ENTREVISTA
Luke Harding: “Trump se comporta como si fuera un activo ruso”
Luke Harding, reportero internacional de The Guardian, ha pasado gran parte de los últimos cinco años en Ucrania. Ha contado el país desde sus primeras visitas hace dos décadas. Fue corresponsal del periódico en Moscú entre 2007 y 2011, cuando fue expulsado de Rusia después de publicar telegramas de WikiLeaks sobre Vladímir Putin y el asesinato del exespía Alexander Litvinenko.
Harding estaba en Kiev la noche de febrero de 2022 en que el Ejército de Putin lanzó su ataque masivo contra Ucrania y desde entonces ha visto cómo ha cambiado el país y también el mundo. Betrayal: Trump, Putin and the New Age of Conquest, ('Traición: Trump, Putin y la nueva era de conquista'), el libro que acaba de publicar en inglés, es la crónica de ese cambio y la búsqueda de respuestas. Entre ellas, la misteriosa relación entre Putin y Donald Trump.
No olvida que esto no es una serie de espías y recuerda a las personas que sufren las consecuencias de la guerra, que retrata con detalles y humanidad. Sea la historia de los norcoreanos capturados mientras luchaban contra Ucrania, la de una artista que envuelve las paredes en papel burbuja para sobrevivir a los ataques rusos en invierno o la del soldado ucraniano desarmado y atrapado en una trinchera rusa que logra convencer a su enemigo armado de que se entregue.
Esta es parte de nuestra conversación, editada por claridad y extensión.
¿Por qué eligió la palabra “traición” como título?
Me gustan los títulos cortos y directos. La situación actual exige llamar a las cosas por su nombre. El término funciona en varios niveles.
En primer lugar, la traición de Estados Unidos a Ucrania con la Administración de Donald Trump, pero también la renuncia a los propios principios fundacionales de Estados Unidos, como el liderazgo global, la defensa de la democracia, la libertad y la soberanía internacional. Como escribo en el libro, Estados Unidos se ha convertido en un codicioso depredador y poco fiable con otros países, lejos de su ideal de referente democrático.
Está también la traición a Europa: se rompe una alianza política, económica y de seguridad que garantizó la estabilidad del continente durante toda la posguerra. No se trata solo del corte de la ayuda militar a Ucrania; se percibe un distanciamiento estratégico de la defensa europea y una visión hacia Europa casi como un rival ideológico.
Y luego las traiciones individuales: el libro detalla casos concretos de corrupción, como el del eurodiputado británico Nathan Gill, que cobró dinero en efectivo a cambio de discursos redactados por terceros.
¿Cuándo empezó a romperse la lealtad hacia Ucrania y Europa? En el libro señala que la relación de Biden con Zelenski tampoco era perfecta y cuenta los errores de EEUU.
No podemos achacar el desmoronamiento del orden global y del sistema posterior a 1945 únicamente a Donald Trump. Ha hecho más por acelerar su caída que ningún otro presidente estadounidense, pero es evidente que el deterioro empezó tras el cambio de milenio, en los años 2000, con la invasión de Irak. Cundió la sensación de que hay reglas, pero las grandes potencias se las pueden saltar.
La guerra de Irak fue un desastre estratégico y una guerra elegida que chocó contra todo tipo de principios. La primera guerra del Golfo, al menos, contó con autorización de la ONU para una operación limitada en Kuwait; en Irak no hubo nada de eso. Toda la “guerra contra el terrorismo” llevó a Estados Unidos a hacer cosas muy oscuras que minaron el orden mundial.
No podemos achacar el desmoronamiento del orden global y del sistema posterior a 1945 únicamente a Donald Trump. Ha hecho más por acelerar su caída que ningún otro presidente estadounidense, pero es evidente que el deterioro empezó tras el cambio de milenio, en los años 2000, con la invasión de Irak
Al mismo tiempo, vivimos el ascenso de China y Rusia desafiando lo que Putin criticó en su famoso discurso de Múnich [en 2007] como un sistema unipolar. El orden mundial ya estaba en apuros, pero con Trump da la sensación de que, al menos por ahora, ha terminado como concepto global. Lo que intento retratar en el libro —y es algo extraordinario— es cómo Estados Unidos y Rusia se han convertido en coimperialistas. Es como si tuvieran un pacto para repartirse el mundo. Ha vuelto un nacionalismo expansionista que no veíamos desde el siglo XIX.
