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El Gran Teatro de Cáceres: ¿Quién nos ha robado la escena?

Nuria Espert, en el Gran Teatro de Cáceres, en La Isla del Aire
31 de marzo de 2026 12:44 h

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Lo que es evidente es que el Gran Teatro vive una crisis silenciosa que está empobreciendo la vida cultural de la ciudad. Uno de los momentos más intensos de la última temporada fue la llegada de José Sacristán con Señora de rojo sobre fondo gris. Más allá del prestigio del actor o del texto de Delibes, lo que aquella noche devolvió a Cáceres fue la sensación de estar ante un teatro vivo, capaz de convocar emoción y pensamiento.

Sacristán ofreció una interpretación llena de matices y silencios, sostenida por esa ternura lúcida —la misma que Alfredo Sanzol ha convertido en seña de identidad— que permite mirar el dolor sin estridencias y encontrar humanidad incluso en la grieta. Fue una de esas veladas en las que el teatro se vuelve íntimo, casi respirable. Y, precisamente por eso, dolió comprobar hasta qué punto lo excepcional ha sustituido lo que antes era habitual.

El Gran Teatro no es un edificio cualquiera: es el principal escenario de la provincia y un referente histórico de Extremadura. Pero desde hace tres años, su programación parece haber entrado en una fase de amnesia. Lo que antes era una cita fija en el calendario cultural de muchos cacereños y cacereñas se ha convertido en una rareza.

Quienes antes encontraban en la butaca un hábito, un refugio o un punto de encuentro, hoy miran hacia Madrid con resignación, asumiendo un exilio cultural que cuesta tiempo, dinero y energía. No es una percepción subjetiva, ojo, basta revisar la hemeroteca para comprobar que lo que hoy se vive como excepción fue durante años la norma.

Cuando Cáceres formaba parte del mapa teatral

No hace tanto, Cáceres estaba integrada en el circuito teatral de grandes producciones nacionales. Obras de enorme relevancia artística recalaban aquí con naturalidad: desde piezas conmovedoras como Una noche sin luna, con Juan Diego Botto, hasta montajes de gran envergadura como Incendios, La isla del aire, El funeral, Adictos, Bodas de sangre o La casa de Bernarda Alba dirigida por José Carlos Plaza con un reparto excepcional.

No eran “eventos extraordinarios”, era una programación con criterio, ambición y mirada. El público cacereño podía ver teatro de primer nivel a precios accesibles, sin necesidad de cruzar el túnel de Guadarrama ni asumir entradas prohibitivas. Aquello generaba algo más que entretenimiento: generaba una necesaria pertenencia.

El teatro como tejido social

La pérdida de ambición no solo afecta a la cartelera: afecta a la ciudad. El teatro era un punto de encuentro, un lugar donde se tejían vínculos que no nacían en una cena ni en un bar, sino en la platea. Muchas de nosotras tenemos ese “amigo de teatro” con quien compartíamos función y debate. Al desaparecer la oferta que alimentaba esas conversaciones, también se han debilitado esos lazos.

Pienso en personas como mi amiga Pilar, ya nonagenaria, para quien una entrada que le regalé hace unos años fue “el mejor regalo de su vida”. Para ella —y para tantos— el Gran Teatro era una ventana al mundo, casi el único. Hoy esa ventana apenas se entreabre.

¿Qué ha pasado?

La música y el humor llenan por inercia los espacios culturales, pero el teatro de texto, el que exige riesgo, negociación y apuesta, hay que ir a buscarlo. Requiere gestión, voluntad y una programación que no se conforme con lo fácil. Defender el teatro extremeño y a las promotoras locales es imprescindible, pero no puede convertirse en excusa para renunciar a lo nacional e internacional. Antes convivían a la perfección ambos mundos; ahora la desidia o la ignorancia ha reducido esa convivencia a la mínima expresión.

Sin embargo, conviene decirlo sin rodeos: la cultura no se sostiene con inercias ni con programaciones de mínimos.

El Gran Teatro no puede resignarse a ser un contenedor de nombres propios. Cáceres merece recuperar el privilegio de que, cuando se levanta el telón en la calle San Antón, lo que aparece en escena sea lo mejor que ofrece el país. Esta ciudad sabe distinguir perfectamente cuándo le están dando arte y cuándo le están dando largas.

La cultura como acto de ciudadanía

La cultura no es un adorno ni un lujo: es una forma de ciudadanía, de idiosincrasia, de vivir las vidas. Un teatro vivo no solo entretiene; educa, conmueve, cuestiona, une. Es un espejo donde una comunidad se reconoce y un laboratorio donde imagina quién quiere ser. Cuando un teatro se deja en penumbras, no se apaga solo un escenario: se apaga una parte de la ciudad y con ella sus habitantes.

Por eso defender una programación ambiciosa no es un capricho, sino un acto de responsabilidad colectiva y más en estos momentos en los que aspiramos a ser Capital Europea de la Cultura. Cáceres merece volver a levantar el telón con riesgo, con belleza, con exigencias. Merece volver a sentir que el arte sucede aquí, no en otra parte. Merece tener la posibilidad de desentrañar con curiosidad y deseo todas las capas que conforman nuestra existencia. Merece poder volver a mirarse.

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