conteniendo la respiración. El susto lo ha provocado el show de VOX en Vistalegre. Ha sido un susto tontito, como ésos que se llevan las señoras victorianas en las películas de tacitas (gracias Filmin por el nombre del género) cuando oyen una procacidad. Resulta que ahora hemos descubierto que hay muchos españoles muy de derechas, racistas, homófobos, machistas, nacionalistas. Lo hemos descubierto los mismos españoles, los medios de comunicación y los otros partidos políticos que no son VOX y que se supone que no son así. Pues no sé yo.

Como este blog va de cosas urbanas, no voy a hablar de las infinitas y cerriles proclamas por la unidad nacional que llevamos meses aguantando en bares, redes sociales, balcones, estrados y titulares y platós, eso se lo dejo a mis compañeros de arriba. Voy a referirme, pues, a lo urbano y no me voy a ir más lejos de este verano.

La serpiente de este estío ha tenido que ver con el orden y la ley. Como si fuera una casualidad y no una estrategia política planeada al milímetro, en Barcelona y Madrid surgieron al mismo tiempo ataques a las alcaldesas en torno a la seguridad, ataques con bombas racimo de argumentos de los que hacen pupa a la conciencia del respetable ciudadano: narcopisos, okupaciones, inmigración… inseguridad.

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Nueva ordenanza de movilidad de Madrid: sobre disciplina y educación

Una moto plantada durante días en una acera. Una típica historia madrileña narrada esta semana desde la cuenta de Twitter de @spanishprctices

About Discipline and Education fue el primer disco de mezclas del DJ madrileño Óscar Mulero. El CD, publicado en 1998 por So Dens, contenía hora y pico de techno oscuro y afilado ejecutado con su compromiso y técnica habituales, la típica lección que te llevabas cuando lo veías en una sala o un festival, del New World de la plaza de los Cubos en Madrid a las fiestas de Satisfaxion en Andalucía. El título era todo un acierto porque hablaba justo de eso, de la ética de trabajo de Mulero y de su forma de enseñar y hacernos aprender a través del baile. Sobre disciplina y educación.

Este viernes se aprobó por fin, después muchas vueltas y alegaciones, la Ordenanza de Movilidad de Madrid. Las nuevas normas traen buenas noticias para el bien común. Las calles de un sentido serán, como sugiere la DGT, calles con limitación de velocidad a 30 km/h. Eso debería significar vías más seguras, con menos accidentes (y menos trágicos) y la posibilidad de compartir el espacio público mucho mejor, como ya se contó hace años en este blog. Las aceras deberían quedar bastante libres de cacharros, puesto que se prohíbe aparcar a las motos allí donde sean menores de tres metros y a menos de cinco de un paso de peatones. Y no estará permitida la circulación en estos espacios peatonales ni a bicis ni a patinetes eléctricos (los de toda la vida y los monopatines sí podrán, pero a velocidad de peatón). Los nuevos patinetes y demás vehículos de movilidad personal (VMP) podrán ir por los escasos carriles bici y por esas calles de un solo sentido limitadas a 30 km/h, es decir, por el 80% del viario, como cuenta este artículo de El País. En un futuro, igual se aprueba que puedan ir por los ciclocarriles. La ordenanza habla también de la implantación de Madrid Central, esa medida de protección de la calidad del aire y el espacio público que si se aplica y asume bien, puede ser referente en todo el mundo menos en la carpetovetónica oposición.

Como digo, todo esto es bueno para la ciudad, aunque algunas cosas puedan ser al principio molestas por eso de las costumbres adquiridas. ¿Por qué entonces no estoy celebrando la noticia poniéndome las zapatillas y buscando un sitio oscuro donde bailar todo el fin de semana? Porque podemos llenar la ciudad de las normas lustrosas que queramos, pero éstas no sirven para nada si no hay algo más. Hablo, como pinchaba y sigue pinchando Óscar, sobre disciplina y educación.

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No me acaricies el carril bici

Un ciclista hace deporte por Madrid Río.

