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Italia, abocada a elecciones anticipadas tras el colapso de la coalición que apoyaba a Draghi

El primer ministro Mario Draghi, este miércoles en el Senado, en Roma.

Mariangela Paone

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Los partidos querían endosar a Mario Draghi la responsabilidad de dar por acabada la experiencia de la mayoría de unidad nacional que el presidente de la República, Sergio Mattarella, había pedido hace 17 meses para salir del bloqueo tras la caída de dos Gobiernos en tres años, pero el primer ministro no se dejó. Y cuando vio este miércoles que en el Parlamento querían seguir con sus tejemanejes, zanjó la cuestión y pidió el voto de confianza en el Senado sobre una resolución que poco antes había presentado el navegado político democristiano, Pier Ferdinando Casini, y que en dos escuetas líneas pedía básicamente un sí o un no sobre la supervivencia del Gobierno. Lo hizo para que quedaran en evidencia quienes habían pensado de poder seguir tensando la cuerda: el Movimiento 5 Estrellas (M5S, por su sigla en italiano) antes y la Liga de Matteo Salvini después. Cuando se trató de expresar su postura, Liga, Forza Italia y M5S decidieron no votar decretando el colapso de la coalición de Gobierno. La moción de confianza salió aprobada por 95 votos a favor y 38 en contra pero los senadores presentes solo eran 133, menos de la mitad del total.

Acabó así un día de drama, otro más desde que estalló la semana pasada una crisis de Gobierno que muchos siguen tachando de “incomprensible”. Horas de espera, de infinitas tertulias televisadas, con las apuestas de los politólogos que cambiaban a medida que desfilaban los portavoces de los partidos. Una jornada de ordinario caos en la enésima crisis política de un verano en Italia.

“Necesitamos un nuevo pacto de confianza, sincero y concreto, como el que nos ha permitido hasta ahora cambiar el país a mejor. Los partidos y ustedes los parlamentarios, ¿están listos para reconstruir este pacto?”, había dicho Draghi por la mañana en un discurso, empezado poco después de las 9.30 en el Senado, en el que dejó claro que para seguir al frente del Gobierno hasta el final de la legislatura no quería chantajes ni ultimátums, ni someterse a la presión constante de los partidos en permanente campaña electoral. Pero, cinco días después del intento de dimisión de Draghi —que no salió adelante por el empeño del presidente Mattarella y porque había un viaje a Argelia importante para asegurar el gas para el país al que el primer ministro no podía ir como dimisionario— los partidos dieron muestra durante todo el día de que la respuesta a la pregunta que el expresidente del BCE les planteó por la mañana era negativa.

Y el vodevil siguió. La extrema derecha de Hermanos de Italia, el único gran partido que no formaba parte de la coalición transversal que apoyó a Draghi cuando recibió el mandato de Mattarella, no se salió del guión y volvió a pedir un adelanto electoral sin más. Los sondeos soplan a favor y, en unos tiempos que van muy rápido y donde los éxitos se queman pronto, el mejor momento para el partido es ya. Solo subió un poco los decibelios de la petición, al señalar el discurso de Draghi como el de quien pide “plenos poderes”, una expresión familiar a la extrema derecha ya que Mussolini los pidió y los obtuvo cuando tomó el poder en 1922. “Ninguna petición de plenos poderes, ¿entendido?”, dijo un primer ministro visiblemente irritado en su réplica tras las declaraciones de los portavoces, donde volvió a recordar que la única razón por la que no había confirmado su renuncia eran las muestras de apoyo “sin precedentes” que han llegado en los últimos días desde dentro y fuera del país. “Estoy aquí porque lo piden los italianos”, había dicho horas antes.

Tampoco se salieron del guión los senadores del M5S, la formación que abrió la crisis la semana pasada ausentándose en la votación de una moción de confianza puesta por el Gobierno sobre un importante decreto. No aplaudieron ninguna de las frases del discurso de Draghi, perdidos en su propio drama y al borde de una nueva escisión, después del primer cisma decretado por el ministro de Exteriores Luigi di Maio hace ya un mes. 

El desafío de la Liga

La sorpresa vino en cambio desde la Liga. Sorpresa relativa porque desde hace semanas el partido de Matteo Salvini amagaba con alborotar el Gobierno a la vuelta de las vacaciones, quizá para que no coincidiera con la famosa “crisis del Papeete”, por el nombre del chiringuito de una playa de Milano Marittima que el líder leghista visitó hace tres años antes de quitar el apoyo al primer Gobierno de Giuseppe Conte. La Liga, preocupada por recuperar el apoyo que los sondeos auguran en profunda caída, subió la apuesta: no solo pidió a Draghi una nueva mayoría que dejara definitivamente fuera al M5S sino que también pretendió un Draghi bis, un nuevo Gobierno, con una nueva rosa de ministros y un nuevo voto de mayoría. Y a la Liga se sumó después Forza Italia.

Quizá el único para el que no fue una sorpresa fue precisamente Draghi. En uno de los pasajes más duros de su discurso de la mañana, refiriéndose a la decisión del M5S que precipitó la crisis, dijo algo que bien podía aplicarse también a la Liga y sus amenazas ni tan veladas de hacer volar la coalición: “No votar la confianza a un Gobierno del que se forma parte es un gesto político claro, que tiene un significado evidente. No se puede ignorarlo, porque equivaldría a ignorar el Parlamento. No se puede contener, porque cualquiera podría repetirlo. No se puede minimizar, porque llega tras meses de tirones y ultimátums”. 

Draghi no estaba dispuesto a seguir siendo el pararrayos de un Gobierno marcado por las divisiones cuando pedía en cambio un apoyo amplío y claro sobre todo porque él, como recordó al comienzo de su discurso de este miércoles, “no se había presentado nunca ante los electores” y el Ejecutivo estaba llamado a tomar, en un “contexto de emergencia”, “decisiones que inciden profundamente en la vida de los italianos”. Quería que, en una democracia parlamentaria, los partidos asumieran la responsabilidad de seguir o ir a elecciones. No estaban listos ni para lo uno ni para lo otro. Les delataban las caras largas, las cejas fruncidas, el encogimiento de hombros cuando, con el pasar de las horas, quedaba claro que se habían metido en un callejón sin salida. Ahora tendrán que lidiar con las consecuencias de una crisis que no sólo aboca el país a elecciones anticipadas en un momento crítico sino que ahonda las divisiones en muchos partidos cuyas costuras podrían estallar justo antes de entrar en campaña electoral.

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