Vivir en una tienda de campaña con un trabajo de diez horas al día en Ibiza: “Volveré a Cádiz, la isla no funciona”
Desde la planta donde se concentran los despachos de los directivos que gestionan el día a día del Àrea de Salut d’Eivissa i Formentera se ven puntos naranjas, azules y grises. Son los colores de las tiendas de campaña que se han plantado en un terreno que linda con el Hospital Can Misses. Desde principios de mayo hay decenas de infraviviendas –también barracas alzadas con madera y pladur– en una lengua de tierra situada entre el complejo hospitalario y el segundo cinturón que circunvala la capital ibicenca. Suelo público que pertenece al Ajuntament d’Eivissa. Hace años, el Consistorio firmó un convenio con el Ib-Salut –el servicio sanitario de las Illes Balears– para cederle el uso de una parcela que permaneció vacía durante un largo período. Ahora hace falta. ¿La razón? Las obras que durante dos años trasladarán el trabajo de un centro de salud hasta el hospital público.
Es Viver es uno de los tres centros de salud situados en Vila, el topónimo popular del municipio de Eivissa, el más poblado de la isla: 56.000 habitantes. Para absorber el gran flujo de pacientes –al menos, 25.000 tarjetas sanitarias– que se moverán hasta Can Misses, la gerencia de la sanidad pitiusa tiene previsto ubicar un aparcamiento en el terreno municipal. No bastará con desbrozar esa hectárea y media repleta de pinos y matorrales de sabinas, aplanar el firme, volcar unos camiones de grava. Los puntos naranjas, azules y grises que colorean la maleza confirman que la finca se ha convertido en un refugio. De personas sin hogar. También será necesario desahuciarlas.
La vida en una tienda de campaña
Lo primero que hizo A. al pisar Eivissa fue acercarse al Decathlon a comprar una tienda de campaña. Es, según la descripción que se lee en la web del centro comercial, una carpa plegable con un habitáculo pensado para que seis personas se repartan sus seis metros cuadrados. Por poco más de cien euros, confort en la naturaleza en caso de acampada, otro cuento si la tienda es un hogar: 1,75 metros de altura que permiten estar de pie, ocho kilos de peso que se pueden transportar con facilidad, suelo anti insectos, ventanas y puertas con mosquitera, lonas impermeabilizadas.
Por si acaso, A. ha colocado una capa extra –moteada con manchas de vaca lechera– sobre el único techo que podía permitirse. Él no tenía ni los contactos ni los materiales para construirse una barraca de madera que se apoyara en el tronco y las ramas de un algarrobo. Así lo han hecho algunos de sus vecinos. Ahora, A. tendrá que fiarse de la resistencia que asegura el fabricante –aguanta hasta 50 kilómetros por hora– y cruzar los dedos cuando el helicóptero del hospital vuele bajo en sus despegues y aterrizajes. Buscar un alquiler no es una opción.
A. es saharaui. Pasó tres veranos en Andalucía porque era uno de los niños apadrinados en vacaciones por una familia española. Después se mudó a la isla, donde compró en Decathlon una tienda de campaña por poco más de 100 euros al no poder hacer frente al alquiler. Tiene que confiar en que resista los vuelos del helicóptero del hospital
Aunque disponga de permiso de residencia por ser propietario de un carné de apátrida, A. no podría firmar un contrato. Los ingresos no le alcanzan:
–Cuando vi los precios de las habitaciones me di cuenta de que tenía que ganar mucho, muchísimo dinero, para pagarme una habitación y que me quedaran más de mil euros para pasar el resto del mes. Por eso me vine aquí con la tienda de campaña… y me encontré a otras personas que me dijeron que antes vivían en otros terrenos que están muy cerca, pero que llegó la policía y los echaron. Algunos son paisanos míos.
A. es saharaui. Nació en Dakhla, una ciudad fundada por los españoles en 1884 con el nombre de Villa Cisneros para que fuera la capital de la colonia y uno de sus principales puertos pesqueros. Hoy es territorio bajo dominio marroquí. A., que tiene veintinueve años, lo abandonó “hace tres”. Para emigrar a Andalucía, una tierra que conoce bien porque él fue, según cuenta, uno de los niños apadrinados en vacaciones por una familia española. “Estuve tres veranos en Sevilla, mantenemos el contacto, esas personas son como mi padre y mi madre… pero antes de venir a estas islas, mi pueblo era San Fernando”, explica en un castellano más que fluido donde el deje gaditano es innegable.
