Formentera: el último paraíso del Mediterráneo, a pedales

Vista de Punta Prima

Juanto Uribarri


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Somos muchos los que pensamos que el cicloturismo, más que un deporte, es sobre todo una filosofía de vida. ¿A que sí? Veréis: cuando hablamos de practicar “turismo en bicicleta”, estamos hablando de libertad, de independencia, de tiempo para encontrarnos con nosotros mismos, conociendo nuevos lugares a golpe de pedal. No importa la bici, no importa la distancia, no importa la intensidad del ejercicio: el turismo en bicicleta es una experiencia única, saludable y muy satisfactoria que nos permite descubrir en primera persona parajes asombrosos y especialmente personas interesantes.

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Pues, en esta ocasión, 'Andar en bici' os quiere presentar uno de esos lugares que ningún buen aficionado debe dejar de recorrer en bicicleta. Precisamente, uno de los mayores encantos de esta modalidad deportiva es que se disfruta no solo en el momento de practicarla, sino mucho antes, diseñando los itinerarios, visualizando los mapas, recolectando información, estudiando los lugares, las alternativas para comer y dormir, disponiendo la bicicleta y el equipaje y, claro está, entrenando. En definitiva, todo un entretenido ritual para huir de la rutina y disfrutar y crecer con nuevos retos.

Y, como sabemos que esto es así, os vamos a facilitar la planificación de la visita a la más pequeña de las islas Pitiusas: Formentera. Descansando tres kilómetros al sur de Ibiza y bendecida con hermosas playas de arena blanca y brillantes aguas cristalinas, esta isla balear es la imagen perfecta de la serenidad y del turismo selecto. ¿Nos acompañáis?

Para acceder a ella, únicamente podemos hacerlo en barco y, por regla general, desde la otra 'pitiusa', Ibiza, en un trayecto de unos 35 minutos. Desde el mismo momento en el que desembarcamos aquí, ya empezamos a respirar ese aire de calma tan característico, y enseguida nos sentimos cautivados por sus gentes, su atmósfera inigualable y sus aguas transparentes y color turquesa que nos evocan latitudes tropicales y que pronto nos harán olvidar el estrés y los problemas cotidianos. Asimismo, su suave clima, con veranos secos, inviernos templados y poca abundancia de lluvias, da lugar en estos lares a una vegetación mediterránea que combina zonas dunares con bosques de pino y de sabina, unas coníferas que dan personalidad a Formentera.

La isla aún conserva un aspecto rural, especialmente en las zonas menos transitadas: de hecho, aún sobreviven las fincas, casas típicas construidas con piedras de la isla que con sus gruesas paredes  son capaces de proteger del frío del invierno y del calor del verano. Junto a ellas no es raro ver pozos externos y hornos adyacentes que se utilizaron para el sustento diario de las familias de antaño.

La presencia de una población estable y continuada en Formentera ya está documentada al final del tercer milenio a. C., aunque por el momento se desconoce cuándo se inició su ocupación. A esta época corresponde el sepulcro megalítico de Ca na Costa. De una cronología más tardía son los yacimientos Cap de Barbaria y, ya en la época bajo imperial, destaca el yacimiento de Can Blai, una fortificación de época romana bajo imperial.

Los musulmanes trajeron con ellos todos sus extensos conocimientos en agricultura. El paisaje actual de Formentera está moldeado en gran medida por la influencia musulmana, como atestiguan la existencia de muros de piedra y el sistema de irrigación utilizado actualmente en el campo formenterés.

Tras el periodo islámico, Formentera e Ibiza pasaron a formar parte de la Corona de Aragón en el año 1235. Pero las dificultades para asentar nueva población en la isla se agravaron a partir de la segunda mitad del siglo XIV, debido a los efectos de la peste negra y, posteriormente, a la amenaza de la piratería. Los intentos de volver a repoblar Formentera no cristalizaron hasta el final del siglo XVII, cuando se encaminó definitivamente el proceso de repoblación, ya a lo largo del siglo XVIII, con gente procedente de Eivissa.

La segunda mitad del siglo XX supone para Formentera un periodo de fuertes y rápidas transformaciones. Desde unas formas de vida tradicionales, marcadas por una economía de autosuficiencia, se evoluciona hacia un sistema basado en el sector servicios con el turismo como principal motor económico, lo que conlleva un abandono progresivo de las prácticas del pasado: el turismo cambió de forma radical la economía y la sociedad de la isla.

Hoy, Formentera es un refugio para buscadores de sol, artistas, músicos y escritores, todos en busca de un pedazo del “último paraíso del Mediterráneo”. En los últimos años, lo que ha hecho a la isla aún más popular ha sido la presencia de numerosos VIP como Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Usain Bolt, Giorgio Armani, Nico Rosberg, Kate Moss, y muchos otros. ¿No creéis que ya va siendo hora de añadir vuestro nombre al de tanto personaje? Ciertamente, no tenemos nada que envidiarles… salvo que conocen Formentera.