Trump proclama que América Latina es su dominio, que los europeos no pintan nada allí, que Groenlandia o Canadá le pertenecen y que el lago Ontario ahora es el “lago América”. Y mientras tanto tenemos a Rusia, que ya no es una gran potencia, pero a la que Trump trata como si lo fuera, promoviendo su doctrina imperial de que Ucrania le pertenece y que Europa del Este debe volver a ser su zona de influencia. Lo asombroso es que están de acuerdo. En el libro, cito un discurso de Putin al que casi nadie prestó atención donde le dice a los estadounidenses: “Quedaos con Groenlandia, es vuestra; nosotros nos quedamos con Ucrania”. Parece esa viñeta de James Gillray del siglo XIX donde se ve a las potencias sentadas a la mesa con cuchillo y tenedor trinchando el mapa del mundo.
Es bastante aterrador estar en este tipo de mundo. Pero lo hacen mal en situaciones peligrosas, son imperialistas chapuceros.
Ambas potencias comparten la misma soberbia y los mismos errores de cálculo. Trump pensaba que podía derrocar al régimen iraní en cuestión de días, de la misma forma que Putin creía que tomaría Kiev en tres días, derrocaría a Zelenski y pondría la bandera rusa. En ambos casos fallaron. Los estadounidenses están atrapados en otro cenagal en Oriente Medio y los rusos, tras casi cinco años, no están ni cerca de conseguir sus objetivos en Ucrania. Son potencias que están empezando a chocar con los límites de su propio poder.
¿Su incompetencia evita una situación todavía peor?
Es una base un poco frágil sobre la que construir la esperanza, pero por qué no.
Estados Unidos y Rusia comparten la misma soberbia y los mismos errores de cálculo. Trump pensaba que podía derrocar al régimen iraní en cuestión de días, de la misma forma que Putin creía que tomaría Kiev en tres días, derrocaría a Zelenski y pondría la bandera rusa... Son potencias que están empezando a chocar con los límites de su propio poder.
Sobre la relación tan extraña entre Trump y Putin, ¿cuál es la explicación más convincente?
En el libro planteo tres. Las más evidentes son: la ideología, la coincidencia entre el movimiento MAGA y la idea que tienen de Rusia como un bastión conservador del cristianismo y la ortodoxia, donde los hombres pueden abofetear a las mujeres, y puedes odiar libremente a las feministas y a los izquierdistas... todo eso en lo que Putin se apoya tratando de presentarse como una especie de defensor del conservadurismo global; y la envidia del líder fuerte, la teoría de Fiona Hill de que a Trump le encantaría tener el poder de Putin para encerrar a sus enemigos o saquear el Estado a su antojo.
Y luego está el asunto del kompromat (material comprometedor)... El comportamiento tan extraño de Trump ante Putin es algo evidente que los medios estadounidenses prefieren ignorar. Te guste o no Trump, necesitamos una explicación de por qué se muestra tan sumiso y servil cada vez que ve a Putin.
Empecé a escribir este libro durante la cumbre de Alaska. Vi una y otra vez las imágenes de Trump esperando a que Putin bajara del avión: a Trump se le ve nervioso, inquieto, falto de energía. Y, en cuanto aparece Putin, empieza a aplaudir. Es una reacción espontánea. Hay un elemento claro de temor: sea consciente o inconscientemente, Trump le tiene miedo a Putin.
La pregunta es por qué. Una respuesta muy plausible es que el KGB soviético reunió información sobre Trump durante mucho tiempo. He visto archivos en Praga de la antigua policía secreta que demuestran que había una operación de vigilancia, espionaje y recopilación de información bastante extensa que se remonta a la década de 1970, cuando se casó con una mujer del bloque soviético. Una organización afiliada al KGB lo llevó a Moscú en 1987.
Hay un expediente enorme sobre Donald Trump en algún lugar de Moscú. Pueden ser papeles y fotos polvorientos, puede ser digitalizado, puede estar destruido. No sabemos en qué estado se encuentra, pero sí que ha habido una operación que se remonta a cinco décadas para recopilar información sobre Trump y que era de interés para Moscú porque era una de las personas que identificaron que podrían ser útiles. Puedes llamarlo un contacto confidencial, un agente de influencia o un activo en toda regla.
Sea consciente o inconscientemente, Trump le tiene miedo a Putin. La pregunta es por qué. Una respuesta muy plausible es que el KGB soviético reunió información sobre Trump durante mucho tiempo.
Al final, la conclusión a la que llego es que da igual el término técnico que usemos. Habrá registros, Trump probablemente se haya olvidado de qué hizo hace todos esos años. Pero Putin, un exagente del KGB, tiene sin duda una visión detallada de qué hizo Trump. Y Trump sabe que Putin sabe. Y eso explica su poder. No es el único factor. Pero el hecho es que Trump se comporta como si fuera un activo ruso.
Y esto no es solo política o una serie de espías de Netflix, tiene consecuencias reales: significa que Ucrania no recibe interceptores Patriot y que mueren familias por misiles rusos porque los ucranianos ya no pueden derribarlos. La cifra de civiles muertos ha aumentado drásticamente desde que Trump volvió al poder. En cierta forma, la guerra de Ucrania se ha convertido en la guerra de Trump, porque la inacción tiene una carga ética tan grave como hacer algo.
