La “izquierda rupturista” que se ensayó por primera vez en 2012 con la alianza de Beiras y Yolanda Díaz se apaga también en Galicia

El propio Pablo Iglesias lo ha confesado alguna vez: la idea para constituir Podemos fue tomando forma mientras asesoraba a Esquerda Unida en la campaña para las elecciones gallegas de 2012. Esta formación, entonces encabezada por Yolanda Díaz, acababa de firmar un inédito pacto con el nacionalista Xosé Manuel Beiras y su organización Anova. Aquella entente, bautizada Alternativa Galega de Esquerda, estalló electoralmente con nueve escaños. En el fragor de la crisis del neoliberalismo, fue el primero de una serie de ensayos, convulsos y a veces contradictorios, de unión de fuerzas de izquierdas y soberanistas. Con los 50.000 votos y ningún escaño que ayer obtuvo Galicia en Común, el experimento del llamado rupturismo parece alcanzar su estación término.

Esta última versión de la confluencia integró a Podemos, Esquerda Unida, una demediada Anova y algunas mareas municipalistas, mayormente apeadas del poder. Era la parte del león de la finiquitada En Marea, cuyo paso de cuatro años por el Parlamento de Galicia gallego se dirimió en constantes tensiones intestinas y la escisión final de su grupo parlamentario en enero de 2019. Diferentes intensidades en el eje izquierda derecha y sobre la cuestión nacional le impidieron fraguar. Lo que en 2016 significó 14 diputados, 271.000 votos y el liderato de la oposición, cuatro años más tarde es extraparlamentario. En dirección opuesta, el BNG –que el propio Beiras lideró entre 1985 y 2005– pasó de 6 a 19 asientos. La Cámara gallega vuelve al mismo tripartidismo en el que vivió entre 1993 y 2012 –con la excepción de dos escaños para Esquerda de Galicia, integrada en las listas del PSOE en el 97: PP, Bloque y PSdeG-PSOE. Las turbulencias que agitaron las aguas políticas gallegas en la última década parecen ahora estabilizadas.

Pero comprender la dimensión del descalabro de Galicia en Común requiere tener en cuenta una amplia sintomatología. “Este resultado es perfectamente explicable”, relata una persona presente en prácticamente todas las fases de estas alianzas, “el trabajo parlamentario fue desastroso, y se hizo una gestión irresponsable de los conflictos en el grupo parlamentario”. Tras años de luchas internas, la coalición se plantó en el inicio de 2020, a dos meses de las elecciones convocadas para el 5 de abril, sin candidato a la Xunta. Antón Gómez-Reino, diputado en el Congreso por A Coruña, asumió el papel, apoyado por Pablo Iglesias, de quien es íntimo. Pandemia de por medio, su campaña no acabó de arrancar. “Lo hicimos muy bien en el Gobierno y lo haremos igual en la Xunta' y 'Yolanda ministra'. Con esos mensajes, que Gómez-Reino repitió una y otra vez, no se puede ir a unas elecciones en Galicia”, opina un militante de la pata nacionalista de Galicia en Común. La apuesta personal de Iglesias en los primeros comicios que afrontó Podemos desde su entrada en el Gobierno central no ha salido airosa.

Algunos intérpretes de la noche electoral gallega cifraban su clave precisamente en esta cuestión: le fue mal a quien habló demasiado de política estatal –socialistas y comunes– y le fue bien a quien, táctica o estratégicamente, se centro en Galicia –BNG y PP de Feijóo. Ni la presencia del vicepresidente Pablo Iglesias en un acto en Vigo ni la ubicuidad de la ministra de Trabajo Yolanda Díaz en la última semana consiguieron invertir la tendencia. Tampoco Xosé Manuel Beiras, que apenas participó y solo con candidatos de Anova. En todo caso, ningún sondeo detectó la profundidad real de la sima. Dos o tres escaños eran las previsiones publicadas más pesimistas. “Las encuestas no sirven. Desde el Brexit no aciertan casi nada”, señala un miembro del municipalismo que respaldó la candidatura, quien recuerda, con el Bloque como modelo, “lo importante que es una militancia capilarizada y una buena campaña. La televisión no lo decide todo”.

Las tentativas electorales de la “izquierda rupturista” apenas se preocuparon por asentar redes de militantes, más allá de las que aportaban los partidos coaligados. “El efecto bola de nieve del BNG nos arrasó”, señala un afiliado de Anova, “y nosostros no tenemos organización para aguantar”. La formación nacionalista fundada por Beiras llegó a contar con la alcaldía de Santiago y dos diputados en la En Marea del Congreso que tocó, en las generales de diciembre de 2015, el techo de todos estos experimentos: 410.000 votos, 6 parlamentarios y dos senadores. Más allá de la gestión concreta de los resultados, voces de este espacio político arguyen que, en todo caso, la ciudadanía gallega respondía a una oferta política de alianza entre soberanismo y federalismo y con un dicurso frontal contra el neoliberalismo.

La debacle de ayer parece haber puesto final a todo un ciclo. En 2018, cinco escaños del Congreso pertenecían a En Marea. Había alcaldes afines en A Coruña –Xulio Ferreiro, de la Marea Atlántica–, Ferrol –Jorge Suárez, de Ferrol en Común– y Santiago de Compostela –Martiño Noriega, de Compostela Aberta– y una miríada de agrupaciones repartidas por toda Galicia. También se encontraban al frente de la oposición parlamentaria a Núñez Feijóo en la legislatura que acabó ayer. A 13 de julio, sobreviven algunos grupos municipalistas dispersos y dos diputados en Madrid. Una es Yolanda Díaz. El otro, Gómez-Reino, que todavía no ha aclarado su futuro político. Galicia en Común no compareció este lunes para ofrecer una valoración más sosegada de los resultados. Fue la única de las principales organizaciones concurrentes que no lo hizo. Requerido por elDiario.es, Xosé Manuel Beiras tampoco quiso dar su opinión. “Yo ya estoy fuera del sistema”, aseguró.