La historia de Pedro Arrupe, el jesuita vasco que salvó decenas de vidas en Hiroshima tras la bomba atómica
El jesuita Pedro Arrupe (Bilbao, 1907-Roma, 1991) estaba destinado en Hiroshima, en Japón, el 6 de agosto de 1945 cuando el 'Enola Gay' estadounidense arrojó la primera bomba atómica de la historia de la humanidad, que mató en el acto a unas 70.000 personas, casi el equivalente a la población total de una ciudad como Getxo. Arrupe no sólo fue testigo del “lago de fuego” que dejó la detonación sino que, aprovechando sus conocimientos médicos, se puso manos a la obra y salvó la vida a decenas de personas en el noviciado de Nagatsuka, emplazado en una loma a unos seis kilómetros del “hipocentro” de la bomba y reconvertido en sanatorio. También tuvo que quemar decenas de cadáveres, montañas de ellos, para evitar la propagación de infecciones.
Es una historia poco conocida en la tierra natal de quien, años después, fuera máximo responsable o “prepósito general” de la Compañía de Jesús, una influyente rama de la Iglesia católica. Ahora ha sido rescatada en una película que se ha estrenado este miércoles en el Zinemaldia de Donostia. Yo viví la bomba atómica, de la directora Maite Ibáñez, es un documental de 90 minutos principalmente en castellano, pero con testimonios igualmente en japonés o en euskera. Fue rodado en buena medida en Japón en el verano de 2025, coincidiendo con el octogésimo aniversario de la bomba atómica. Algunos de los que participan, ya centenarios, son españoles que siguen en el país y fueron colaboradores de Arrupe. Incluye fragmentos de reconstrucción de la catástrofe realizados con inteligencia artificial —así aparece indicado en pantalla— si no existen imágenes antiguas reales de archivo.
Cuenta Ibáñez que un compañero de trabajo se propuso hacer el camino ignaciano, una alternativa al de Santiago para seguir los pasos de San Ignacio de Loyola. Y, “para amenizar el trayecto”, se compró una biografía de Arrupe. Allí conoció su estancia en Japón y su papel tras la masacre de Hiroshima. “Y, como se iba a celebrar el ochenta aniversario, teníamos el contexto de oportunidad”, expone la directora sobre cómo surgió la idea. Antes de dedicarse al mundo audiovisual, donde ha hecho otros trabajos sobre víctimas y derechos humanos, Ibáñez era historiadora y arqueóloga.
“Era la última oportunidad. Ochenta años después es gente ya muy mayor. Si tienen conciencia de algo, de noventa no bajan”, razona. Y así empezaron a buscar testimonios entre supervivientes de Hiroshima. El japonés tiene una palabra para definirlos, 被çè o 'hibakusha'. Igualmente, se interesaron por posibles colaboradores de la misión de evangelización de Arrupe en aquellas tierras lejanas.
Y se toparon con la nonagenaria Fumiko Kato, una niña en 1945 que fue al noviciado desesperada a por algo de comida y que acabó quedándose a ayudar a atender a los heridos como buenamente pudo. Después, terminó bautizada por el propio sacerdote y profesando la fe católica. Y dieron también con Luis Cangas y Alberto Álvarez, religiosos nacidos en 1925 y 1923, respectivamente. Llegaron a Japón de adolescentes y siguen completando allí su vida. Ambos mantienen una mente muy lúcida. Y un descendiente de 'hibakusha' también conserva un carro que se usó en el noviciado en aquellos momentos.
El documental tiene como 'protagonista' a la profesora de la Universidad de Deusto Leyre Arrieta. Doctora en historia contemporánea, bromea que trabaja desde hace años en el campus de Donostia en un edificio llamado Arrupe y que, desde luego, no conocía en profundidad su figura antes de embarcarse en este proyecto. Al menos no conocía la parte relacionada con la II Guerra Mundial. Valiéndose como guía del libro Yo viví la bomba atómica del propio Arrupe, la historia muestra cómo Arrieta viaja de Deusto a Japón para seguir sus pasos y ella es quien va entrevistando a los supervivientes, muchos de ellos en sus casas. Hay imágenes rodadas también en el propio noviciado.
Ibáñez guarda con cariño el recuerdo “increíble” de la estancia en Japón, aunque fueron “quince días con temperaturas de 40 grados” y “un rodaje muy duro”. Menciona que muchas entrevistas se han quedado fuera del metraje. Cita como frase que se le ha quedado grabada la de Kato, que les aseguró que no quería morir porque quedaba mucha gente a la que no le había podido contar aún el horror de Hiroshima. Para muchos es el sentido último de sus vidas: que no caiga en el olvido. Además, a las 72 horas, Estados Unidos repitió masacre en Nagasaki.