El 14 de enero de 1978, en cuclillas sobre el escenario del Winterland de San Francisco y después de recitar como una letanía el No Fun de los Stooges, Johnny Rotten acababa el concierto, la gira americana y la existencia de los Sex Pistols (hasta su reunión del 96) con una pregunta dirigida más a sí mismo que al público: “¿Nunca habéis tenido la sensación de haber sido engañados?”. Me he acordado de ese momento al ver las declaraciones a Telemadrid de José Manuel Calvo, delegado de Desarrollo Urbano Sostenible del Ayuntamiento de Madrid, en las que decía que una vez esté abierto el itinerario ciclista del puente de los Franceses a la plaza de Legazpi, se iba a prohibir la circulación de bicis por Madrid Río. Me he acordado también después, con el previsible desmentido que aclaraba que las bicis podrán ir a 10 km/h, o sea, como ahora. En realidad, me acuerdo de esas palabras de Johnny Rotten cuando pienso en las políticas del fomento de la bicicleta en Madrid de cualquiera de sus alcaldes y alcaldesas desde que Álvarez del Manzano dijo eso de “Madrid no es ciudad para bicis”.

En esto, como en tantas otras cosas, Manzano se equivocaba. Madrid, por supuesto, sí es ciudad para bicicletas. Las personas que eligen ese medio de transporte tienen todo el derecho a dar pedales por la calzada y por el centro de su carril, igual que con cualquier otro vehículo. El problema es que el número de personas que elige este medio de moverse no termina de aumentar, más allá del éxito de los datos del Bicimad municipalizado y del trajín de repartidores de comida a domicilio. La gente no se atreve a meterse en las calles invadidas por coches, furgonetas, buses y motos a toda velocidad y por eso exige y espera infraestructura ciclista adecuada. Y se suponía que esta legislatura era la buena.

Donde Manzano, Gallardón y Botella se dieron mus, se esperaba que Ahora Madrid hiciese por fin algo. El asunto venía a tope en su programa electoral, en el que se plantea desarrollar “una red de carriles bicis integrada y coherente, no solo recreativa” y la palabra bicicleta es mencionada decenas de veces. Ahora que estamos acabando la legislatura, la realidad es bastante triste. Un carril bici decente en Santa Engracia, varios muy deficientes y sin conexión entre sí y un montón de bicis pintadas en el suelo para señalar ciclocarriles y ciclocalles, el método de fomento de la bicicleta elegido por Ana Botella y heredado, por lo que se ve, por Manuela Carmena y su equipo. Lo terrible es que este ayuntamiento no sólo ha incumplido su propio programa electoral, tampoco ha hecho caso a las centenares de propuestas, muchas de ellas aprobadas, que la gente ha hecho en Decide Madrid solicitando infraestructura ciclista por toda la ciudad.

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“Quizás nos hayamos olvidado de cómo construir ciudades”

Sergio C. Fanjul en uno de los paseos de su Exploración asfáltica

Habitamos en ciudades pero no terminamos de entenderlas. No sabemos muy bien cómo funcionan. Puede que tengamos su geografía en la cabeza, pero quizás desde esa mirada cenital y despegada que contempla el mapa. Sabemos nombres de barrios y distritos, pero los tenemos mucho menos vistos que los lugares exóticos a los que nos vamos de vacaciones. Conocemos cosas que pasan o que dejan de pasar en las calles, pero no somos capaces de determinar las causas o las consecuencias. La ciudad se ha explicado regular muchas veces porque casi siempre hemos dejado su definición en manos de urbanistas, ingenieros, políticos de carrera y periodistas de política.

Sergio C. Fanjul es periodista, sobre todo cultural, y es poeta publicado y premiado. Sergio es un asturiano que llegó a Madrid hace más de tres lustros y que lleva un tiempo empeñado en pasearla, mirarla y contarla. Este verano se ha embarcado en la  Expedición asfáltica. Son veintiún crónicas de sus veintiún paseos por Madrid en busca de las actividades que han conformado la programación de Veranos de la Villa 2018. La expedición y su resultado escrito son parte de esa misma programación de un festival que no sólo pretende descentralizar la cultura de esta ciudad reconcentrada, sino que también apuesta por extenderse en formatos y contenidos como éste.

Los textos de Fanjul, que se pueden leer ya completos en la web de Veranos de la Villa, son relatos con una mirada literaria, a veces poética, a veces redsocialista, llenos de detalles históricos, datos geográficos, información urbanística e impresiones personales; relatos que pueden servir como libro de instrucciones de la ciudad y que, como me cuenta el autor, probablemente acaben en libro a secas. Qué bien. Da gusto leer a Sergio C. Fanjul y recorrer y entender mejor Madrid a través de sus palabras. Por poner una etiqueta, sus derivas son la versión madrileña de la psicogeografía londinense de Iain Sinclair. Una versión de andar por casa, dicho en el mejor sentido de la expresión.