La cifra de civiles muertos ha aumentado drásticamente desde que Trump volvió al poder. En cierta forma, la guerra de Ucrania se ha convertido en la guerra de Trump, porque la inacción tiene una carga ética tan grave como hacer algo
Pero con esta inacción o incluso apoyo en la cumbre de Alaska, Rusia tampoco ha ganado la guerra. ¿Se sobreestima el poder de Estados Unidos?
Totalmente. Putin y su entorno han sido víctimas de sus propias mentiras desde 2022. Se creyeron su propia propaganda de que los ucranianos los recibirían con flores. Su asunción geopolítica es que Estados Unidos maneja los hilos y que Zelenski es un títere a sus órdenes, lo cual es un cliché soviético ridículo.
La razón por la que Ucrania no ha caído se debe en parte a la ayuda occidental, pero sobre todo a que los ucranianos se niegan a someterse. Vieron lo que pasó en Bucha en 2022, donde estuve a los pocos días de marcharse las tropas rusas: violaciones, ejecuciones de civiles, familias ametralladas en sus coches... Todo el mundo en Ucrania sabe lo que significa la ocupación rusa, así que no se van a rendir.
Ucrania ha desarrollado una industria de drones con la que están destruyendo refinerías y almacenes dentro de Rusia. Putin se equivocó de plano.
Además, el hecho de que Estados Unidos no esté enviando ayuda militar le quita poder de presión sobre Zelenski. Las dos principales contribuciones de Estados Unidos a Ucrania ahora son el acceso a Starlink y la inteligencia. Si se interrumpen, sería un golpe muy duro para Ucrania. Pero más allá de eso, la Administración Trump no está haciendo casi nada.
Que Estados Unidos maneja los hilos y que Zelenski es un títere a sus órdenes es un cliché soviético ridículo... La razón por la que Ucrania no ha caído se debe en parte a la ayuda occidental, pero sobre todo a que los ucranianos se niegan a someterse
¿Qué sugiere el último viaje del director de la CIA a Moscú?
Nadie sabe exactamente a qué fue. La versión del Wall Street Journal es la más preocupante: que los rusos podrían estar planeando un ataque contra otro país de la OTAN, probablemente en los bálticos, y que también se les pidió que dejen de compartir inteligencia con Irán sobre objetivos estadounidenses.
En cualquier caso, este tipo de viajes parten de la premisa falsa de que el Kremlin actúa de forma racional o que va a hacer caso a las advertencias de Estados Unidos. Ya enviaron a William Burns en 2021 para advertirles de que no invadieran Ucrania y no sirvió de nada. El Kremlin miente todo el tiempo, así que lo que le hayan dicho al director de la CIA probablemente no sea verdad.
¿Ve peligro de una mayor escalada en Europa?
Ya hay una campaña continua de sabotaje y desinformación de Rusia contra Europa. Ocurre en el Reino Unido, en Alemania, en Francia y también en España. Cortan cables submarinos, mandan drones señuelo a Polonia o ponen bombas en aviones de carga.
A eso se suma la guerra de desinformación para polarizarnos y hacer que nos tiremos de los pelos por disputas culturales. Y luego está el apoyo financiero a partidos euroescépticos de extrema derecha y prorrusos. No conozco la situación en España, pero estoy seguro de que también sucede. Eso pasa en Italia, en Alemania, en Francia, en el Reino Unido... Pasa con cualquier cosa que socave la solidaridad en la Unión Europea.
Putin sabe que tiene una ventana de oportunidad donde Estados Unidos no moverá un dedo. Si hay una provocación en la frontera con Estonia, Trump no va a enviar tropas. Pensar que la guerra hoy en día consiste en tanques entrando por la frontera es un error; en nuestro mundo interconectado puedes hacer muchísimo daño con ciberataques, sabotajes a infraestructuras clave o cortes de suministros sin necesidad de una invasión tradicional.
Putin sabe que tiene una ventana de oportunidad donde Estados Unidos no moverá un dedo. Si hay una provocación en la frontera con Estonia, Trump no va a enviar tropas
Usted ha pasado gran parte de los últimos cinco años en Ucrania. ¿Cómo ha cambiado el país en este tiempo?
Ucrania cambia constantemente, nunca he visto un país que evolucione tan rápido. Estuve allí en 2008. Entonces se parecía más a Rusia: era un país muy oligárquico, corrupto y dividido entre grupos del este y el oeste.
Pero en los últimos 25 años ha quedado claro que Ucrania quiere ser un país proeuropeo, normal y próspero, quiere ser un país como España. Y Rusia ha hecho todo lo posible por evitarlo.