Mas, ¿qué hacía un sacerdote vasco en Japón en aquellos años? En la época, Japón formaba parte del eje nazi-fascista capitaneado por Adolf Hitler en Alemania y Benito Mussolini en Italia. Por eso, los intercambios de todo tipo entre esos países eran corrientes. Y España formaba parte del club. Para los jesuitas, además, seguir los pasos evangelizadores de San Francisco Javier en Japón era una misión muy atractiva. Ahora mismo, solamente el 0,3% se declaran seguidores de esa religión en un país de más de 120 millones de habitantes.
No hay indicios de que Arrupe fuera, ni mucho menos, sospechoso de colaboracionista del régimen totalitario japonés. Es más, al día siguiente del ataque de Pearl Harbor, en el que las fuerzas japonesas atacaron una base naval estadounidense en Hawái con más de 2.000 víctimas mortales directas, el religioso fue arrestado. Era diciembre de 1941. La Policía del régimen llevaba tiempo haciendo informes sobre sus actividades y, al encontrarle cartas en variados idiomas (castellano, italiano, latín, alemán o inglés, entre otros), lo encerraron durante unas semanas acusado de espionaje. Pasó la Navidad bajo siete llaves, como él contó en sus memorias. Lo interrogaron creyendo que podía ser un informador. Antes de Japón, estuvo en Estados Unidos. Finalmente, fue puesto en libertad sin cargos.
Esto sucedió en Yamaguchi, que tiene un templo católico consagrado a San Francisco Javier. Es una ciudad hermanada con Pamplona, donde hay un parque con ese nombre. En 1942, Arrupe fue trasladado al noviciado de Nagatsuka, en el cual tenía la labor principal de formar nuevas vocaciones. Es allí donde se le paró el reloj a las 8.15 horas del 6 de agosto de 1945.
En el libro, se recoge así el momento: “Sobre la colina de Nagatsuka, clavado en el suelo y mudo de espanto, Pedro Arrupe contemplaba aquel inexplicable apocalipsis. [...] Sí, habían oído hablar de armas secretas, sobre todo antes de la derrota alemana, pero siempre se comentaba que no pasaban de ser mera propaganda. Ahora estaba allí, ante el espectáculo de la destrucción más feroz del hombre por el hombre. '¡Hay que ir a la ciudad! ¡Hay que hacer algo!'”.
Y, sí, hizo algo. En el documental se cuenta que, en su juventud, estudió Medicina en Madrid con Severo Ochoa antes de abrazar la fe. El profesor de ambos fue Juan Negrín, el último presidente del Gobierno republicano antes de la conquista total por parte de los golpistas franquistas en 1939. Éste es un dato biográfico trascendental para entender su actuación en 1945, donde tuvo que improvisar técnicas y cuidados desde sus conocimientos.
El 6 de agosto de 1945, después de la explosión, Arrupe y sus colaboradores esperaron un par de horas en la colina, observando la destrucción, para adentrarse después en la ciudad e intentar auxiliar a quien lo requiriese en la medida de lo posible. Se describe a personas buscando beber agua de un río lleno de cadáveres, a los que tenían que apartar. Y montañas y montañas de cuerpos. En el mejor de los casos, lo que pasaban eran “momias ambulantes” vagando por las calles. Los edificios estaban en llamas o directamente desaparecidos.
El noviciado, aunque con algunos daños, se mantuvo en pie y se convirtió en un hospital improvisado, con la mesa de la cocina como quirófano de campaña. Se hizo acopio de medicinas y víveres y se estima que unas 150 o 200 personas pudieron salvar la vida en los días siguientes a la deflagración. Murieron muchas, sí, pero algunos pudieron vivir para contarlo. “Queríamos mostrar todo eso tal y como él lo vio”, explica la directora. Asume que hay imágenes “duras”. Incluso que las recreaciones con inteligencia artificial son bastante explícitas. “Pero esto no se puede tapar. Hay que mostrarlo con toda la crudeza”, argumenta. Las entrevistas en cámara, eso sí, no incluyen preguntas sobre qué piensan los japoneses de Estados Unidos. “Es mejor. Nos sorprenderían las respuestas”, deja en el aire Ibáñez.
El estreno de esta cinta ha tenido lugar este miércoles en Donostia, en los Cines Príncipe. Habrá otros dos pases de aquí al final del certamen, en los Trueba y Antiguo Berri. Es una película incardinada en la sección Zinemira, la consagrada al cine vasco. La película, que tiene detrás a la productora New Servicing Media Euskadi, se proyectará igualmente en el Zinebi de Bilbao y se estrenará en cines al menos en Vitoria, Bilbao, Donostia, Pamplona, Madrid y Barcelona, aunque el sueño de sus creadores es que pueda verse también en Tokio y en la propia Hiroshima.