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Desnudar a Aguirre es pecado

Juan Carlos Escudier

Quizás por incómoda, la verdad nunca estuvo bien vista en política. A un dirigente se le pide que hable bien y que convenza, aun a costa de exagerar, manipular, tergiversar o mentir, pero no que se desnude o desnude a los suyos, porque con las vergüenzas al aire no hay quien resista un otoño, por muy benigno que éste sea. Un político ha de ser hipócrita, desear el mal a su vecino con un halago y huir de la verdad como de la peste. De los inconscientes que no siguieron estos consejos suele decirse que perdieron las formas -un grave pecado- y ello les hace acreedores de un juicio severo. A esta tarea se entregó ayer el PP con el vicegallardón Manuel Cobo.

Lo de Cobo clamaba al cielo. Nunca se vieron juntas tantas verdades como puños, con lo desagradables que resultan los puños en su partido, sobre todo si están en alto. Esperanza Aguirre puede gobernar la Comunidad de Madrid como una finca videovigilada o ser una liberal de pacotilla capaz de convertir Telemadrid en el espejo de la bruja de Blancanieves. No tiene importancia. Lo grave es dar notorios a sordos y confesarlo públicamente ya que, como ha sentenciado Rajoy, con esas actitudes se hace “un flaco favor a España y al Partido Popular”. ¿Acaso se merece España que se la perjudique impunemente con una ristra de verdades?

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