La portada de mañana
Acceder
El verano extremo le cuesta más de 20.000 millones a España
Más Madrid lleva al Tribunal de Cuentas la compra del ático
Opinión - Ceuta, capital Islandia, por Antón Losada

La vida en Irán al paso de la guerra: “He aprendido lo fácil que es que te borren del mundo”

Hossein Zoghi

30 de agosto de 2026 21:57 h

0

Detrás de la guerra, del acuerdo y de la duda sobre si el estrecho de Ormuz sigue abierto, en los apartamentos de Irán pasa otra cosa: una mujer en Rasht le cuenta los bocados de comida a su gato. Otra, en Teherán, se despierta a las tres de la madrugada con el latido de su propio corazón. Un hombre en Karaj termina su jornada en una agencia de publicidad y sale de nuevo a la calle, esta vez al volante, para trabajar en una aplicación de transporte. La guerra, en la vida cotidiana de los iraníes, no ha hecho más que empezar.

La economía del país entró en crisis en cuanto Estados Unidos impuso un bloqueo naval sobre Irán, cortando buena parte de las exportaciones de petróleo y las importaciones de las que depende la vida diaria, desde medicinas hasta pienso para el ganado. El régimen saca a sus partidarios a la calle a cantar victoria, pero la vida de la gente cuenta otra historia. Todo empezó con un alto el fuego temporal que, de hecho, beneficiaba a Teherán: la guerra terminaba, el estrecho de Ormuz se reabría, caían las sanciones petroleras. El sector más radical del régimen no lo aceptó. Las amenazas y las violaciones del alto el fuego llevaron a Washington a atacar de nuevo, y el bloqueo volvió. Irán no está ni en guerra ni en paz, y esa situación puede virar en cualquier dirección; lo que ocurre dentro de las casas, sin embargo, no se va a arreglar pronto con ninguno de los dos escenarios.

La vida se ha vuelto difícil

Es de noche en Karaj y todavía hace calor. Pouya conduce despacio, pendiente de la pantalla del móvil por si aparece un próximo pasajero, conectado a Internet con los datos de su tarjeta SIM porque el wifi de su barrio lleva días fallando. Se pasa un pañuelo por la cara, una y otra vez. Tiene unos treinta años, trabaja de día en una agencia de publicidad del norte de Teherán, pero el sueldo no le llega, así que por las noches conduce su propio coche hasta tarde. El año pasado se mudó de Teherán a Karaj: el alquiler de la capital ya no le salía a cuenta. Se despide deprisa, casi disculpándose, porque acaba de entrarle un aviso y mañana, otra vez, tiene que estar en la oficina temprano.

Shabnam vive en Rasht, en un apartamento de la plaza principal. Es escritora y traductora. Daba clases en la universidad hasta que la expulsaron “por indecencia”, por hablar de un poema polémico. Cuando hablamos, baja la voz: su marido tiene un taller de escritura en la habitación de al lado y no quiere interrumpirlo. Cuenta que algunas noches todavía se oyen, desde la calle, canciones épicas que celebran la guerra.

Maede vive en Teherán, entre paredes de un verde claro que contrasta con la inquietud de su voz. Es actriz de teatro, pero dejó los escenarios hace cinco años para decir no al hiyab obligatorio y a la censura. Está sin trabajo desde que empezó la guerra. Se despierta a las tres de la madrugada, no por explosiones —la guerra, al parecer, ya terminó en Teherán—, sino por los latidos de su propio corazón: “Como un pájaro encadenado. Tengo que quedarme quieta y calmarlo, mientras me pregunto si de verdad ha terminado la guerra.”

Tres personas, tres ciudades, un solo país al que la guerra ha derribado, no en el frente, sino dentro de sus propias casas. Los tres mencionan, sin que nadie se lo pregunte, el mismo problema: los cortes de luz, que pueden durar horas y les desbaratan la rutina entera, incluidas estas mismas llamadas.