Estuve tres veranos en Sevilla, mantenemos el contacto, esas personas son como mi padre y mi madre… pero antes de venir a estas islas, mi pueblo era San Fernando
El problema crónico del chabolismo ibicenco
Es un efecto Guadiana: desaparece una villa miseria, surge otra villa miseria en el espacio libre que quede más próximo. Sin opciones realistas de vivienda en un mercado necrosado por precios que doblan la media nacional, el barraquismo y los campamentos de caravanas y furgonetas llevan años esparciéndose a la vista de todo el mundo. El poblado en el que vive A. –por ejemplo– creció cuando se desahuciaron a principios y finales de abril dos campamentos que estaban sólo unos pocos metros.
“Como norma general ante un desalojo mantenemos un dispositivo especial de vigilancia permanente en zonas calientes susceptibles de que se instalen en ellas. Si detectamos que se hace un acopio de materiales para presuntamente construir casetas o infraviviendas se retiran. Y hay presencia policial constante. Es lo que se puede hacer. Eso, e instar a los propietarios de terrenos a que los vallen”, insisten desde el Ajuntament d’Eivissa, gobernado con mayoría absoluta por el Partido Popular.
Cercar la finca fue lo que hizo el Ib-Salut días después de la okupación. El perímetro no se cerró del todo porque las chabolas ya habían aparecido, se dejó un hueco para que sus habitantes pudieran entrar y salir. El vallado “no ha tenido nada que ver” con la aparición de las chabolas, sino “con los preparativos para convertir la zona en aparcamiento”, explican desde el Àrea de Salut d’Eivissa i Formentera. ¿Se podrá hacer esa reconversión si el solar está habitado? En casos similares y cercanos –en el tiempo y en el espacio–, los propietarios han tenido que esperar hasta un año y dos meses para conseguir la orden judicial que autorice a desahuciar un terreno lleno de barracas.
Para iniciar el proceso, es necesario presentar una demanda en los juzgados. Ni el Ajuntament d’Eivissa ni el Ib-Salut lo han hecho todavía. Desde el equipo de gobierno entienden que debe ser la gerencia del hospital quien mueva ficha al tener la cesión de uso. Desde Can Misses responden que “los servicios jurídicos están valorando cómo proceder”. Dos especialistas en derecho urbanístico consultados por elDiario.es coinciden en que el proceso judicial podría iniciarlo tanto el Consistorio como la gerencia del hospital.
La recalificación del terreno okupado
Entre medias, la política sigue su curso, dilata los tempos. En marzo, antes de que los otros dos desahucios crearan el nuevo poblado, el pleno de Vila acordó dejar en manos del Institut Balear de l’Habitatge (IBAVI) el mismo terreno que tiene cedido al Ib-Salut. Objetivo: construir doscientas VPO destinadas a funcionarios. Para ello, el PP, con el apoyo de PSOE, Vox y Unides Podem –toda la oposición–, recalificó la parcela para que pueda urbanizarse en un futuro cercano. La condición es que la vivienda barata para trabajadores públicos se construya en un plazo máximo de cinco años. Desde la Conselleria d’Habitatge aseguran que “se está tramitando la cesión del solar” al IBAVI desde el Ib-Salut. Pero, antes, el organismo sanitario tendría que conseguir el desalojo del terreno y habilitar un aparcamiento. El posible retraso del traslado del centro de salud Es Viver a Can Misses podría conceder algo de margen.
Fuentes sanitarias que prefieren no identificarse cuentan que la fecha de la mudanza al hospital “se ha cambiado varias veces” y no tiene visos de empezar “hasta finales de año”. Debía ocurrir durante el segundo semestre de 2026, como consta en la página web de la Conselleria de Salut. Al cierre de esta edición, la Conselleria de Salud, que dirige la popular Manuela García Romero –de oficio, anestesióloga–, no había respondido a la pregunta de si las obras del nuevo centro de salud comenzarían en los plazos estimados. Si fuera así, la necesidad de un aparcamiento extra para agilizar el tráfico en un barrio –dos colegios próximos al hospital, instalaciones deportivas, salida del casco urbano– que se colapsa de vehículos en las horas punta no sería tan urgente.
Ahora, quien aparca en un descampado –aún– abierto a la calle para dejar a los niños en el cole a las nueve de la mañana o recogerlos a las dos de la tarde deja el coche frente a una ristra de caravanas y furgonetas industriales. Perfectamente visibles desde las ventanas de las habitaciones de los pacientes que están ingresados en el hospital. En uno de esos vehículos vivió, según apunta la investigación policial, el individuo que la semana pasada burló los controles de seguridad de Can Misses para agredir sexualmente a una enferma de cáncer.
