La merluza, la especie más explotada del Mediterráneo por culpa de la pesca de arrastre

Un pesquero en Cabrera.

Nicolás Ribas

Eivissa —

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“La merluza es la especie que está en peor estado en todo el Mediterráneo”. Así de rotunda se explica Beatriz Guijarro, investigadora del Instituto Español de Oceanografía–Centre Oceanográfic de Balears. Las poblaciones de merluzas son capturadas en el mar balear mediante la pesca de arrastre, detalla Guijarro, con una malla que permite atrapar individuos a partir de unos 15 centímetros (estos peces no maduran hasta llegar a los 30 centímetros), que son descartados si no llegan a un mínimo de 20. En zonas como el Golfo de León, Catalunya y algunas partes de Italia se captura mediante el palangre de fondo o las redes de enmalle, que permiten atrapar ejemplares más grandes.

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“La regulación de las actividades pesqueras que se pueden realizar en las reservas influye en el ecosistema y en los hábitats marinos”, comenta el biólogo marino Biel Morey. Balears tiene en la actualidad diez reservas marinas de interés pesquero: cinco en Mallorca (Es Freu de Sa Dragonera, Illa del Toro–Illes Malgrats, Badia de Palma, Migjorn de Mallorca y Llevant de Mallorca), tres en las Pitiüses (Costa noreste de Eivissa–Tagomago, Es Freus de Eivissa y Formentera y Sa Punta de sa Creu) y dos en Menorca (Illa de l’Aire y Nord de Menorca). En las últimas cuatro décadas, con la declaración de las mencionadas zonas como reservas marinas, han alcanzado un área total de 664,36 kilómetros cuadrados: es decir, un 2,4% del mar balear se encuentra protegido y un 0,16% está totalmente cerrado a la pesca, según el Informe Mar Balear 2022 de la Fundación Marilles.

En estas reservas está prohibida la pesca industrial o semiindustrial (arrastre, cerco –con la que se envuelven bancos de peces como sardinas o boquerones– y palangre de superficie –para capturar atunes, peces espada o tiburones–), mientras que la pesca artesanal y recreativa se encuentra regulada. Un porcentaje muy pequeño de ellas constituyen una reserva marina integral, totalmente cerrada a la pesca. Cuando una determinada zona se declara reserva marina de interés pesquero –lo que introduce limitaciones a la actividad–, las poblaciones se van recuperando. “Pero no es una recuperación lineal, porque siempre hay altibajos. Lo importante es ver la tendencia a largo plazo: ahí es cuando se ven los beneficios de la declaración de reserva marina”, asegura Morey.

La merluza y la gamba roja, las más explotadas

A diferencia de la gamba roja –la siguiente en el nivel de sobreexplotación–, la merluza no tiene interés comercial en Balears, según explica Antoni Grau, jefe de Recursos Marinos del Govern. “Hemos propuesto al Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación que se deje de pescar la merluza un tiempo. Es un sacrificio que el sector pesquero podría aguantar perfectamente”, apunta Grau. La merluza sí sufrió una importante presión pesquera décadas atrás, pero ahora, una vez que el interés pesquero es mucho menor, se podría estar viendo afectada por el aumento de las temperaturas del Mar Mediterráneo (es una especie de agua fría), que este verano han alcanzado los 30 grados. “Podríamos permitirnos el lujo de hacer el experimento y no pescar merluza durante unos años, para ver si así se recupera. Pese a ello, soy un poco pesimista”, lamenta Grau.

La especie que también sufre una presión pesquera importante es la gamba roja, uno de los mariscos más consumidos en Balears, que reporta unos ingresos anuales de 4,5 millones de euros. “Es la especie más importante de la flota de arrastre”, detalla Guijarro. Que ambas especies estén sobreexplotadas, sin embargo, “no significa que se vayan a extinguir o estén en riesgo de colapso”, matiza Guijarro, sino que “pescando a niveles más bajos podríamos obtener más rendimientos de la especie”. En los últimos años, tanto en el Mediterráneo Occidental como en Balears la presión pesquera se ha reducido mucho, en parte, por los planes de gestión de pesca introducidos por la legislación europea.

Esto en la práctica ha supuesto, por ejemplo, una reducción del 23,5% –casi una cuarta parte– de los días que los arrastreros pueden salir a faenar. “Estamos en niveles de sobreexplotación, pero el número de arrastreros ha bajado muchísimo en los últimos años. Desde los años 80 y 90, la pesca ha ido bajando de manera lineal y esto se está reflejando en estas poblaciones. La mortalidad por pesca se está reduciendo en estos últimos años”, aclara la investigadora. Para que la gestión que afecta a la gamba roja mejore, Grau se encomienda a las recomendaciones de los científicos del Centre Oceanogràfic de Balears. “Es verdad que las gambas, en general, y la roja, en particular, son una especie mucho más sensible a cuestiones y variaciones medioambientales temporales, pero si tienen un índice de sobreexplotación es porque se han pescado demasiado durante muchos años”, indica Grau.