Un golpe a la clase media

El colapso económico nunca había sido tan visible: desde el apagón de Internet que impuso el Gobierno hasta el desempleo y la inflación. Para Shabnam, la guerra empezó con ese apagón. Su trabajo dependía de clases en línea para alumnos dentro y fuera de Irán, pero ha perdido a casi todos los que tenía en el extranjero: “Los ingresos en dólares se esfumaron.” Pouya resume la economía con una fórmula: “El ingreso se quedó fijo y el gasto se triplicó. Los gastos se calculan en dólares, pero el ingreso sigue en riales. Ya no hay ninguna relación entre lo que entra y lo que sale.” Ni siquiera el aire acondicionado del coche se lo puede permitir ya de forma continua: lo enciende solo cuando lleva pasajeros, porque gasta demasiada gasolina y le castiga el motor. Shabnam y su marido, que siempre lograban ahorrar algo, ya han empezado a gastar esos ahorros.

A Maede, los meses de paro le han robado las pequeñas alegrías que le daban forma a su vida: “Ya no puedo comprar libros, no puedo pisar un teatro.” Antes de la guerra, unos pocos millones de tomanes [un tomán equivale a 10 riales iraníes] cubrían lo esencial del mes; ahora esa misma cantidad “apenas alcanza para imprimir un solo ejemplar de la historia de 120 páginas que he escrito sobre la guerra”. Su madre le repite que debería estar agradecida: “Habla de familias que conoce, con niños que llevan meses sin probar la carne. Para muchos, lo único que pueden comprar es carcasa de pollo, la hierven para poner algo sólido en el estómago de sus hijos.”

El ingreso se quedó fijo y el gasto se triplicó. Los gastos se calculan en dólares, pero el ingreso sigue en riales. Ya no hay ninguna relación entre lo que entra y lo que sale

Rasht era, antes de la guerra, una de las ciudades más alegres de Irán, con su bazar bullicioso y sus fines de semana de cenas fuera. Ahora, dice Shabnam, salir a cenar casi ha desaparecido: “Quizás una vez al mes.” Lo mismo le pasa con Pishook, el gato callejero al que da de comer en su barrio, del que en cierto modo es la madre adoptiva: “Cuando le sirvo la comida, me sorprendo pensando si le estoy dando demasiado. Le cuento los bocados.” Se ríe al decirlo, entre incrédula y resignada: encuentra algo grotesco, dice, en que hasta la comida de un gato se haya convertido en un cálculo desesperado.

En un semáforo, Pouya gira la cámara del móvil hacia una valla publicitaria que acaba de dejar atrás: el eslogan es suyo, lo escribió él en la agencia y, por un segundo, su voz suena distinta, casi orgullosa, antes de volver a la lista de lo que ya no puede pagar —café, comer afuera, cafeterías— y algo que deja ver hasta dónde llega el colapso: “O no consigo mi medicación para la osteoporosis, o se ha vuelto muy difícil.” Cuando alguien de treinta años ya no puede permitirse un medicamento, la crisis ha llegado a la salud.

La guerra y el bloqueo naval no han golpeado al régimen, sino a la clase media profesional: la misma que llenó las calles durante el movimiento Mujer, Vida, Libertad. Shabnam, Maede y Pouya pertenecen a esa clase, y ahora los tres se están quedando sin ahorros, han tenido que buscar un segundo trabajo o pasan hambre. Nada de lo que han perdido era un lujo: era la base de una vida normal.

La unidad que no existe

El coste de la guerra no es solo económico. “Ha abierto una grieta profunda entre mis viejos amigos y yo”, dice Maede. “A algunos ya casi no los reconozco. El fuego de esta guerra ha quemado las alas de nuestras amistades y ha obligado a la gente a elegir un bando del que colgarse, como marionetas en un teatro violento.” Dos semanas después de que empezara la guerra, quedó con un hombre que llevaba tiempo diciéndole que sentía algo por ella. No pasaron ni diez minutos antes de que le gritara: “¿Cómo puedes ser tan estúpida como para decirle que no a esta guerra?” “Ojalá hubiera podido desaparecer”, dice ella.

Shabnam, en Rasht, lo ha vivido de otra manera: “Conozco, de lejos, a gente que apoya la guerra. Pero aquí mismo he visto a gente que la disfrutaba, que salía a gritar por ella en la calle. La mayoría eran partidarios del régimen.” Pouya responde distinto: “La guerra ha agotado a la gente, y la mayoría no la apoya.” En los últimos meses, algunos analistas han escrito que la guerra generó unidad nacional. Shabnam, Maede y Pouya, con tres voces distintas, cuentan la misma verdad: esa unidad existe solo dentro de un pequeño círculo de radicales. En la mesa que se encoge de Shabnam, en las amistades quemadas de Maede, en las noches al volante de Pouya, no hay más que fractura, o como mucho, un sufrimiento compartido.

