“Puede convertirse en una reorganización de nuestra identidad”: una psicóloga explica cómo abordar una ruptura
Todas las rupturas duelen. Es imposible estar preparado para superar una, más aún si se trata de una relación de muchos años. Cuando hemos estado con alguien durante gran parte de nuestra vida, puede ser difícil imaginar nuestro día a día sin esa persona, por no hablar de los cambios en la dinámica de las amistades o el apoyo de las familias. La vida entera da un vuelco. Explorar la vida de nuevo solos, por separado, puede ser aterrador al principio, por lo que es clave aprender a hacerlo de la manera más saludable para todos.
“Cuando termina una relación de muchos años no hacemos un único duelo, sino varios al mismo tiempo: hacemos duelo por la persona, por la vida que teníamos con ella, por las rutinas, por los proyectos compartidos, por determinados vínculos y, sobre todo, por la versión de nosotros mismos que existía dentro de esa relación”, afirma Sara Navarrete, psicóloga y directora del Centro de Psicología Clínica de València.
Navarrete añade que los años de convivencia han significado la construcción de una red conjunta muy poderosa. “Se construye inevitablemente un ‘nosotros’; hay decisiones, costumbres, espacios e incluso una manera de imaginar el futuro que se hace en plural”. Muchas veces, en la construcción de este ‘nosotros’, ha quedado en un segundo plano el ‘yo’, “por eso, después de una separación, algunas personas no solo sienten que han perdido a su pareja, sino algo mucho más profundo, ‘ya no saben quién son sin esta persona’”, explica la psicóloga.
La persona con la que hasta ahora compartíamos la vida no desaparece, sigue estando ahí, “pero deja de ocupar el lugar que tenía, lo que puede generar mucha ambivalencia y hacer que el proceso sea emocionalmente complejo”, advierte Navarrete. Los sentimientos, además, pueden ser contrapuestos: “Podemos echar de menos a alguien y, al mismo tiempo, saber que no queremos volver. Extrañar no siempre significa haberse equivocado al separarse”, afirma la experta.
¿Contacto cero o mantener cierta relación para amortiguar el golpe?
Tras una separación, es posible que algunas personas se pregunten si deben intentar seguir siendo amigos o si es mejor dar por terminada la relación de forma definitiva. Si bien es posible que una relación evolucione hacia una amistad, saber si esto es lo más adecuado requiere cierta reflexión. “Hay una pregunta más útil que deberíamos hacernos: ¿el contacto nos ayuda a aceptar la separación o, por el contrario, nos lleva a seguir negándola?”, dice Navarrete.
Si el contacto causa más daño que beneficio, conviene terminar la relación definitivamente porque es “como intentar cerrar una herida mientras la estamos abriendo continuamente”, afirma Navarrete. Si mantener el contacto significa mantener una esperanza que no lleva a ningún lugar, lo más probable es que necesitemos tomar distancia e interpretarla como una “herramienta de protección emocional”.
¿Qué ocurre si hay niños, propiedades u otras cuestiones comunes? En estos casos, el contacto cero es prácticamente imposible, por lo que el objetivo sería mantener lo que Navarrete denomina “contacto funcional, es decir, comunicarnos sobre aquello que necesitamos resolver, de manera clara y respetuosa, pero sin usar esas cuestiones como excusa para mantener la intimidad emocional de la pareja”.
Es importante entender que “no podemos pedir a la misma persona de la que nos estamos separando que siga regulando el dolor que nos produce separarnos de ella, aunque el impulso de buscarla cuando estamos mal sea completamente comprensible. Parte del proceso consiste en aprender a regularnos fuera de ese vínculo y encontrar otras fuentes de apoyo”, explica Navarrete.
Cómo gestionar la pérdida y el distanciamiento de los vínculos comunes
La familia política y los amigos comunes forman parte de nuestra red de apoyo. Al separarnos, esta red también sufre y se ve alterada. No se habla mucho de esta pérdida, pese a que “cuando termina una relación larga no solo perdemos una pareja: perdemos todo un ecosistema afectivo”, afirma Navarrete. No es fácil decir adiós a una persona, menos aún hacerlo de familiares, amigos, vacaciones compartidas, personas que llevan años con nosotros y que, “de repente, no sabemos qué lugar van a ocupar. Y eso también se llora”, explica la experta.
Cuando termina una relación no tiene por qué acabar todo lo demás de forma instantánea; tampoco debemos intentar conservarlos pese a todo. “Cada vínculo puede recolocarse de una forma distinta”, afirma la experta. Algunos se mantendrán inalterables, otros se distanciarán sin que ello suponga ni una traición ni nada parecido. Todo se acaba recolocando, algunas relaciones continuarán y otras terminarán.
Puede ser un buen momento para “empezar a construir la red que necesitamos para nuestra nueva etapa: recuperar amistades, fortalecer relaciones propias, conocer gente nueva y volver a ocupar espacios que sean nuestros. La ruptura puede enseñarnos que nuestra vida afectiva necesita más de un pilar”, explica Navarrete.
Superar una ruptura no consiste solo en aprender a vivir sin el otro. “También consiste en aprender quién eres tú ahora. Tras 20 o 30 años no se trata de recuperar a la persona que eras antes de conocer a tu pareja, porque probablemente esa persona ya no exista: se trata de construir una identidad actualizada: qué me gusta hoy, qué necesito, qué quiero conservar de mi vida anterior y qué quiero hacer de otra manera”.
Ni pasar página sin más ni ‘mi vida se ha acabado’
El fin de una relación consolidada de varios años no debe minimizarse. “No estamos pasando página: en muchas ocasiones estamos terminando un capítulo enorme de nuestra biografía. Y necesitamos tiempo para integrar lo vivido”, advierte Navarrete. Tampoco se acaba todo, aunque al principio pueda parecerlo y ni siquiera pensemos que podemos seguir adelante. Ha terminado una parte importante de nuestra vida, pero no “nuestra capacidad de construir una vida significativa”, dice la psicóloga.
Si la ruptura nos encuentra en una etapa madura de nuestra vida, puede parecer que “’ya es demasiado tarde’” para empezar de nuevo, para viajar, conocer gente… y este pensamiento “puede ser más limitante que la propia edad”, matiza Navarrete. La clave estaría, según la experta, en trabajar en dos direcciones: “Permitirnos estar tristes, echar de menos, sentir rabia, miedo o incertidumbre sin exigirnos estar bien inmediatamente; y empezar cuanto antes a introducir pequeños elementos de construcción de futuro, como recuperar una actividad abandonada, organizar un viaje, volver a llamar a alguien o cambiar una rutina”.
Se trata de entender que “una ruptura en la madurez no tiene por qué ser solo la pérdida de la vida que conocíamos; puede convertirse también en una reorganización profunda de nuestra identidad”, afirma Navarrete.
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