Ambigua cultura
Félix de Azúa
Durante las fiestas de la apacible población catalana de Berga se produjo, a finales de mayo, un asesinato. Cierto grupo de muchachos conocidos como “los Catoños” se liaron a golpes con otro grupo del que no conocemos las señas. Acertó a pasar por allí una inspectora de policía y gracias a ella sabemos que “un chico de aspecto suramericano, que portaba en su mano izquierda una navaja”, asestó un golpe mortal a otro joven cuya vida será ya eternamente incompleta. Ese mismo día en una radio catalana oí decir a un emocionado vecino de Berga que los agresores eran españoles “porque la navaja no forma parte de la cultura catalana”.
La semana anterior se había producido otro asesinato en L'Hospitalet, tras un enfrentamiento entre bandas del Instituto Margarida Xirgu. El director del centro, un hombre joven a quien luego pude ver por televisión y me pareció tan responsable como concernido, lo explicaba así: “Les han buscado las cosquillas y ellos han reaccionado, creemos, de la única manera que en su cultura saben reaccionar, que es, si la pelea va a más, sacar las navajas” (La Vanguardia, 2 de junio).
La palabra “cultura” se está empleando mucho últimamente en Cataluña. Los políticos nacionalistas (Convergencia y Esquerra) decidieron que a la Feria de Fráncfort sólo irían los catalanes que escriben en catalán. Los socialistas arguyeron que los que escriben en castellano también tenían derecho a ir porque “forman parte de la cultura catalana”. Ya se ve que esto de la cultura vale tanto para un roto como para un descosido.