Estamos en niveles de sobreexplotación, pero el número de arrastreros ha bajado muchísimo en los últimos años. Desde los años 80 y 90, la pesca ha ido bajando de manera lineal y esto se está reflejando en estas poblaciones

Beatriz Guijarro Investigadora del Instituto Español de Oceanografía-Centre Oceanográfic de Balears

En cuanto al resto de las poblaciones estudiadas por la Fundación Marilles, el salmonete de roca y la gamba blanca son las siguientes especies más explotadas, mientras que la sepia y el pulpo de roca se sitúan en niveles próximos a la explotación sostenible –la cigala ya ha alcanzado este índice–. En el caso del salmonete, es capturado por la pesca de arrastre, las flotas de artes menores y las redes de trasmallo. “Los arrastreros capturan individuos de tallas pequeñas y medias y los trasmallos ejemplares de tallas más grandes”, afirma Guijarro.

Especies afectadas por el cambio climático

En lo que se refiere a la gamba blanca, está afectada únicamente por la pesca de arrastre. “Históricamente ha tenido oscilaciones muy importantes: se ha pasado de capturar muchísimas toneladas al año a prácticamente nada y ahora estamos en un periodo de grandes capturas”, destaca la investigadora. Esta especie también se está viendo afectada por las alteraciones climáticas: los indicios apuntan a que la especie se siente atraída por las temperaturas más elevadas que se vienen experimentando en los últimos años. Es un fenómeno que se ha observado tanto en la Península (en los últimos años se ha capturado hasta la zona del Golfo de León, algo que antes no ocurría) como en la costa italiana, y que podría explicar los aumentos de capturas en las Balears.

El aumento de las temperaturas en el Mar Mediterráneo puede afectar de diferentes maneras: hay especies, como el espadín, que prefieren climas más fríos y, por tanto, deciden migrar, mientras que llegan otras especies que prefieren climas más cálidos, como la vieja, una de las especies más apreciadas del archipiélago canario. “Se han visto bastantes en los últimos dos o tres años y parece que se han establecido en el Mar Mediterráneo, pero es una especie del Océano Atlántico”, detalla Grau, algo que también ha ocurrido con la serviola o pez limón, especie típica de climas subtropicales y que ha aparecido en el mar balear en los últimos años.

Por otro lado, pese a que la sepia y el pulpo también son especies que dependen de factores ambientales, son mucho más fáciles de recuperar. “El factor del esfuerzo pesquero influye menos que con especies que viven muchos años”, explica Grau, porque viven un solo año. En el caso del pulpo, el aumento de la temperatura provoca que durante los meses calientes se refugien en el fondo marino, donde hace más frío. “Es una especie que hace cinco o seis años costaba 3 o 4 euros el kilo, mientras que ahora cuesta 20 euros el kilo. Eso nos obligó, el año pasado, a fijar una cuota y medidas de regulación desde el Govern”, afirma el jefe de Recursos Marinos del Ejecutivo balear.

El aumento de las poblaciones de peces, así como su biodiversidad y biomasa (relacionada con el peso y la abundancia de las especies), tiene que ver, en parte, con el nivel de protección que hay en las reservas marinas. De hecho, Balears es una de las regiones del Mediterráneo Occidental con más áreas protegidas y cerradas a la pesca (como la zona del canal de Menorca). Sin embargo, los resultados de la aplicación de estas políticas se visualizan a largo plazo. Por eso, los beneficios todavía no son visibles en la costa noreste de Eivissa–Tagomago, reserva marina de interés pesquero desde 2018. Tampoco se aprecian en el Parc Natural de s’Albufera des Grau (Menorca) ni en el Parc Nacional de Cabrera.

Hay otros factores que también influyen, como la reducción en cuanto a los días que los pesqueros salen a faenar o la importante reducción del número de barcas que salen desde los puertos de Balears. “Confío en que este esfuerzo ayude a las poblaciones a recuperarse. Es una impresión partiendo de lo general, no de lo particular, porque me fío de lo que digan los científicos”, subraya Grau.

Se estudia incluir nuevas reservas marinas

El Senado aprobó el 3 de noviembre de 2021 una moción del senador autonómico de Més per Mallorca, Vicenç Vidal, por la que se instaba al Gobierno a la adopción de diversas medidas de protección de la biodiversidad marina en Balears y el Mediterráneo occidental, que incluían la declaración de tres nuevas reservas marinas en aguas del mar balear y la ampliación de otras tres.

Concretamente, la propuesta solicita al Gobierno crear una nueva reserva en Sóller (Mallorca) –entre ses Puntes y el Morro d’en Llobera– y dos más en Formentera –en el sec des Ram y en es Baix Fondo–. Además, se pedía ampliar la superficie de las reservas marinas de Sa Punta de sa Creu (Formentera), Illa de l’Aire (Menorca) y Tagomago (Eivissa).

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