“Resiliencia, un sufrimiento en todos los frentes”

“Me da náuseas oír la palabra 'resiliencia'. No quiero aguantar esto cien años más. No quiero aguantarlo”, dice Shabnam. Encuentra algo grotesco en su propia situación: lo trágico y lo absurdo, dice, se le han vuelto la misma cosa. Pouya lo diagnostica con más dureza: “Resiliencia significa una austeridad que nunca elegimos. Significa sufrimiento en todos los frentes.” Y sobre el relato oficial de la victoria: “Son tonterías, palabrería vacía. Una victoria pagada a costa de la ruina de la gente.”

Maede lo dice de un modo más doloroso: “Después de cien días sin Internet, me he curado de la idea ingenua de que la democracia es posible para todos. He aprendido lo fácil que es que te borren del mundo. Cortaron los lazos entre nosotros. Sin empatía, sin poder verte reflejada en la historia de otro, el futuro se vuelve un vacío. Y en ese vacío solo se avanza con obediencia ciega.” Es, quizás, la herida más honda que ha dejado esta guerra: el derrumbe del sueño de la libertad. Una mujer que pasó cinco años peleando contra el hiyab y la censura dice ahora que ha renunciado a la idea de una democracia para todos. No por el régimen. Por la guerra. Por el apagón de Internet. Porque cortaron la empatía misma.

He visto a gente que disfrutaba la guerra, que salía a gritar por ella en la calle. La mayoría eran partidarios del régimen

Analistas occidentales han señalado que la República Islámica logró encarecerle esta guerra al resto del mundo con armamento barato, pero la factura real, la de los drones y los misiles, la pagaron los apartamentos de Rasht, Teherán y Karaj. La apuesta de esta guerra, para quienes la impulsaron en Occidente, era golpear duro al régimen y abrir así un espacio para el cambio. En la práctica golpeó las dos cosas a la vez: al régimen, que hoy acepta condiciones que antes rechazaba, y al camino hacia la liberación, que se deshace entre las manos de Maede, Shabnam y Pouya.

Huir o quedarse, protestar o callar

Por primera vez en su vida, Shabnam dice que ha pensado en irse de Irán: “Si aquí terminamos muriéndonos de hambre, comiendo corteza de árbol, ¿por dónde podría huir? Quizás por tierra, cruzando el Kurdistán iraquí.” Ella, que siempre decía que no se iría a ningún precio, ahora piensa en cruzar la frontera a pie. Pero en el fondo no quiere irse: “Todavía no quiero emigrar del todo, con toda la basura que estamos viviendo aquí.” Su forma de protestar es civil: el pañuelo suelto al cuello, subido cuando aparece la policía de la moral, bajado otra vez cuando se marchan. Ni revolución ni calle: la vida cotidiana convertida en un acto de resistencia.

Pouya está en otro lugar. Sobre la protesta habla sin rodeos: “Cuesta demasiado. Ya no estoy dispuesto a pagar ese precio, prefiero una vida tranquila. Participé lo suficiente en las protestas de Mujer, Vida, Libertad, y lo que me queda es desilusión. No hay una esperanza real de cambiar el núcleo de la República Islámica con protestas pacíficas.” Su conclusión es clara: “La emigración me queda lejos. El silencio forzado es donde estoy ahora. La salud de mi familia y una vida más o menos digna, eso es todo lo que me importa.”

Maede está estudiando para un examen de doctorado. Dice que leer es lo único que le queda para encontrar algo parecido a la calma. Es un gesto pequeño, casi terco, en medio de todo lo demás: seguir preparándose para un futuro que ella misma no sabe si llegará. Termina con una pregunta propia: “¿No somos todos homo sacer?” —en referencia al filósofo Giorgio Agamben, y a esa figura que queda fuera de la protección de la ley, a la que se puede matar sin que cuente como un crimen. Es su diagnóstico del Irán de hoy: alguien que, sencillamente, no se ve.

La guerra sigue suspendida en el frente. En la vida cotidiana, no ha hecho más que empezar.

Nota: los testimonios de este reportaje proceden de videollamadas por WhatsApp mantenidas a lo largo de varias semanas con las tres personas retratadas, quienes debían usar una VPN para poder acceder a la aplicación, bloqueada en Irán. Sus nombres son reales; se han omitido otros datos identificativos por su seguridad.