Camino de ida…

Nos hallamos en la isla habitada más pequeña de las Baleares (83,2 kilómetros cuadrados), con una peculiar forma recortada que hace que tenga una gran extensión de costa (69 kilómetros) compuesta de numerosas playas y calas entre curiosos parajes costeros. Con un perfil muy plano, su punto más alto es Sa Talaïassa, que vigila el altiplano de la Mola a únicamente 192 metros de altitud. Es por ello una isla cómoda de transitar y podemos recorrerla en su mayor parte en bicicleta para encontrarnos con rincones y pueblos de auténtica esencia mediterránea. 

Su arteria principal (PM-820) atraviesa la isla de oeste a este entre el puerto de La Savina y el faro de la Mola, y de ella se ramifican numerosas carreteras secundarias que nos van a permitir descubrir los secretos de Formentera. Para orientarse, conviene saber que cada mojón kilométrico indica la distancia al puerto de La Savina. Por otro lado, gracias a su orografía plana, es recomendable alquilar una bicicleta que nos permitirá estar aún más en sintonía con el 'genius loci' autóctono, envueltos por el aroma de los pinos, enebros y las numerosas plantas aromáticas que crecen espontáneamente en este lugar mágico. Nosotros conseguimos las nuestras en Es Brolls Motos, donde nos atendieron a las mil maravillas. Y, con nuestras nuevas monturas, empezamos a disfrutar del verdadero lujo de pedalear por este paraíso con millas de costa en el que, en algunos rincones, es muy posible que no veamos otra alma durante horas, a pesar de que los 12.000 formenteranos que pueblan la isla reciban a unos 300.000 turistas cada año. 

Para orientarse, conviene saber que cada mojón kilométrico indica la distancia al puerto de La Savina. Por otro lado, gracias a su orografía plana, se recomienda alquilar una bicicleta que permitirá estar aún más en sintonía con el 'genius loci' autóctono

El pequeño puerto de La Savina, donde hemos desembarcado, fue creado a finales del siglo XIX y principios del XX, con el objetivo de ofrecer a los propietarios de las embarcaciones amarradas en el Estany des Peix un lugar alternativo donde resguardarse. Con los años, se convirtió en un punto clave para exportar la sal que se recolectaba en las cercanías y se fueron desarrollando toda clase de infraestructuras para favorecer su transporte. Hoy en día, todas estas instalaciones se han reconvertido para enfocarse al turismo configurando así la principal vía de abastecimiento para toda la isla. Al tratarse del lugar de conexión para todos los residentes y visitantes, en verano es muy habitual toparse con un constante ajetreo de personas que van y vienen. 

Partimos por una larguísima recta en busca de la capital isleña, Sant Francesc Xavier, donde se encuentra la sede del Consell Insular y los principales servicios de la isla. Su edificio más relevante es la iglesia parroquial, de aspecto austero, que se planteó como fortaleza defensiva, además de como templo religioso, en una época en que el recuerdo de la piratería estaba aún muy presente. También se ubica aquí la capella de sa Tanca Vella (s. XIII-XIV), de pequeñas dimensiones y cubierta por una bóveda de cañón; y el Fossar Vell, cementerio restaurado por el arquitecto nativo Marià Castelló. Y muy cerca, los Molís d’en Mateu y d’en Jeroni, edificados en el siglo XIX y que dejaron de funcionar en la década de 1950.

En esta localidad nos desviamos hacia el Cap de Barbaria, para visitar antes la Cala Saona, cuya playa  apenas mide 140 metros de longitud aunque es bastante amplia, siendo una de las preferidas de Formentera y con mucha afluencia de visitantes. Lo que más llama la atención es su fondo arenoso de aguas turquesas al igual que el de muchas playas de Formentera. Pero aquí, además, se puede disfrutar de uno de los mejores atardeceres isleños donde el sol se esconde tras el horizonte tiñendo de colores únicos la costa. A diferencia de las playas abiertas del resto de la isla, se trata de una cala, una pequeña ensenada flanqueada por acantilados que algunos consideran la joya de la costa occidental de Formentera. Además, al ser un lugar resguardado, se aprovechó antaño para construir muchas casetas varadero que cobijan los tradicionales 'llauts' que brindan un encanto especial a este particular rincón.

