ADELANTO EDITORIAL

Escoria blanca: los ignorados 400 años de historia de las clases sociales en EEUU

Un hombre con la bandera confederada frente al Parlamento del estado de Carolina del Sur

Nancy Isenberg

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Una de las películas más memorables de todos los tiempos es Matar a un ruiseñor, estrenada en 1962. Se trata de un retrato clásico de las secuelas que ha dejado la esclavitud y la segregación racial en el sur de Estados Unidos. Hace más de dos décadas que examino en mis clases el contenido de ese filme, que también es una de las cintas favoritas del presidente Obama. Sin embargo, cuando lo paso en el aula (por mucho que también hayan podido verlo en el instituto), a lo que asisten mis alumnos, y por primera vez en su vida, es a un drama cuyo argumento no solo contiene un mensaje inquietante, sino dos.

Uno de los argumentos habla de un hombre de principios, el valiente abogado Atticus Finch, que se niega a perpetuar el doble rasero racial: pese a saber que va a encontrar una fuerte oposición, acepta defender a un afroamericano llamado Tom Robinson al que se le acusa de haber violado a Mayella Ewell, una chica blanca muy pobre. Aunque el tribunal dictamine la culpabilidad de Robinson, el espectador sabe que es inocente. El reo es un hombre honrado que trabaja de sol a sol y cuya talla personal es muy superior a la de la degenerada familia de sus acusadores: los Ewell. La desaliñada Mayella se siente acobardada por su padre, que la intimida con modales de matón. Este, que responde por Bob Ewell, es un hombre escuálido al que siempre vemos embutido en un mono de trabajo y que carece de todo mérito o virtud moral.

Bob Ewell exige que el jurado, integrado exclusivamente por varones blancos, se ponga de su parte, cosa que al final consigue. Insiste en que le ayuden a vengar el honor de su hija. No contento con saber que alguien ha matado a Robinson cuando intentaba fugarse de la prisión, Bob agredirá además a los dos hijos de Atticus Finch en la noche de Halloween.

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El nombre completo de Bob Ewell es Robert E. Lee Ewell. Pero no se trata del heredero de ninguna de las familias aristocráticas del Viejo Sur. Según la descripción que nos ha dejado Harper Lee, la autora de la novela que dio pie a la película, los Ewell forman parte de los más pobres de entre los pobres, de aquellos cuya miseria no hay fluctuación económica que pueda disminuir o agravar –ni siquiera la Gran Depresión–. Son escoria humana. Así lo afirma en el texto la propia escritora: "Ningún agente del orden era capaz de sujetar a su numerosa descendencia en la escuela; ningún sanitario podía librarles de sus defectos congénitos ni de los diversos gusanos y enfermedades endémicas de los ambientes sucios". Viven detrás del basurero municipal, en cuya porquería rebuscan a diario. La ruinosa chabola que les sirve de casa había sido en otra época "una choza de negros". Y como hay inmundicias por todas partes, la barraca parece "la casa de muñecas de un chiquillo demente". 

No hay nadie en todo el vecindario capaz de determinar cuántos críos viven en ese lugar: unos dicen que nueve y otros solo aventuran seis. Para los habitantes del pueblecito de Maycomb, en Alabama, los hijos de los Ewell eran simples "mocosos de cara sucia que se asomaban a las ventanas cada vez que alguien pasaba por allí". Los Ewell responden inconfundiblemente a la imagen de lo que los estadounidenses del sur (y un montón de gente más) denominan "escoria blanca". Sus actuales compatriotas todavía conservan una visión tan estrecha como sesgada de la escoria blanca. Uno de los símbolos más contundentes y familiares de las actitudes retrógradas que se asocian con este grupo social desfavorecido es el que mostraron los periódicos y las cámaras de televisión en 1957 al captar el enfurecido rostro de los blancos que protestaban en un acto de integración escolar que tuvo lugar en Little Rock, Arkansas.

En 2015, varios manifestantes cubiertos de tatuajes del Ku Klux Klan decididos a defender la bandera confederada frente al Parlamento de Charleston, en Carolina del Sur, exhibieron también sentimientos similares, demostrando así la persistencia de un bochornoso fenómeno social. El prestigio de Paula Deen, la popular presentadora del canal de televisión de pago estadounidense Food Network, nacida en Georgia y famosa por sus recetas impregnadas de colesterol, cayó repentinamente en picado en 2013, al revelarse que usaba la "palabra con N". Prácticamente de la noche a la mañana, su reputación de sureña presentable se fue al garete y acabó marcada con el estigma reservado a los paletos más burdos y menos refinados. 

Estas instantáneas tipológicas de la escoria blanca nos ofrecen una imagen incompleta de un problema que en realidad es muy antiguo y que generalmente pasa desapercibido. En sus charlas sobre acontecimientos virales como los reseñados más arriba, los estadounidenses no dan ninguna muestra de percibir las diferencias de clase, más allá de una simple constatación superficial. A la cólera y la ignorancia se superpone la compleja historia de una identidad de clase fraguada en el remoto periodo colonial de Estados Unidos sobre la base de las nociones de pobreza traídas de Gran Bretaña.