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El curioso caso de los patinetes y otros servicios de movilidad a los que no se aplican las normas (menos en Valencia)

Policías municipales de Valencia retiran los patinetes eléctricos de Lime

Bartleby es ese personaje de Herman Melville que se define por borrarse. “Preferiría no hacerlo” es la frase que repite para evitar cualquier cosa que hacer más allá de ocupar su mesa de escribiente en la oficina. Hace ya casi un par de décadas, Enrique Vila-Matas publicó Bartleby y compañía, un librito en el que habla sobre autores que padecieron el síndrome de Bartleby y dejaron de escribir de repente. Yo diría que este síndrome no afecta sólo a escritores, sino que le da a todo el mundo; y más a políticos y cargos públicos, especialmente a los de los ayuntamientos. Si hoy alguien escribiera una especie de continuación de lo de Vila-Matas mirando a lo no hecho en las ciudades de España, la cosa daría para unos cuantos tomos. Por suerte, no pasa siempre.

La policía municipal de Valencia retiró el otro día los patinetes de Lime de las calles de la ciudad. Así lo quiso la empresa, que prefirió la actuación policial para que hubiera una foto que sirviera a esa estrategia de marketing que usan todos estos negocios pseudomodernos: hacerse las víctimas de un mundo viejuno que se niega a aceptar lo que viene. El motivo para la retirada de los cacharros y la correspondiente sanción es la ocupación sin permiso del espacio público. Aparte de los casi 18.000 euros ingresados por la multa, el Ayuntamiento de Valencia ha ganado otra cosa: la batalla de la coherencia y la defensa del bien común. Pero estuvo a punto de preferir no hacerlo.

Tanto la concejala de Protección Ciudadana, Anaïs Menguzzato, como el propio alcalde, Joan Ribó, casi dejan los patinetes en la acera. ¿La excusa para hacerse ese Bartleby? Que en la ordenanza de movilidad hay un vacío legal sobre los llamados vehículos de movilidad personal (VMP). Algo parecido han hecho en otros ayuntamientos con esta empresa y con otros servicios privados de movilidad compartida. El mejor ejemplo es Madrid, que es una especie de feria del cacharro compartido, con cuatro empresas de coches, cinco de motos (puede que más, empiezo a perder la cuenta), un par de bicis y ahora también Lime y otras marcas de patinetes que están a punto de llegar.

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¿Qué hacemos con los nuevos cacharros de movilidad eléctrica?

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Los patinetes eléctricos generan dudas sobre por dónde y a qué velocidad deberían circular.

La ciudad es un ejercicio de negociación permanente. Lo ha sido siempre con la evolución más o menos pausada con la que se han ido dando los cambios en lo urbano y lo es en este momento de disrupción, no sólo tecnológica sino de modelos de negocio y de ofertas de mercado. Aparte de Airbnb, Uber y los servicios de movilidad compartida, ahora hay algo más; algo que está consiguiendo poner en desacuerdo a casi todo el mundo. Por eso, en el capítulo de hoy de cosas-que-han-llegado-de-repente-y-nadie-sabe-muy-bien-qué-hacer-con-ellas toca hablar de patinetes eléctricos, monociclos, segways hooverboards y demás vehículos de movilidad personal (VMP) –vamos a llamarlos como los llama la DGT, aunque ni siquiera en la denominación hay consenso–.

Cuando todavía estábamos debatiendo sobre la necesidad de fomentar la movilidad activa, ampliar espacios peatonales y facilitar el uso de la bicicleta, el mercado se ha llenado de artilugios eléctricos basados en otros existentes. Igual que las bicis tienen su versión motorizada, los monopatines, los patinetes y los monociclos ya tiene las suyas. Sólo que éstas, son en principio más baratas.

Por entre 300 y 400 euros puedes tener un patinete eléctrico de en torno a 10 kilos de peso, con unos 30 km de autonomía y que alcanza una velocidad de 25 km/h. Por un poco más, los hay más ligeros y mucho más veloces (45 km/h). Además, están empezando los servicios de VMP compartidos, como Lime, que ya ha aterrizado en Madrid, y otros que vendrán como ya lo han hecho en un montón de ciudades de todo el mundo. Varios follones casi al mismo tiempo, como si tuviéramos pocos.

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