Maite, maitea; Donostia, donostiarra
Se me antoja complicado plasmar en palabras lo que llevo dentro estos días. Lo intentaré en estas líneas dedicadas con cariño a los lectores del elDiario.es, pero vaya por delante que la emoción que me embarga resulta, literalmente, indescriptible.
Empezaré por el principio. Por apelar a ese sentimiento txuri-urdin que, más allá de lo que genera a nivel interno en cada seguidor, consigue un efecto de unidad nada despreciable entre tantas y tantas personas. Un sentimiento muy donostiarra, por cierto, que forma parte de la identidad de esta ciudad. Algo que llevamos dentro y que hemos heredado de nuestros antepasados, de ahí su poder y arraigo.
Las y los donostiarras vivimos esta ocasión que nos brinda el deporte con una alta dosis de orgullo. Porque la Real es algo más que fútbol. Es el orgullo de una ciudad. El orgullo de pertenecer a una comunidad. No acumulamos los éxitos de un Barcelona o un Real Madrid, pero tenemos una gran historia, la nuestra propia, protagonizada por nuestra gente, con nuestros valores: cantera, humildad, seriedad, exigencia, trabajo en equipo y ambición...
Afrontamos la final muy a la donostiarra, con humildad, pero con total confianza en nuestros valores. Ahí tenemos el espejo de nuestro capitán, Mikel Oyarzabal, quien sin decir una palabra más alta que la otra se está labrando un palmarés formidable, tanto en la Real como en la selección. Eso es nuestra Real: talento, trabajo diario, orgullo y humildad. Tenemos delante una plantilla con más presupuesto y con una mayor dimensión en cuanto a club y ciudad. Pero con nuestros recursos y nuestro tamaño, somos grandes. ¡Y vamos a por la Copa! Sin alardes, ni bravuconerías, ni fanfarronadas. A la donostiarra.
Pero volvamos a la unidad. Me emociona ver a tantos donostiarras unidos por una causa, como lo vimos en la fiesta de San Sebastián. Compartir y celebrar son verbos que las y los donostiarras sabemos conjugar con elegancia. Tener un deseo compartido resulta gratificante. Familias enteras y cuadrillas han viajado a Sevilla y se reúnen allí para compartir una ilusión. Otros muchos se darán cita en el punto de encuentro de Alderdieder. Esa convivencia me parece un tesoro. Igual que la fidelidad incondicional. Ya lo dice el himno realista: “beti beti, maite; maite, maitea; Donostia, donostiarra”. La Real siempre será querida aquí y siempre será donostiarra. Esta es una ocasión inmejorable para demostrarlo.
Hagámoslo como sabemos, desde la ejemplaridad que define a la afición txuri-urdin. Las y los donostiarras hemos demostrado que sabemos estar a la altura de esas grandes ocasiones en las que celebramos lo que somos. Sirva como ejemplo la tamborrada. Nos divertimos y festejamos lo que nos representa, sin meternos con nadie. Siempre desde el respeto y las buenas formas. La final de Copa es un gran escaparate para difundir esa imagen de afición sana y ejemplar que somos. Es la hora de honrar la dignidad que representaba Aitor Zabaleta. Es un día para dedicar a su familia y allegados una actuación conjunta impecable de equipo y afición.
También es momento de reivindicar que la celebración no está reñida con la sensatez. La Real ha llegado lejos en esta competición, nos ha regalado este momento estelar de poder vivir una final, y las y los donostiarras vamos a estar animando al equipo, a las buenas y a las malas. En Sevilla y en Donostia. Pero somos conscientes de que una final de Copa no soluciona las necesidades y los problemas del día a día. Los servidores públicos no debemos despistarnos de nuestras tareas y no podemos permitírnoslo. Afrontamos este hito histórico con serenidad y sin despegarnos de la realidad del día a día. El donostiarra puede estar seguro de que estamos ocupándonos de los asuntos cotidianos y de los grandes desafíos de futuro.
Pero también invito a toda la ciudadanía a permitirse una alegría y a brindar por los colores que nos unen. Como lo hicieron nuestros padres y abuelos, como lo harán nuestros hijos y nietos. El sentimiento txuri-urdin se transmite de generación en generación y el fútbol le debe una a la nuestra. A la que pertenezco. A los que no fuimos testigos de la gesta de los Arconada, Lopez Ufarte, Satrustegi, Zamora y demás en 1987. A esa generación a la que la pandemia impidió ir a Sevilla en 2021 y que se tuvo que conformar con celebrar en la intimidad de su casa la consecución de la tercera Copa de la historia de la Real en medio de un toque de queda que instauró el silencio sepulcral en nuestras calles, sólo roto por un gran estallido de alegría aquel 3 de abril, cuando Mikel Oyarzabal marcó en el minuto 63 el penalti que volvería a hacer campeona a la Real.
Afrontamos este hito histórico con serenidad y sin despegarnos de la realidad del día a día. El donostiarra puede estar seguro de que estamos ocupándonos de los asuntos cotidianos y de los grandes desafíos de futuro
No me quiero olvidar de que para entonces ya habíamos experimentado lo que era vivir la consecución de un título, gracias al equipo femenino, que logró su primera Copa en 2019 en Granada, y que pudimos celebrar de forma multitudinaria en Alderdieder, con las jugadoras saliendo a los balcones principales del Ayuntamiento.
Sin embargo, creo que el fútbol sigue debiendo una a una generación que tocó una liga con las manos en 2003, que ha disfrutado con la Champions y la Europa League, pero que también ha conocido el infierno que supone vivir un descenso a Segunda División y lo complicado que es regresar a Primera.
El fútbol nos debía una y, por fin, ha llegado. Eskerrik asko Real por la ilusión que habéis generado en miles de personas. Eskerrik asko afición por ser un ejemplo de unión, deportividad y saber estar, en las buenas y en las malas. Eskerrik asko fútbol, por haber premiado el tesón de equipo y afición. Es momento de escribir otro gran capítulo de nuestra historia. Goazen Reala! Goazen Txapeldun!
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