Cuando empezó la invasión a gran escala, cerca de donde me alojaba en Kiev había una estatua dorada de un piloto soviético; en 2023, volví y la habían quitado. Lo mismo pasó con otra estatua de un cosmonauta. La identidad ucraniana se ha reafirmado a una velocidad increíble. Putin se queja de que Ucrania se ha convertido en un proyecto “antirruso”, sin entender que ha sido él mismo quien lo ha provocado.
En 2014, en zonas del Donbás como Donetsk, quizás un 30% de la población —sobre todo gente mayor— sentía nostalgia por el pasado soviético. Hoy en día ya nadie quiere saber nada de Rusia, porque Rusia significa muerte, destrucción y vivir en condiciones medievales. Hay una nueva generación que exige democracia y reformas; es una sociedad muy dinámica. La gente está exhausta y quiere que la guerra pare, pero jamás bajo los términos de Rusia.
¿Se ha debilitado la posición de Zelenski por las disputas internas en su Gobierno y los casos de corrupción?
Hay dos Zelenski. Está el Zelenski internacional —el que va a Madrid, París o Londres—, que encandila a todo el mundo. Lo he entrevistado dos veces en los últimos diez meses y es carismático, brillante en las distancias cortas y domina la cámara de forma intuitiva.
Y luego está el Zelenski doméstico, que escucha a un grupo muy reducido de asesores que a menudo le aconsejan mal y le llevan a tomar decisiones impulsivas.
En cuanto a la corrupción, Rusia exagera el tema para dar la imagen de que Ucrania es un Estado fallido, pero el problema existe. Zelenski quiere frenarlo, aunque es difícil hacerlo en mitad de una guerra existencial. Sin embargo, la propia sociedad le exige que limpie el sistema ya, sin esperar a la paz. Pese a todo, no creo que haya un movimiento de masas para echarlo. He entrevistado a los jóvenes que se manifiestan delante de su oficina. Piden reformas. Luego se arrodillan y cantan el himno nacional. Guardan dos minutos de silencio por los muertos... Y luego vuelven a gritar consignas. El patriotismo esencial permanece. La cuestión es cómo se gobierna en tiempos de guerra.
¿Ve algún posible sucesor para él?
Zelenski tiene la costumbre de quitarse de encima a cualquiera que se vuelva demasiado popular mandándolo de embajador fuera, como pasó con Zaluzhni en el Reino Unido. Fedorov [el exministro de Defensa] se ha convertido en su verdadero oponente político. Pero no habrá elecciones hasta que acabe la guerra y Putin no va a parar, así que de momento es una pregunta puramente hipotética.
¿Qué tendría que pasar para que acabe la guerra?
Que la guardia de honor saque a Putin del Kremlin en un ataúd. Putin no va a parar. No soy psiquiatra, pero, en mi opinión, es un psicópata rodeado de gente aterrorizada que solo le dice lo que quiere oír. Su cálculo es que Rusia puede aguantar más dolor que Ucrania y Occidente, y que prevalecerá cueste las vidas que cueste. Ya hablamos de más de un millón de soldados rusos muertos o heridos.
¿Qué tendría que pasar para que acabe la guerra? – Que la guardia de honor saque a Putin del Kremlin en un ataúd. Putin no va a parar.
Todo su proyecto grandilocuente y desacertado no tiene sentido. He estado en el Donbás muchas veces y ahora es una ruina donde nadie podrá vivir en 20 años: no hay agua, no hay luz, solo escombros y minas. Putin seguirá luchando hasta el final. Pero cuando él muera, habrá una pausa en la guerra. La élite rusa y los oligarcas sancionados querrán volver al verdadero proyecto que ha dominado Rusia desde la independencia: hacer dinero, robarlo y disfrutarlo de forma segura. El proyecto de la cleptocracia volverá a ponerse por encima del nacionalismo.
Después de cinco años informando sobre la guerra, ¿qué tipo de historias busca para mantener el interés del público?
Busco nuevas formas de contar la historia. A veces hago temas medioambientales: en un viaje, fui a ver a un búho que había perdido un ojo y un ala por un misil ruso. Y sobre todo me centro en historias humanas potentes.
Este año la mejor historia que escribí fue la de un soldado ucraniano llamado Vadym. Bombardearon su trinchera, mataron a su compañero y él saltó a otro refugio al otro lado de la línea de frente. Allí se encontró a un soldado ruso apuntándole con un arma. Estuvieron dos semanas viviendo juntos bajo tierra; el ruso tenía la pistola y el ucraniano, no. Durante ese tiempo, a base de psicología y empatía, el ucraniano convenció al ruso para que se entregara a las fuerzas ucranianas. Es una historia surrealista y muy inusual porque los soldados rusos y los ucranianos casi nunca interactúan entre sí. La línea del frente es tan grande que casi nunca se ven las caras. Casi todos los heridos son por drones.