Un Celedón sobrevolando Nueva York semanas antes del 11S: un libro recoge la historia de los carteles festivos de Vitoria
En agosto de 2001, hace ahora un cuarto de siglo, las fiestas de La Blanca de Vitoria lucieron uno de los carteles más conocidos en más de un siglo de historia de estas ilustraciones. El artista Mintxo Cemillán (Madrid, 1961) convirtió la capital vasca en Nueva York y coló sus edificios más característicos, como la iglesia de San Miguel y hasta El Corte Inglés, junto con los rascacielos de Manhattan. La Florida pasó a ser Central Park y, del cielo, bajaba Celedón, no aviones de Newark o del JFK.
La casualidad quiso que, apenas unas pocas semanas después, el 11 de septiembre, se produjeran los atentados con aviones en el World Trade Center neoyorquino. “Podría decir que fue premonitorio, pero en realidad fue una puta casualidad. Me llamaron, me encargaron el cartel, hice lo que quise y lo aceptaron. Quise dar una visión de Vitoria más cosmopolita... y se me ocurrió mezclarla con Nueva York. Aunque Vitoria es una ciudad mediana, provinciana, industrial y ciertamente un poco conservadora, también tiene su imaginación. Quise hacer ver que es una ciudad con sueños, como Nueva York”, cuenta sobre el cartel Cemillán al otro lado del teléfono. “Para conspiranoicos, sería fantástico”, bromea sobre la coincidencia.
Esta imagen es una de las decenas recopiladas en el libro 'La fiesta ilustrada: carteles de fiestas de Vitoria (1879-2025)', de Rafael Resines. A la reciente publicación, que ha llegado a tiempo para La Blanca y que, según el autor, está siendo bien recibida por el público, se suma una exposición en la fundación Sancho El Sabio y otra en la calle, en pleno 'Central Park', junto a La Florida. Allí se pueden ver algunas de las ilustraciones y, desde luego, también la de 2001.
Resines es el autor del cartel de 2005 y es también historiador del arte y archivero de Sancho El Sabio, según explica. Ahora, desde su pasión por “la parte visual de las fiestas”, ha elaborado una publicación que muestra no solamente una evolución artística sino la propia de la ciudad y de su historia.
A su juicio, es el cartel de 1916 “el que lo cambia todo”. “Es un vitoriano haciendo carteles para vitorianos”, cuenta sobre la obra de Adrián Aldekoa (otros años posteriores firmaba con 'c' y no con 'k') impresa en una fábrica de chocolates, Ezquerra. Antes, hay carteles de finales del siglo XIX que muestran paradas militares, por ejemplo. Después, en 1923, con el gigante traganiños Gargantúa como nueva atracción de aquella edición, está la imagen que hace las veces de portada del libro. En la II República, la Virgen Blanca y lo religioso desaparecen y dejan paso a un escudo de Vitoria sin corona monárquica. En 1936, con la Guerra Civil recién iniciada y la ciudad ya tomada por los golpistas, el anuncio fue simple, sencillo, muy centrado en los toros.
El autor añade que la dictadura fueron años de “blusas y toros”, aunque con escenas que han pasado a la historia como la de 1948 de Obdulio López de Uralde, reproduciendo estampas taurinas de otro siglo en pleno Ayuntamiento, o la de 1963 de Víctor Armentia, con un personaje mitad Celedón y mitad torero. En 1977, ya fallecido Francisco Franco, se hizo la primera versión en euskera del cartel. El primero totalmente bilingüe, en cambio, es el de 1978. Es, además, una representación de Celedón reconvertido en el tradicional 'lauburu' vasco. Era un cambio total de época. En 2007 se hizo una edición especial por el medio siglo de la creación de Celedón con las figuras de los cuatro blusas que lo habían encarnado hasta entonces. En 2020 y 2021 la pandemia hizo que no hubiera La Blanca... y tampoco anuncios.
La primera mujer llegó en 1961, Raquel Ascasibar, aunque en un trabajo conjunto con hombres. En solitario, hubo que esperar casi hasta el nuevo milenio, con Lourdes Domínguez en 2000. Después, la elección ha sido más paritaria. Este 2026, por ejemplo, la autora ha sido Anne Baskaran, vitoriana de 30 años. “Es evidente que ha habido un recorrido desigual y que durante mucho tiempo las mujeres han estado infrarrepresentadas. Ver cómo poco a poco esa presencia se normaliza es algo positivo, pero también nos recuerda que el reconocimiento no siempre ha sido equitativo. Personalmente, lo vivo con naturalidad pero también con conciencia: cada paso que damos hoy es fruto de muchas que estuvieron antes, aunque no siempre fueran visibles. Creo que lo importante es seguir avanzando hacia un contexto donde el género no sea una excepción ni una etiqueta, sino simplemente una circunstancia más dentro de la diversidad de miradas”, opina la ganadora del concurso de estas fiestas.
Y agrega: “Para mí es un honor formar parte de una lista con tanta trayectoria, pero también una responsabilidad. Sabes que no llegas en un vacío, sino que te sumas a una historia colectiva construida por muchas miradas antes que la tuya. En ese sentido, lo vivo como una oportunidad para aportar mi propia voz, mi sensibilidad y mi forma de entender la imagen, dialogando con todo lo que ya existe. Me siento muy afortunada de ser parte de la historia de carteles de Vitoria-Gasteiz”.
¿Y los carteles de fiestas tienen futuro? “Tanto aquí como en otras ciudades como Pamplona es algo que está intrínsecamente ligado a las fiestas. Creo que no va a morir, aunque habrá que darle una vuelta. ¿La inteligencia artificial? Está prohibida. A mí no me gusta, pero me da la sensación de que es como ponerle puertas al campo. Hay gente que lo defiende, que dice que es como si en la década de 1990 se hubiese prohibido el Photoshop”, sostiene Resines.
Baskaran asume que “el cartel ha cambiado mucho en su forma”, pero que pervive “su esencia”. “Antes era un soporte físico, muy ligado al espacio público y a la impresión; hoy convive con lo digital y se expande a redes, pantallas y múltiples formatos. [...] Creo que el hecho de que se sigan manteniendo carteles físicos es casi un lujo. Ojalá no se pierda nunca eso: es algo muy bonito ver las calles llenas de imágenes distintas, que forman parte del paisaje cotidiano y de la memoria colectiva. Quizá ahora el reto es mayor, porque competimos con un flujo constante de imágenes, pero precisamente por eso el cartel sigue siendo un formato muy potente”, sostiene.