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El racismo escondido en la estructura de la ayuda humanitaria

Ayudas para cooperación al desarrollo. Foto: UCLM

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Se han publicado muchos estudios últimamente sobre la prevalencia del racismo en el sector de la ayuda humanitaria internacional. Han abarcado desde las definiciones de equidad racial en el desarrollo global, pasando por las experiencias de personas negras, indígenas y otras personas racializadas que trabajan en el sector, hasta la demorada investigación sobre el racismo en el Gobierno británico como parte de un estudio mayor sobre la cultura y la filosofía de la asistencia humanitaria del Reino Unido.

Sé muy bien que el racismo es real. Como trabajo en la ayuda humanitaria desde hace mucho tiempo, también sé que en el sur global no nos vemos reflejados en estos estudios, porque se enfocan casi por completo en las luchas internas y las estructuras de las instituciones de ayuda humanitaria y sus equipos en el norte. Esto omite completamente la perspectiva sobre el racismo analizada desde el sur, que sin duda es fundamental para cerrar las brechas entre quienes dan y quienes reciben.

Mientras que las preocupaciones sobre el racismo que existe en el seno de los propios equipos de trabajo son indudablemente genuinas, no reconocen que, en realidad, el sector de ayuda humanitaria es en sí mismo una herramienta racista, arraigada en estructuras coloniales y desigualdades de poder, que menosprecia a los países en función de su riqueza, su historia y su posicionamiento global. Por defecto, quienes controlan estas estructuras de poder –donantes, ONG internacionales, asociaciones benéficas, fundaciones privadas– perpetúan el racismo hacia sus compañeros del sur.

Para el sur global, el racismo en el sector del desarrollo internacional proviene de cualquier persona que esté asociada a las agencias del norte –sea blancas, negras o marrones– en virtud de su ubicación en el norte y su posición en el sector como fundadores, implementadores e intermediarios. Quienes se ven a sí mismos marginados en el norte [por sus rasgos étnicos o raciales] manejan tanto poder en el sur como sus contrapartes blancos.

En el sur, vemos y experimentamos el racismo de un modo diferente, porque nuestra historia de racismo es muy distinta de las políticas identitarias del norte. Percibimos y perpetuamos el racismo según nociones históricas de clase, casta, religión y etnia, en el interior y entre distintas sociedades, mientras que el norte ve el racismo como los blancos en contra de quienes no lo son.

El hecho de que el sector pase por alto estas perspectivas es una señal de alerta. Ignora las actitudes racistas que el sector del norte perpetúa en contra de sus contrapartes del sur y, en cambio, centra la discusión solamente en sí mismo. En el sur debemos alzar la voz contra el racismo al que nos enfrentamos para centrarnos en nosotros mismos.

Hay un gran potencial de colaboración entre países del sur en el intercambio de recursos económicos y sociales, que ya es parcialmente visible en los nuevos donantes emergentes como Turquía, los Emiratos Árabes Unidos y Sudáfrica. Dadas las similitudes culturales, históricas y religiosas, hay menos margen para el racismo en estas nuevas relaciones.

Debemos oponernos al mito del norte por el que todo el mundo en el sur es beneficiario de ayuda, así como a la narrativa de la "lo local". Nadie en el sur es un "local". Somos nativos de nuestros propios países y los profesionales de la ayuda del sur deben rechazar el hecho de que sus homólogos del norte los vean como tales.

También debemos oponernos a otra práctica habitual en el sector humanitario del norte, que consiste en colocarse constantemente como administradores, implementadores, intermediarios y supervisores de la ayuda, ya sean blancos o personas de color. Esta práctica juega a favor del supuesto racista de que los países del sur no tienen la habilidad de administrar recursos externos. Debemos tener el control y rendir cuentas de la ayuda que recibimos.

También tenemos que contemplar nuestras propias historias de racismo y encontrar modos de desarrollar nuestra credibilidad en las áreas de tolerancia religiosa, igualdad de género, diversidad étnica y derechos de las minorías. De lo contrario, nuestro comportamiento podría terminar siendo similar del de nuestros homólogos del norte.

El racismo en la ayuda humanitaria no puede girar solamente en torno a las personas racializadas en el norte. El foco debe estar en terminar con las grandes desigualdades entre el Norte y el Sur.

Nota: Themrise Khan es una profesional independiente del desarrollo internacional que se especializa en la efectividad de la ayuda humanitaria, el género y la migración mundial.

Traducción de Ignacio Rial-Schies.

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