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Cuando las joyas se convierten en liquidez: quién vende su oro y por qué ahora

Lucía Llargués

5 de febrero de 2026 22:32 h

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Las joyas han ocupado un lugar recurrente en los cajones de las familias que han podido permitírselo: alianzas que no se usaban, cadenas heredadas, relojes de oro asociados a una biografía. Hoy, muchas de esas piezas están saliendo de casa. El motivo no es solo la necesidad económica. El fuerte encarecimiento del oro en los últimos años, a pesar de la reciente volatilidad, ha transformado objetos cargados de simbolismo en activos financieros; y las casas de compra-venta de metales preciosos en un discreto termómetro social.

El oro ha vivido una revalorización histórica. Según explica el secretario general del Gremio de Joyeros, Plateros y Relojeros de Madrid, Armando Rodríguez, el metal precioso ha llegado a subir cerca de un 70% desde el inicio del segundo mandato de Donald Trump, mientras que la plata ha rozado el 200%, a pesar de que en las últimas jornadas ambos han vivido vaivenes. “La subida responde a razones geopolíticas, a los conflictos internacionales y a la inestabilidad económica”, señala Rodríguez. A ello se suman las compras masivas de oro por parte de los bancos centrales y las expectativas de recortes de tipos de interés por parte de la Reserva Federal.

Frente a la volatilidad financiera y la pérdida de atractivo de otros activos tradicionales, el oro ha vuelto a ocupar un lugar central como valor refugio. “La incertidumbre es decisiva. La sociedad aprecia el oro como un valor seguro que a largo plazo se revaloriza y que, en circunstancias puntuales como las actuales, ofrece una revalorización inmediata y muy importante”, añade Rodríguez.

Del recuerdo al activo

El cambio de paradigma se refleja en el mercado físico. El analista de mercados para España y Latinoamérica en eToro, Javier Molina, subraya que el oro ya no se percibe solo como un refugio para momentos de crisis aguda, sino que “pasa a entenderse como un activo de preservación de valor estructural”. Además, concluye que eso altera el perfil de quienes acuden a casas de cambio, joyerías o establecimientos de compraventa de metales preciosos.

“Ya no se trata únicamente de personas que venden por una necesidad puntual”, apunta Molina. “Hay ahorradores y familias que monetizan patrimonio acumulado, inversores que realizan rotaciones tras años de subidas y perfiles patrimoniales que utilizan el oro como puente de liquidez dentro de una estrategia más amplia”. El foco, añade, se desplaza del objeto al activo: la joya deja de valorarse por su carga emocional y se mide cada vez más por su contenido en metal.

Esta lógica financiera convive, sin embargo, con trayectorias vitales muy distintas. Alberto Parra, controlador aéreo en Barcelona, vendió uno de los relojes de oro heredados de su padre. “Tenía un enorme valor emotivo, pero era imposible de llevar estéticamente”, cuenta. Decidió venderlo y comprar otro que pudiera usar. “Sé que he hecho un poco de trampa: no es el reloj de mi padre, pero a la vez sí lo es”. Para Parra, las joyas han perdido peso como instrumento económico, pero mantienen su dimensión emocional: “Antes eran una forma de traspasar riqueza familiar; ahora son más símbolos de recuerdo”.

Desde el sector insisten en que el aumento del precio ha convertido joyas guardadas durante años en una oportunidad financiera. “Las casas de compraventa funcionan como un termómetro social silencioso”, apuntan fuentes del gremio: reflejan tanto la presión económica como los cambios culturales en la relación con el patrimonio.

Vender sin urgencia (y también con ella)

El auge del precio del oro ha ampliado los motivos para vender. En las casas de compraventa coinciden perfiles muy distintos: personas mayores que liquidan joyas heredadas, jóvenes que no sienten apego por piezas familiares, compradores que adelantan decisiones ante la expectativa de nuevas subidas y, también, personas que buscan liquidez inmediata para afrontar gastos urgentes.

Irene Delafuente, estudiante de Derecho en la Universidad de Valladolid, vendió parte de la colección de joyas de su abuela materna. “Algunas piezas tenían un recuerdo sentimental, pero la mayoría no tenían un significado personal profundo”, explica. La decisión no fue difícil: conservaron las joyas más especiales y vendieron el resto. “Antes, las joyas estaban pensadas para pasar de generación en generación porque eran un bien valioso que no todo el mundo podía permitirse. Hoy hay joyas de todo tipo y a precios mucho más accesibles y ya no se valoran igual”, reflexiona.

Aunque el componente de urgencia sigue presente en algunos casos. Antonia García, auxiliar de enfermería, vendió las joyas que habían pertenecido a su suegra. “Significaban un recuerdo para mis hijos de sus abuelos fallecidos. Sí que me costó, pero necesitábamos el dinero”, explica. El importe obtenido se destinó a la formación de sus tres hijos, una decisión que, reconoce, tuvo un fuerte coste emocional. “Me costó deshacerme de ellas. Hoy en día espero que mis nietos sientan el mismo apego por las mías y que no las vendan si no es por una gran necesidad, ya que son un recuerdo de su abuela”.

Su testimonio muestra que la venta de joyas no responde siempre a una lógica financiera ni a una estrategia patrimonial. En muchos casos es una decisión atravesada por la necesidad y por la carga simbólica de objetos que funcionan como vínculo entre generaciones. Frente a quienes venden por oportunidad, también están quienes lo hacen como último recurso, aunque intenten preservar el significado de lo que se pierde.

Un termómetro del cambio generacional

El fenómeno se produce en un contexto de encarecimiento generalizado. Según datos publicados por elDiario.es, las joyas fueron uno de los productos que más subieron de precio en 2025, con incrementos superiores al 30%. Para Armando Rodríguez, sin embargo, el valor simbólico no ha desaparecido. “La joya forma parte de la cultura de los pueblos. A ese valor se añade ahora su consideración como una inversión segura y como un legado que no se consume con el uso”, sostiene. El desacuerdo no es tanto sobre la existencia del símbolo como sobre su centralidad.

Ahí emerge con fuerza el factor generacional. Donde antes había dote, ahorro familiar y transmisión, hoy hay liquidez, valor de mercado y desapego. Guardar o vender ya no es una decisión moral, sino práctica. Para muchas personas jóvenes, vender joyas heredadas no significa romper con el pasado, sino reinterpretarlo.

El oro vuelve a brillar, pero no exactamente por las mismas razones que antes. En un entorno de incertidumbre prolongada, deuda elevada y confianza erosionada en los equilibrios financieros tradicionales, las joyas salen del cajón y entran en la báscula. No siempre por necesidad. A menudo, simplemente porque ahora pesan más como activo que como recuerdo.