En muchos sentidos, el sistema de clases de Estados Unidos se ha ido gestando al hilo de la evolución de los argumentarios políticos empleados para despachar o demonizar (y de cuando en cuando reivindicar) a esos marginados rurales aparentemente incapaces de incorporarse a la corriente dominante de la sociedad.

Por consiguiente, los Ewell no son simples figurantes del drama histórico de Estados Unidos. Su trompicada peripecia arranca con el siglo XVI, no en los albores del XX. Es una emanación de las políticas coloniales británicas enfocadas al reasentamiento de los pobres, una consecuencia de un conjunto de decisiones llamadas a condicionar los conceptos de clase estadounidenses y a dejar una huella indeleble en su cultura. Conocidos en un principio con el nombre de "morralla del Nuevo Mundo" y más tarde con el de "escoria blanca", los estadounidenses socialmente arrinconados acabarían padeciendo el estigma de su inadaptación al sistema de la productividad, de su falta de propiedades o de su incompetencia como progenitores de hijos sanos y aptos para ascender en la escala social; o dicho de otro modo: aparecen carentes del sentido del medro personal que constituye la base del sueño americano. 

Y la solución que se ha dado en Estados Unidos a la pobreza y el atraso social no ha sido precisamente la que quizá hubiera cabido esperar. Bien avanzado el siglo XX, la expulsión de los parias o incluso su esterilización eran propuestas que se antojaban racionales a juicio de quienes ansiaban reducir la losa que representaban "los perdedores" para el conjunto de la economía.

En el desarrollo de las actitudes de la sociedad frente a estas personas indeseables, las expresiones lingüísticas más espeluznantes son tal vez las propias de mediados del siglo XIX, ya que en ese periodo los campesinos blancos pobres eran arrojados al saco categorial de los seres inferiores a la raza blanca, debido a que su misma piel amarillenta, unida a su enfermiza y achacosa descendencia, denunciaba su condición de ralea extraña y ajena. Los términos "morralla" y "escoria" se revelan cruciales para comprender, siquiera mínimamente, el carácter de este impactante y persistente vocabulario. Estados Unidos ha sido siempre, en toda su historia, un sistema de clases. No se trata únicamente de que el uno por ciento de su población sea la que dirija el país ni de que esa exigua élite de privilegiados cuente con el apoyo satisfecho de la clase media: si queremos explicar la identidad de la nación no podemos seguir haciendo caso omiso de las capas estancadas y desechables de la sociedad.

Pobres, despojos, basura... Sea cual sea la etiqueta que se les haya asignado, los integrantes de este estrato social se han situado invariablemente en la vanguardia de las contiendas políticas más pedagógicas de Estados Unidos. En la época del asentamiento colonial, sus componentes actuaron a un tiempo como peones útiles y levantiscos agitadores –una pauta conductual llamada a perdurar entre las masas de emigrantes desposeídos que se dedicarían a ocupar tierras tanto en las regiones del oeste como en el conjunto del continente–. 

Los blancos pobres del sur no solo tuvieron un papel muy destacado en el ascenso del Partido Republicano de Abraham Lincoln, también intervinieron en la gestación del clima de desconfianza que determinaría que las inquinas acabaran impregnando las capas más empobrecidas de la Confederación en la época de la Guerra de Secesión estadounidense. 

Durante el periodo de la Reconstrucción tras la guerra, la escoria blanca constituyó una peligrosa anomalía y un punto discrepante en los esfuerzos tendentes a refundar la Unión. Y en las dos primeras décadas del siglo XX, coincidiendo con el florecimiento del movimiento eugenésico, sus miembros pasaron a formar la clase degenerada a la que apuntaban los programas de esterilización. La otra cara de la moneda es que los blancos pobres se beneficiaron de los empeños rehabilitadores del New Deal y la Gran Sociedad de Lyndon B. Johnson.

Una y otra vez, la presencia de la escoria blanca nos recuerda una de las más incómodas verdades nacionales de Estados Unidos: que sigue habiendo pobres entre nosotros. La zozobra que induce a penalizar a las personas blancas sumidas en la pobreza revela la existencia de una molesta tensión entre las promesas de país que se inculcan a los estadounidenses –es decir, el sueño de la movilidad social ascendente– y la mucho menos atractiva realidad de que las barreras de clase determinen casi invariablemente que ese sueño resulte inalcanzable. Como es obvio, la encrucijada en la que la raza y la clase se cruzan continúa siendo uno de los factores que influyen innegablemente en el conjunto de la situación.

Nancy Isenberg es profesora de historia en la Universidad Estatal de Luisiana cuyo último libro, 'White trash: los ignorados 400 años de historia de las clases sociales estadounidenses' (Capitán Swing) sale a la venta el lunes 19 de octubre.

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Publicado el
18 de octubre de 2020 - 20:59 h

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