Análisis

Las cinco grandes potencias nucleares juegan al despiste

Imagen de la prueba nuclear de Castle Bravo, realizada en la atmósfera encima del atolón Bikini de las Islas Marshall.

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En una sociedad en la que información (y desinformación) han alcanzado un papel tan relevante, se entiende que cada actor trate de presentarse con sus mejores galas para “vender” su imagen. Procuran esconder sus perfiles menos atractivos a una opinión pública a la que pretenden fidelizar. En ese ejercicio no hay límites, como bien nos demuestra la operación de mercadotecnia política que acaban de ofrecernos China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia.

En su calidad de privilegiados miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, con derecho de veto, y de únicas cinco potencias nucleares con derecho a mantener sus arsenales, el pasado día 3 de enero publicaron un comunicado conjunto en el que, como supuestos adalides de la paz mundial, dicen comprometerse a evitar que se pueda producir una guerra nuclear que, insisten, nadie puede ganar.

También prometen frenar la proliferación del ingenio más destructivo que ha creado la mente humana. En esa línea proclaman su intención de hacer lo que sea necesario para impedir que esa guerra llegue nunca a librarse y, como si el propio comunicado fuera un bálsamo de fierabrás, se muestran convencidos de que ahora se abre una etapa de alivio de las tensiones internacionales (Rusia dixit) y de mayor colaboración y cooperación internacional (según Pekín).

Si a eso se une que el próximo día 22 se cumplirá un año desde la entrada en vigor del Tratado de Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN) parecería que, en efecto, nos asomamos a un periodo de menos inquietud, en el que la desaparición de las armas nucleares ya no sería una utopía.

Sin embargo, basta con mirar tras esa fachada meramente propagandística para atisbar una realidad muy diferente. En primer lugar, es un hecho fácilmente constatable que asistimos a un notorio debilitamiento del marco regulador del control de armas y de desarme nuclear establecido fundamentalmente durante la Guerra Fría. Así, en lo que llevamos de siglo nos hemos quedado sin el Tratado ABM (que frenaba el desarrollo de los misiles antimisiles), el Tratado de Fuerzas Nucleares Intermedias (que afectaba especialmente a Europa) y el Tratado de Cielos Abiertos (que permitía la inspección intrusiva de los efectivos de potenciales enemigos); mientras que el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (abierto a la firma en 1996) todavía no ha entrado en vigor por la resistencia a ratificarlo por parte de China, Corea del Norte, Estados Unidos, India, Israel y Pakistán.

En paralelo, el TPAN ni ha sido ni va a ser firmado por ninguno de los cinco ya mencionados, ni por el resto de las potencias nucleares existentes (Corea del Norte, India, Israel y Pakistán). Tampoco lo hará el conjunto de los países miembros de la OTAN (España incluida). Eso significa que hoy solo contamos con el Tratado de No Proliferación, como instrumento central en el intento por evitar que nuevos países lleguen a contar con esas armas (sea Irán o cualquier otro), y con el START III, que vive una prórroga de cinco años a la espera de ver si Washington y Moscú están dispuestos a acordar nuevas reducciones de sus arsenales estratégicos antes de 2026.

A esa preocupante situación se suma el hecho de que no hay ninguna de las nueve potencias nucleares existentes que no esté empeñada en la modernización e incluso ampliación de sus arsenales –como es el caso británico–. Es cierto que actualmente existen muchas menos cabezas nucleares que en los momentos más tensos de la Guerra Fría (13.080 frente a más de 60.000), pero también lo es que una cabeza actual es infinitamente más potente que las de aquellos tiempos y que ha aumentado el número de las que están operativas en manos de unidades militares (3.825 frente a 3.720 en 2020, según el SIPRI).

Además, tanto Estados Unidos como Rusia (que acumulan el 92% de todas las cabezas estratégicas existentes) están desarrollando los programas de modernización más ambiciosos de su historia, incluyendo tanto sus vectores de lanzamiento (misiles balísticos y de crucero), sus plataformas submarinas y aéreas (con la inminente entrada en servicio de vehículos nucleares no tripulados) y los comúnmente denominados escudos antimisiles. Este último sistema, en el que EEUU va más adelantado que Rusia, es uno de los principales factores que explica el esfuerzo ruso y chino para dotarse de armas hipersónicas que puedan atravesar cualquier sistema de defensa estratégica.

En esa misma senda está Reino Unido, que ha decidido elevar su techo máximo hasta las 260 cabezas, frente a las 180 que mantenía hasta ahora, e iniciar la construcción de los nuevos submarinos Dreadnought. Y lo mismo cabe decir de China (pasando de 320 a 350; aunque crece la percepción de que son muchas más y de que podría llegar a 1.000 al final de la presente década), Pakistán (de 160 a 165), India (de 150 a 156) y Corea del Norte (de una estimación de 30-40 a otra de 40-50). Mientras tanto, parece que Francia e Israel mantienen las que poseían un año antes (290 y 90 respectivamente), en tanto que Estados Unidos ha pasado de 5.800 a 5.550 y Rusia, por contra, se queda con 6.255 (6.375 un año antes).

Pensar que en esas condiciones un mundo sin armas nucleares está a la vuelta de la esquina o que la guerra nuclear es hoy más improbable que antes es, simplemente, un intento vano de huir de la realidad. Ni China se va a implicar en ningún proceso de negociación hasta que alcance el nivel de los arsenales rusos y estadounidenses, ni Irán y otros dejarán de afanarse en unirse a ese privilegiado club nuclear.

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