Nos dirigimos después al Cap de Barbaria, uno de los lugares más icónicos de Formentera, que se nos aparece como un paisaje casi desértico, una carretera estrecha, el faro lejano en el centro y el azul del mar al fondo, elementos todos ellos que forman parte del imaginario cinematográfico colectivo gracias a  la película 'Lucía y el sexo' de Julio Medem que se rodó en estos parajes. Es esta la elevación rocosa situada más al sur de todas las IIles Balears, presidiendo un impresionante acantilado vertical de 100 metros sobre el mar. En los alrededores encontramos dos puntos más a visitar: la Cova Foradada, una gruta que conduce a un mirador muy especial, para cuyo acceso deberemos introducirnos a través de un agujero;  y la Torre des Garroveret, una de las torres de defensa repartidas por el litoral pitiuso que se empezaron a construir en el siglo XVIII con el fin de vigilar las posibles apariciones de piratas sarracenos que se avisaban con un código de señales de humo desde las torres. Volviendo a Cap de Barbaria, encontramos aquí también un lugar de reunión para las puestas de sol, embriagados por intensas sensaciones de soledad y libertad.

Retomamos la PM-820, vía principal de la isla, para llegar en un momento a Sant Ferrán de ses Roques, un pueblo de carácter libre, creativo y festivo que cuenta con un pequeño centro histórico con la iglesia, la plaza y un entramado de callecitas peatonales reformadas en los últimos años. El pueblo fue en los años 70 el punto de encuentro de hippies y bohemios, reunidos en la legendaria Fonda Pepe que aún permanece abierta.

De nuevo por una larga recta de varios kilómetros y con apenas uno de ancho, atravesando una especie de istmo hasta la Mola, vamos a abandonar la carretera principal para conocer alguna de las Platjas del Mitjorn, nombre que recibe la costa sur de Formentera que se extiende a lo largo de cinco kilómetros de playas paradisíacas. Entre todas ellas constituyen el arenal más extenso de toda la isla, compuesto de diversas calas que se dividen por la intercalación de zonas rocosas y de arena, recibiendo cada una de ellas su propio nombre, siendo algunas más aptas que otras para darse un baño. Pero la costa puede variar cada temporada pues las corrientes invernales influyen mucho a la hora de moldearla, lo que provoca nuevos rincones que van y vienen según el año.

Cabe hacer una mención especial de la cala vecina de Caló d’Es Mort, un pequeño arenal entre rocas repleto de casetas de pescador que se alzan bajo los acantilados del este de Migjorn, a los que se puede acceder fácilmente a pie. Es esta una estampa perfecta de la Formentera marinera de antaño, con un paisaje espectacular de aguas claras y arena blanca, que no se puede dejar de admirar desde su célebre balcón rocoso.

De vuelta a la ruta principal iniciamos la 'pujada' a la Mola de Sa Talaissa, deteniéndonos a contemplar en un mirador una panorámica de todo el norte de la isla. Si queremos coronar el punto cimero de Formentera, deberemos hacerlo por una pista de tierra en condiciones aceptables.

Subamos o no, el siguiente pueblo digno de visita es El Pilar de la Mola, un lugar de ritmo pausado donde disfrutar de un alto en el camino. Durante los meses estivales, la paz que se respira aquí es muy diferente al ritmo que sigue el resto de la isla, ya que su privilegiada ubicación en la meseta de la Mola, la convierte en el núcleo urbano más aislado; si bien las tardes de miércoles y domingo su mercado de artesanía, nacido a iniciativa de diversos artesanos y que sigue hoy luchando por mantener su espíritu original, pasa a ser el atractivo principal de la localidad amenizado por música en vivo. Al final del pueblo, encontramos la iglesia del Pilar, construida en el siglo XVIII y más allá, una multitud de paredes de piedra que acotan los campos cuyo cultivo estrella es la uva con la que se elaboran los vinos típicos de la tierra. 

No es de extrañar que haya quien hable de La Mola como “una isla dentro de una isla”, por sus rasgos diferenciales en cuanto a paisaje y a su fuerte personalidad. Y, por supuesto, la visita a este entorno culmina en el famoso Far de la Mola, situado a escasos kilómetros, cuando termina el asfalto y uno puede dejarse asombrar por las vistas hacia estos espectaculares acantilados, que fueron en el pasado inspiración para el inmortal Julio Verne quien ambientó su novela Héctor Servadac en Formentera. Es por ello que en este punto de la isla encontraremos un monolito en su honor.

…y vuelta

Tras tanta maravilla, iniciamos el camino de retorno recorriendo la PM-820 en sentido inverso, pero visitando ahora los rincones más interesantes de la costa norte. El primero de ellos es Es Caló de Sant Agustí, pequeña población de tradición pesquera con un peculiar puerto natural y restaurantes tradicionales. Son curiosos sus varaderos de madera cuya función es resguardar del agua salada las pequeñas embarcaciones. Y poco después, nos sorprenderemos al visitar lo que se conserva del Castellum de Can Blai, pequeña fortificación levantada en la etapa final del Imperio Romano. Fueron sus constructores quienes se dedicaron principalmente a sembrar trigo y llamaron Frumentaria (isla del trigo) a este pedazo de tierra, cuyo nombre actual deriva para algunos del latín.