Los pacientes del hospital ven desde su ventana una ristra de caravanas y furgonetas industriales
“Los temporeros van a seguir siendo necesarios”
“Hace ya muchos años los temporeros sabían que tenían alojamiento dentro del hotel en el que trabajaban. Ahora no hay dónde meterse. La gente va a seguir siendo necesaria, hay que encontrar una solución. Hay un estudio publicado en febrero de 2023 que indicaba que sólo en la ciudad de Ibiza había mil viviendas vacías. ¿Qué pasa, que se mantienen cerradas durante todo el año y se guardan para alquilarlas en verano a turistas aunque esté prohibido? En Ibiza ha habido sólo cuatro viviendas que se han adherido al programa de alquiler seguro del Govern. Por un lado, tenemos a propietarios que dicen que necesitan más seguridad jurídica para alquilar, pero, cuando se la dan, no salen las viviendas”, explica Gloria Corral Joven a través de una nota de voz. Representante de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, esta jubilada con experiencia en política institucional –fue concejala por la coalición de izquierdas Guanyem en el Ajuntament d’Eivissa entre 2015 y 2019– habla con conocimiento de causa. Sabe bien cómo funciona el verano ibicenco: durante cuatro décadas trabajó para la Touristik Union International, el turoperador alemán TUI.
Corral plantea una dicotomía para resolver “el drama social”: “El Consell ha hecho una ley para que no puedan estar las caravanas en sitios que no sean parkings, pero no he visto que se haya planteado ninguna zona de pago con los servicios necesarios y habituales de un camping (duchas, tratamiento aguas sucias, servicios, una lavandería…) por parte de ningún ayuntamiento o del propio Consell. A mí me parece la solución más lógica… aunque sea a la vez ilógico que se normalice que la gente tenga que vivir en caravanas, campers, chabolas o tiendas de campaña. Es un problema muy complejo, pero sabiendo que hay personas que se mueven de unas comunidades autónomas a otras para poder trabajar… ¿la solución es ponerle 20.000 euros de multa a alguien que vive en una caravana?”.
Regreso a Cádiz
A. sale de la tienda para dejar un vasito de té a medio beber encima de la bandeja que tiene junto a la cremallera de la tienda, la puerta de su hogar. Sobre el metal plateado hay dos teteras, otros dos vasos de pie, el charco que desparramó un tercer vaso cuando perdió el equilibrio. A dos pasos del rinconcito donde prepara sus infusiones descansan un par de zapatillas y un calzador. Al entrar en casa, A. se las quita religiosamente, nunca pisa con la suela las toallas que le sirven de alfombra. Al salir de casa, el gesto contrario. La cuña va al talón y el pie resbala empeine abajo hacia la puntera.
–¿Por qué viniste a Ibiza? ¿No tenías trabajo en Cádiz?
–Sí. Allí me gano con una empresa 1.800 euros al mes, tengo también la vivienda y la comida. Sólo me pago el tabaco [ríe] y el transporte.
–¿Entonces por qué viniste?
–En Dahkla tengo un hijo pequeño. Me gustaría traerlo algún día a España, pero cuando sea más grande, cuando tenga ocho o nueve años lo traeré y le haré los papeles. Un primo mío trabajaba en Mallorca me dijo que fuera para allá: seis meses de temporada y los otros seis meses podía ir al Sáhara a estar con mi hijo.
–¿Y qué pasó?
–Que en el hotel donde me puse a trabajar de friegaplatos sólo pagaban 1.500 euros. Compartíamos una casa entre varios, pagábamos 250 euros de alquiler cada uno, pero me enteré que en Ibiza había trabajo y se pagaba mejor. Así es. Aquí me puedo ganar 2.500, 3.000 si trabajo seis días a la semana, diez horas cada día. Es dinero, ¿pero dónde vivo? Sé que hay casas en Ibiza donde viven veinte o veinticinco personas. Muy bien, el alquiler es más barato, pero ¿dónde vas a ducharte, dónde vas a lavar la ropa, dónde vas a comer…?
En Dahkla tengo un hijo pequeño. Me gustaría traerlo algún día a España, pero cuando sea más grande. Aquí me puedo ganar 2.500, 3.000 si trabajo seis días a la semana, diez horas cada día. Es dinero, ¿pero dónde vivo?
Calzado, A. estira la espalda y mira al horizonte. Tras las copas de los árboles el saharaui vislumbra la silueta del hospital. Lleva unos pantalones cargo, con varios bolsillos, ideales para guardar herramientas ligeras. A. mete las manos en los bolsillos que le quedan más cerca de la cintura y dice:
–En San Fernando me dedicaba a instalar placas fotovoltaicas. Es un trabajo duro físicamente, la obra, pero, al final, era de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, con media hora para el bocadillo y media hora para comer. Pensaba que en el turismo, en la hostelería, iba a estar mejor… pero si no hacen algo con la vivienda, esta isla no funciona… Creo que me volveré a Cádiz en unas semanas. ¡Allí los menús cuestan 11 euros y aquí bajé al centro para ir a la lavandería, compré cuatro cosas, comí por algo por ahí y no veas! ¡Vaya agujero, hermano! [ríe]