Luego, llegados a Sant Ferrán, nos desviaremos a la derecha hacia el Parque Natural de Ses Salines. Antes, y por pista de tierra en buen estado, la visita a una de las cuatro torres de defensa de Formentera es una tentación muy poderosa: la Torre de Punta Prima. En breve espacio de tiempo, estaremos atravesando Es Pujols, que cuenta con una bonita playa de arena blanca y aguas turquesas, en forma de concha, jaspeada de diminutos islotes, pequeños tramos de roca y casetas varadero, rasgos de su antigua naturaleza pesquera. Aquí pueblo y naturaleza viven en total armonía gracias al estupendo paseo marítimo, perfecto para caminar mientras contemplamos el mar o decidimos en qué restaurante pasar la velada.

Seguimos introduciéndonos en el parque, mientras pedaleamos junto a las quietas aguas del Estany Pudent, realizando las primeras observaciones de las especies típicas de esta zona, como los flamencos, las cigüeñuelas y, en especial, una de las concentraciones de zampullines cuellinegros más importantes de Europa. Algunos años se cuentan por miles y observarlos un día de calma, con las aguas del lago como un espejo, resulta un espectáculo sorprendente.

Muy cerca, encontramos Ses Salines d’en Márroig, características por las tonalidades rosadas y violetas que presentan, sobre todo en verano. Para los formenterenses es un lugar emblemático, muy presente en la historia reciente de la isla, ligado a la actividad salinera. Se desconoce el momento en que se empezaron a explotar, pero es en el siglo XIII cuando se encuentran las primeras referencias escritas. En 1873 fueron adquiridas primero por el mallorquín Antoni Marroig y después por Salinera Española, sociedad que las explotó hasta 1984. Ses Salines aprovechan la existencia de S’Estany Pudent para disponer a su alrededor una canalización de agua del mar y alcanzar una mayor concentración salina. Fueron la única industria de la isla en la época pre-turística.

Y ya estamos adentrándonos en la Punta des Trucadors, una preciosa franja de arena que apunta a Ibiza a lo largo de tres kilómetros y en forma de pequeña península que se extiende hacia la isla d’Espalmador. Los fondos arenosos y las aguas sorprendentemente cristalinas de color turquesa intenso de la Platja de Llevant y la de Ses Illetes conceden a este enclave una especial importancia por su espectacular riqueza en praderas de posidonia oceánica, un alga marina que tiene múltiples funciones, incluyendo dar oxígeno y transparencia al agua, lo que hace de este un lugar perfecto para practicar submarinismo. Y además, los días de buen tiempo, en el momento de marea más baja, se puede cruzar caminando a la bellísima isla d’Espalmador, pues un estrecho de apenas 50 metros la separa.

La citada playa de Ses Illetes es probablemente el paisaje más representativo de la espectacular costa de Formentera. Su nombre hace referencia a varios islotes que se despliegan frente a esta costa y cuya presencia hace que el paisaje de esta playa sea más singular si cabe. A un paso, al otro lado de la lengua de tierra, la Platja de Llevant con su extenso sistema dunar, repleto de pasarelas para cruzarlo, y el pequeño bosque son los que se encargan de separar la playa de los estanques salineros, completando así este increíble entorno natural de alto valor ecológico.

La última playa antes de finalizar nuestra rápida visita a Formentera será la de Cavall d’en Borràs, un lugar menos popular que su vecina playa de Ses Illetes pero que, al igual que ella, guarda una belleza salvaje de aguas cristalinas y fina arena blanca que se entremezcla con la posidonia. 

Y finalmente, ya estamos de nuevo junto al Estany des Peix, una sorprendente laguna salada ideal para practicar deportes náuticos. Una barrera costera de 3,4 kilómetros de longitud separa esta cala del Mediterráneo, abierta al mar sólo por una pequeñísima entrada, llamada Sa Boca. Su litoral alberga varias calas muy pequeñas, utilizadas principalmente para amarrar pequeños barcos. 

Al caer el sol, te encantará la increíble gama de colores que se abrirá ante tus ojos, quizás contemplando absorto las bandadas de gaviotas y cormoranes difíciles de encontrar en otras costas de la isla. Seguro que sentirás pena por decir adiós a este mágico lugar, pero el ferry tiene su horario y si lo pierdes deberás buscar alojamiento improvisado. Aunque la vida nocturna única y colorida de Formentera, cuando las calles estrechas cobran vida y los bares y pequeños clubes llenan el aire nocturno de música y canciones, también constituirá un buen motivo para no abandonar “el último paraíso del Mediterráneo”.

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